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¿Quién oyó gritar a Elsa?

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

8 minutos de lectura

Estos minutos, los últimos, eran tan valiosos como un siglo, o más importante que los siglos. Se estaban preparando para ir a la mesa, pero nadie tenía ya mucha hambre, comerían a duras penas y sentirían algo detrás, en las espaldas de cada uno y después empezarían a mirarse de reojo y a querer eludirse.

Tal vez Dios lo dispuso de esa manera, sentenció Norma mientras se oía el ruido de la canilla abierta. Pero después dio rápidamente un paso atrás en la apreciación; se disculpaba, evidentemente: el sufrimiento de Alfredo, del principio, ha tenido sus compensaciones.

Eduardo —que era el que mejor me consolaba en los primeros tiempos— opinó con un vulgar tono de misericordia: No creo en el sufrimiento de Alfredo; las cosas pasaron como debían pasar, él no tiene por qué acusarnos de nada. Hoy, si se acuerda de la fecha va a estar un poco melancólico, pero esta noche se va a ir a alguno de esos lugares misteriosos con Amanda… o Dalila. Eduardo, Eduardo, ¿dónde está la estopa?

Sonreí mientras me tragaba el veneno. Lo aspiraba por la nariz. Debí gritar allí pero no era posible. Yo ya no existía, estaba en función mi máquina, mi corazón solo serviría para un rato más. Y otra vez el silencio muy especial por lo que se oía el desplegarse y replegarse del mar sobre la playa y a algún grupo de gaviotas que pasaron chillando sobre la casa. El domingo había llegado a su cúspide y deseé emborracharme, estar desnudo, mostrarles mi piel, tirar al tacho de los desperdicios la máscara y hacerles ver que en mí no había nada de pudor, que nunca lo hubo. De una vez por todas necesitaba hacerles comprender el afán, la gloria, la sustancia de los suspiros, la materia inerte que compone al amor y la otra parte que lo hace efervescente para que desborde una vez que se lo tiene dentro sin advertir si lleva a la deshonra o a la gloria permanente. ¿Pero qué de todo eso valía algo ya en ese momento? Nada, nada de nada, la nada absoluta, áspera, lejana y tétrica como un pozo del Malabolge. ¡Oh Eneas, Elsa! El domingo había llegado a su cúspide y ahora comenzaba el descenso. Vendría la mediatarde, luego el crepúsculo y el color del agua con la luz última y silente, agusanada como una corteza de pan entre la basura, con las ondinas huidizas y aquellas sirenas que ellos y yo conocíamos gritando su propia desesperación por la condena que le habíamos impuesto. Respiraba acordándome de todo. Los perros que no querían los padres que sus hijos miraran.

Pequeño cementerio junto al mar
Espeso de amargas hierbas
Y de cruces.

Eduardo, Eduardo, ¿dónde está?… —ALFREDO, ALFREDO, ¿DÓNDE ESTÁ ELSA?

En mil novecientos catorce comenzaba la última de las guerras románticas y el 15 de julio de 1918, cerca de Reims mi padre mataba con su fusil: la caza, el vacío, los pozos en el lecho reseco, las últimas tonalidades de la flauta. No debía recordar un solo hecho, decir Fin como en el cine y correr el telón. Después la noche, la orfandad, los gemidos, los bañeros en la playa comiendo el asado; el frío y la ausencia mínima de las noches anteriores en las que Amanda caminaba a mi lado y me iba diciendo que debía casarme. ¿No estás solo Alfredo? Estoy solo mi amor. ¿Quién es? Creí verlos juntos cuando venía hacia acá. Sólo pasó a mi lado y me pidió fuego para su cigarrillo.

Norma propuso que fueran a buscarme con el auto. La comida estaba lista. Andrés salió y Eduardo fue detrás porque quería comprar revistas y cigarrillos para ir al mar después de comer. Norma quedó en la cocina. Salí del baño con mis cosas, sin hacer ruido. Fui hasta la puerta del frente, la abrí y la volví a cerrar como si viniera de la calle. Cuando Norma me vio dio un grito. Por la tarde todos ellos se fueron a la playa. Yo me quedé y pasé a máquina mis poemas. Cuando el crepúsculo empezó a delimitar sus pertenencias fui a hacer el camino que dos años atrás hizo Elsa. Era una tarde bastante fría, dos años atrás también. Todo parecía nuevo ahora. Yo iba diciendo algunas de las cosas más hermosas que se me ocurrió poner en mis poemas. Cuando Eduardo, Norma y Andrés vuelvan y busquen entre mis papeles, los encontrarán. Yo ya no podré participar para explicarles. Fui hasta el árbol y en él enganché mi saco. Allí, en ese árbol —un alambre con formas y cazador de vientos en la más honda negrura nocturna— Elsa dejó su abrigo. En aquella época el árbol estaba verde, ella lo merecía. El mar poseía su atractivo indeclinable, inverosímil, metálico en su audacia, casi humano, viril como un soldado nuevo, nacarado, de últimas gaviotas dispuestas a buscar la costa para pasar la noche. A lo lejos, pero demasiado lejos para que me viera, un pescador estaba aprontando sus avíos para la pesca. Lo despedí con un gesto. Estaba acostumbrado a verlo en esa hora cuando pasaba por el lugar en mis secretas adoraciones de reliquias, cuando reconvenía a los caracoles su fortuna de pasos sobre la arena fragante de cuerpos, cuando miraba el cielo y le mandaba los rostros silenciosos de Eneas. Dentro de un momento todo sería diferente. Me metí en el mar, me lamieron hermandad de algas, me cortaron en dos las olas heladas pero no me rechazaron. El viento diligente me empujaba adentro.

Arriba había una cierta claridad de verdes iridiscentes —contagiosos unos de los otros— y desde las aguas brotaba un rugido dominante, una espuma de gloria que me llenaban de una certeza de eternidad hasta la más olvidada célula de mi piel. El mar se hacía mi capitán. Una ola, un nuevo empuje. Ahora un hervidero de aguas sobre la cabeza, la oscuridad total, el viento que retumbaba como alguna vez desde un pozo vacío, el sonido de una caracola muy grande, el corazón que me estallaba, los oídos sin oír. Por fin la muerte, como en Elsa.

Cuando rescataron el cuerpo los diarios le dedicaron algunos artículos. Fue noticia, pero no mucha. Hablaron de la prematura desaparición de Alfredo Dillón con ese lenguaje que solo se puede soportar en los diarios. Recalcaban que había surgido como una figura de las letras hacía tres años (él tenía dieciocho entonces) cuando el gobierno por medio de su embajada en Suiza organizó el certamen internacional de poesía en lengua española. Habían participado más de veinte países y Alfredo Dillón demostró lo que era su genio. La originalidad de sus escritos —que iba a abrir una nueva tendencia literaria algo después y con la denominación de nubialismo— conmovió a los entendidos. Entonces fue famoso y ganó dinero con el espectáculo de luces y sonidos que Ricciere preparó con sus poemas cerca del lago Como en la temporada de verano. El poeta adolescente era un nombre en el mundo. El nubialismo, por otra parte, influyó mucho en aquellos otros poetas que lo leyeron en Europa, y hace pocos meses Adelqui Formal Paz tradujo un tomo de nubialistas franceses que se editó a principios de año, con el testimonio más completo que se haya hecho hasta ahora sobre las alucinantes gradaciones de sus metáforas.

Los periodistas preguntaron si había dejado algo escrito. Su hermano Eduardo dijo que sí y les mostró el grupo de poemas. Les dijo también que había dejado una carta en la que describía su propia muerte y todos los pasos anteriores desde la mañana de ese domingo. Pero no la darían a conocer. Quizá la no publicación de esa carta fue lo que hizo olvidarse pronto del asunto. El festival de cine, los problemas de una estrella que había sido picada por un alacrán en alguna parte, y en el corazón por un buen mozo argentino, absorbieron la atención. Un periodista leyó los poemas de Alfredo para tomar algunas ideas con el fin de hacer el gran artículo.

—Parecen escritos por el mismo demonio —dijo con un escalofrío y los devolvió.

Alfredo los había titulado «POEMAS PERVERSOS, para haceros todo el mal posible».