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Morir en domingo

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

13 minutos de lectura

Miró alrededor para ver una vez más el sol de la tarde invernal y después comenzó a caminar hacia la nada. La tierra tenía un color muy pálido barrida por el frío viento del norte y la ciudad toda en soledad, tan vacía como una estación de tren pueblerina, era contundente con su mal de domingo. Nadie vivía. En el cielo se gastaban algunas nubes chatas y el tono de la atmósfera se parecía al tono de la enfermedad. Había que reconocer que él estaba triste, pero más allá de eso, todo tenía un significado de sopor exclusivo mientras contagiaba a cada uno de los elementos que hacían al universo. En la plaza el reloj floral se hacía eterno; el reloj de la torre de la iglesia no aparentaba menos y una estatua de animal, blanca y renovada, desafiaba los siglos y las edades desde su pedestal. Debía buscar la humanidad que despedían algunas personas más cercanas a su existencia, pero ¿a dónde recurrir? Siguió caminando, y hacía mucho frío como para que hubiera algo —la temperatura al menos— que disimulara la intensidad sombría de la jornada. Desde ahora a las tres de la tarde, y después, de las tres a la noche, y luego de la noche al día siguiente, había un retumbante espacio de tiempo que necesitaba ser llenado de alguna manera. Debió fumarse un cigarrillo y meditar el humo. A veces cosas así daban resultado, pero en ese momento las novedades habían caducado definitivamente. Quizá Alcides no durmiera. Y decidió ir a su casa. Entró; la puerta estaba entornada, la casa en silencio; el olor de la comida del mediodía aún flotaba y eso contribuía a que sintiera en el estómago la misma plenitud que en el alma. Alcides no aparecía por ninguna parte. Fue hasta su habitación: adentro, en la cama —arropado como para pasar una larga temporada de frío y nieve—, Alcides dormía por no afrontar como en todos los domingos, su miedo a la vida.

Se sintió desolado; al menos con él hubieran podido herirse, decirse que se estimaban, insinuarse que no se aguantaban ya, comentar que en alguna parte del mundo, ambos habían dejado para siempre el amor que les tocó. Volvió sobre sus pasos. Intentaría recorrer otro camino, ir a lo de Nelly. Nelly sí estaba en la casa y lo recibió con alegría. Se dijo que por fin alguien le daba un poco de significado a su vida.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

—¿Qué estoy haciendo? —contestó ella—. Esto es lo tremendo, nada.

—Nada no, estás haciendo algo.

—¿Qué?

—Estás haciendo nada. Hacer nada es hacer algo. Yo ni siquiera hago nada. Hacer nada es la más sencilla de las actividades y a veces muy satisfactoria porque en definitiva es una de las pocas cosas que te da la posibilidad de remordimiento con el mínimo esfuerzo, y al tener remordimientos se está a un paso de la esperanza.

Nelly lo miró apabullada y después le propuso echarle las cartas. Desde una habitación apareció Amalia soñolienta, aterida, bostezando, llena de vejez, pero de una vejez especial, la de esos días únicamente. Tenía los ojos hinchados; debajo, grandes bolsas que implacablemente le gritaban algo. Se saludaron. Si se encontraban algún vestigio de persona viva podrían trasmitírselo, pero al rato se daban cuenta ya de que no tenían nada adentro.

—¿Es existencial? —le preguntó Nelly mientras barajaba los naipes.

—Ni siquiera.

—¿Qué es?

—Es el error de haber nacido.

Estaba seguro de que Nelly se iba diciendo «madre te agradezco el haberme dado la vida» pero que no lo expresaba en voz alta porque todavía no había descubierto el cinismo.

Ahora Amalia habló con agresividad:

—En un tiempo creías en Dios, en la vida, en la gente, ¿no?

Él respondió que ya había pagado el tributo. Eso era cosa de una edad.

—Creo en Dios, en la gente, en la vida —agregó— finalmente mientras prestaba atención a Nelly que estaba echándole las cartas—, pero de otra forma. ¡Muy de otra forma!

Afuera los gorriones piaban y eran apenas las tres de la tarde. El patio debía estar gris, los malvones helados, el césped reseco. La pared del fondo perdía arena, y el revoque y los ladrillos se transformaban en polvo. Amalia se preparó un café, silenciosa, alejada de todos.

Nelly echaba las cartas y le decía que iba a tener noticias de alguien que estaba en el extranjero. La heladera, con ruido a pereza, blanca y algo maléfica rozaba desde adentro el resto de los sonidos que venían de alguna parte. Amalia encendió la radio. Esta, desde el fondo de su entraña diabólica y sensible de transistores, dejó fluir un eco lejano, un rugido de muchedumbre y una voz como siempre que daba los datos del partido. «Otro más», se dijo él y observó sus manos. Una motocicleta afuera, comenzó a hacer ruido; los gorriones que intentaban recluirse ya, por un momento quedaron mudos de espanto. Pero Amalia insistió con el partido, se dejó estar en una emisora que prometía la dicha y la belleza con solo pintarse las uñas de «Rojo diávolo». Amalia se miró las uñas y después dijo sin que nadie se explicara:

—El mundo está enfermo.

—¿De qué? —le preguntó él.

—Reumático —le contestó Nelly antes de que Amalia pudiera decir algo.

Las cartas le declaraban también que se cuidara de las extremidades inferiores y que una persona rubia del sexo femenino le preparaba una trampa.

—El mundo no está reumático —casi gritó Amalia—, el mundo está ¡podrido!

Los dos se rieron; no tenían obligación de hacerlo, pero Amalia, pobre, quedaba tan desvalida si uno no hacía caso de sus palabras. Ella se sintió reconfortada y eso fue un inconveniente porque debieron suspender un momento el juego con las cartas y hacer como si la atendieran concienzudamente.

—El mundo está podrido de aburrimiento —siguió.

—Pero hay gente que no se aburre —le dijo Nelly imbuida de una dulzura repentina, tal cual lo hacía siempre pensando en hogar, madre e hijos.

Él repitió:

—Hay gente que no se aburre… ¡pero no somos nosotros, seguro que no!

—Lo mío no es aburrimiento. Pero hay gente que no se aburre —insistió Nelly—: las mujeres que han podido casarse, las que tienen niños, las que estrenan el amor.

Pero no servía repetir como otras veces ese juego de ansiedades o de plenitudes humanas. Todos sabían que en algún lugar, alguien con hijos, esposa o esposo, se sentía de la misma manera. El viento empezó a zumbar, malvado, trasportador de desgracias, de vejez que se iba acumulando, y los tres tuvieron al mismo tiempo el deseo de correr al espejo y mirarse para ver si en ese instante les había nacido una arruga más. De los patios vecinos llegaban los rumores del partido que se jugaba, y la voz del relator era hueca, bella y maldita, capaz de perforar la carne y horadar hasta los huesos.

—Esta es una buena carta. ¡Qué suerte tenés!

Miró a Nelly tratando de estar reconocido por los esfuerzos que hacía en favor de él; después buscó a Amalia con la mirada pero no la encontró.

—¿Qué le pasa? —preguntó con un susurro.

Nelly se puso tensa y trató de escuchar, por último percibió algo que venía de un lugar cualquiera de la casa, de un rincón.

—Está llorando como cada siete días.

Él comprendió; en algún lugar de la ciudad, desprendido de todos los hombres que pasaban a su lado, a veces había llorado de esa manera, en silencio.

—¿Qué podemos hacer?

—Nada —le dijo Nelly.

—¿Caminar?

—No, hace mucho frío.

—No hace tanto frío, aquí adentro se siente más.

—Sí.

No se movieron. Estuvieron latentes, dispuestos a hacerse añicos, a explotar de un momento a otro, pero no tenían motivos: ni sufrimientos, ni amor contrariado, ni enfermedad, ni dolor concreto. Era el dolor en sí, tan sagaz que los desorientaba.

Nelly le trajo una revista y le señaló el horóscopo. Él lo leyó, pero por supuesto no creyó nada. Comenzó a dar vuelta las hojas con la esperanza de crearse un goce nuevo. Su deber hubiera sido decirle alguna palabra alentadora a Amalia y hacerla gozar con un recuerdo o una frase, pero a las cuatro de la tarde, con el invierno afuera, con la tarde cansina y desfalleciente, con el rumor lejano de una radio que dejaba el partido por un bailable, no había posibilidad de construir mundos de amor y felicidad, ni para creer que se estaba bien.

El silencio era demasiado grande y Amalia surgió para ver qué pasaba.

—¿Por qué no vino Alcides? —le preguntó.

Alcides era una esperanza de salvación. Él sabía que no, pero para Nelly y Amalia, Alcides podría llegar para decirles que todo era lindo y que el mal pasaría rápido; sin embargo él sabía que no.

—Estaba durmiendo, tapado hasta las orejas.

—Así se le pasa el tiempo más rápido; Alcides está mejor que nosotros —aseguró Nelly, y en eso le implicitaba una disculpa.

Amalia sonrió pero nadie supo por qué. Sin proponérselo formalmente los tres comenzaron a pensar en Alcides, intensamente, poniendo toda su ciencia, deseando fervientemente que llegara, enviándole oraciones. El deseo unido fue tan grande que allá en su casa Alcides se despertó y también tuvo pensamientos para ellos.

—Debería sucedernos algo —dijo Nelly.

—La guerra con gases y cohetes y bombas que destruyan el mundo.

Amalia y Nelly lo miraron: odiaban la violencia, no querían guerra ni destrucción. Ellas pedían poco: una paz beatífica, el hogar colmado, la ansiedad de las manos y la piel absorbida por otro cuerpo, otra boca, otro espíritu y otros ojos, que probaran distintos puntos de vista.

—Los cohetes y la destrucción —siguió afirmando para hacerles un poco de daño.

Nelly fue a buscar las viejas fotos: era el recurso de último momento, el tablón al que aferrarse para no naufragar; solo las sacaba de tanto en tanto, cuando ya todo parecía astillado y negro por el desastre. En más de una ocasión había dado resultados porque les era sumamente fácil creer que ahora estaban mejores, más selectos, maduros y refinados. Las viejas fotografías no demostraban nada, absolutamente nada aparte de que en comparación, cada uno se daba cuenta después que habían pasado demasiados días iguales y que los días se habían acumulado en años y los años en edades: edad para los cabellos, para la piel, para los ojos, para el porte.

Nelly con su tesoro de fotos procedía como un avezado director teatral, conocía el efecto de todas y la reacción de los otros. Por eso las iba seleccionando y mostraba las que convenían en el momento preciso, ponía boca abajo las que tenía reservadas para los finales y enseñaba aquellas que iban creando el clímax.

Amalia, ya más reconfortada, trajo una copita de algo y los tres se sentaron alrededor de la mesa. Con las fotos delante y sorbiendo un poco de licor se disimulaba bastante bien los deseos vehementes y el dolor del abandono. Volvieron a reírse de la misma cara que tenía Nelly una tarde en la plaza al lado del león de cemento. También, de las medias de Amalia, del abrigo de las amigas, del peinado que habían lucido en mil novecientos cuarenta y nueve. Eso era tal cual había sucedido un tiempo atrás, y más atrás también y mucho más. Pero nadie se decía la verdad y cada cual procedía como si la diversión fuese nueva y los impulsos a partir de las imágenes fueran creados por primera vez. El viento calmó. Comenzó a oscurecer, los gorriones, a piar desesperadamente. Las pausas de la ciudad se agrandaron y de pronto, pasado un tiempo matemático, otro ritmo quebró el silencio: la noción del crepúsculo y la realidad de la tarde muerta. Cuando las fotos se terminaron y no había nada que hacer, decidieron que era hora de llamar a Alcides para que los ayudara a vivir.

—No va a tardar en venir —dijo Amalia que siempre depositaba muchas esperanzas en Alcides.

—Si hace mucho frío no creo que salga. A veces a estas horas se pone a escribir cartas —indicó él con cierta duda.

—¡Pero escribir en domingo es como asestarse un golpe suicida, algo tan soez como una palabra obscena! ¡Nadie puede escribir nada en domingo salvo que sea su propia agonía! —les dijo Nelly.

Amalia hizo alusión a un diario que alguna vez hacía Nelly. Ella pareció sorprendida en una mala acción y titubeó un momento antes de decir palabra. Comprendió que Amalia se burlaba. Ese era el momento preciso en que empezaban las peleas, el gritarse, el tratarse de ridículas, de enfermas, de abúlicas y holgazanas. Él deseó —por esta vez al menos— que llegara Alcides para salvar el desastre y Alcides imprevistamente asomó su cara por la puerta del fondo, detrás de las cortinas. Los tres quedaron en suspenso, maravillados, llenos de un dulce terror, hasta temblorosos. De allí venía la fama de Alcides, eso no podía negarse, llegaba siempre en el momento que más lo necesitaban. Todos callaron, estaban preparados para empezar de nuevo. Realmente la vida podía recomenzar desde allí. Punto y aparte y a iniciar un capítulo distinto. Se salían de la propia persona por tanta ansiedad, por el gozo de saber qué les traía él para salvarlos.

—¡Alcides, por fin! —le dijo Nelly con una histérica reconvención.

Amalia se le acercó e intentó tocarle una mano, pero Alcides con un gesto rudo la retiró, parecía tener un agudo miedo al contagio. Se acercó silencioso, tomó una silla, se sentó a un costado de la mesa y los miró uno a uno sin decir una palabra. Solo abrió la boca para un largo y despiadado bostezo.

Después, cuando él regresó a su casa y la noche era negra y hostil; cuando algunos volvían del kiosco y traían La Nación ilustrada debajo del brazo para meterse en la cama y leerla, cuando las estrellas arriba, se desmenuzaban heladas como un trozo de escarcha, se dijo tan lleno de placer, como si hubiese llegado a la verdad absoluta, que comprendía una vez más por qué algunos deciden morirse en domingo.