

Su última tierra
Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)
I.
Bernarda es la que tiene el corazón de oso, es la que tiene el ánimo y el valor de un oso. Así era Bernarda Talani, y al verla andar por los caminos, detrás de sus vacas —porque no tenía campo para hacerlas pastar—, la gente de Corda decía: «Bernarda es una mujer valiente, bastante más que muchos hombres de aquí». Y eso que en Corda los había quienes tenían no el corazón de un oso, sino de dos o tres, con unas fuerzas encima para arrancar árboles con solo abrazarlos. Y Bernarda solía entrar en algún desafío con los hombres si de fuerza y valor se trataba. Ella sola volteaba sus vacas cuando se empastaban con la alfalfa engañadora de la primavera y, sin pestañar siquiera, les hundía el cuchillo en el vientre hinchado del que salía a raudales la espuma verdosa. Y era célebre también en las yerras, no había una en donde faltara Bernarda porque les servía para cantar y animar a las otras mujeres, además de trabajar en el corral a la par de cualquier hombre de la casa. Después que murió Ana Mare, fue la próxima mujer que la remplazó en los cantos que armaban los hombres cuando se juntaban en los boliches, o en los galpones a festejar el rinde de las cosechas y, como Ana Mare —a quien Bernarda había respetado siempre— ella se sentaba a horcajadas sobre las sillas y tomaba vino directamente de las damajuanas, chicaba tabaco, y escupía las mascadas tal cual lo hacía un hombre ocupado en sus cosas. Por muchos años fue la única mujer —después de Ana Mare— admitida en los coros de varones. Sin embargo, con el suceder del tiempo todo fue distinto porque el paso de los días hace que la vida y los hombres cambien, aunque en las buenas épocas de Bernarda Talani, de Yeppe Leoni, o de Ludovica Racca, por ejemplo, se hubieran podido recoger dulzuras para llenar un libro entero, sin acabar nunca. «¡Bernarda!», le gritaban los muchachos camino de la cremería, tus vacas van a ir al campito del juez y de ahí no salen más… Entonces ella levantaba un puño y se los enseñaba diciéndoles que ese era su medio para hacerse entender por el juez que cada tanto le encerraba su poquita hacienda, mañosa en romper alambrados ajenos para ganarse los campos de los que sembraban la jugosa alfalfa. Y si la broma seguía, Bernarda largaba con un fuerte salivazo la mascada vieja, tomaba de su bolsa una nueva pulgarada de tabaco, se la echaba en la boca y así fortalecida los desafiaba a pelear porque ella no le tenía miedo a nadie. Pero algunos se trenzaban aunque supieran que podrían salir con unos cuantos golpes puesto que, muchas veces, entre el simulacro de peleas, Bernarda accedía a rodar por las cunetas con sus rivales convirtiendo la pugna en otros forcejeos de arrebatadoras consecuencias. Bernarda iba del alba a la noche con sus poquitas vacas y cinco o seis perros rosados, filosos de hambre que se entretenían en hacer estragos entre las liebres y en la abundante pichonada de perdices si era la época de nidada, y a ella le gustaba esto.
II.
Aunque fuera a trabajar a la casa de los que la reclamaban, solo buscaba la compañía de la Blanca Revello que, como ella, perdía su mente y su mirada por los caminos, con la diferencia de que la Blanca, como se sabe, era inocente y su pobre entendimiento no le daba más que para juntar flores de las zanjas que iba a derramar sobre las tumbas de Corda, y aunque ninguno nunca supo de qué hablaban entre las dos, a Bernarda le gustaba esto. Tenía un pedacito prestado de tierra, unos pocos metros en lo que había sido la antigua chacra de los Talani pero que perdieron ignominiosamente hectárea tras hectárea por no saber luchar contra la molicie y contra todo lo que ella trae: el desgano, el abandono, la cobardía, el alcohol, la pobreza. Si se cuenta el padre habían sido cinco los varones nacidos para atender esos campos, pero uno a uno dejaron Corda cada vez que una nueva desgracia los conturbaba y fueron perdiéndose en la oscuridad de la nada, del tiempo y de la distancia. El padre había permanecido con Bernarda unos cuantos años, pero todos recuerdan cuál fue su final. El único varón de la familia que quedaba y por medio del cual ella tenía la esperanza de volver a ser lo que había sido, y de regresar a una dichosa época de muchacha para ser toda una mujer hermosamente vestida en los bailes, dijo un día que iba a buscar suerte al sur de la provincia y tampoco se lo vio más. En ese entonces, los que leían los diarios dijeron que habían visto su nombre unido al de muchos otros en el Grito de Alcorta, quizá en un último intento de dignidad campesina, pero para la pobre Bernarda este no fue sino un dato muy vago que no le sirvió para nada. Y nunca supo ya algo de él y, por eso, sola en el mundo, se había tenido que hacer valiente a la fuerza. En el baúl que le servía de mesa y de tesoro y quizá también de apoyo para sus ocultos desfallecimientos, guardaba el vestido de color de azafrán con pasamanería de oro que le había dejado la madre para cuando le llegara el tiempo de ir a los bailes a encantar a los hombres. Pero a Bernarda no le había llegado ese tiempo como a muchas otras del pueblo, seguro que no, y ese vestido, adorado en los sueños y acariciado en las penumbras, perdía su tersura y se iba deshaciendo en jirones porque estaba cada vez más lejos de recibir el calor de una piel joven y palpitante que lo vivificara. Por eso y por muchas otras cosas que se adivinan, Bernarda se había tenido que hacer valiente a la fuerza. Ella era la única contra todo. Lechaba sus vacas y con ese poquito de producto vivía, para un pan al día, un poco de tabaco, algunas cebollas y la sal y una damajuana de caña. Para más, ella no se tenía que ocupar en sembrar para las pasturas; las zanjas humíferas a la vera de los caminos tenían pasto en abundancia si las lluvias acompañaban, y si no, sus vacas enflaquecían de la misma manera en que se ponía magra y cuerosa la hacienda de los que tenían mucha tierra. El viejo Talani, menos valiente que su hija, mucho menos, puso fin a sus días nefastos y a su desesperación de colono arruinado con un tiro de escopeta en la linde de la tierra perdida, por el lado oeste, cerca de la chacra de los Carli. Allí, precisamente, era en donde aparecía su terrífico fantasma envuelto en neblinas cintilantes. No era la luz agorera con que se confundió al principio, nadie se atrevió a sostener lo que no era cierto, ni para aquietar sus propias conciencias siquiera; la verdad absoluta era que la sombra del finado Josué Talani aparecía desgarrante y desgraciadora en ese rincón en donde su cuerpo, reventado de municiones, había quedado en aquel triste verano del que todos tienen memoria, un día entero bajo el ardiente sol de Corda, después del cual recogieron los pobres restos mortales que enterraron malamente en un cajón amarillo provisto por la comisión de fomento.
—No, no debió hacerme esto —decía Bernarda sin derramar una sola lágrima, que eso se llama cobardía, cobardía de perder la tierra y deshonrar después a la familia con la muerte…, aunque la familia ya no fuera más que ella.
III.
Buscó inútilmente el último hermano del que se empeñaba en creer que volvería para compartir sus desgracias, pero su rastro lo perdió en Alcorta, como se dijo, y ella se quedó sola, haciéndose cada vez más fuerte y más valiente para soportar la vergüenza. Ahora, solo muy de vez en cuando miraba su vestido azafranado con guardas de oro en el fondo del baúl y no alimentaba ya pensamientos como en otros tiempos.
—Será para alguna otra vez —se postergaba a sí misma Bernarda mientras repasaba la tela que iba perdiendo como una cosa viva que acumula los años, su tersura y su brillo—, será para cuando esta vida ingrata cambie… o para cuando me muera, que es un vestido muy digno para adornar una muerta en su tumba—; y se quedaba con ese único bien en la mano reteniendo algún momento pasado con los ojos rehilones en la distancia. Y nadie podía decir entonces si eso era un recuerdo, o una ilusión, o un fantasioso sueño de mujer.
IV.
Por ese entonces, Yeppe Leoni ya había agregado a sus muchas hectáreas el campo de ellos, vale decir el campo que había sido de los Talani, y Yeppe Leoni era tenido por fuerte y por valiente, y cada vez que se cruzaban la mirada, no se sabía si el fuego partía de los ojos de Bernarda o si nacía en los ojos de él que la miraba con soberbia, porque los Leoni tenían remotísimas adversiones con los Talani, desde la época de los padres de los padres y, la más fresca de todas, era que se hubiese quedado con ese campo en que había terminado sus días el padre de Bernarda. La cuestión era, sin embargo, sobre todas estas cosas, que con la sombra doliente y terrífica del viejo Talani, o sin ella, el campo era hermoso y de los buenos y el corazón de la hija se estrujaba cada vez que hacía pastar sus vacas en el contorno y veía, en cambio, recorrer con su caballo a Yeppe, arrogante y poderoso, toda la chacra cubierta de trigo o de centeno que ondulaba morosamente al viento de noviembre. Las vacas de ella, siempre con hambre, o vaya a saber con qué otras oscuras intenciones, rompían las alambradas de ese campo y pisoteaban sus sembríos más que ningún otro y Bernarda devolvía miradas ardientes cuando él corría a empujarlas afuera y le gritaba desde el lomo de su zaino:
—¡Bernarda Talani, lo que le hace uno de ustedes a un Leoni no se borra más y esto queda también anotado para cuando llegue el momento de cobrar! —y diciendo eso, o cosas parecidas, levantaba su talero como para cruzarle la cara de un lonjazo pero allí se detenía, hasta que Bernarda se hartaba de sostenerle la mirada y cada cual, se iba por su lado con su propio orgullo y su propia rabia.
V.
Es probable que estas cosas no hubieran cambiado si un día, entre los aburridos de los boliches, a alguien no se le ocurría enfrentarlos de veras para que el odio entre Bernarda y el Yeppe se hiciera más grande y más perverso. Les propusieron que demostraran cuál de los dos era el más corajudo preparándoles pruebas de las que salían victoriosos ambos por igual. Primero se encargaban de aumentar el escarnio entre los dos: «Dice el Yeppe, Bernarda, que las mujeres aparentan y que, realmente, frente a los hechos se hacen todo encima», venía uno así, con un mensaje malintencionado, a lo que ella replicaba: «Vayan y díganlen a ese compadrón que si es hombre que me lo venga a pronunciar de frente»; a lo que Yeppe contestaba con una carcajada petulante, un jarro de vino por beber, dos o tres bebidos y uno de esos ruidos que uno no llama por su propio nombre por decencia, pero él decía: «Vuelvan y díganlen que esto le contesto y que si es capaz de montarse un novillo en pelo»; y Bernarda lo montaba y le demostraba que podía, hasta que un día el mismo vanidoso le propuso una prueba que perturbó a la colonia y cambió también algo de su historia: «Vayan y déanlen este mensaje a la Bernarda, que si cumple en clavar a medianoche una estaca que le voy a dar yo con una marca en el lugar justo en que se reventó el viejo, le devuelvo el campo». Y fueron y se lo dijeron a la mujer y ella no lo pensó dos veces y dijo que iba. El Yeppe nombró al juez de paz de testigo, le mostró la estaca que era bastante larga, como para que la tarea no le resultara demasiado fácil a Bernarda, y le pidió que a medianoche, más o menos, se la entregara para que fuera a clavarla y cumplir con lo pactado. «Pero que sea hasta acá, don Juez —decía él señalándole la marca—, que si no es hasta acá, el trato no es válido, y para que vea esa que juego limpio, dígale que puede llevarse una maza para golpiar». Sí, como se dijo, el mismo juez estaba como testigo y su persona tenía suficiente lustre para que se creyera en la legitimidad de los hechos, tanto en la promesa de un Leoni como en el coraje de una Talani. Y el coraje de Bernarda fue proverbial de allí en más, aunque sucedió lo que sucedió porque la pobre muchacha no podía cambiarlo ni con sus fuerzas, ya que esas cosas de la vida y de la muerte están escritas en un lugar del cielo y no las gobierna el hombre, seguramente que no, sino que las ordena el Dios del firmamento.
VI.
Los hechos fueron así y no de otra manera; ahí estuvo el juez para atestiguarlo mientras vivió, y así lo contaron después los que lo habían escuchado de su boca. Lo cierto es que Bernarda engreída en su propio valor, empujada por el odio que le tenía a los Leoni y codiciosa de recuperar lo que había sido de los Talani desde que se fundó Corda, tomó la estaca de la mano del juez y le dijo:
—Don Viola, allá voy, y que todos sepan que a Bernarda Talani no la asustan ni los fantasmas de su familia cuando tiene que hacer lo que no supieron cumplir los hombres que llevaron su apellido.
Bernarda estaba cambiada, parecía otra con el vestido de oro que había sacado de su baúl y aunque el vestido se abría en jirones mordido por la humedad y el tiempo, el juez la comparaba con una reina todavía joven y hermosa que iba a embarcarse para volver a su patria. La vio irse con la estaca y la maza en medio de las sombras adensadas hacia el lugar maldito, y no se crea de ninguna manera que esa era una noche quieta como para facilitarle las cosas a la pobre. De verdad que parecía haber sido elegida con crueldad e insidia por el mismo Leoni, porque el viento bramaba entre las ramas pronosticando alguna tormenta que se estaba armando en la costa, y los perros, esa noche, en la lejanía ladraban muy, pero muy lastimeramente. Bernarda sola, más sola que nunca, se encontró con la sombra del suicida que parecía estar mirándola con la mirada que tenía en vida, es decir, con esos ojos de la desesperanza en donde el alcohol hacía boyar imágenes de un tiempo feliz en que la familia estaba toda junta sobre la tierra.
—¿Qué estás haciendo Bernarda? —le preguntó la sombra.
—Vengo a hacer nada más que lo que debo hacer —le contestó con soberbioso ademán mientras se ponía en cuclillas para clavar la estaca—, vengo a hacer lo que no hicieron ustedes y después me voy.
—No, no te vayas, Bernarda, que un padre necesita del recuerdo de sus hijos… necesita que vayan a su tumba, necesita también una palabra, aunque ahora esté fuera de la vida…
—Los muertos son los muertos y los vivos precisan vivir —le decía ella ocupada en lo suyo.
—¿Cuántas veces fuiste a mi lápida Bernarda? —replicaba la sombra—, ni siquiera una… ahora no te vayas que es muy tarde para todos.
Pero Bernarda tenía que volver para enseñarles a ellos cómo había triunfado y se levantó para irse porque la hora de clavar el leño había terminado y no era grato demorarse para nada en ese lugar sombrío.
—No te vayas Bernarda… —rogaba la niebla del suicida, y ella quiso echar a correr para no oírlo nunca más y no pudo. El padre la retenía amarrada a la tierra y fue imposible desprenderse de ese tesón que ponía para retenerla junto a sí, por lo que, la mujer, por primera vez en su vida, sintió el terror de los abismos eternales abiertos a sus pies.
—No te vayas Bernarda, no te vayas… —gemían los ecos lastimeros y antiguos junto al viento y ese gemido impetrante parecía venir desde la bocaza misma de las ráfagas infernales.
VII.
Después vino la tormenta y la noche parecía haber desatado todas las furias, las quimeras espantosas, las aves de pico corvo, los perros de colmillos de vidrio, los zorros de ojos fosforescentes, los lagartos que escupen fuego y se sacuden sus escamas coriáceas; sobre el techo de cada casa de Corda chillaron extraños seres que pasaban volando hacia un confín desconocido; el polvo golpeó, golpeó las ventanas haciéndolas chirriar cruelmente y hasta hubo quienes sintieron que la Tierra se sacudía enloquecida cuando pensaban qué estaría haciendo la desgraciada de Bernarda Talani, porque el viento bufaba como cien mustangos desbocados y la lluvia empezó a caer, nadie: ni chicos, ni grandes, dejaron de acordarse de ella. Como Bernarda no regresó a enfrentarse con Yeppe Leoni a reclamar lo que había apostado, él mismo, acompañado del juez de paz, en la luminosa mañana que borró la tormenta, fue a ver si se había clavado la estaca. La encontró ahí mismo, con el madero traspasando el ruedo del vestido y hundido en la tierra, justo hasta la marca. Ella estaba echada sobre el suelo, sumida la cara, y las manos en el barro formado por la lluvia de la noche. En su desesperación había tragado tierra como si en el último respiro hubiera querido llevársela a la eternidad, no solo en las manos y en el cuerpo, sino también en la lengua con que tantas veces la había invocado. Agachada a su lado, la Blanca Revello vestida como siempre con viejos trapos morados de la iglesia, iba amontonando alrededor, quizá desde qué hora, las flores del camino y murmuraba suavemente tristísimas palabras. Y Yeppe Leoni arrogante, pero clemente al fin, empujó el cuerpo de Bernarda con la punta de su borceguí hasta hacerlo girar un poco como para mirarla a los ojos y dijo: —No hay vuelta que darle don juez, esta se ganó la tierra nomás.
En algún árbol del camino, como una cuchillada sonora en la mañana, un hornero festejó la alegría de tener barro fresco para su nido.