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Usted está allí

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

20 minutos de lectura

Usted está allí. Nunca pensó que podíamos estar tanto tiempo juntos sin hablarnos, sin tocarnos, sin que usted pregunte y yo conteste. Y yo estoy triste, pero ya no le conmueve mi cara, ni me mira, ni me despeina, ni me pregunta por qué me he puesto tan serio y tan callado. Todo empezó tan inocentemente, apenas con un pensamiento de miedo. El miedo venía de mi parte, no de usted que fue siempre tan exacta, que podía ser tan fría y distante si ese era su propósito o ser tan dulce o cariñosa si en cambio quería mostrarse así ese día. A veces sí, la veía distante como ahora en que ya no podemos cambiar una sola palabra ni decirle que todo esto ha sido una locura, ni preguntarle o pedirle un consejo para saber de qué manera voy a explicar mi cansancio o cómo sucedieron las cosas, cómo vinieron las palabras unas tras otras, cómo se dieron las miradas y después los días hasta que empezamos a encontrarnos en alguna parte, yo muerto de miedo al principio, más sereno luego porque usted me decía que no estábamos haciendo ningún mal a nadie, pero no perdiendo del todo ese miedo y siempre alguna idea como de loco que me duraba hasta la noche muy tarde cuando estaba en el aula escuchando a los profesores que nos tienen cierta consideración porque todos trabajamos durante el día y queremos progresar y ser hombres de bien haciendo los estudios cuando el resto de la gente está cenando con los suyos, o divirtiéndose por ahí, o no haciendo nada en las calles, detrás de la otra gente, mirando la ropa en las vidrieras, sentándose en un bar. Y ellos me preguntaban al principio qué me pasaba porque me encontraban distraído, porque las lecciones no me importaban como antes, porque cuando teníamos que escribir me equivocaba mucho y debían explicarme las cosas dos o tres veces. Era porque yo pensaba en usted y aunque apenas hubieran pasado dos horas del momento en que nos habíamos separado, yo quería correr para encontrarla y cuando volvía a mi pieza me tiraba a la cama sin comer solo por quedarme en el lugar en que habíamos estado juntos ese día. Y usted estaba entonces en su casa, seguro que riéndose así, como en las veces en que me decía que se encontraba muy feliz, preparando la cena para dos, arreglándose la ropa o haciéndole a él alguna cosa que después me contaba, muchas de las cuales le causaban risa como lo que me contó aquel domingo en que yo jugaba al fútbol y usted me fue a buscar con un ramo de flores en la mano cuando nos encontramos en el portón del club. Usted le había dicho que salía para llevar flores al cementerio y en cambio se encontró conmigo y ya tenía pensado ponerlas bajo el busto del prócer en la placita, aunque nunca en su vida había visto que alguien le colocara flores a ese prócer. Esto le dio mucha risa y me hizo reír también un rato largo porque nos pudimos ir a mi pieza y estuvimos hasta la tardecita juntos y tomamos la cerveza que habíamos llevado para allá. Fue una tarde muy linda esa, creo que nunca volvimos a reírnos de la misma forma. Casi siempre usted se reía más que yo, casi siempre usted se reía cuando yo estaba triste, en eso no nos podíamos entender muy bien y era tal vez porque con su risa me hacía mucho mal. Aquella tarde también tuvimos tiempo para estar quietos, uno al lado del otro mirando el techo, no diciendo una palabra, y era porque estábamos bien, realmente. Y no sé por qué cosas de aquí adentro, ahora me parece que estuviera repitiéndose ese momento, usted tan quieta, yo tan callado, con la diferencia que usted no me toca y que yo pienso que todo debe empezar de nuevo, hablar con la gente, explicarles en dónde comenzó o cómo se fueron dando cada uno de los momentos que yo y usted tuvimos y ensuciamos de tal forma que al final en los dos todo resultó una porquería, algo muy pegajoso que en vez de darnos mucha alegría terminó dándonos mucha pena, una pena grande y oscura. Usted que se daba cuenta mejor que yo de todas las cosas, debió pensar un poco en lo que podía pasarnos. Tal vez lo pensó pero no me dijo nunca nada, no me avisó, no me dio el consejo que podía serme útil en un momento como el de esta tarde. Pero no dijo una sola palabra, no hizo nada para que no pasara lo que pasó, no fue capaz de preguntarme cómo me sentía yo aunque siempre tenía una risa diferente para darme pena, para hacerme sentir muy tonto y muy infeliz como aquella vez no hace mucho, en que me dijo que no la tomara como madre, que era una vergüenza como me estaba comportando, que en vez de ternura usted quería otra cosa de mí. Yo lo único que sabía era que usted me arrebataba y usted lo supo desde el principio. Yo llegué allí el último, el más infeliz que casi no sabía hablar del miedo que tenía porque esa mañana me había sucedido de todo y lo único bueno era que me aceptaron para el reparto y yo empecé a trabajar con la bicicleta ese mismo día, por la tarde, pensando que en los estudios me andaba mal, que la plata se me había terminado y que me había quedado sin pieza porque me peleé con Aníbal Pozzo que me usaba la ropa y se cambiaba a mi cama cuando él llevaba alguna chica a la pieza. Entonces entré a trabajar ahí gracias que me acordé de la dirección de esos parientes de los Aleón que a la larga son también parientes míos y que cuando me vine de Arauz me recomendaron que no dejara de verlos si necesitaba algo. Ellos fueron los que me dieron la dirección del almacén y entonces entré a trabajar ahí y verla a usted entre la gente ese mismo día fue sentirme menos triste porque su cara era muy linda y me hacía acordar de alguien muy cercano a mí aunque no me diera cuenta de quién. Pero hasta después de mucho tiempo no hablamos y yo la miraba a usted, a veces de escondido y más adelante de frente nomás porque usted me sonreía y era como si me estaba dando fuerzas. Entonces me di cuenta que siempre estaba mirándome y créame que no me voy a olvidar nunca de sus ojos porque estoy seguro de que llegaban bien atrás como usted me dijo. Fue aquella tarde en que nos encontramos lejos, al lado del río y estuvimos mucho tiempo solos, cerca del cañaveral. Usted me volvió a mirar a los ojos como la primera vez y, como entonces, me hizo sentir un poco mal y me dijo que podía leer en el fondo de mi alma y que nunca la engañara porque lo iba a saber todo con solo mirarme. Yo nunca la engañé, usted lo sabe. Fue muy lindo esa tarde estar solos, a pleno sol, al aire libre juntos porque siempre nos habíamos estado encontrando a los apurones, en lugares cerrados, al oscuro. Era como si en el mundo no existiéramos nada más que usted y yo. Todo fue poco y mucho al mismo tiempo, quedarnos quietos, hablar, y hablar, usted preguntándome de cuando yo era chico y yo con la cabeza en su falda contándole todo, jugando con el junco en el agua, y diciéndole que siempre me gustó el fútbol, pero que en la vida todo me había ido tan mal que lo único que pude hacer desde que me acordaba era trabajar para los otros y sentirme siempre muy pobre y con miedo, muy separado de la gente, hasta que usted empezó a estar conmigo y a mí se me pasó la vergüenza de ser Domingo González. Le conté ese día que había dejado mi pueblo porque no podía seguir viviendo de lo que me daba mi hermana que en realidad no era mi hermana del todo, sino una criada de mi madre que ahora estaba casada y que tenía que atender a sus hijos y a su marido y algunas costuras que tomaba y no podía hacer mucho por mí. Le conté que me vine aquí, quería estudiar y trabajar porque en la escuela la maestra de sexto grado me dijo que hiciera lo posible por tener un título. Conseguí esa pieza con Aníbal Pozzo que era de mi pueblo, pero después nos peleamos, él tenía mal genio, como le conté. Usted me preguntó todo. Nunca me expliqué por qué quería saber tanto de mí y me pedía continuamente que le contara todo y cada vez que estábamos solos tenía que decirle qué hacía en los momentos en que no nos veíamos y yo le contaba minuto por minuto pensando que la aburría, pero usted no se aburría y seguía averiguando más y en algún momento me preguntaba si hablaba con la cajera y usted insistía en que Mabel hacía todo lo posible por hablar conmigo. Yo nunca se lo dije porque sabía que eso la iba a disgustar, pero si usted me hubiera dejado —ahora estoy seguro— yo la hubiera querido a Mabel y ella me hubiera querido a mí y todo esto tan sucio no existiría. Estoy sintiendo asco de mí, si usted me escuchara le diría que hiciera algo para que yo no sienta ese asco. Estoy solo aunque estemos cerca, con muchas ganas de llorar que estoy seguro me va a quedar para toda la vida. Y si el lunes voy al colegio, ellos me van a preguntar por qué estoy llorando y voy a tenerles que contar todo y se van a dar cuenta que no es porque perdí el partido de fútbol de mañana que seguro voy a perder por las condiciones en que me encuentro. En la cara de ellos voy a ver ese mismo asco que me estoy mirando en el espejo. ¿Y usted qué puede hacer ahora por mí? Muchas veces me dijo que si me pasaba algo se lo contara porque si yo estaba triste usted se daba cuenta y tenía que decírselo para que pudiera consolarme. Es cierto, usted supo consolarme, pero a veces terminaba gritándome que usted no era mi madre y que estábamos juntos para pasar momentos de alegría y no de penas. Me costaba trabajo, es cierto, hacer lo que usted quería, a veces se reía de las cosas que yo le decía y me hacía burla diciéndome que no era más que un chico y que lo que necesitaba era que me dejaran sin postre como a los niños que no se portan bien. Yo sabía lo que quería decir con eso de dejarme sin postre como a los chicos y le pedía que no se fuera y trataba que mi pieza estuviera bien arreglada y no se viera ropa sucia de mi compañero en ningún rincón. Si hubiera podido créame, yo tendría un dormitorio como el suyo para que usted estuviera siempre cómoda y no sintiera miedo de ensuciar su ropa cuando la dejaba sobre estos muebles. Usted fue muy buena una vez cuando se quedó sola y estuvimos un sábado y un domingo en su casa y me prestó un piyama amarillo y me preparó el desayuno. Comimos a las doce algo que pidió por teléfono porque yo le dije que el día antes había cumplido los diecisiete y me dijo que se sentía muy feliz de poder festejarlos juntos. Me regaló una camisa muy linda, era antigua, pero de todos modos me quedaba bien y también me dio algo de dinero. El dinero lo conservé mucho tiempo, no quería gastarlo y la camisa me la ponía los domingos cuando iba al club para ver el baile. Yo no bailaba, usted no quería que bailara y aunque algunos me hacían preguntas y me decían que había mujeres que se morían por bailar conmigo yo le había prometido que solamente iba a mirar y a tomar unas copas para no aburrirme, porque los domingos, si no jugaba al fútbol y no podíamos estar juntos, eran muy largos, muy aburridos para estar solo y no hacer nada. Yo nunca sabía qué era lo que más le gustaba a usted por eso tenía siempre un poco de miedo. Una vez le regalé una flor y usted se la colocó en el pelo, o sobre el pecho mientras estuvimos juntos, pero otra vez le traje un pañuelo y usted se rió porque tenía un color que no andaba con su piel. A veces me decía que yo no sabía hacer las cosas, que me lo tenía que enseñar todo. Y era cierto, usted me enseñó mucho, casi todo lo que sé, pero yo siempre le estuve agradecido aunque me retaba por no hacer lo que justo ahí necesitaba. Yo no quería que estuviera triste por mi causa y hacía lo posible para gustarle, para ponerla contenta, para hacer las cosas de mi vida de la forma que anduviera con sus deseos y si me equivocaba, créame, no era porque no quería hacer lo mejor, sino porque en algunos momentos no la entendía del todo o me resultaba difícil dar con lo que usted esperaba de mí. Ahora quisiera hacer lo más lindo para usted, pero aquí solos, sin hablarnos no hago más que mirarme las manos y a veces miro esa foto y vuelvo como al principio de esta tarde en que usted la sacó de la cartera y me dijo que tenía que dejarme el bigote así. Entonces todo marcha hacia atrás y me miro al espejo como antes y miro la foto y vuelvo a mirarme al espejo y después la foto y voy empezando a entender, a entenderla también a usted y a pesar de que antes le tuve mucha rabia, ahora me va ocupando una lástima muy grande y quisiera que las cosas no hayan sucedido como fueron pasando, primero hablando lentamente y yo preguntándole, después usted gritándome y a mí subiéndome el enojo como nunca. Si al menos usted me mirara en este momento y me dijera una palabra o dos para que no me sienta tan triste y tan culpable. Usted sabe que nunca quise hacer nada que la disgustara y lo que hice esta tarde la disgustó —sé que sí porque se rió de esa forma fea que usa cuando está enojada conmigo—, quiero que sepa ahora que yo también estuve muy enojado y usted conoce muy bien que cuando uno está enojado no piensa en lo que hace, se pone ciego, ve todo oscuro y no tiene idea de lo que es bueno y de lo que es malo. ¿Cómo no va a saberlo que tantas veces me lo explicó para que yo no me pusiera triste cuando me quedaba callado después de algún disgusto suyo? ¿Se acuerda cuando me acarició por primera vez y me puso las manos en la cabeza y yo le dije que hacía mucho tiempo que nadie me acariciaba así? Entonces usted me preguntó quién me había acariciado de esa forma y yo le dije que esos eran recuerdos de cuando yo era chico y usted se sonrió. Era muy dulce así, su voz muy cerca de mi cara era perfumada, su cuerpo era muy tibio y donde usted me había tocado me quedó por un rato largo la idea de que se me había pegado su mano. Ha oscurecido. Es la hora en que usted se va, la de su regreso del cementerio. Tengo sed. Debiera ir hasta la canilla del pasillo pero todo me da miedo. En las otras piezas están viendo televisión. Mi compañero va a venir dentro de un rato, entre ocho y media y nueve; él es mejor que Aníbal Pozzo porque me ha ayudado siempre a que usted esté cómoda conmigo, nunca llega antes de la hora que le digo. Yo le he hablado de usted y sabe que la quiero mucho aunque a veces me ha dicho que entre usted y yo las cosas debían terminar. Yo le conté a él que Mabel la cajera me tiene simpatía y él me preguntó qué espero para invitarla a salir. Le dije que no sabía qué hacer, que todavía no se lo conté a usted. Pero ahora se lo cuento, ahora lo sabe para que no haya secretos entre nosotros. Le aseguro que no los hay y sin embargo usted a mí me estuvo escondiendo cosas y cuando uno se entera que la persona que quiere guarda secretos, uno se siente muy mal, enfermo, como yo me sentí esta tarde y que es lo que hizo que todo sucediera así. Mañana tengo un partido, pero no creo que pueda jugar bien y ellos esperan ganar y yo los voy a hacer fracasar. Tengo miedo de que ellos pierdan por mi culpa. Si al menos supiera que usted me perdona, o que ha comprendido todo y no me guarda rencor, yo podría así empezar de nuevo, más aliviado, y para un tipo como yo que ha tenido tantas dificultades en la vida, empezar sin miedo, sin amargura es dar el primer paso con una buena ayuda para hacer bien lo que a uno le toca. Usted me dijo una vez que yo soy inteligente, que comprendía con mucha rapidez y que voy a tener éxito en la vida porque no soy complicado. Entonces no entiendo por qué no la comprendí a usted desde el principio. Será porque no me ha ayudado demasiado o guardó muy bien lo de su vida. También supo decirme que no tenía secretos para mí, que todo lo que pasaba con su marido yo siempre lo sabía, pero a mí no me importaba lo que pasaba con su marido, yo nunca le tuve rabia a él, ni celos. Su marido es un tipo bueno, me empleó en el almacén, me dijo que me iba a hacer dejar el reparto y me iba a poner detrás del mostrador y si no me puso tal vez sea por lo que me dijo Mabel, que era por influencia de usted para que yo no pueda hablar con ella. No sé si lo que Mabel me dijo debe ser creído, pero la promesa de su marido hasta ahora no se cumplió y con Mabel no tengo espacio para hablar. Usted me dijo una vez que era como mi dueña porque hacía mucho que estábamos juntos, me había visto crecer, salir la barba, poner más cuerpo y por eso tenía derecho a pedirme que me dejara el bigote y me peinara de esta forma. Entonces usted vino hoy con la foto y me la enseñó y me indicó en ella cómo tenía que recortarme el bigote. Sabe que fui feliz a su lado, que la he querido mucho, que siempre he tratado de estar contento y que nunca dejé de hacerle caso. Yo reconozco, lo sabe, que nadie me dio tanto como usted, pero yo le he devuelto con todo lo que quería de mí. Y ahora que usted está callada, que no me mira, que ya no dice una palabra entiendo otras cosas que nunca se me ocurrieron pensar. Ahora debiera contestarme por qué quería realmente estar conmigo, y por qué no me contó muchos detalles importantes de usted. Yo puedo entender algunas cosas rápidamente, otras de a poco. Las cosas que comprendo de a poco no me hacen mucho mal, me van acostumbrando para sufrir menos. Pero en cambio, las que se ponen claras de golpe, esas sí me hacen mucho mal. Y yo lo comprendí todo esta tarde, de golpe y usted se asustó porque yo entendía y le iba diciendo la verdad y me contó recién lo que debía haberme contado desde el principio y entonces era cierto que usted iba al cementerio y yo empecé a gritarle, a sentirme enfermo, lloré, usted también lloró, me pedía perdón y me explicaba que la foto no tenía importancia, que yo nunca iba a entender el dolor suyo, como tampoco su marido lo entendió porque el sufrimiento de una madre no puede compararse con nada. No sé, ahora que la miro, tan callada, tan cerca y tan lejos, pienso que quizá usted tenía razón. Qué importa ya esa foto que ni siquiera distingo porque se ha hecho noche. Afuera siguen los televisores gritando y en frente de ellos los estúpidos que no se dan cuenta de nada. Sabe, tengo ganas de llorar y sentir sus brazos rodeándome y sus manos en mi cabeza. ¿Se da cuenta de lo solo que me he quedado? ¿Se da cuenta de lo cerca que estuvimos tanto tiempo y de lo separados que ahora nos encontramos? No debió hacerme eso, yo siempre he sido bueno con usted, esperé con alegría todos los momentos de nuestros encuentros, traté de cumplir con las promesas y procuré hacer únicamente lo que a usted le gustaba. Todo está oscuro ahora, y frío. Ya no nos vemos, esta pieza es una caja negra pero no voy a encender la luz, cuando llegue mi compañero la va a encender él. No sé qué va a pensar cuando me vea mirándola a usted tan tiesa sobre la cama.