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Los días siguientes y otros relatos

3. Morir en domingo

Miró alrededor para ver una vez más el sol de la tarde invernal y después comenzó a caminar hacia la nada. La tierra tenía un color muy pálido barrida por el frío viento del norte y la ciudad toda en soledad, tan vacía como una estación de tren pueblerina, era contundente con su mal de domingo. Nadie vivía. En el cielo se gastaban algunas nubes chatas y el tono de la atmósfera se parecía al tono de la enfermedad. Había que reconocer que él estaba triste, pero más allá de eso, todo tenía un significado de sopor exclusivo mientras contagiaba a cada uno de los elementos que hacían al universo. En la plaza el reloj floral se hacía eterno; el reloj de la torre de la iglesia no aparentaba menos y una estatua de animal, blanca y renovada, desafiaba los siglos y las edades desde su pedestal. Debía buscar la humanidad que despedían algunas personas más cercanas a su existencia, pero ¿a dónde recurrir? Siguió caminando, y hacía mucho frío como para que hubiera algo —la temperatura al menos— que disimulara la intensidad sombría de la jornada. Desde ahora a las tres de la tarde, y después, de las tres a la noche, y luego de la noche al día siguiente, había un retumbante espacio de tiempo que necesitaba ser llenado de alguna manera. Debió fumarse un cigarrillo y meditar el humo. A veces cosas así daban resultado, pero en ese momento las novedades habían caducado definitivamente. Quizá Alcides no durmiera. Y decidió ir a su casa. Entró; la puerta estaba entornada, la casa en silencio; el olor de la comida del mediodía aún flotaba y eso contribuía a que sintiera en el estómago la misma plenitud que en el alma. Alcides no aparecía por ninguna parte. Fue hasta su habitación: adentro, en la cama —arropado como para pasar una larga temporada de frío y nieve—, Alcides dormía por no afrontar como en todos los domingos, su miedo a la vida.

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4. Detrás de un largo sábado

Muchas cosas se daban sin necesidad de buscarlas. Ella miró el tiempo, aspiró con seguridad el aire ambiente de la mañana y se dijo: «Sábado, levanté temprano y anduve descalza por los corredores». Se tocó el pelo. Barbaridad de mujer con semejantes preocupaciones. Los chicos van a quedar con tía Felicidad y Oscar tendrá una larga noche para no aburrirse dentro de casa. Hacía un poco de frío, era casi el invierno; los mutiladores de árboles de la Municipalidad no habían cortado todavía las ramas, pero pronto todo estaría cambiado, con esa sensación de agobio en las calles que se vaciaban y los muñones hacia arriba. En los pies podía haber arena del veraneo pasado, en el pecho un poco de bronquitis, pero la ciudad muda, inestimable, displicente, se tornaba fuego e infierno. Cena, café en el Munich; dedos que irían y vendrían, un encontronazo frente a la estufa, una mirada que dice invariablemente «con vos sería más que feliz». Ah, pero antes el salvaje de Rafael con sus tumbas al óleo y reminiscencias de cipreses puesto que no puedo dejar de mezclar la pintura con la poesía; porque esos dos o tres premios mal adjudicados habían hecho un estropicio y se sobreentendía que él se consideraba ya internacional; vengan a casa les muestro mis lacas con atmósfera naif. O el retrato de los Horacios, los que lucharon contra los Curiácios. La cara de cada uno siempre era de la de alguien que él no revelaba y los demás debían adivinar. «Más allá de las islas Filipinas / hay una (que ni sé cómo se llama / ni me importa saberlo) donde es fama / que jamás hubo casta de gallinas / hasta que allá un viajero / llevó por accidente un gallinero». Adiós señora Ana. ¿Tan temprano? Oscar no podía traerla, en el taller todavía un turno, los más roñosos, los más pedigüeños, qué personajes para Buñuel (como dice siempre el abogado); un tullido que ataba paquetes, una prostituta recién recuperada por el párroco y que le había conseguido trabajo allí, un menor que no figuraba en planillas, un medio castrado, el que había caído en un baño de acaroína cuando chico y los demás; la corte de los milagros (como dice siempre el profesor). A pie la distancia era relativamente grande y cansaba, pero su silueta lo recibía bien. Lindas flores, crisantemos bola de oro, color amarillo; bola de nieve, color blanco. Había algo más lindo que su propia ansiedad de nada: saber que detrás de todo no había nada. Mil aparatos más para la ciudad y entonces líbrese quien pueda, adiós tranquilidad, adiós «no tengo teléfono, así que vení personalmente y combinamos». ¡Norma! Esta soy yo, este es Oscar y estos son los chicos. La nena tuya se llama Marcela. Marcelitas, Adrianitas, Fabianitas y Andreas. El disco de Olga Guillot giraba anoche, viernes, siempre prometedor y esos estúpidos aburriéndose en el comienzo. Pulcro abogado, carrera meteórica desde los veintitrés años, acumulando porcelanas en todos los rincones de la casa y haciendo como si entendiera de vinos oliendo el corcho delante de todos. Paso a paso. Hola señora Norma, ¿qué podemos comer hoy? Bifes al ajo («idiota») y un par de huevos por persona, a los chicos cuáquer con una cucharadita de manteca y que esté todo listo porque voy a hacer un rato de siesta. Para él, ya más allá de su título, recompuesto y organizado hasta el día del juicio final, ¡mi papito leguleyo…! Pero ¿qué valía más que la propia libertad añorada? La noche con cansancio y la madrugada es lo que empieza a envejecer, hacen una trifulca debajo de los ojos. Deberle tres años al dentista y mandar el cobrador de vuelta, se necesitaba ser audaz. Oscar, daño; no dueño mío, ocurrencias olímpicas. En Grecia podría haber brillado antes, con la antorcha en la mano, abriendo el juego. Llevando la ofrenda a… ¿a quién? No, abriendo la competencia de la carrera LA CARRERA DE LOS CHEQUES VOLADORES, del Banco A al Banco B, del B retroceder al A y saltar al Banco C. Se encontró con la Gerlero, honda, esquiva, pintarrajeada, debajo del secador.

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6. Usted está allí

Usted está allí. Nunca pensó que podíamos estar tanto tiempo juntos sin hablarnos, sin tocarnos, sin que usted pregunte y yo conteste. Y yo estoy triste, pero ya no le conmueve mi cara, ni me mira, ni me despeina, ni me pregunta por qué me he puesto tan serio y tan callado. Todo empezó tan inocentemente, apenas con un pensamiento de miedo. El miedo venía de mi parte, no de usted que fue siempre tan exacta, que podía ser tan fría y distante si ese era su propósito o ser tan dulce o cariñosa si en cambio quería mostrarse así ese día. A veces sí, la veía distante como ahora en que ya no podemos cambiar una sola palabra ni decirle que todo esto ha sido una locura, ni preguntarle o pedirle un consejo para saber de qué manera voy a explicar mi cansancio o cómo sucedieron las cosas, cómo vinieron las palabras unas tras otras, cómo se dieron las miradas y después los días hasta que empezamos a encontrarnos en alguna parte, yo muerto de miedo al principio, más sereno luego porque usted me decía que no estábamos haciendo ningún mal a nadie, pero no perdiendo del todo ese miedo y siempre alguna idea como de loco que me duraba hasta la noche muy tarde cuando estaba en el aula escuchando a los profesores que nos tienen cierta consideración porque todos trabajamos durante el día y queremos progresar y ser hombres de bien haciendo los estudios cuando el resto de la gente está cenando con los suyos, o divirtiéndose por ahí, o no haciendo nada en las calles, detrás de la otra gente, mirando la ropa en las vidrieras, sentándose en un bar. Y ellos me preguntaban al principio qué me pasaba porque me encontraban distraído, porque las lecciones no me importaban como antes, porque cuando teníamos que escribir me equivocaba mucho y debían explicarme las cosas dos o tres veces. Era porque yo pensaba en usted y aunque apenas hubieran pasado dos horas del momento en que nos habíamos separado, yo quería correr para encontrarla y cuando volvía a mi pieza me tiraba a la cama sin comer solo por quedarme en el lugar en que habíamos estado juntos ese día. Y usted estaba entonces en su casa, seguro que riéndose así, como en las veces en que me decía que se encontraba muy feliz, preparando la cena para dos, arreglándose la ropa o haciéndole a él alguna cosa que después me contaba, muchas de las cuales le causaban risa como lo que me contó aquel domingo en que yo jugaba al fútbol y usted me fue a buscar con un ramo de flores en la mano cuando nos encontramos en el portón del club. Usted le había dicho que salía para llevar flores al cementerio y en cambio se encontró conmigo y ya tenía pensado ponerlas bajo el busto del prócer en la placita, aunque nunca en su vida había visto que alguien le colocara flores a ese prócer. Esto le dio mucha risa y me hizo reír también un rato largo porque nos pudimos ir a mi pieza y estuvimos hasta la tardecita juntos y tomamos la cerveza que habíamos llevado para allá. Fue una tarde muy linda esa, creo que nunca volvimos a reírnos de la misma forma. Casi siempre usted se reía más que yo, casi siempre usted se reía cuando yo estaba triste, en eso no nos podíamos entender muy bien y era tal vez porque con su risa me hacía mucho mal. Aquella tarde también tuvimos tiempo para estar quietos, uno al lado del otro mirando el techo, no diciendo una palabra, y era porque estábamos bien, realmente. Y no sé por qué cosas de aquí adentro, ahora me parece que estuviera repitiéndose ese momento, usted tan quieta, yo tan callado, con la diferencia que usted no me toca y que yo pienso que todo debe empezar de nuevo, hablar con la gente, explicarles en dónde comenzó o cómo se fueron dando cada uno de los momentos que yo y usted tuvimos y ensuciamos de tal forma que al final en los dos todo resultó una porquería, algo muy pegajoso que en vez de darnos mucha alegría terminó dándonos mucha pena, una pena grande y oscura. Usted que se daba cuenta mejor que yo de todas las cosas, debió pensar un poco en lo que podía pasarnos. Tal vez lo pensó pero no me dijo nunca nada, no me avisó, no me dio el consejo que podía serme útil en un momento como el de esta tarde. Pero no dijo una sola palabra, no hizo nada para que no pasara lo que pasó, no fue capaz de preguntarme cómo me sentía yo aunque siempre tenía una risa diferente para darme pena, para hacerme sentir muy tonto y muy infeliz como aquella vez no hace mucho, en que me dijo que no la tomara como madre, que era una vergüenza como me estaba comportando, que en vez de ternura usted quería otra cosa de mí. Yo lo único que sabía era que usted me arrebataba y usted lo supo desde el principio. Yo llegué allí el último, el más infeliz que casi no sabía hablar del miedo que tenía porque esa mañana me había sucedido de todo y lo único bueno era que me aceptaron para el reparto y yo empecé a trabajar con la bicicleta ese mismo día, por la tarde, pensando que en los estudios me andaba mal, que la plata se me había terminado y que me había quedado sin pieza porque me peleé con Aníbal Pozzo que me usaba la ropa y se cambiaba a mi cama cuando él llevaba alguna chica a la pieza. Entonces entré a trabajar ahí gracias que me acordé de la dirección de esos parientes de los Aleón que a la larga son también parientes míos y que cuando me vine de Arauz me recomendaron que no dejara de verlos si necesitaba algo. Ellos fueron los que me dieron la dirección del almacén y entonces entré a trabajar ahí y verla a usted entre la gente ese mismo día fue sentirme menos triste porque su cara era muy linda y me hacía acordar de alguien muy cercano a mí aunque no me diera cuenta de quién. Pero hasta después de mucho tiempo no hablamos y yo la miraba a usted, a veces de escondido y más adelante de frente nomás porque usted me sonreía y era como si me estaba dando fuerzas. Entonces me di cuenta que siempre estaba mirándome y créame que no me voy a olvidar nunca de sus ojos porque estoy seguro de que llegaban bien atrás como usted me dijo. Fue aquella tarde en que nos encontramos lejos, al lado del río y estuvimos mucho tiempo solos, cerca del cañaveral. Usted me volvió a mirar a los ojos como la primera vez y, como entonces, me hizo sentir un poco mal y me dijo que podía leer en el fondo de mi alma y que nunca la engañara porque lo iba a saber todo con solo mirarme. Yo nunca la engañé, usted lo sabe. Fue muy lindo esa tarde estar solos, a pleno sol, al aire libre juntos porque siempre nos habíamos estado encontrando a los apurones, en lugares cerrados, al oscuro. Era como si en el mundo no existiéramos nada más que usted y yo. Todo fue poco y mucho al mismo tiempo, quedarnos quietos, hablar, y hablar, usted preguntándome de cuando yo era chico y yo con la cabeza en su falda contándole todo, jugando con el junco en el agua, y diciéndole que siempre me gustó el fútbol, pero que en la vida todo me había ido tan mal que lo único que pude hacer desde que me acordaba era trabajar para los otros y sentirme siempre muy pobre y con miedo, muy separado de la gente, hasta que usted empezó a estar conmigo y a mí se me pasó la vergüenza de ser Domingo González. Le conté ese día que había dejado mi pueblo porque no podía seguir viviendo de lo que me daba mi hermana que en realidad no era mi hermana del todo, sino una criada de mi madre que ahora estaba casada y que tenía que atender a sus hijos y a su marido y algunas costuras que tomaba y no podía hacer mucho por mí. Le conté que me vine aquí, quería estudiar y trabajar porque en la escuela la maestra de sexto grado me dijo que hiciera lo posible por tener un título. Conseguí esa pieza con Aníbal Pozzo que era de mi pueblo, pero después nos peleamos, él tenía mal genio, como le conté. Usted me preguntó todo. Nunca me expliqué por qué quería saber tanto de mí y me pedía continuamente que le contara todo y cada vez que estábamos solos tenía que decirle qué hacía en los momentos en que no nos veíamos y yo le contaba minuto por minuto pensando que la aburría, pero usted no se aburría y seguía averiguando más y en algún momento me preguntaba si hablaba con la cajera y usted insistía en que Mabel hacía todo lo posible por hablar conmigo. Yo nunca se lo dije porque sabía que eso la iba a disgustar, pero si usted me hubiera dejado —ahora estoy seguro— yo la hubiera querido a Mabel y ella me hubiera querido a mí y todo esto tan sucio no existiría. Estoy sintiendo asco de mí, si usted me escuchara le diría que hiciera algo para que yo no sienta ese asco. Estoy solo aunque estemos cerca, con muchas ganas de llorar que estoy seguro me va a quedar para toda la vida. Y si el lunes voy al colegio, ellos me van a preguntar por qué estoy llorando y voy a tenerles que contar todo y se van a dar cuenta que no es porque perdí el partido de fútbol de mañana que seguro voy a perder por las condiciones en que me encuentro. En la cara de ellos voy a ver ese mismo asco que me estoy mirando en el espejo. ¿Y usted qué puede hacer ahora por mí? Muchas veces me dijo que si me pasaba algo se lo contara porque si yo estaba triste usted se daba cuenta y tenía que decírselo para que pudiera consolarme. Es cierto, usted supo consolarme, pero a veces terminaba gritándome que usted no era mi madre y que estábamos juntos para pasar momentos de alegría y no de penas. Me costaba trabajo, es cierto, hacer lo que usted quería, a veces se reía de las cosas que yo le decía y me hacía burla diciéndome que no era más que un chico y que lo que necesitaba era que me dejaran sin postre como a los niños que no se portan bien. Yo sabía lo que quería decir con eso de dejarme sin postre como a los chicos y le pedía que no se fuera y trataba que mi pieza estuviera bien arreglada y no se viera ropa sucia de mi compañero en ningún rincón. Si hubiera podido créame, yo tendría un dormitorio como el suyo para que usted estuviera siempre cómoda y no sintiera miedo de ensuciar su ropa cuando la dejaba sobre estos muebles. Usted fue muy buena una vez cuando se quedó sola y estuvimos un sábado y un domingo en su casa y me prestó un piyama amarillo y me preparó el desayuno. Comimos a las doce algo que pidió por teléfono porque yo le dije que el día antes había cumplido los diecisiete y me dijo que se sentía muy feliz de poder festejarlos juntos. Me regaló una camisa muy linda, era antigua, pero de todos modos me quedaba bien y también me dio algo de dinero. El dinero lo conservé mucho tiempo, no quería gastarlo y la camisa me la ponía los domingos cuando iba al club para ver el baile. Yo no bailaba, usted no quería que bailara y aunque algunos me hacían preguntas y me decían que había mujeres que se morían por bailar conmigo yo le había prometido que solamente iba a mirar y a tomar unas copas para no aburrirme, porque los domingos, si no jugaba al fútbol y no podíamos estar juntos, eran muy largos, muy aburridos para estar solo y no hacer nada. Yo nunca sabía qué era lo que más le gustaba a usted por eso tenía siempre un poco de miedo. Una vez le regalé una flor y usted se la colocó en el pelo, o sobre el pecho mientras estuvimos juntos, pero otra vez le traje un pañuelo y usted se rió porque tenía un color que no andaba con su piel. A veces me decía que yo no sabía hacer las cosas, que me lo tenía que enseñar todo. Y era cierto, usted me enseñó mucho, casi todo lo que sé, pero yo siempre le estuve agradecido aunque me retaba por no hacer lo que justo ahí necesitaba. Yo no quería que estuviera triste por mi causa y hacía lo posible para gustarle, para ponerla contenta, para hacer las cosas de mi vida de la forma que anduviera con sus deseos y si me equivocaba, créame, no era porque no quería hacer lo mejor, sino porque en algunos momentos no la entendía del todo o me resultaba difícil dar con lo que usted esperaba de mí. Ahora quisiera hacer lo más lindo para usted, pero aquí solos, sin hablarnos no hago más que mirarme las manos y a veces miro esa foto y vuelvo como al principio de esta tarde en que usted la sacó de la cartera y me dijo que tenía que dejarme el bigote así. Entonces todo marcha hacia atrás y me miro al espejo como antes y miro la foto y vuelvo a mirarme al espejo y después la foto y voy empezando a entender, a entenderla también a usted y a pesar de que antes le tuve mucha rabia, ahora me va ocupando una lástima muy grande y quisiera que las cosas no hayan sucedido como fueron pasando, primero hablando lentamente y yo preguntándole, después usted gritándome y a mí subiéndome el enojo como nunca. Si al menos usted me mirara en este momento y me dijera una palabra o dos para que no me sienta tan triste y tan culpable. Usted sabe que nunca quise hacer nada que la disgustara y lo que hice esta tarde la disgustó —sé que sí porque se rió de esa forma fea que usa cuando está enojada conmigo—, quiero que sepa ahora que yo también estuve muy enojado y usted conoce muy bien que cuando uno está enojado no piensa en lo que hace, se pone ciego, ve todo oscuro y no tiene idea de lo que es bueno y de lo que es malo. ¿Cómo no va a saberlo que tantas veces me lo explicó para que yo no me pusiera triste cuando me quedaba callado después de algún disgusto suyo? ¿Se acuerda cuando me acarició por primera vez y me puso las manos en la cabeza y yo le dije que hacía mucho tiempo que nadie me acariciaba así? Entonces usted me preguntó quién me había acariciado de esa forma y yo le dije que esos eran recuerdos de cuando yo era chico y usted se sonrió. Era muy dulce así, su voz muy cerca de mi cara era perfumada, su cuerpo era muy tibio y donde usted me había tocado me quedó por un rato largo la idea de que se me había pegado su mano. Ha oscurecido. Es la hora en que usted se va, la de su regreso del cementerio. Tengo sed. Debiera ir hasta la canilla del pasillo pero todo me da miedo. En las otras piezas están viendo televisión. Mi compañero va a venir dentro de un rato, entre ocho y media y nueve; él es mejor que Aníbal Pozzo porque me ha ayudado siempre a que usted esté cómoda conmigo, nunca llega antes de la hora que le digo. Yo le he hablado de usted y sabe que la quiero mucho aunque a veces me ha dicho que entre usted y yo las cosas debían terminar. Yo le conté a él que Mabel la cajera me tiene simpatía y él me preguntó qué espero para invitarla a salir. Le dije que no sabía qué hacer, que todavía no se lo conté a usted. Pero ahora se lo cuento, ahora lo sabe para que no haya secretos entre nosotros. Le aseguro que no los hay y sin embargo usted a mí me estuvo escondiendo cosas y cuando uno se entera que la persona que quiere guarda secretos, uno se siente muy mal, enfermo, como yo me sentí esta tarde y que es lo que hizo que todo sucediera así. Mañana tengo un partido, pero no creo que pueda jugar bien y ellos esperan ganar y yo los voy a hacer fracasar. Tengo miedo de que ellos pierdan por mi culpa. Si al menos supiera que usted me perdona, o que ha comprendido todo y no me guarda rencor, yo podría así empezar de nuevo, más aliviado, y para un tipo como yo que ha tenido tantas dificultades en la vida, empezar sin miedo, sin amargura es dar el primer paso con una buena ayuda para hacer bien lo que a uno le toca. Usted me dijo una vez que yo soy inteligente, que comprendía con mucha rapidez y que voy a tener éxito en la vida porque no soy complicado. Entonces no entiendo por qué no la comprendí a usted desde el principio. Será porque no me ha ayudado demasiado o guardó muy bien lo de su vida. También supo decirme que no tenía secretos para mí, que todo lo que pasaba con su marido yo siempre lo sabía, pero a mí no me importaba lo que pasaba con su marido, yo nunca le tuve rabia a él, ni celos. Su marido es un tipo bueno, me empleó en el almacén, me dijo que me iba a hacer dejar el reparto y me iba a poner detrás del mostrador y si no me puso tal vez sea por lo que me dijo Mabel, que era por influencia de usted para que yo no pueda hablar con ella. No sé si lo que Mabel me dijo debe ser creído, pero la promesa de su marido hasta ahora no se cumplió y con Mabel no tengo espacio para hablar. Usted me dijo una vez que era como mi dueña porque hacía mucho que estábamos juntos, me había visto crecer, salir la barba, poner más cuerpo y por eso tenía derecho a pedirme que me dejara el bigote y me peinara de esta forma. Entonces usted vino hoy con la foto y me la enseñó y me indicó en ella cómo tenía que recortarme el bigote. Sabe que fui feliz a su lado, que la he querido mucho, que siempre he tratado de estar contento y que nunca dejé de hacerle caso. Yo reconozco, lo sabe, que nadie me dio tanto como usted, pero yo le he devuelto con todo lo que quería de mí. Y ahora que usted está callada, que no me mira, que ya no dice una palabra entiendo otras cosas que nunca se me ocurrieron pensar. Ahora debiera contestarme por qué quería realmente estar conmigo, y por qué no me contó muchos detalles importantes de usted. Yo puedo entender algunas cosas rápidamente, otras de a poco. Las cosas que comprendo de a poco no me hacen mucho mal, me van acostumbrando para sufrir menos. Pero en cambio, las que se ponen claras de golpe, esas sí me hacen mucho mal. Y yo lo comprendí todo esta tarde, de golpe y usted se asustó porque yo entendía y le iba diciendo la verdad y me contó recién lo que debía haberme contado desde el principio y entonces era cierto que usted iba al cementerio y yo empecé a gritarle, a sentirme enfermo, lloré, usted también lloró, me pedía perdón y me explicaba que la foto no tenía importancia, que yo nunca iba a entender el dolor suyo, como tampoco su marido lo entendió porque el sufrimiento de una madre no puede compararse con nada. No sé, ahora que la miro, tan callada, tan cerca y tan lejos, pienso que quizá usted tenía razón. Qué importa ya esa foto que ni siquiera distingo porque se ha hecho noche. Afuera siguen los televisores gritando y en frente de ellos los estúpidos que no se dan cuenta de nada. Sabe, tengo ganas de llorar y sentir sus brazos rodeándome y sus manos en mi cabeza. ¿Se da cuenta de lo solo que me he quedado? ¿Se da cuenta de lo cerca que estuvimos tanto tiempo y de lo separados que ahora nos encontramos? No debió hacerme eso, yo siempre he sido bueno con usted, esperé con alegría todos los momentos de nuestros encuentros, traté de cumplir con las promesas y procuré hacer únicamente lo que a usted le gustaba. Todo está oscuro ahora, y frío. Ya no nos vemos, esta pieza es una caja negra pero no voy a encender la luz, cuando llegue mi compañero la va a encender él. No sé qué va a pensar cuando me vea mirándola a usted tan tiesa sobre la cama.

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7. Por última vez

No nos vendría mal un trago. Un solo trago, en la vereda como hacen todos y te prometo que después nos vamos, seguimos caminando. No vale la pena dilatar nada. Eran buenos tiempos aquellos, no del todo, pero buenos tiempos si nos ponemos a considerar que lo más importante era que teníamos tan pocos años encima. Apostaría a que vos ni yo hemos tenido después un tiempo así. Un solo trago como te dije y seguimos caminando. No, no vale la pena dilatar nada. Aquí puede concluir la historia del mundo en tanto caminamos para serenarnos y añadir a este anochecer algo de nuestras figuras, la mía y la tuya con una forma que puede parecerse a la de otras épocas en estas calles, en esta misma esquina, en todas estas veredas. En esto el mundo no cambia: a esta hora el camión del riego, la gente que sale del trabajo, el parlante de la publicidad que te acuchilla desde las tres de la tarde y los primeros mosquitos de la noche. No hables, todo está perfecto así sin que digas nada, como una vez cuando vos y yo teníamos probabilidades. Un largo camino a recorrer, decía tu papá y nos miraba y miraba más atrás de nosotros figurándose que veía el futuro, experto, protector, magnánimo en su bien ganada mayoría de edad. Era un hombre de efectos, los conocía a todos y sabía hablarnos de esas probabilidades que tienen todos los jóvenes. Más probabilidades, así era. Recursos y chances que nos permitían un poco arrollar el viejo sistema, las fórmulas caducas, pero no tanto, eso sí. Lo justo para no ser viejos antes de tiempo. Qué tarde tan caliente y no es verano todavía. Lo que nos espera en este pueblo… bien, lo que te espera. Yo tendría que considerar el pasado con vos ahora… el presente y también el futuro, pero ya no hay tiempo para eso, ¿no es cierto que ya no hay un poco de ese miserable tiempo que termina por carcomernos los huesos? Nuestros días, los óptimos digo, se han terminado de una vez, de allí en adelante estamos viviendo de prestado. En cualquier momento quedamos descartados del todo. ¿Es amargura, es resentimiento? Sí, es posible, y si te hace mal es por la participación que te obligaste a tener en todo lo mío desde una vez que nos pareció que nos queríamos y yo te lo dije y vos también me lo dijiste. ¿Era un baile entonces? ¿O era en aquella cena de verano cuando nos habíamos recibido de bachilleres, durante el vals de egresados? Después que el rector nos dio el diploma y después que dijo su discurso que les posibilitó un poco a todas ustedes llorar por esas palabras y por esa despedida. Parece que dijo entre otras cosas que éramos la flor de la juventud y que en todos nosotros estaban puestas las esperanzas de nuestros padres, las del pueblo, las de la patria entera. De este grupo privilegiado saldrán —parece que dijo, ¿te acordás?—, políticos, profesionales, líderes, hombres de paz, de progreso y de trabajo. Era la oportunidad que teníamos para que yo te dijera que te quería y vos me dijeras que me querías. Fue durante el vals, yo de azul y con bigotes, el traje ancho de mil novecientos cincuenta con el saco hasta las rodillas, vos con tu vestido blanco de mangas farolito y con una orquídea natural sobre el corazón. Primero bailamos el vals vos y yo, después vos bailaste con tu padre y yo con mi madre, y el tercero otra vez juntos los dos en ese salón que tenía un cartel grande que decía baile y diviértase en las tertulias de Independiente, música agradable, ambiente familiar y venía Marta Amadío a interrumpirnos a cada rato para que nos sacáramos las fotos los cuatro juntos: ella y Bernardo, vos y yo. Ah qué bien todo. Qué bien también ahora este silencio sobre los ruidos. Cuando se va el día hay ruidos, pero sobre todo hay mucho más silencio. Es el silencio de los desesperados, el silencio de las angustias, el de todos los bienes perdidos y el de los insomnios de una mujer soltera. Un paso o dos más, o tres, o cien mientras decidimos alguna cosa. Nada de absurdos, mirarte las manos sí, los dedos, las uñas, dejar correr algunas lágrimas, naturalmente. La gente viene, va, nos ve, nos saluda, nos ayuda a ser nosotros mismos. Adiós, adiós, adiós a todo el pueblo. ¿Ves que saludo a todos? Se sabe quién soy, quiénes somos los dos, ¿no es así?, quiénes fuimos estrechamente juntos los dos en el cine de los sábados a la noche, en las tertulias danzantes, en el casamiento de nuestros amigos, en la misa de diez de todos los largos domingos en que yo almorzaba con tu familia y a veces vos cenabas con la mía. Nos eligieron la pareja de la primavera y tuvimos que bailar solos, entre toda la gente que rodeaba la pista y todo el baile fue bajo una lluvia de flores. Fuimos los novios más votados en el concurso ÁMENSE Y GANEN SU VAJILLA DE BODAS. En mil novecientos sesenta todavía podíamos volver atrás frente a esa madre mía muerta que no quería morirse sin verme casado. Total, ocho años más allá del pueblo, bastante más lejos, no me habían servido de mucho. Pero yo quería agotar hasta el último toque de mi arrolladora personalidad de inquieto emprendedor, como decía nuestro rector. Había aprendido a pisar más fuerte que todos, a pararme y gesticular con las piernas muy abiertas porque eso delataba con cuánta seguridad estaba parado sobre el mundo y qué bien me habían apertrechado para empezar cualquier cosa. No se sabía qué, pero cualquier cosa que emprendiera debía ser el éxito para mí. Entonces no podía venir así con las manos vacías, eso puede entenderlo cualquiera, y decirles a todos lo inútil que había sido gastarme esa plata que me dieron para tratar de meter algunas materias, en lo inútil que había sido encontrarme con todos los del partido y estar en las huelgas, no tener ganas de estudiar después, buscar trabajo, reconsiderar de tanto en tanto la agonía de los ideales y dejar que de a poco todo se fuera y me acordara de vos y sintiera vergüenza y más tarde ni sintiera vergüenza siquiera. No, no podía venirme así con las manos vacías. Apuesto a que vos tampoco hubieras querido que volviera con las manos vacías. Después de todo no ha pasado tanto tiempo desde mil novecientos sesenta para que estemos tan cambiados. La gente no cambia tanto en algunos años. Sí, es cierto, tal vez exteriormente, pero adentro, en el corazón, en el estómago, en todas las vísceras no se cambia tanto. Dentro de un mes cumplo cuarenta. Que no te importe, no tenés por qué acordarte de mi cumpleaños, no te vas a acordar de todos modos. El tuyo es en setiembre, tal vez el cuatro o el cinco. ¿Y si nos sentáramos a brindar por todos los cumpleaños que no hemos festejado juntos y que ya no vamos a festejar nunca? Entre trago y trago miramos a la gente de siempre, o a la gente que es como siempre en esta calle. Fue mi barrio también y es posible que tengas razón, el mundo cambia, estos árboles eran más chicos, recién plantados, tu hermana apoyaba su pesada bicicleta Raleigh en el paraíso de la esquina y otros chicos hacían ruido con un brote de caña en las paredes de ladrillo hasta que salían las arañas que creían se iban a comer una mosca recién atrapada. Han revocado esa pared y tiene carteles de Coca-Cola y de Pepsi. Nosotros no teníamos Coca-Cola, no entraba por el Código Bromatológico, eran naranjinas Vilma y Yuyenco y Chuncana, y algunos chocolatines Godet o Kelito para después de la matiné y para los domingos a la tarde cuando los grandes se iban a tomar el liso. A veces nosotros estábamos autorizados a tomar un cívico, ese chop chiquito con un chorro de granadina. No quedan chicos que sepan hacer salir una araña de su cueva con solo soplar un brote de caña frente a las viejas paredes de ladrillos. A esta hora el mundo se desmorona, es una ruina, ruina de luces, derrumbe de sombras, un pueblo que es ahogado por la noche y aquella ranchera en las lomas de mi pago yo corté la más linda margarita con primor y a la virgen del pueblecito la llevé pa que ella me curara del amor. Y aunque cambie la música y se vuelva todo diferente ese parlante se va a estar siempre con eso de las margaritas y jazmines que pueblan los jardines de la inmensidad. Alrededor de la plaza teníamos también ese lugar, un sendero estrecho para los dos, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta en las tardecitas de los jueves, los sábados y los domingos. Los otros muchachos del nacional y los del comercial hacían barrera y decían piropos, algunos dejaban la barrera, entraban también ellos en el sendero estrecho y caminaban ida y vuelta con su novia en tanto la banda dispuesta sobre la caja armónica hacía la Marcha triunfal de Aída, la Avenida de las camelias, algo de Carmen y mucho de Verdi que eran esas cosas que el viejo Borla hacía ensayar con una unción que se llevó a la tumba. Ahora nadie dirige la banda como lo hacía el viejo Borla, podría apostar eso y ganar. La cara se le transformaba, los brazos se escapaban del cuerpo, en tanto, si era octubre o noviembre la magnolia focata crecía en perfumes mientras se hacía más profunda la noche y vos te estabas acordando en ese momento que habías dicho en tu casa, «mamá me voy al bulevar», y ella como siempre te gritaba desde el patio que no volvieras después de las nueve porque si no tu padre se enoja. Vos me decías que esa música de metales tenía la particularidad de subrayar el tiempo y si la escuchabas otra vez vivías de nuevo cada cosa que habíamos dicho o hecho mientras estábamos juntos. Ese era para nosotros entonces el destino de la música del viejo Borla con tantos días de octubres, con tantos jazmines del cielo en los canteros y el feo monumento a San Martín que hacía poco habían puesto en el centro después de meses de polémica para decidir hacia donde debía apuntar su sagrado dedo, el que usó y ensució un gorrión justamente en el momento de la inauguración. Yo tuve que hacer guardia en una de las esquinas del monumento y vos también, con la rompevientos azul y pantalones blancos nosotros los varones y ustedes con la rompevientos blanca y la pollera azul. Más tarde empezamos a irnos. Vos no querías que me fuera, las novias o las madres de los otros tampoco querían que se fueran, pero nos fuimos de todos modos. Ahora estoy en edad de recapacitar, sin duda, pero es evidente que no se puede recomenzar. No sé qué podría prometerte. ¿Sabés acaso qué podría prometerte? Si querés un trago, ahora es el momento justo para una copa de algo frío, algo largo que se vaya hasta el fondo de nosotros. No sé por qué no querías que me fuera. Era tu seguridad de que no tendríamos más esas tardes, ni las misas de diez, ni los almuerzos, ni los premios a la pareja del año. Hasta tu hermana que nos seguía por cuadras con su bicicleta Raleigh no entendía muy bien por qué no querías que me fuera. ¿Quiénes eran los de mi época que también se fueron? Fabio Moschino, Rogelio Carlín que murió ahogado por salvar a ese chico. De Fabio no se sabe nada ya. Se fue también Luciano Operto, sí, es cierto, Ligio Bó también que empezó muy bien en el Club Atlético Nueva Juventud y que lo compraron para aquel cuadro. No quiero decirte que Ligio Bó dejó el fútbol por el boxeo y que está ahora en una esquina lustrando zapatos. El triunfo fue flaco, insulta a la gente y se ha emborrachado conmigo alguna vez y cuando queremos te nombramos, es apenas alguna idea, un homenaje que te hacemos más de silencio y alcohol que de palabras. El te quería y vos me querías a mí, solo en eso estaba la diferencia y pensaba volver triunfante, lleno de gloria, tembloroso de poder y juventud y desplazarme para hacerte saber todo, lo que nunca se había animado a decirte. Cuando está borracho es cuando comprende mejor las cosas, ve todo con mayor claridad. La última vez me dijo: «viejo, el mundo es una trampa. Todos caen, lo que cambia es el cebo que le colocan a cada uno». No sé por qué no querías que me fuera, no sé nada. Una copa solamente, una para cada uno, te invito, puedo pagarla yo. Vamos a mirar desde una mesa encenderse las luces, circular los autos, andar la gente mientras yo te pregunto qué se hizo de Ethel que fue también un poco mi novia. Era espigada, y con el cabello negro sobre los hombros podía decirse que venía de otra época. Cada cinco palabras repetía que todo era una barbaridad, barbaridad de pueblo, barbaridad de tierra, barbaridad de aburrimientos. Su madre le vestía de blanco y con puntillas. Ethel venía a veces con nosotros. Solo aceptaba un café cortado y un día llegó ese novio. Todos calculábamos que era lo que estuvo esperando por años. La madre le redobló su ajuar con puntillas y fueron felices algún tiempo. Pero no sé qué se hizo de Ethel, lo último que supe era que el novio se fue como había venido y ella se quedó con un gran ajuar y enseñando catecismo en la parroquia, pero de esto hace mucho tiempo. Eran también tus amigas Elsa y Cora, las mellizas que mordían hojas de cedrón cuando salían de la casa para tener buen aliento. Yo las confundía y todos echaron a correr que una vez estuve prolongando con Cora lo que había iniciado con Elsa el día antes. Sí, de Ethel podía decirse que venía de otra época, con sus vestidos blancos y el pelo negro cubriéndole los hombros, también con su segundo nombre que era Ibis y su apellido francés y tan mágica a veces cuando tardaba horas en tomar su cortadito. No quisiste que me fuera pero yo no podía quedarme. Cómo podías saber lo que siente uno cuando ha pasado los veinte años y no tiene nada que hacer en un pueblo. Qué les importaba a todos ellos. Digo todos ellos y debés entender que hablo de tu madre y de la mía, de mi padre y del tuyo, de los hermanos y de los amigos. Pero hay quienes no les importa nacer en un mismo lugar, casarse, venirse viejos y morirse sin salir de ahí. Yo creía que vos al menos comprendías, y que iba a ser difícil hacerte tragar eso de que el pueblo progresaba, que tenía comisión de cultura, amigos de la música y del arte, que traían la orquesta sinfónica de Santa Fe, o el ballet del Colón en el teatro del Unione e Benevolenza. No, no podía dejar que ellos nos mintieran con cosas así haciendo juegos florales para premiar a unos versos que saludaban a la bandera o a los colonizadores, a la fecunda idiotez de esos piamonteses que habían dejado el lomo en el surco y en los corrales y una gran herencia para todos los hijos. Total, esas zanjas con sapos y cataratas de grillos a dos pasos de la plaza van a existir siempre, total Ethel debe haber tenido su destino dentro del pueblo, como vos, como las mellizas y eso es suficiente para algunos, pero te aseguro que no es suficiente para todos. De ninguna manera, no puede ser suficiente para todos. Para mí no, para Fabio Moschino tampoco, ni para Ligio Operto, ni para Rogelio Carlín que se fueron y no volvieron. No era yo el único entonces. ¿Por qué tenían que considerarme como un fenómeno? Dicen que a Rogelio Carlín lo encontraron descarnado en el agua, que solo pudieron enterrar sus huesos. Ya ves, la carne de Rogelio todavía anda dando vueltas por ahí. Destino ilustre el suyo, tal vez el destino más célebre que haya salido de este pueblo. No estés apurada, te lo ruego. Son los últimos momentos, es probable que sean de veras los últimos. No más regresos porque ya no pertenezco a nadie en este lugar. Mis hermanos tienen sus mujeres y sus hijos, en ninguna de esas casas estoy bien, no sirvo para hablar de antes ni para hacerme querer como tío o cuñado. Los viejos tienen su tiempo allá. Qué bien, mis hermanos lo piensan todo: los han enterrado juntos. Primero mamá en mil novecientos sesenta, ahora papá. Viejo lindo, nítido, de una pieza. Hecho de esta tierra, no estafó a nadie, no hizo sufrir a las viudas ni descuidó a los huérfanos. Ejemplo de hogar cristiano el de él y la vieja. Te acordás de los discursos de ayer. Veintiocho años presidente del Club Atlético Nueva Juventud, buen deportista también, buen patriota, hijo de esta tierra, nunca se le ocurrió salir del pueblo. Aquí nació, aquí buscó a su mujer, aquí hizo a los hijos. No, no estuve borracho en el entierro, no creas lo que dicen solo porque sonreía en lugar de llorar, y nadie me vio llorar porque tenía la boca ocupada en sonreír, en aguantar esa espuma que venía de las entrañas, que era una mezcla de todo: lágrimas capaz, bilis, bronca y angustia también. Además nadie sabe después de todo cuál es mi pena y mi manera de sentirla o de querer sentirla. Nadie sabe qué es lo que me duele aquí adentro, en donde residen las calamidades. Tampoco ahora estoy borracho, dulce. Ya es de noche y ese parlante sigue, ¿hasta cuándo sigue ahora que no me acuerdo? A medianoche parte mi tren. En la oscuridad el pueblo se va a ir haciendo cada vez más chico entre trigos y paraisales. Después cuando vuelva a salir el sol voy a estar frente a la ventanilla mirando el horizonte. En ese momento nada mejor que un café bien cargado para borrar la mala noche.

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9. Margarita, Armando y su gallo

Margarita Azcona: Nacida en Corda, el 27 de enero de 1920. Su padre fue José María Azcona (inmigrante español) y su madre Enerina Costello, hija de inmigrantes italianos. Hizo hasta tercer grado, pero aprendió a leer muy bien en El arca de Noé y le dedicó muchas horas a los cuentos de la pampa argentina que compraba su papá para leer El fogón de las tradiciones, pero ella prefería sobre todo el Para Ti que le prestaba la empleada de la estafeta. Sus primeros años fueron simples y sin altibajos, de un nivel elemental si se descuenta que alrededor de los catorce, o quizá algo antes, empezó a apasionarse por la cría de la Plymouth Rock, con la que quería alcanzar un promedio de 290 posturas por año. Todo terminó con la epidemia de diarrea y con una gran desilusión. Fue feliz en los momentos felices y lloró en los momentos tristes. Tuvo cuatro hermanos, todos varones y nunca los entendió: olían como animales, comían como cerdos y decían cosas que solamente hacían reír a ellos. A los ocho años la llevaron de urgencia a Santa Fe para operarla de apendicitis y, desde entonces, se sintió como si hubiera perdido algo secreto y bastante íntimo. Fue a muchos bailes de su pueblo y de pueblos vecinos. De vez en cuando ayudó en las tareas del tambo, pero José Azcona y Enerina Costello no le exigían mucho porque tenían la ayuda de los cuatro varones de la casa. Aprendió con su madre a hacer carpetitas de punto cruz y masitas de amoníaco. Una vecina de apellido Kreller le enseñó a hacer tortas alemanas y un vecino —a los dieciséis años— le enseñó a desdeñar a ciertos hombres. Le costó demasiado desprenderse de la impresión desagradable que le causó un rudo chacarero que trató de seducirla cierto atardecer cuando regresaba, cruzando las vías, de pedir prestado un pan a sus vecinos los Polletti. Le quedó por mucho tiempo la idea de que los hombres, en general, son como los toros: su función, arremeter, y decidió que no se casaría como las otras. No sentía la menor intención de ser sojuzgada cuando a ellos se les antojara, ni le caían simpáticos los chicos: llorones, hambrientos y sucios de mocos. Pero a los veintidós años, fiesta del pueblo, San Esteban Rey, volvió el hijo de la Vica Strada que había estudiado comercio en Santa Fe y estaba trabajando allá. No le pareció brutal como los otros, tenía ropa buena y un bigote muy suave, delineado apenas en el lugar justo. Le gustó porque lo asociaba con los tranvías y algunas películas que había visto en el salón Mercurio (ella nunca supo que el de las cintas era John Gilbert). Lo de los tranvías le había quedado como un ensueño de ciudad inmensa desde que estuvo en Santa Fe por el apendicitis. La sacó a bailar y él le dijo que la reconocía (claro, se habían conocido de chicos en la escuela que dirigía doña Eliodet Longo), le dijo que también estaba muy linda, no parecía criada en Corda. Ningún hombre le había dicho antes que estaba muy linda. Él se quedó durante toda su licencia —cerca de dos semanas— y la fue a visitar. Algunas tardes se sentaron frente a la plaza en el despacho de bebida de los Bonzi y él tomó cerveza y ella cerveza con granadina. El hijo de la Vica la iba a buscar en el Ford A color lacre, de los abuelos. Cuando se fue, empezaron las cartas. Él pensó que Margarita tenía bastantes cosas que le gustaban como para pedirle que fuera su mujer y se casaron dos años después pasando por un noviazgo lindo y que solamente le pareció a Margarita un poco largo. Ella tenía veinticuatro años y él veinticinco. Se fueron a vivir a Santa Fe, pero algún tiempo después al hijo de la Vica Strada se le presentó una oportunidad de progreso. Le ofrecieron otro puesto mejor pagado como subcontador en el frigorífico y se fueron a Rafaela nomás. Vivieron bastante felices.

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11. La casa de los serafines

Serafines rebeldes, serafines con sombrero, de alas rotas, sin alas, negros, quemados por el sol, con polvo de los caminos, con permanente olor a tambo; en los techos, sobre el rimero de bolsas en los galpones, gritando en la noche encima de un potro en pelo, de allí al viento, a las lomas, a los eucaliptos y al borde del balde dando gusto a la sed en un río generoso de agua recién levantada del pozo, y yo entre ellos, en el verano largo, terrenal y febril y ellos que eran los mismos serafines que me esperaban al terminar diciembre cuando todavía se comía algún resto del pan dulce de la Nochebuena, y me tenían preparadas las idas al monte y los camachuses, los nidos de avestruces, los patos siriríes, los cardenales, los chañares maduros hasta que a principios de marzo llegaba papá en el tren de las doce y cuarenta y me venía a buscar porque tenía que empezar la escuela y todos iban a despedirme, o casi todos, los que habían podido acomodarse en la volanta que ya estaba atada antes de las once de la mañana para darme un poco más de tristeza por mi partida. El regreso era muy distinto de la llegada, eso lo sabía cualquiera y si yo no lloraba era porque sabía esconder el secreto de ese dolor intenso, pero por un tiempo largo estaba triste, con ese nudo feo en la garganta y una traba en el estómago. Los primeros días de marzo eran los horarios de la escuela, los cuadernos Educador con forro de tela de araña, el sacapuntas, el frasquito de pasta Elefante con su olor acre a ácido fénico; un buen olor, en cambio, a madera de los Faber número dos, relucientes, afilados, sin ninguna mordedura. Eso era todo el fin del verano, hasta con un movimiento diferente en las plantas y el despertar de agazapadas tristezas en la lejanía. Para lejanía nada más inmenso, atesorante que aquellas vistas de a caballo o desde las parvas con los serafines revoloteando alrededor suspendidos merced a sus alas de trapo y a su liviandad de viento fuerte y oloroso que los mecía con el milagro de mis ojos borrachos de chacras y de esas mismas distancias sin horizontes. Me despedía de todos los Serafines a pesar de que iba a volver en otro diciembre. Me despedía diciéndole adiós a Corda, a sus hondonadas, al horizonte quebrado, a las quemazones, al cementerio de la loma con los huesos sagrados de ambas partes de la familia, a la estación de tren; de todos me despedía diciendo tristes palabras como si estuviera partiendo para la guerra. Papá muy grave me daba la ventanilla y yo me imaginaba la radionovela con el muchachito bueno muerto de tristeza después de un gran sacrificio, no sé ahora con qué música, pero con una melodía que sonaba a veces eléctrica, espeluznante, lloradora. El tren pesado, en ese momento de las trece cincuenta porque volvía, me rajaba en dos el pueblo. A un lado el caserío aplastado, de techos oxidados, la casa de los Prola con sus aleros pandeados y una veleta torcida por una mítica centella que dejó caer el mismísimo diablo en una noche de perros. Más allá, emergiendo entre la fronda quieta que soportaba el último sol de verano, vislumbraba la iglesia petisa con el campanario que había ayudado a levantar el mismo padre de Florentina, de lo cual me enteré muchos años después; la casa de la Véspera, la tapera de la Tunga, el tunar del Ñato Rioja, los corrales de los Abatte, las trojes de los Frumento, un poco de jardines con gallardías y escabiosas, algún fulgor de duraznos tardos en madurar ya entre la hojarasca amarillenta, un poco de ropa al viento bajo el sol no tan blanco ahora, sino rubio, corriéndose para el lado del otoño, las enredaderas pata de gallo en los alambrados a un costado de los profundos caminos estivales; las falsas caobas con sus flores como temblantes manos pálidas y los tamariscos plumosos con sus amentos de rosa viejo. Del otro lado más mundo, más lejanía y más espacio para la melancolía que ya venía en avanzadas presurosas y zumbantes. Tonino mi primo sobre su caballo gordo llevando terneros al corral para el ordeñe, los dos hijos de algún Vaucci, siempre juntos cual sombra uno del otro, corriendo alguna liebre con sus perros pardos y flacos, consumidos de hambruna renuente, como ellos sus amos. Eran finalmente figuras de más allá, más distantes que todos los días, que se quedaban en su ámbito, se hacían más pequeñitas y me punzaban en el corazón con persistencia de saeta agriada de melancolía. La laguna con su movedizo azogue, y allí chapaleaban desnudos —casi imperceptibles de lejanía que se agrandaba y comenzaba a lastimar—, otros serafines, no los míos, precisamente: Pacheco Frumento, los chiquilines de los Ferraris en sucesión año tras año y tan iguales unos a otros que parecían eternizarse en una edad; el hijito del Bayo Trucco con sus patitas de ave zancuda, el Aníbal Bonzi, Dominguito González… Cheppa Rossa la estafetera se volvía con su sulqui, su bolsa de correspondencia, el pañuelo gris, la sombrilla negra, Mercurio-Carancho sobrevolándola y cuando daba vuelta en la esquina de la Tunga ya se preparaba para latiguear a los hijos bastardos del rancho de las Benavídez, que se le ponían delante, le paraban el caballo, se trepaban al carruaje, le levantaban el vestido y hacían que todos le vieran los calzones largos y las piernas de venas azulverdosas. Los serafines míos quedaban en la estación y me hacían adiós con la mano y muy enseguida dejaba de verlos por una curva cerrada que daba el tren, pero el pueblo se perdía mucho después entre el olor del poleo y el zurear de las palomas en el monte que atravesábamos muy alto por un terraplén que era como una cornisa. Los serafines eran el Tucha, Norgo, la Cita, la Delfa, el Grillo, Bimbo, Sefita, Titi y Casio y también la Leni, rubia y chiquita, hija de la Cita y el Bebe Roskoff, el polaco que vivía a media legua, después del bajo en donde estaba la única sombra de toro de Corda, un árbol alto y permanente, de hojas coriáceas que todavía debe estar porque un árbol como ese no se abate así nomás. El Grillo era pelirrojo y era por eso que le gritaba el Casio que era un colorado sangre de toro, cuando peleaban, y usaba anteojos muy gruesos —lo salvaron de la conscripción— y vestía siempre las mejores bombachas que lucía en los bailes y en las jugadas de bochas en donde sabía dejar mudas a las muchachas con su atuendo y envidiosos a los hombres con sus habilidades de bochador. Tenía muy buen gusto para elegir las telas y hacérselas cortar, y cuando la Cita, que cosía para todos los hermanos, se ocupaba de él, el Grillo iba a buscar algún modelo en casa de los Michelasi que se compraban la ropa en El Palacio del Estanciero en Buenos Aires, y todos los años tenía un detalle nuevo que hacía que sus bombachas fueran las mejores, no solamente en Corda, sino en Isleta, en Campo Bonetto, en La Oscura y en La María. La Cita, por otra parte, era quien mejor hacía los detalles; ni la propia Porota Pautasso que había estudiado corte con el sistema Mendía en Santa Fe, podía hacer mejor que ella los nidos de abeja, los ruches, los godets, las rositas rococó que en alguna bombacha del Grillo aparecían al desgaire pero con viril sobriedad, y no había caso que otras pudieran comparárseles. Tal es así, que todas las veces en que la directora de la escuela, doña Eliodet Longo preparaba una velada y hacía números patrióticos con el pericón, el escondido, el cuadro vivo de la nueva y gloriosa nación, y cosas así, recomendaba que fueran a pedir prestadas las bombachas del Grillo porque eran las que mejor lucían en el escenario. El Tucha era el mayor de los serafines, y el más chico era el Casio a quien le decían arruinao: «¡no jodás arruinao!», «andá a encerrar los terneros arruinao», y arruinao de aquí y arruinao de allá casi no lo conocían de otra forma porque tenía fimosis y cada tanto se desgarraba y había que hacerle una cura de emergencia, y otra de sus características era que se le llenaban las manos de verrugas porque era el que siempre acompañaba a la madre a buscar tunas temprano por las mañanas antes de que el sol calentara, con un tarro de querosén agujereado en el fondo, que tenían nada más que para eso, para juntar tunas. Entonces las espinas se le clavaban en la piel de las manos y no se le desprendían como a los otros, sino que se le incrustaban y le dejaban unas verrugas ásperas y duras. Una por cada paja, le decía el Grillo con socarronería y esa suficiencia de los mayores que creen estar lejos de los ardores adolescentes, mientras todos los otros se reían del pobre y avergonzado Casio que agachaba la cabeza con la cara roja y la boca temblorosa de indignación. Y de allí que él tuviera siempre las manos escondidas cuando estaba hablando con alguno y que a veces, cuando quedaba solo, uno pudiera sorprenderlo mirándoselas atentamente como si contara en silencio, profesando secretas ilusiones de milagro, cada estigma de la piel. Ellos eran todos los serafines de la casa, incluyendo la Leni y a quien se le agregaba la Neta que venía a pasar el día con el carro del lechero y se traía una muda de ropa para la tarde cuando todos se lavaban y cambiaban y se iban a esperar la hora de la cena tomando mates frente a la casa, tocando el acordeón, haciendo un partido de bochas o compitiendo a quién clavaba más veces el puñal en el tronco del eucalipto, tirándolo desde lejos. Y ella, la Neta, debía esperar la volanta del Chirín Ferrari, el verdulero que la llevaba de vuelta al pueblo y la devolvía a la casa de la tía Fornarina con quien vivía porque su madre había muerto en el manicomio. Era muy de tardecita ya y la Neta quedaba con mucha nostalgia por esa partida —se le notaba en todos los gestos, en el abandono del cuerpo, en los ojos— y las muchachas de la casa le decían «adiós, adiós», con las manos, y «volvé pronto Neta», en tanto la volanta del verdulero se perdía por el camino largo entre una nubecita de polvo dorado que permanecía suspendida livianamente en el turbión melancólico del ocaso. Ellos eran todos los serafines de la casa; le daban ruido, color, olor, peleas, la hacían alegre, la llenaban de risas, armaban grescas descomunales, se pegaban, pero en definitiva, qué hubiera sido la casa sin ellos, como ahora que ya nadie vive en ese lugar y que tantos murieron.

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14. Su última tierra

Bernarda es la que tiene el corazón de oso, es la que tiene el ánimo y el valor de un oso. Así era Bernarda Talani, y al verla andar por los caminos, detrás de sus vacas —porque no tenía campo para hacerlas pastar—, la gente de Corda decía: «Bernarda es una mujer valiente, bastante más que muchos hombres de aquí». Y eso que en Corda los había quienes tenían no el corazón de un oso, sino de dos o tres, con unas fuerzas encima para arrancar árboles con solo abrazarlos. Y Bernarda solía entrar en algún desafío con los hombres si de fuerza y valor se trataba. Ella sola volteaba sus vacas cuando se empastaban con la alfalfa engañadora de la primavera y, sin pestañar siquiera, les hundía el cuchillo en el vientre hinchado del que salía a raudales la espuma verdosa. Y era célebre también en las yerras, no había una en donde faltara Bernarda porque les servía para cantar y animar a las otras mujeres, además de trabajar en el corral a la par de cualquier hombre de la casa. Después que murió Ana Mare, fue la próxima mujer que la remplazó en los cantos que armaban los hombres cuando se juntaban en los boliches, o en los galpones a festejar el rinde de las cosechas y, como Ana Mare —a quien Bernarda había respetado siempre— ella se sentaba a horcajadas sobre las sillas y tomaba vino directamente de las damajuanas, chicaba tabaco, y escupía las mascadas tal cual lo hacía un hombre ocupado en sus cosas. Por muchos años fue la única mujer —después de Ana Mare— admitida en los coros de varones. Sin embargo, con el suceder del tiempo todo fue distinto porque el paso de los días hace que la vida y los hombres cambien, aunque en las buenas épocas de Bernarda Talani, de Yeppe Leoni, o de Ludovica Racca, por ejemplo, se hubieran podido recoger dulzuras para llenar un libro entero, sin acabar nunca. «¡Bernarda!», le gritaban los muchachos camino de la cremería, tus vacas van a ir al campito del juez y de ahí no salen más… Entonces ella levantaba un puño y se los enseñaba diciéndoles que ese era su medio para hacerse entender por el juez que cada tanto le encerraba su poquita hacienda, mañosa en romper alambrados ajenos para ganarse los campos de los que sembraban la jugosa alfalfa. Y si la broma seguía, Bernarda largaba con un fuerte salivazo la mascada vieja, tomaba de su bolsa una nueva pulgarada de tabaco, se la echaba en la boca y así fortalecida los desafiaba a pelear porque ella no le tenía miedo a nadie. Pero algunos se trenzaban aunque supieran que podrían salir con unos cuantos golpes puesto que, muchas veces, entre el simulacro de peleas, Bernarda accedía a rodar por las cunetas con sus rivales convirtiendo la pugna en otros forcejeos de arrebatadoras consecuencias. Bernarda iba del alba a la noche con sus poquitas vacas y cinco o seis perros rosados, filosos de hambre que se entretenían en hacer estragos entre las liebres y en la abundante pichonada de perdices si era la época de nidada, y a ella le gustaba esto.

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16. Los perros de Miguelito

Del amanecer en adelante el viento cambia notablemente. Entonces la helada estremecedora y fría asienta sus reales por toda la naturaleza esparciendo su casi harina de cristal sobre las hojas de la grama y del alfalfar. Las maciegas se ven blancas, espolvoreadas de menudas chispas y la atmósfera tiene una tranquilidad que ahueca los sonidos y magnifica la distancia de las chacras. La presencia blanca de la escarcha ha puesto tiesas las hierbas, brilla encima de la paja húmeda en las parvas ventrudas y endurece el agua rebalsada en los charcos. Algunos insectos han quedado aprisionados en esa trampa vítrea que los cercó fatalmente y, otros, con más suerte, buscan un día mejor para su hambre de mañana nueva. El mundo de la cama es tibio. La carne, el cuerpo entero se confunde en esos abrazos de cosa agradable que son las sábanas y las frazadas con las formas del cuerpo de uno y hasta el olor de uno mismo. Ah, qué respirar despreocupado en el interior de ese tiempo caliente y oscuro sin que nadie intervenga, sin que el menor obstáculo interfiera entre el sueño y la vigilia. Afuera el cielo se pone alegremente rosa y azul, pero es un amanecer tardío, invernal, con gorriones melancólicos en largas protestas, desafiando la escarcha, y pirinchos guarangos que son los primeros en ocupar enteramente los rectangulitos de sol sobre el techo de la casa. Chip, chip, chip, se anuncia a saltos menudos una curruca que busca alguna pluma olvidada por el viento para tapizar su nido zamarreado en la noche. En su quehacer ignora a los otros pájaros que no están dispuestos a ceder a una cosa tan pequeña el lugar ganado en el sol; por eso, cuando la curruca se abalanza sobre una hormiga negra ya de paseo por el zinc que empieza a bruñirse, los pirinchos fuertes e inflados con las plumas esponjadas para parecer más grandes, espantan a la inocente. Las uñas rasgan el techo de la casa y, abajo, en la habitación, los ruidos parecen más sonoros. Capitán que dormita con un ojo sí y otro no, pone tiesa su oreja mejor, la que detecta con insólita rapidez cualquier perturbación sonora y, con el ojo abierto, mira la incidencia casi histórica que es Miguelito al estirar las piernas debajo de las mantas y volviéndolas a recoger de inmediato por encontrarse sin pensarlo con una zona fría y repelente. Se acerca el momento en que entrará Yeppa a despertarlo con algunos de sus gritos terribles; entonces la casa se va a llenar con el bullicio de los cinco perrazos juntos tirándose mordiscos, gruñéndose recíprocamente o pasando todos a la vez por las puertas entreabiertas e inventando tristísimas figuras para conmover a la Yeppa y evitar algún puntapié, de esos que caen certeros en las costillas de uno cuando se es perro y encima con un poco de olor a carroña. Y ella entra, grita lo de siempre, alcanza al gran Dic con la punta de la alpargata y se va dando un portazo que hace sacudir la casa, para preparar el café con leche y sacar chorizos de la grasa que, como piensa Miguelito a veces, son gordas anguilas en un pozo de barro blanco.

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