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Margarita, Armando y su gallo

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

24 minutos de lectura

Margarita Azcona: Nacida en Corda, el 27 de enero de 1920. Su padre fue José María Azcona (inmigrante español) y su madre Enerina Costello, hija de inmigrantes italianos. Hizo hasta tercer grado, pero aprendió a leer muy bien en El arca de Noé y le dedicó muchas horas a los cuentos de la pampa argentina que compraba su papá para leer El fogón de las tradiciones, pero ella prefería sobre todo el Para Ti que le prestaba la empleada de la estafeta. Sus primeros años fueron simples y sin altibajos, de un nivel elemental si se descuenta que alrededor de los catorce, o quizá algo antes, empezó a apasionarse por la cría de la Plymouth Rock, con la que quería alcanzar un promedio de 290 posturas por año. Todo terminó con la epidemia de diarrea y con una gran desilusión. Fue feliz en los momentos felices y lloró en los momentos tristes. Tuvo cuatro hermanos, todos varones y nunca los entendió: olían como animales, comían como cerdos y decían cosas que solamente hacían reír a ellos. A los ocho años la llevaron de urgencia a Santa Fe para operarla de apendicitis y, desde entonces, se sintió como si hubiera perdido algo secreto y bastante íntimo. Fue a muchos bailes de su pueblo y de pueblos vecinos. De vez en cuando ayudó en las tareas del tambo, pero José Azcona y Enerina Costello no le exigían mucho porque tenían la ayuda de los cuatro varones de la casa. Aprendió con su madre a hacer carpetitas de punto cruz y masitas de amoníaco. Una vecina de apellido Kreller le enseñó a hacer tortas alemanas y un vecino —a los dieciséis años— le enseñó a desdeñar a ciertos hombres. Le costó demasiado desprenderse de la impresión desagradable que le causó un rudo chacarero que trató de seducirla cierto atardecer cuando regresaba, cruzando las vías, de pedir prestado un pan a sus vecinos los Polletti. Le quedó por mucho tiempo la idea de que los hombres, en general, son como los toros: su función, arremeter, y decidió que no se casaría como las otras. No sentía la menor intención de ser sojuzgada cuando a ellos se les antojara, ni le caían simpáticos los chicos: llorones, hambrientos y sucios de mocos. Pero a los veintidós años, fiesta del pueblo, San Esteban Rey, volvió el hijo de la Vica Strada que había estudiado comercio en Santa Fe y estaba trabajando allá. No le pareció brutal como los otros, tenía ropa buena y un bigote muy suave, delineado apenas en el lugar justo. Le gustó porque lo asociaba con los tranvías y algunas películas que había visto en el salón Mercurio (ella nunca supo que el de las cintas era John Gilbert). Lo de los tranvías le había quedado como un ensueño de ciudad inmensa desde que estuvo en Santa Fe por el apendicitis. La sacó a bailar y él le dijo que la reconocía (claro, se habían conocido de chicos en la escuela que dirigía doña Eliodet Longo), le dijo que también estaba muy linda, no parecía criada en Corda. Ningún hombre le había dicho antes que estaba muy linda. Él se quedó durante toda su licencia —cerca de dos semanas— y la fue a visitar. Algunas tardes se sentaron frente a la plaza en el despacho de bebida de los Bonzi y él tomó cerveza y ella cerveza con granadina. El hijo de la Vica la iba a buscar en el Ford A color lacre, de los abuelos. Cuando se fue, empezaron las cartas. Él pensó que Margarita tenía bastantes cosas que le gustaban como para pedirle que fuera su mujer y se casaron dos años después pasando por un noviazgo lindo y que solamente le pareció a Margarita un poco largo. Ella tenía veinticuatro años y él veinticinco. Se fueron a vivir a Santa Fe, pero algún tiempo después al hijo de la Vica Strada se le presentó una oportunidad de progreso. Le ofrecieron otro puesto mejor pagado como subcontador en el frigorífico y se fueron a Rafaela nomás. Vivieron bastante felices.

Armando Strada: Nació en Nelson, el 15 de diciembre de 1919; su padre fue don Juan Luis Strada, aquel caudillo rural que consiguió colocar en la Casa de Gobierno al maestro del pueblo que tenía la suerte de estar casado con una linda mujer tremante de aspiraciones. Fue por el año 1920, ustedes deben recordarlo a causa de cierto aire de escándalo que envolvió el asunto, y por la huida de la esposa de don Juan Luis a Corda llevándose a Armandito. El chico pasó unos cuantos años en la casa de los abuelos y se hizo de esa tierra como si en realidad hubiera nacido allí. Después, del cuarto grado en adelante, él fue mandado a Santa Fe, a la casa de un tío. Armandito terminó la escuela primaria, el comercial, se hizo hombre y se empleó en negocios diferentes. Fue un excelente empleado porque era hábil para la administración de los bienes ajenos sin quedarse con un solo centavo que no le perteneciera. A los veintitrés años conoció a Margarita, es decir —como contamos— la reconoció y la sintió hecha para él. En el fondo decidió que estaba amasada con la misma pasta seca, desconfiada y celosa de sí misma con que lo habían hecho a él. En pocos años Margarita colmó las esperanzas del muchacho y llegó a ser lo que deseaba de ella para completarle la vida. Le enseñó a no circunscribirse únicamente a las novelas del Para Ti y, en su lugar, interesarse por las noticias económicas que traían los diarios. Le enseñó a decir siempre sí para cuando sus requerimientos, a cocinar las palomas que a él le gustaban tanto y a limpiar los trajes con jabón de palo y bencina como lo hacía la madre.

—Nos vamos a vivir a un barrio de la costanera —le dijo, y ella afirmó.

—Me voy a comprar un traje a rayas de color verde; las rayas dan calidad a la ropa y uno parece más elegante.

—Sí, sí, uno parece —dijo ella.

—Me propusieron un empleo en Rafaela, creo que nos conviene.

—Sí, sí —volvía a decir Margarita—, nos conviene.

A los cuatro años de casados se fueron a Rafaela y se instalaron en una casa baja y neutra, pero bastante risueña. Ellos, lo primero que hicieron fue plantarle un par de cipreses en el frente. No la concebían sin unos cipreses bien disciplinados. Los vecinos trataban de calcularles la edad. Opinaban que ya estaban superando largamente los treinta años, pero se equivocaban, lo parecían, solamente. Margarita vestía siempre de oscuro y Armando su traje de rayas y su sombrero gris que le tapaba la ya notable calvicie. A los diez años de matrimonio no habían podido tener un chico y sin embargo Armando lo había deseado muchas veces. En su lugar se resignó a prodigarle amor paternal a un auto que compró de segunda mano e hizo pintar de color lacre. A él le gustaba su empleo porque las cosas le salían bien; compraba una rifa de vez en cuando y tenían suerte pues solían ganar tostadoras eléctricas, jarras para preparar copetines, poncheras, centros de mesa en forma de canasto, carpetas para tapar la radio, cigüeñas de yeso y hasta tijeras de trinchar. Margarita guardaba esas cosas para usarlas en días de visita y las tenía pulcramente luminosas de limpieza en la vitrina del juego de comedor, esa con cristales corredizos y una linda carpeta de macramé color ocre en la parte de arriba.

Algunos decían que Margarita y Armando parecían hermanos. Tanto se comprendían que hasta se habían absorbido e intercambiado los rasgos. Para ellos, todo el presente era real; el futuro les llegaba en cualquier momento y el pasado no conservaba ningún interés digno de ser rememorado. A veces —por decir algo— se referían a la época del noviazgo, o al viaje de bodas si por casualidad caían de algún cajón fotos que se sacaron en Río Ceballos para la luna de miel y en las que Margarita lucía pantalones anchos de gabardina, un pañuelo a modo de turbante y aros grandes de paisana. ¡Estaba radiante con Armando sosteniéndola de la cintura, con la dulce quietud de las montañas detrás! Todo lo demás, y que pertenecía al pasado, era siempre fragmentario, por eso vivieron bastante felices.

Margarita abrió la puerta. Armando la miraba. Debajo del brazo él tenía un gallo. Lo primero que vio Margarita fueron las largas plumas del cuello, color de ladrillo bayo, perdiéndose en un campo azul verdoso, brillante, con iridiscencias que cubrían la otra parte del cuerpo. La cresta roja, saludable, se curvaba un poco hacia el costado derecho y el gallo miraba inclinando la cabeza con una determinada dosis de inteligencia maléfica como si estuviera burlándose del momento.

—¡Oh, no! —dijo ella llena de gozosa sorpresa.

Quizá era la primera vez ante Armando que emitía un no de manera rotunda.

—¡Sí, sí —decía Armando—, tócalo, es mansito!

Ella lo tocó. Le gustó el calor palpitante del ave en contra de su brazo y se lo llevó adentro. El gallo estaba quieto, doméstico, calculador. Lo miraron un momento y después Margarita dijo:

—¿Con qué número? ¿Fue con el 666?

—Fue con el 666.

La rifa se la habían vendido en el frigorífico, tal vez Anguilesi, como la mayoría de las veces.

—Está flaco para matarlo —dijo Margarita.

—Que engorde, ponelo en el galponcito del auto.

Margarita lo acariciaba y el gallo bajaba los párpados dejándose hacer.

—¡Parece un chico! —dijo después llena de reminiscencias.

—No tanto, es un gallo —opinó Armando con la voz engolada para evitar toda proximidad a la emoción—, Anguilesi dijo que es carnudo, pero es tuyo, hacé lo que quieras.

Margarita lo miró como aquella vez había mirado a su padre cuando le regaló una muñeca de virutas y yeso después de la operación de apendicitis. Pero Armando, que no había visto a Margarita en aquel trance, interpretó otra cosa y se dijo: necesita compañía.

Ella lo puso en el galponcito. Durante unos días no hizo más que hablarle del gallo, de lo que comía, de que iba a estar muy gordo, de que en la casa había otro ruido, más alegría, tal vez, desde que él entró.

—Armando, por las mañanas el gallo canta a las cinco, o cinco y media, a lo sumo. Tenés que oírlo, es como si me saludara. Yo creo que dice ¡Marga-rIIItaaaAAA!

—Sí, mi amor —le dijo él, y se obligó a estar despierto a esa hora de la mañana siguiente para escucharlo.

Armando, que cuando se lo proponía se despertaba sin reloj, se desveló como una hora antes y esperó el canto del gallo. En realidad la espera se le hizo bastante larga porque, por un lado, se había sacudido el sueño demasiado pronto y, por el otro, esa mañana amaneció más tarde debido a la neblina. En efecto, el gallo decía ¡Marga-rIII-tAAA!

Margarita le retribuía. Siempre guardaba algo del almuerzo para dárselo con sus propias manos. Una vez volvió del galponcito y le dijo a su marido:

—¡Armando, ese chico… ese gallo necesita nombre! Me di cuenta de lo tontos que fuimos, solo ahora pienso en que no sé cómo llamarlo.

—Armando sería el nombre preciso —dijo él y se rió.

—Si vos querés, pero el problema será con los otros, cuando vaya a llevarle de comer, las vecinas van a pensar que te tengo encerrado afuera, ¿eh, amor?

—No, lo de Armando fue una broma, el nombre corre por tu cuenta.

Él estaba proponiéndole bromas a Margarita y se mostraba cariñoso porque esa noche era noche de acostarse temprano y ponerse cariñoso. ¿Cómo no se daba cuenta Margarita de que era viernes? Todos los viernes leían un poco a la ligera —él La Opinión y La Prensa y ella el Para Ti— para irse mucho antes a la cama.

—¿Cuál va a ser el nombre? —le preguntó un poco impaciente.

—¡Ay no sé amor, no sé; es tan difícil! Benito parece un nombre soberbio, pero el padre Lozano se llama Benito y como tengo que decirle que venga a bendecir el nuevo Corazón de Jesús de la sala, en una de esas se me escapa y el padre se ofende.

—Yo que vos no lo pienso más; que se llame Benito y basta. ¿Nos iríamos ahora?

—¿Adónde? —preguntó algo atontada—, ah, perdoname, estaba distraída. Es que Benito me tiene absorbida.

Pero Armando, que ya empezaba a sentir a Benito como Benito, íntegro y parte del todo familiar, le tuvo un poco de rabia porque entonces, cuando gozaban abrazados, ella pretendía que Benito estaba con mucho frío en el galponcito de zinc y que quizá había que ir a taparlo o hacerle un nido con trapos de lana.

Ese invierno fue muy riguroso. En las tardes, cuando Margarita quedaba sola frente a la radio escuchando la novela de las tres, siempre encontraba un pretexto para levantarse un momento e ir a ver al Benito por si necesitaba algo. Un día, que había puesto en remojo pasas de uva para hacer un budín de pan y se llevó el tazón, descubrió que el gallo era loco por las uvas. Esto la alegró porque lo había notado demasiado independiente en la última semana, como si él adquiriera de pronto una mayoría de edad que lo hacía indiferente a los cuidados. Al descubrir este gusto, Margarita se decía que Benito estaba obligado, de alguna manera, a depender de ella, como al principio. En adelante, al ver las uvas, se abalanzaba al tazón y se hartaba con ellas, desdeñando el maíz o el pan remojado en leche que antes le habían gustado tanto. Ahora Margarita le preparaba por las noches una dosis de pasas remojadas y, al día siguiente, ambos se unían en un solo placer: ella en el de dar, él en el de recibir. Cuando empezaron los días más crudos, se lo trajo a la sala y le permitía estarse quieto junto a la estufa hasta la llegada de Armando. Le decía a Benito:

—Hoy preparamos albondiguitas para papá, ¿eh Benito? —y Benito decía que sí cerrando los ojos.

—Hoy hacemos para la cena una mayonesita con papas y perejil picadito, picadito… ¿eh?

Por agosto se intensificaron las heladas y entonces, Margarita, se compadeció de Benito y le hizo una capa de viyela para cubrirlo por las noches. Demás está decir que la capa era escocesa, elegida cuidadosamente por la rústica dignidad del diseño. Antes de acostarse iba al galpón, encendía la luz de la única lamparita sucia de moscas y, con amorosa solicitud, cubría a su gallo atándole la capa mediante un lindo moño brillante debajo del pescuezo. Armando la estaba esperando leyendo el diario y le sonreía satisfecho, pero si era viernes, le sonreía satisfecho y con expectación. Ella se sentía contenta y en armonía consigo misma, como si cada vez acabara de inventar la caridad.

Pero Benito no aprendía los buenos modales, y por las mañanas, aparecía siempre arrastrando la capa o sin ella. A Margarita le apenaba mucho, no podía soportar que él sufriera frío mientras los dos se recogían temprano y por la mañana dejaban pasar un buen rato de tibieza y bienestar antes de pisar el suelo del nuevo día. Le propuso a Armando en uno de esos momentos:

—¿Por qué no lo vas a buscar?, se despierta tan temprano y debe estar tiritando.

Armando fue y lo trajo. Colocaron un papel de envolver sobre la colcha —ustedes se dan cuenta para qué— y allí lo instalaron a Benito quien, desvelado ya como ellos, los miraba fijamente y con sus ojos seguía el menor movimiento que ambos hacían. El acto se repitió a partir de ese día y entonces, Armando, al momento de despertarse iba a buscar el gallo, colocaba cuidadosamente el papel (ya preparado en la mesita de noche) sobre la colcha y encima instalaba a Benito que quedaba como en hipnosis inexpugnable y con cierto aire de infranqueabilidad que hacía sentir muy dolorida a Margarita. Ella hubiera querido que Benito le retribuyera su cariño de alguna forma más evidente.

—Los gallos son así, amor —la consolaba el marido—, además debés tener en cuenta que por sexo es macho y, en cierto modo, todos los hombres se guardan mejor las cosas.

Margarita se alegraba de las palabras de Armando, pero un fondo de dolor no se le iba del todo.

Al comenzar la primavera, ella que ya conocía del despertar del amor, de los pájaros que hacen nido y de las parejas que se aman en una imagen universal de ternura a fuerza de leer Vosotras y Para Ti de setiembre, pensó que Benito tenía todo el derecho de gozar también su dosis de primavera. Sin consultarlo con Armando (estas son cosas que las mujeres intuyen y que los hombres piensan sólo para sí mismos, se dijo), habló con la señora Lírica de Agnelo, su vecina del fondo, para que le permitiera llevar al Benito un día o dos a la semana, a holgar con sus gallinas. Si bien la señora Lírica se mostró algo reticente al principio porque consideraba que en el gallinero, este año, el gallo bataraz se mostraba más dinámico que nunca, enseguida cedió, puesto que Benito, desde la primera vez, pareció caerles desusadamente simpático a sus gallinas. Naturalmente, a cada entrada de Benito, hubieron de quitar de en medio el gallo titular para evitar toda escaramuza. Y, como las gallinas de la señora Lírica de Agnelo eran muchas y muy fogosas y los gallos pocos, no hubo que lamentar mayores interferencias.

Armando había hablado alguna vez con el médico del frigorífico y pudo explicarle qué le pasaba a su esposa siempre que quisieron tener un bebé. El médico se interesó y los entusiasmó con un tratamiento que podía ser eficaz si se tenía paciencia. Entonces —como a ellos no les costaba ser rigurosos—, Margarita quedó encinta y le faltaba muy poco para convertirse en madre. En los primeros tiempos Benito pareció quedar olvidado, pero Margarita hizo ver en seguida que tenía un buen recuerdo para él. Si Armando y ella salían en auto, lo ponía en la parte de atrás mirando hacia la calle y el gallo se extasiaba como un niñito viendo a la gente, las luces, las vidrieras, las señoras con sus hijitos berreadores y los perros que vagabundeaban. Si bajaban a alguna tienda para comprar lana destinada a batitas, mantillas, escarpines y todas esas cosas, lo dejaban dentro y ella le pedía a Armando que trabara las puertas del auto para que no hubiera posibilidades de que Benito fuera sustraído. De regreso, si era temprano, se sentaban los dos en la vereda si el tiempo era bueno, con los sillones de lona y le ponían una traílla y lo dejaban pastar en el pedazo de césped que había frente de la casa. En los ojos de ella había algo especial, no se sabía si por el embarazo que crecía, o porque a esa hora, la ternura se alimentaba de actos y vicisitudes diferentes. Benito picoteaba las hierbas solo y en momentos retozaba como un perro faldero o como un hijo a quien se lo tuvo demasiado tiempo adentro.

Cuando empezaron los soles fuertes a fines de noviembre y ella adquiría en todos sus actos un tono moroso y crepuscular, y el gallo andaba libremente por el jardín, apenas ocupado en alguna pequeñez, solitario a veces, aparentando inteligente reconcentración, otras, Margarita le dijo entonces a Armando:

—Va a necesitar un sombrerito. Ahora que estoy tejiendo, aprovecho para hacerle uno de macramé. ¿De qué color te gustaría?

—Pero Margarita… el color es lo de menos, ¿va a aguantar Benito un sombrero?

Benito lo aguantó más que su capa de invierno. Ella le hizo una especie de cucurucho de color de maíz y se lo colocaba cubriéndole toda la cresta y sujetándolo con una cinta más clara que le pasaba debajo de la cabeza. Al principio el gallo retrocedía molesto por la nueva prenda, pero al cabo de una semana caminaba orondo por el patio, como un religioso tibetano, comiéndose las uvas pasas remojadas y tragándose —cuando podía— una abeja laboriosa que frecuentaba las alverjillas del jardín. Y este acto lo practicaba con morbosa delectación, como si estuviera transgrediendo, traviesamente, alguna norma sagrada.

—Pienso —decía Margarita— que entiende lo que decimos, fijate.

Tomó una pasa de uva, de las más suculentas y lo llamó:

—Nenito venga, mire lo que tiene mamá para usted.

El gallo levantó la cabeza y la inclinó quedando con un oído hacia arriba como hacen los loros para escuchar. Vio la uva y corrió con un ligero abrir de alas verdinegras hasta el lugar de donde se lo llamaba.

—¿Ves? —decía ella—, este gallo es diferente, reconoce nuestras voces.

A Armando le daba risa el gallo con capuchón, le parecía un unicornio o una bestia de historietas, pero Margarita dulce, tonta, encinta, estaba tan inocentemente alejada de los ridículos habituales…

Cuando nació el niño, Benito quedó postergado y un día Armando lo encontró abatido por la tristeza, pero Margarita, apenas pudo, volvió a dedicarle el tiempo suficiente, pero sin retacearle, no obstante el cambio, ninguno de los tonos de voz que sabía emplearle antes, ni menos las uvas pasas remojadas. Benito se recuperó.

Para la fiesta de Rafaela, aquel 24 de octubre, la madre de Armando vino a visitarlos. Antigua, estruendosa, relamida. Con canastas preñadas de embutidos, frascos de crema, zapallitos del tronco, brevas, huevos, las últimas naranjas y los primeros duraznos, chicharrones y pancetas que desleían aceite y perfumada manteca casera amorosamente envuelta en hojas de col. A la madre de Armando le fascinaban esas fiestas llenas de carrozas, de lindas reinas de la agricultura en cohetes o cabalgando una mariposa gigante, o saliendo del seno de una rosa. Le gustaban esas fiestas con máquinas rurales alrededor de la plaza, concursos fotográficos, exposiciones de manchas para los escolares y el intendente dando premios a todo el mundo. Se instaló como otros años con ellos e hizo todos los proyectos posibles para no perderse ni uno solo de los actos oficiales, ni de los otros.

Estaba estudiando el programa de festejos que había salido en La Opinión, cuando vio el gallo. Les dijo:

—Por qué no lo matan y lo cocinan. No está tan viejo después de todo. Tiene mucha carne.

Y le tocaba los muslos y la pechuga.

—Si ustedes quieren, yo me encargo.

Margarita sintió que se le erizaba la piel; vio en las manos de su suegra una cuchilla que chorreaba sangre caliente de su Benito y tuvo la sensación de que ella manejaba carcajadas tipo demoníacas y miradas de bruja. Le tuvo, a partir de entonces, un sentimiento parecido al miedo y a la repulsión, cada vez que pensaba en que ella podría ser la asesina de Benito. Armando fue quien supo convencer a la madre de que no hacía falta comerse un gallo ya algo viejo por más fiesta patronal que fuese.

El hijo sí fue llamado Armandito y, cuando tuvo el tiempo suficiente, Margarita quiso que Benito lo conociera para que pudieran hacerse amigos. Había terminado de bañar al bebé y lo tenía en la cama matrimonial cerca de una linda muñeca de paño Lenci, cara al techo y pataleando. Le dijo a Armando:

—Traelo ahora para que lo vea que está tan gracioso…

Armando fue a buscarlo. Puso el papel de envolver cerca de las piernas de Armandito y dejaron al gallo en su posición de siempre para que se acostumbrara al nuevo personaje de la casa.

Benito lo miró inclinando la cabeza; primero a un lado, después al otro. Margarita salió para preparar el biberón y poner al remojo uvas pasas. Dejó a Armando el cuidado del hijo.

—Vuelvo enseguida. ¿No le parece que Benito ya lo quiere?

Él dijo que sí, que le parecía.

Armando fue a buscar un pañuelo al tocador. Les dio la espalda. El gallo tenía sumo interés en algo que brillaba repetido, grande, redondo en la cabeza del bebé. Estiraba y retraía el cuello con movimientos económicos; ponía el pico muy cerca como para convencerse de que una cosa tan llamativa, tan suculenta, era verdad. Cuando le dio el primer picotazo de prueba, Armandito en su gozo vegetativo, hizo un movimiento hacia un costado y el picotazo cayó en la colcha. El gallo volvió a su posición expectante, puso nuevamente el cuello en tensión, poco a poco y sabiamente, como si estuviese manejando un suave y preciso mecanismo de asalto, para no errar de ahí en adelante un solo golpe. ¡Si al menos Armando, que estaba tan cerca, se diera vuelta para interferir a tiempo! Pero Armando estaba muy ocupado en la búsqueda del pañuelo y calculando la fecha de una factura que se le había atravesado en el camino. El gallo tenía el cuello preparado, listo, pronto a disparar como una confiable arma de guerra, atento como cuando se disponía a engullirse una de las uvas negras y redondas que Margarita le ponía en el tazón. Era el momento de dar el picotazo. Benito, que aprendía rápido, tal vez ya había comprendido frente a esa repentina experiencia, que eso sonrosado y movedizo sobre la cama no era lo mismo que el estático ofrecimiento del tazón colmado. Había que actuar de otra forma y, por lo tanto, parecía tener una decisión tomada. Armandito, por su lado, se había prendado, al parecer, del pico amarillo o de la cresta roja del gallo, vaya a saber de qué. Cuando Armando levantó la mirada y vio a través del espejo, se llenó de un repentino horror que recordó durante su vida como dos clavos en las sienes. Y aún mucho tiempo después, cuando ya Armandito había pasado por varias etapas o iba a la escuela y hasta había aprendido a leer, cada vez que comía carne de gallina Margarita veía las manos de Armando como las de un asesino y no podía dejar de pensar que, entre ellas, había muerto Benito con el cogote quebrado.