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Una cama de oro

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

13 minutos de lectura

A Marta Zobboli,
en reconocimiento.

El hijo de don Otto Stiller, es decir el menor, a quien llamaban Teo para acortar el nombre, fue casado con la Verónica Forte de quien alguna vez conté que era tan experta en las carneadas y que sabía manejar el cuchillo para trozar la carne con la misma seguridad y finura con que bordaba lirios y azucenas en las sábanas de su ajuar. Ella era una muchacha para el trabajo y sana, que sabía hacerle frente a todo; él —aunque callado— era un mozo guapo y despierto en la yerra, especialmente cuando había que desguampar o en el momento de capar las reses. De allí resultaba que ambos tenían una destreza en común —si se quiere—, o sea el manejo del cuchillo para trabajos honrados. Honrados eran los dos, porque venían de familias honradas, y porque nunca nadie pudo decir que en Corda se hubiera sabido que los Forte o los Stiller habían dado de qué hablar a causa de sus actos. Don Otto le dijo un día al padre de la Verónica que era tiempo ya para ponerse de acuerdo en eso de casar a los hijos como lo habían hablado alguna vez.

—Mirá Lázaro —le propuso—, el Teo no habla mucho y es tan tímido que parece zonzo, pero eso es por fuera nomás, vos sabés cómo es él y de qué manera le pone el lomo al trabajo.

Y don Lázaro escuchaba asintiendo porque de todo eso estaba más que seguro.

—Y sobre el pucho le doy la tapera para que se ocupen de ese campo —agregaba el alemán— que ahora lo tengo medio abandonado y entre los dos van a hacerlo producir; vos sabés que nosotros somos gente de fiar.

Lázaro entendió que el trato era de provecho y, de esa forma, quedaron unidas ambas familias a través del buenazo de Teo y la industriosa Verónica.

Voy a pasar por alto otros detalles del arreglo de la boda, por ejemplo de cómo la madre de Teo aportó una vieja cama de bronce que después de dejarla como el sol la mandó a instalar en la tapera, y de cómo, a su vez, la madre de Verónica adornó el armatoste con una colcha de bayeta azul para que estuvieran tibios durante las noches en que el viento contumaz gimiera sobre el techo. Y voy a pasar por alto también, los detalles mismos de la fiesta en la que los invitados bailaron tres días enteros y comieron cerca de cinco mil perdices, en tanto entonaron en líricas competencias, por un lado los Forte y por el otro los Stiller, todas las canciones piamontesas y todas las alemanas que sabían. Pero, de cualquier manera, si no pudieron ponerse de acuerdo en cuáles eran las más lindas, nosotros sabemos que todas eran muy, muy hermosas y llenas de nostalgias porque en el fondo, a pesar de la diferencia de lenguas, no hacían más que repetir los dulces temas del amor, de adioses y de olvidos que dicen todas las estrofas del mundo.

La historia verdadera empieza cuando los novios dejaron la fiesta y ellos solitos montaron la jardinera y se fueron para la casa del monte a abrir las puertas y a darle otra vez vida a la vieja tapera silenciosa. Allá, en la intensa soledad del patio quedaron temblorosos frente a la galería cenicienta que parecía esperar con recelo después de tanto tiempo sin tener gente que la animara, y hay que reconocer que la Verónica, vestida de novia con su hermoso traje de gromilán verde, prolongaba la gemación incipiente de todas las ramas del monte en la casi tibia mañana de setiembre. Los pájaros imbuidos de secretas obligaciones se afanaban en hacer los nidos y en buscar comida, o se perseguían con delirio en las alturas gayadas de sol. La Verónica, conmovida no sabía por qué, hubiera querido una palabra de Teo en ese momento, pero ella estaba resignada a no pretender que hablara, ni siquiera en el día después de su boda, porque los Stiller no eran muy conversadores, no; todos hablaban muy poco y Teo, menos que ninguno. Desvanecido el instante ella entró resuelta porque de ahí en más esa casa era suya y, desde entonces, le nacían muchas responsabilidades. Él se acercó a la pared de la galería, sacó un Colmena arrugado, lo encendió sin mirar nada cierto y se puso a fumarlo tratando de encontrar el modo más cómodo de estarse apoyado en ese lugar, quizá por cuánto tiempo. Era casi el mediodía cuando la Verónica entró en la casa y dijo: —Teo, voy a preparar la comida y, aunque no hay carne que a usté le gusta tanto, algo le hago para que coma. Pero el hombre no contestó y ella apenas si se animó a mirarlo un poco por la ventana. Pensó en que le iba a gustar una tortilla y sacó de los cajones doce huevos, doce papas y doce cebollas; peló las hortalizas y batió las yemas con tanto empeño porque era la primera vez que nadie la mandaba y porque iba a cocinar para él que era un hombre de su gusto y además su marido. Se sentía sólida y acompañada, aunque Teo que era tan tímido no se animara todavía a empezar la conversación. Cuando todo estuvo preparado fue a la puerta para llamarlo y vio que él no se había movido. A esa hora cualquiera debía tener hambre y ella le decía: —Venga Teo que la comida está lista. Y se fue al dormitorio pensando que si le dejaba la cocina libre él iba a entrar. Pero no entró. La comida se enfrió sin que nadie la probara y ella se dedicó a preparar la cama por las dudas a su hombre le viniera el sueño. Miró el lecho y le pareció algo chico para ser una cama matrimonial aunque quitara la respiración por lo hermosa que se veía con sus pomos dorados, sus ángeles lustrados en el respaldo y la tibia colcha de bayeta. Abrió ahora un poquito la ventana del dormitorio lo que le permitió observar a Teo por el otro costado que, tieso y mohíno, oteaba no se sabía qué sombras del monte. Entonces ella se dedicó, por un largo trecho de la tarde, a contemplar la tierra arija del contorno que también esperaba con paciencia, y a aprisionar las mismas imágenes que su marido recogía en secreto. En el patio ya empezaban a amarillear las luces y las torcacitas del monte que aún no habían hecho casal, venían a guarecerse en los horcones porque en cualquier momento la noche se les echaba encima. La Verónica se dijo que si él seguía así, quieto como un tronco, le iban a hacer nido en la cabeza como una vez había sucedido. Ahora debía preparar la cena y se las ingenió para que la comida fuera más fragante y le despertara el apetito que lo moviera por fin a entrar en la casa. Entonces, cuando la tuvo lista volvió a la ventana de la cocina y le dijo: —si usté quiere, Teo, ya se puede empezar a cenar…—, y esperó esta vez allí hasta que tuvo que encender un candil aunque más no fuera para verse sus propias manos.

La noche en la tapera —ahora de nuevo habitada— parecía más grande, como si el mundo se hubiera ahuecado para que el crepitar de los leños en el monte y el chillido de los zorros se escuchara mejor. Bastante tarde salió la luna roja que pintó al descuido el pálido tronco de los algarrobos y el brocal encalado del pozo. Teo se acercó a él y bajó el balde del que bebió después, lentamente, un profundo trago cuando la Verónica, cansada de esperar junto a la cena, le dio cuerda a la victrola y se puso a bailar al compás de una remotísima música que salía de la bocina de lata. Por la puerta entreabierta la figura de ella aparecía y desaparecía con cada vuelta de su danza solitaria y, en esos instantes fugaces, la mirada de la muchacha ardía con la luz del candil que la entintaba con un suave resplandor azafranado. En eso llego la hora de dormir; ella dejó de darle cuerda a la victrola, se acercó a la puerta y le dijo: —Si usté está cansado y quiere acostarse, la cama está lista. Un poco más lejos, algunos teros embrollones gritaron y Teo recogió un cascote y se los tiró a mansalva, pero todo eso lo hizo desde el lugar de siempre, es decir apoyado en la pared que daba al poniente y fumando otro cigarrillo que, en las sombras perfumadas de poleo, parecía mucho más fragante. —No es nada que usté no coma, Teo —le decía ella desde la ventana mientras se sacaba el vestido—, si uno no tiene hambre, no tiene, pero le advierto que el descanso es necesario, que no puede pasarse la noche apoyado en una paré a la intemperie. Soltó su larga cabellera que viboreó en los hombros y puso la lámpara en el alféizar para que se vieran bien los nomeolvides y los lirios que había bordado en el escote de su enagua, y él, atraído por la luz, giró los ojos implorantes de socorro hacia su mujer que estaba tan hermosa. Para la Verónica que estuvo toda la noche despierta, expectante en la cama, esas fueron las horas más largas de su vida, y también lo fue la noche siguiente cuando su alegre sensación de estar acompañada empezaba a ser cambiada por la idea de que no podría tenerlo nunca a Teo, a quien siempre había querido mucho. Si él era así, no podía hacerlo distinto de la noche a la mañana, pero nunca como ahora, en esa solitaria casa, lejos de la gente de Corda, había sentido la necesidad de que Teo le hablara, le dijera qué pensaba hacer de ahí en adelante, desde que se habían unido para ser marido y mujer.

Como tampoco al día siguiente el mozo sintió valor para entrar, ella le arrimó la comida y el vino y le puso una palangana y la toalla y una muda de ropa para que al menos, a partir de eso, se sintiera animado a pensar que ya tenía mujer. Y Teo se lavó y comió, mientras ella desde adentro le decía: —Si usté quiere le llevo más sopa, o si gusta más pan le arrimo otra horma y mañana apenas amanezca le lavo todo.

Al caer la noche, una noche serena, con fragancia de camambuses y el perturbador aroma de algunas artemisas en la linde del monte, y con el guirigay vespertino entre los chañares y las tuscas, volvieron algunos pájaros a buscar refugio y ella miró con arrobo un casal de torcazas muellemente arrebujadas en el nido. Ahora era un solo silencio horadado de los rumores consabidos, pero ella no los tenía en cuenta; allí, lejos de todos, quería mucho a Teo y necesitaba hacérselo sentir. No le bastaba prepararle la comida ni lavarle la ropa, más que nada era necesario que ella y él, como todos los esposos, hablaran un poco del tiempo que vendría, uno al lado del otro en su propia cama, hasta que el leve sueño les cerrara dulcemente los ojos. —Teo —decía ella en medio de la noche, —Teo, venga aquí a dormir que todo está listo para que descanse y mañana se ponga a trabajar como quiere don Otto. Pero Teo estaba afuera con la cabeza caída sobre su pecho robusto que le servía de almohada. —Si usté quiere voy y lo busco —seguía diciéndole—, y si quiere le lavo los pies con agua tibia y salvia para que descanse mejor que eso alivia mucho cuando han pasado horas sin acostarse. Pero él tampoco dijo una palabra.

Todos saben que las sombras merman hasta los ánimos más templados cuando una tristeza o una angustia se planta en el corazón de un cristiano, y de allí que Verónica comenzara a sentirse amargamente sola, con tanto dolor en el pecho. Ni siquiera sabía qué hacer, si probar dormir, si correr por el campo, si levantarse a trabajar en la casa, si postrarse a los pies del dulce y callado Teo. Entonces comenzó a sollozar con unas lágrimas que nunca habían nacido de su ánimo fuerte y luchador; lloró sumisa y largamente, con un desconsuelo tristí simo que abatió el rumor de las sombras, flotó en la soledad del cuarto, atravesó la ventana y se posternó a los pies del gigantón adormecido junto a la pared.

Cantó un tordo al salir la luna agregándose a la secretísima rondalla de las horas. La noche de cercana primavera rebullía de fuerzas genésicas en la hondura de los sembríos, en la arboleda alerta del monte, en el éter burbujeante de minúsculos insectos. La puerta de la casa fue abierta sin ruido y, a contraluz, se vio a Teo tan alto y tan torpe como siempre dándose un golpe en la frente por olvidarse de doblar la cabeza. Cuando se tiró al lado de su mujer y le tocó la mano, ella entendió claramente que le decía: —Esta cama es chica para dos que van a dormir toda la vida juntos, un día de éstos la cambiamos.

Por ese entonces entró la luna a explorar el cuarto en penumbras y avanzó con el paso silencioso por el piso, sobre las paredes recién encaladas, encima de los muebles. Al tocar el metal del viejo armatoste, la cama empezó a relumbrar en un oro gozoso.