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Por última vez

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

17 minutos de lectura

No nos vendría mal un trago. Un solo trago, en la vereda como hacen todos y te prometo que después nos vamos, seguimos caminando. No vale la pena dilatar nada. Eran buenos tiempos aquellos, no del todo, pero buenos tiempos si nos ponemos a considerar que lo más importante era que teníamos tan pocos años encima. Apostaría a que vos ni yo hemos tenido después un tiempo así. Un solo trago como te dije y seguimos caminando. No, no vale la pena dilatar nada. Aquí puede concluir la historia del mundo en tanto caminamos para serenarnos y añadir a este anochecer algo de nuestras figuras, la mía y la tuya con una forma que puede parecerse a la de otras épocas en estas calles, en esta misma esquina, en todas estas veredas. En esto el mundo no cambia: a esta hora el camión del riego, la gente que sale del trabajo, el parlante de la publicidad que te acuchilla desde las tres de la tarde y los primeros mosquitos de la noche. No hables, todo está perfecto así sin que digas nada, como una vez cuando vos y yo teníamos probabilidades. Un largo camino a recorrer, decía tu papá y nos miraba y miraba más atrás de nosotros figurándose que veía el futuro, experto, protector, magnánimo en su bien ganada mayoría de edad. Era un hombre de efectos, los conocía a todos y sabía hablarnos de esas probabilidades que tienen todos los jóvenes. Más probabilidades, así era. Recursos y chances que nos permitían un poco arrollar el viejo sistema, las fórmulas caducas, pero no tanto, eso sí. Lo justo para no ser viejos antes de tiempo. Qué tarde tan caliente y no es verano todavía. Lo que nos espera en este pueblo… bien, lo que te espera. Yo tendría que considerar el pasado con vos ahora… el presente y también el futuro, pero ya no hay tiempo para eso, ¿no es cierto que ya no hay un poco de ese miserable tiempo que termina por carcomernos los huesos? Nuestros días, los óptimos digo, se han terminado de una vez, de allí en adelante estamos viviendo de prestado. En cualquier momento quedamos descartados del todo. ¿Es amargura, es resentimiento? Sí, es posible, y si te hace mal es por la participación que te obligaste a tener en todo lo mío desde una vez que nos pareció que nos queríamos y yo te lo dije y vos también me lo dijiste. ¿Era un baile entonces? ¿O era en aquella cena de verano cuando nos habíamos recibido de bachilleres, durante el vals de egresados? Después que el rector nos dio el diploma y después que dijo su discurso que les posibilitó un poco a todas ustedes llorar por esas palabras y por esa despedida. Parece que dijo entre otras cosas que éramos la flor de la juventud y que en todos nosotros estaban puestas las esperanzas de nuestros padres, las del pueblo, las de la patria entera. De este grupo privilegiado saldrán —parece que dijo, ¿te acordás?—, políticos, profesionales, líderes, hombres de paz, de progreso y de trabajo. Era la oportunidad que teníamos para que yo te dijera que te quería y vos me dijeras que me querías. Fue durante el vals, yo de azul y con bigotes, el traje ancho de mil novecientos cincuenta con el saco hasta las rodillas, vos con tu vestido blanco de mangas farolito y con una orquídea natural sobre el corazón. Primero bailamos el vals vos y yo, después vos bailaste con tu padre y yo con mi madre, y el tercero otra vez juntos los dos en ese salón que tenía un cartel grande que decía baile y diviértase en las tertulias de Independiente, música agradable, ambiente familiar y venía Marta Amadío a interrumpirnos a cada rato para que nos sacáramos las fotos los cuatro juntos: ella y Bernardo, vos y yo. Ah qué bien todo. Qué bien también ahora este silencio sobre los ruidos. Cuando se va el día hay ruidos, pero sobre todo hay mucho más silencio. Es el silencio de los desesperados, el silencio de las angustias, el de todos los bienes perdidos y el de los insomnios de una mujer soltera. Un paso o dos más, o tres, o cien mientras decidimos alguna cosa. Nada de absurdos, mirarte las manos sí, los dedos, las uñas, dejar correr algunas lágrimas, naturalmente. La gente viene, va, nos ve, nos saluda, nos ayuda a ser nosotros mismos. Adiós, adiós, adiós a todo el pueblo. ¿Ves que saludo a todos? Se sabe quién soy, quiénes somos los dos, ¿no es así?, quiénes fuimos estrechamente juntos los dos en el cine de los sábados a la noche, en las tertulias danzantes, en el casamiento de nuestros amigos, en la misa de diez de todos los largos domingos en que yo almorzaba con tu familia y a veces vos cenabas con la mía. Nos eligieron la pareja de la primavera y tuvimos que bailar solos, entre toda la gente que rodeaba la pista y todo el baile fue bajo una lluvia de flores. Fuimos los novios más votados en el concurso ÁMENSE Y GANEN SU VAJILLA DE BODAS. En mil novecientos sesenta todavía podíamos volver atrás frente a esa madre mía muerta que no quería morirse sin verme casado. Total, ocho años más allá del pueblo, bastante más lejos, no me habían servido de mucho. Pero yo quería agotar hasta el último toque de mi arrolladora personalidad de inquieto emprendedor, como decía nuestro rector. Había aprendido a pisar más fuerte que todos, a pararme y gesticular con las piernas muy abiertas porque eso delataba con cuánta seguridad estaba parado sobre el mundo y qué bien me habían apertrechado para empezar cualquier cosa. No se sabía qué, pero cualquier cosa que emprendiera debía ser el éxito para mí. Entonces no podía venir así con las manos vacías, eso puede entenderlo cualquiera, y decirles a todos lo inútil que había sido gastarme esa plata que me dieron para tratar de meter algunas materias, en lo inútil que había sido encontrarme con todos los del partido y estar en las huelgas, no tener ganas de estudiar después, buscar trabajo, reconsiderar de tanto en tanto la agonía de los ideales y dejar que de a poco todo se fuera y me acordara de vos y sintiera vergüenza y más tarde ni sintiera vergüenza siquiera. No, no podía venirme así con las manos vacías. Apuesto a que vos tampoco hubieras querido que volviera con las manos vacías. Después de todo no ha pasado tanto tiempo desde mil novecientos sesenta para que estemos tan cambiados. La gente no cambia tanto en algunos años. Sí, es cierto, tal vez exteriormente, pero adentro, en el corazón, en el estómago, en todas las vísceras no se cambia tanto. Dentro de un mes cumplo cuarenta. Que no te importe, no tenés por qué acordarte de mi cumpleaños, no te vas a acordar de todos modos. El tuyo es en setiembre, tal vez el cuatro o el cinco. ¿Y si nos sentáramos a brindar por todos los cumpleaños que no hemos festejado juntos y que ya no vamos a festejar nunca? Entre trago y trago miramos a la gente de siempre, o a la gente que es como siempre en esta calle. Fue mi barrio también y es posible que tengas razón, el mundo cambia, estos árboles eran más chicos, recién plantados, tu hermana apoyaba su pesada bicicleta Raleigh en el paraíso de la esquina y otros chicos hacían ruido con un brote de caña en las paredes de ladrillo hasta que salían las arañas que creían se iban a comer una mosca recién atrapada. Han revocado esa pared y tiene carteles de Coca-Cola y de Pepsi. Nosotros no teníamos Coca-Cola, no entraba por el Código Bromatológico, eran naranjinas Vilma y Yuyenco y Chuncana, y algunos chocolatines Godet o Kelito para después de la matiné y para los domingos a la tarde cuando los grandes se iban a tomar el liso. A veces nosotros estábamos autorizados a tomar un cívico, ese chop chiquito con un chorro de granadina. No quedan chicos que sepan hacer salir una araña de su cueva con solo soplar un brote de caña frente a las viejas paredes de ladrillos. A esta hora el mundo se desmorona, es una ruina, ruina de luces, derrumbe de sombras, un pueblo que es ahogado por la noche y aquella ranchera en las lomas de mi pago yo corté la más linda margarita con primor y a la virgen del pueblecito la llevé pa que ella me curara del amor. Y aunque cambie la música y se vuelva todo diferente ese parlante se va a estar siempre con eso de las margaritas y jazmines que pueblan los jardines de la inmensidad. Alrededor de la plaza teníamos también ese lugar, un sendero estrecho para los dos, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta en las tardecitas de los jueves, los sábados y los domingos. Los otros muchachos del nacional y los del comercial hacían barrera y decían piropos, algunos dejaban la barrera, entraban también ellos en el sendero estrecho y caminaban ida y vuelta con su novia en tanto la banda dispuesta sobre la caja armónica hacía la Marcha triunfal de Aída, la Avenida de las camelias, algo de Carmen y mucho de Verdi que eran esas cosas que el viejo Borla hacía ensayar con una unción que se llevó a la tumba. Ahora nadie dirige la banda como lo hacía el viejo Borla, podría apostar eso y ganar. La cara se le transformaba, los brazos se escapaban del cuerpo, en tanto, si era octubre o noviembre la magnolia focata crecía en perfumes mientras se hacía más profunda la noche y vos te estabas acordando en ese momento que habías dicho en tu casa, «mamá me voy al bulevar», y ella como siempre te gritaba desde el patio que no volvieras después de las nueve porque si no tu padre se enoja. Vos me decías que esa música de metales tenía la particularidad de subrayar el tiempo y si la escuchabas otra vez vivías de nuevo cada cosa que habíamos dicho o hecho mientras estábamos juntos. Ese era para nosotros entonces el destino de la música del viejo Borla con tantos días de octubres, con tantos jazmines del cielo en los canteros y el feo monumento a San Martín que hacía poco habían puesto en el centro después de meses de polémica para decidir hacia donde debía apuntar su sagrado dedo, el que usó y ensució un gorrión justamente en el momento de la inauguración. Yo tuve que hacer guardia en una de las esquinas del monumento y vos también, con la rompevientos azul y pantalones blancos nosotros los varones y ustedes con la rompevientos blanca y la pollera azul. Más tarde empezamos a irnos. Vos no querías que me fuera, las novias o las madres de los otros tampoco querían que se fueran, pero nos fuimos de todos modos. Ahora estoy en edad de recapacitar, sin duda, pero es evidente que no se puede recomenzar. No sé qué podría prometerte. ¿Sabés acaso qué podría prometerte? Si querés un trago, ahora es el momento justo para una copa de algo frío, algo largo que se vaya hasta el fondo de nosotros. No sé por qué no querías que me fuera. Era tu seguridad de que no tendríamos más esas tardes, ni las misas de diez, ni los almuerzos, ni los premios a la pareja del año. Hasta tu hermana que nos seguía por cuadras con su bicicleta Raleigh no entendía muy bien por qué no querías que me fuera. ¿Quiénes eran los de mi época que también se fueron? Fabio Moschino, Rogelio Carlín que murió ahogado por salvar a ese chico. De Fabio no se sabe nada ya. Se fue también Luciano Operto, sí, es cierto, Ligio Bó también que empezó muy bien en el Club Atlético Nueva Juventud y que lo compraron para aquel cuadro. No quiero decirte que Ligio Bó dejó el fútbol por el boxeo y que está ahora en una esquina lustrando zapatos. El triunfo fue flaco, insulta a la gente y se ha emborrachado conmigo alguna vez y cuando queremos te nombramos, es apenas alguna idea, un homenaje que te hacemos más de silencio y alcohol que de palabras. El te quería y vos me querías a mí, solo en eso estaba la diferencia y pensaba volver triunfante, lleno de gloria, tembloroso de poder y juventud y desplazarme para hacerte saber todo, lo que nunca se había animado a decirte. Cuando está borracho es cuando comprende mejor las cosas, ve todo con mayor claridad. La última vez me dijo: «viejo, el mundo es una trampa. Todos caen, lo que cambia es el cebo que le colocan a cada uno». No sé por qué no querías que me fuera, no sé nada. Una copa solamente, una para cada uno, te invito, puedo pagarla yo. Vamos a mirar desde una mesa encenderse las luces, circular los autos, andar la gente mientras yo te pregunto qué se hizo de Ethel que fue también un poco mi novia. Era espigada, y con el cabello negro sobre los hombros podía decirse que venía de otra época. Cada cinco palabras repetía que todo era una barbaridad, barbaridad de pueblo, barbaridad de tierra, barbaridad de aburrimientos. Su madre le vestía de blanco y con puntillas. Ethel venía a veces con nosotros. Solo aceptaba un café cortado y un día llegó ese novio. Todos calculábamos que era lo que estuvo esperando por años. La madre le redobló su ajuar con puntillas y fueron felices algún tiempo. Pero no sé qué se hizo de Ethel, lo último que supe era que el novio se fue como había venido y ella se quedó con un gran ajuar y enseñando catecismo en la parroquia, pero de esto hace mucho tiempo. Eran también tus amigas Elsa y Cora, las mellizas que mordían hojas de cedrón cuando salían de la casa para tener buen aliento. Yo las confundía y todos echaron a correr que una vez estuve prolongando con Cora lo que había iniciado con Elsa el día antes. Sí, de Ethel podía decirse que venía de otra época, con sus vestidos blancos y el pelo negro cubriéndole los hombros, también con su segundo nombre que era Ibis y su apellido francés y tan mágica a veces cuando tardaba horas en tomar su cortadito. No quisiste que me fuera pero yo no podía quedarme. Cómo podías saber lo que siente uno cuando ha pasado los veinte años y no tiene nada que hacer en un pueblo. Qué les importaba a todos ellos. Digo todos ellos y debés entender que hablo de tu madre y de la mía, de mi padre y del tuyo, de los hermanos y de los amigos. Pero hay quienes no les importa nacer en un mismo lugar, casarse, venirse viejos y morirse sin salir de ahí. Yo creía que vos al menos comprendías, y que iba a ser difícil hacerte tragar eso de que el pueblo progresaba, que tenía comisión de cultura, amigos de la música y del arte, que traían la orquesta sinfónica de Santa Fe, o el ballet del Colón en el teatro del Unione e Benevolenza. No, no podía dejar que ellos nos mintieran con cosas así haciendo juegos florales para premiar a unos versos que saludaban a la bandera o a los colonizadores, a la fecunda idiotez de esos piamonteses que habían dejado el lomo en el surco y en los corrales y una gran herencia para todos los hijos. Total, esas zanjas con sapos y cataratas de grillos a dos pasos de la plaza van a existir siempre, total Ethel debe haber tenido su destino dentro del pueblo, como vos, como las mellizas y eso es suficiente para algunos, pero te aseguro que no es suficiente para todos. De ninguna manera, no puede ser suficiente para todos. Para mí no, para Fabio Moschino tampoco, ni para Ligio Operto, ni para Rogelio Carlín que se fueron y no volvieron. No era yo el único entonces. ¿Por qué tenían que considerarme como un fenómeno? Dicen que a Rogelio Carlín lo encontraron descarnado en el agua, que solo pudieron enterrar sus huesos. Ya ves, la carne de Rogelio todavía anda dando vueltas por ahí. Destino ilustre el suyo, tal vez el destino más célebre que haya salido de este pueblo. No estés apurada, te lo ruego. Son los últimos momentos, es probable que sean de veras los últimos. No más regresos porque ya no pertenezco a nadie en este lugar. Mis hermanos tienen sus mujeres y sus hijos, en ninguna de esas casas estoy bien, no sirvo para hablar de antes ni para hacerme querer como tío o cuñado. Los viejos tienen su tiempo allá. Qué bien, mis hermanos lo piensan todo: los han enterrado juntos. Primero mamá en mil novecientos sesenta, ahora papá. Viejo lindo, nítido, de una pieza. Hecho de esta tierra, no estafó a nadie, no hizo sufrir a las viudas ni descuidó a los huérfanos. Ejemplo de hogar cristiano el de él y la vieja. Te acordás de los discursos de ayer. Veintiocho años presidente del Club Atlético Nueva Juventud, buen deportista también, buen patriota, hijo de esta tierra, nunca se le ocurrió salir del pueblo. Aquí nació, aquí buscó a su mujer, aquí hizo a los hijos. No, no estuve borracho en el entierro, no creas lo que dicen solo porque sonreía en lugar de llorar, y nadie me vio llorar porque tenía la boca ocupada en sonreír, en aguantar esa espuma que venía de las entrañas, que era una mezcla de todo: lágrimas capaz, bilis, bronca y angustia también. Además nadie sabe después de todo cuál es mi pena y mi manera de sentirla o de querer sentirla. Nadie sabe qué es lo que me duele aquí adentro, en donde residen las calamidades. Tampoco ahora estoy borracho, dulce. Ya es de noche y ese parlante sigue, ¿hasta cuándo sigue ahora que no me acuerdo? A medianoche parte mi tren. En la oscuridad el pueblo se va a ir haciendo cada vez más chico entre trigos y paraisales. Después cuando vuelva a salir el sol voy a estar frente a la ventanilla mirando el horizonte. En ese momento nada mejor que un café bien cargado para borrar la mala noche.