

Los perros de Miguelito
Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)
I.
Del amanecer en adelante el viento cambia notablemente. Entonces la helada estremecedora y fría asienta sus reales por toda la naturaleza esparciendo su casi harina de cristal sobre las hojas de la grama y del alfalfar. Las maciegas se ven blancas, espolvoreadas de menudas chispas y la atmósfera tiene una tranquilidad que ahueca los sonidos y magnifica la distancia de las chacras. La presencia blanca de la escarcha ha puesto tiesas las hierbas, brilla encima de la paja húmeda en las parvas ventrudas y endurece el agua rebalsada en los charcos. Algunos insectos han quedado aprisionados en esa trampa vítrea que los cercó fatalmente y, otros, con más suerte, buscan un día mejor para su hambre de mañana nueva. El mundo de la cama es tibio. La carne, el cuerpo entero se confunde en esos abrazos de cosa agradable que son las sábanas y las frazadas con las formas del cuerpo de uno y hasta el olor de uno mismo. Ah, qué respirar despreocupado en el interior de ese tiempo caliente y oscuro sin que nadie intervenga, sin que el menor obstáculo interfiera entre el sueño y la vigilia. Afuera el cielo se pone alegremente rosa y azul, pero es un amanecer tardío, invernal, con gorriones melancólicos en largas protestas, desafiando la escarcha, y pirinchos guarangos que son los primeros en ocupar enteramente los rectangulitos de sol sobre el techo de la casa. Chip, chip, chip, se anuncia a saltos menudos una curruca que busca alguna pluma olvidada por el viento para tapizar su nido zamarreado en la noche. En su quehacer ignora a los otros pájaros que no están dispuestos a ceder a una cosa tan pequeña el lugar ganado en el sol; por eso, cuando la curruca se abalanza sobre una hormiga negra ya de paseo por el zinc que empieza a bruñirse, los pirinchos fuertes e inflados con las plumas esponjadas para parecer más grandes, espantan a la inocente. Las uñas rasgan el techo de la casa y, abajo, en la habitación, los ruidos parecen más sonoros. Capitán que dormita con un ojo sí y otro no, pone tiesa su oreja mejor, la que detecta con insólita rapidez cualquier perturbación sonora y, con el ojo abierto, mira la incidencia casi histórica que es Miguelito al estirar las piernas debajo de las mantas y volviéndolas a recoger de inmediato por encontrarse sin pensarlo con una zona fría y repelente. Se acerca el momento en que entrará Yeppa a despertarlo con algunos de sus gritos terribles; entonces la casa se va a llenar con el bullicio de los cinco perrazos juntos tirándose mordiscos, gruñéndose recíprocamente o pasando todos a la vez por las puertas entreabiertas e inventando tristísimas figuras para conmover a la Yeppa y evitar algún puntapié, de esos que caen certeros en las costillas de uno cuando se es perro y encima con un poco de olor a carroña. Y ella entra, grita lo de siempre, alcanza al gran Dic con la punta de la alpargata y se va dando un portazo que hace sacudir la casa, para preparar el café con leche y sacar chorizos de la grasa que, como piensa Miguelito a veces, son gordas anguilas en un pozo de barro blanco.
II.
Pero si la historia es la misma todas las mañanas, no por eso Miguelito deja de asustarse todas las mañanas, con el corazón en repique como si lo pillaran en algo prohibido. Cuando la madre lo llama se sienta en la cama, un poco congestionado, las manos temblorosas y mirando antes que nada si Capitán está cerca, echado sobre la carona en donde pasa las noches. Capitán es muy honorable, un perro maduro y laborioso y es el único que se ha ganado el derecho de pasar las noches al lado de Miguelito. Tiene su honrilla y la defiende con dignidad. Tal vez por eso, o por su vejez, o vaya a saber por qué (quizá su fama de buen cazador de zorrinos y protector de gallineros), se ha elevado al plano considerativo de Yeppa que es implacable con los otros, a quienes no otorga una sola ventaja por más que el amo se desviva en mentar sus hazañas. «Son unos perros olorientos, únicamente están contentos cuando se revuelcan en carroña», dice la Yeppa como si hablara al viento, pero con la idea invariable y persecutoria puesta en Miguelito para que sepa a qué atenerse. Sin embargo ellos, a pesar de los peligros que el interior de la casa puede presentarles cuando la dueña y señora de esos ámbitos se mueve de un lado al otro, no conocen fuerza que los retenga en el momento en que Miguelito toma conciencia del nuevo día y los gritos lo ponen alerta de la hora nefanda. Entran en el cuarto y empiezan a hacer como si estuvieran delirando de alegría; saltan, lamen, gruñen de manera contenida, soplan por sus narices húmedas y se largan tarascones unos a otros en un bureo de muchachones medio somnolientos y medio tarambanas. Miguel sabe que están contentos de veras y que esa es la forma que tienen ellos de celebrar el despertar del amo. Quién puede afirmar después de todo que los perros no son como personas que quieren a quien los trata bien y son felicísimos en hacérselo saber. Seguro que sí —piensa él— la cama caliente es el mejor lugar para repasar el semblante de sus animales uno por uno, pero hasta ahora nadie le ha dicho que una cosa así no debe dejarse de lado porque todos coinciden en señalarle que antes que nada está la escuela, y la escuela es algo mucho, mucho más serio por más frío que se venga el invierno.
—¡Mamá! —grita él desde allí— ¿Heló esta mañana?
Desde la cocina ella le contesta:
—¡Uuuuh!
Mientras en la cama, bajo las frazadas, él se encoge un poco y trata que el tiempo se estire.
—Mamá, ¿hay mucha escarcha en el balde de la bomba? —vuelve a decir.
—¡Uuuuh —repite la Yeppa y después abre la puerta y sale a la galería.
Miguelito sabe ya que no habrá manera de detener el destino, por eso saca un brazo y lo estira sobre las cobijas para tantear la ropa que todas las noches más o menos acomoda a los pies. Pero no la encuentra.
—¡Mamá, la ropa! —le grita ahora con inquietud. ¿Qué se propone hacer ella si no está la ropa encima de la cama? Una fúnebre sospecha le contagia algo de rabia, rabia que se hace grandota y opresiva cuando aparece la Yeppa con una muda completa y limpia. ¡Ropa limpia de la cabeza a los pies! Ropa interior pulcra y doblada, camisa crujiente a rayas, sonora de limpieza, mameluco de cambrona que deja escapar brillos ominosos de tanta plancha con que lo han puesto tieso; en fin, ropa limpia de arriba a abajo. Miguelito tiene un escalofrío y se le contrae la espalda: la ropa limpia es siempre una afrenta a que se lo somete sin compasión. Da un puñetazo sobre la pila que le han puesto junto a la cara y dice: —¡Yo no me pongo eso; justo hoy que hace más frío que nunca! Su rabia es auténtica y es más grande todavía pensando en la independencia de Víctor y Tavio y con la certeza, por eso mismo, de que se burlarían si estuvieran presentes haciéndole notar, como siempre, que es el más chico de la casa y que todavía lo mandan como a un meón. —¡No me lo pongo y no me lo pongo! —reitera Miguelito mirando la tortura cercana con desprecio. La Yeppa, en cambio, no emite una sola palabra; avezada como es en doblegar caprichos de sus muchachos reticentes a la limpieza, ya sabe que nada de lo que ella se propone va a dejar de cumplirse. La verdad es que los dos mayores habían tenido las suyas, pero el caso de Miguelito se representa más recalcitrante, hasta con conatos de rebeldía que le importan una fastidiosa renta en su ocupado tiempo de gobierno doméstico. Por eso —opina ella— la indiferencia maternal es la mejor respuesta para un hijo empedernido. Por su parte, Miguelito suspira hondo como si toda la crueldad del mundo se hubiera echado sobre él. La madre se ha ido de la pieza y los perros sombríos, agazapados, con aire de pobres víctimas azaradas, empiezan a salir otra vez de los lugares oscuros. Él comienza a quitarse de a poco la camiseta y, entre tirón y tirón, mira a los animales que tienen el semblante triste de querer compartir tanto su primera desgracia de la mañana. No hay derecho de que a uno lo hagan mudar de ropa —le dice a los perros— cuando tan bien se está con la anterior. —La ropa nueva es asquerosa, un día se tarda por lo menos en acostumbrarse, pincha por toda la piel y desprende pelusa. —Oh, seguro que sí —le dicen ellos—, mejor es tener pelos como nosotros y andar siempre tapados con eso nomás, ¿y el baño?, nada más insalubre que el baño. El queda mirándolos; los ojos de Capitán son dos vidrios azulados que parecieran estar siempre sopesando el martirio de los demás; Dic, en cambio baja los párpados como si se disculpara por la barbaridad que alguien perpetró. —El maestro enseña siempre que hay que bañarse —dice cautelosamente Miguelito, pero con cierto retintín de sabio que a los perros les disgusta por ese empeño del muchacho en hacer notar que son ignorantes. Después de todo, colegio para perros no hay —piensa más de uno— que si hubiera, quién sabe de quiénes serían los adelantos… Pero el tema de hoy no es ni el colegio, ni el baño, de eso van a hablar en otro momento; el asunto ahora es la ropa. —Un día tarda por lo menos en acostumbrarse —sigue diciendo él—, después, cuando todo pasa y la ropa se acomoda al cuerpo y por fin empieza a dejarte tranquilo, ya hay que sacársela y vuelta a comenzar con otra muda. —¡Me gustaría a mí mandar una vez por todas! —les dice a los cinco— Ya van a ver qué hago con la ropa… ¡y con ustedes! Se levanta de un salto y se viste del todo; cuando está listo y cercado por esa coraza de limpieza casi santificadora que le han impuesto compulsivamente, les grita: «¡a la cocina!», con lo cual los perros se ponen en formación militar y enfilan hacia la puerta. Pero Toni, que nunca pudo someter su temperamento de galgo revolucionario, empieza a hacer correr la voz de que Miguelito se abusa y es un mandón. En la cocina busca el agua para lavarse. Miguelito no se lava nunca cuando no lo obligan y, a pesar de que es exigente y socarrón con sus perros, para consigo mismo la voluntad le flaquea cobardemente. Es categórico: en invierno lavarse mucho puede acarrear la muerte y no es él quien se va a someter a un riesgo de tal calibre. Los movimientos que hace pretenden ser de una hábil simulación para no dar el mal ejemplo (y para no darle a la madre oportunidad de gritarle), pero sus adorables canes no se engañan tan fácilmente. Los cinco se miran en tácita comprensión de la maniobra, pero callan. Sólo que Toni, más rebelde que otras veces le retruca esos falsos afanes de higiene. —¡La limpieza es la base de la salud, como dice el maestro! —confirma Miguelito en apoyo de los principios que afecta sostener. —Capitán no se lava nunca y mírenlo —comenta Corso el más jovencito que reverencia al patriarca y que, también, envidia a Toni por la independencia de opiniones que ha logrado—, no se lava nunca y es el mejor perro de estos lados. Capitán agradece con una sobria inclinación de cabeza y observa a Miguelito parado frente a la palangana, desde donde los pensamientos de todos los días casi se le están yendo por caminos incontrolables.
III.
PANTALÓN Pantalón es un perrazo enorme. Es manso e inteligente. Es también un buen guardián. En la noche vigila con atención. No se le escapa el menor ruido. Por eso dormita durante el día. Duerme tumbado en el suelo. PARA PRONUNCIAR BIEN Manso e inteligente Buen guardián vigila con atención Duerme tumbado Pantalón pan inteligente gen atención ción Con la punta de la toalla humedecida se limpia los ojos y… ya está. Con ello deja tranquilas su conciencia y su dignidad de amo. ¡Con tener los ojos despabilados, basta! En el espejo, sobre la palangana, se los ve azules y refulgentes; están henchidos de orgullo por la hazaña y como los aprecia muy vivaces y pulcros les dice a sus animales que son unos lagañosos. —¡Al menos deberían lavarse para no dar asco a la gente —les reconviene—, y verían mejor a las liebres también, que últimamente ni el olor les sienten! —¡Uuuuuh, miren quien habla…! ¡Uuuuuh qué buen ejemplo, no! —le replican zumbonamente, pero de inmediato recapacitan sobre eso de los ojos lagañosos y las liebres y, mal que les pese, concluyen tanto Capitán como Dic, Corbata y Corso que se están acostumbrando demasiado a la molicie. Toni se mantiene al margen, no comparte el sentimiento general, porque según del lado como se miren las cosas, Miguelito ya se está poniendo importante como una persona mayor que siempre quiere mandar; de eso habría que hablar largo y tendido con los otros cuatro, porque a un patrón, por más que se lo quiera, no debe dejársele hacer tampoco lo que a él se le antoje.
IV.
Debajo de la mesa, mientras Miguelito toma su tazón de café, los perros se lamentan de su triste destino a la hora de las comidas; siempre hay que esperar, con la Yeppa vigilante, pero mirando como por casualidad si la comida del muchacho no va a parar al estómago de los perros. —Siempre esperar —les dice el galgo—, y ustedes no ven que la vida de un perro ha terminado en eso, y únicamente en esa humillación. —No es nada, no es nada si se tiene un poco de paciencia —trata de consolarlo el amo. —Miguelito tiene razón —interviene Corso que es joven y espera tanto de la vida. Y los otros tres repiten cada uno a su vez: —Miguelito tiene razón…, Miguelitooo tiene razooón…, Migueeelitooo tieneee razoooón… Él, halagado baja la mirada, pero para sostener su autoridad les pregunta en qué andan ahora que no dejan de gruñir. —Como siempre, para hacerse notar, nada más —les reprocha— o todavía no aprendieron que en la cocina no se abre la boca si no es para cazar al vuelo lo que uno de lástima les tira, y todo eso bien calladitos que la cocina es un lugar peligroso. Y ellos: —Sí, sí que la cocina es un lugar peligroso —confirman desde abajo, mientras hacen lo que pueden con el hambre que les empuja en el estómago. Corbata bosteza con la gran boca húmeda que clama por el desayuno y, como tiene las fauces abiertas, le viene bien para tragarse una mosca demasiado madrugadora que pasa por ahí, en tanto les dice a los otros que él le hace caso en todo. —Los perros somos una raza de bichos que estamos obligados por la obediencia, así que esta no es ninguna novedad— le contesta Toni tan leguleyo como siempre. Un descuido de la madre y Miguelito, que no los olvida, arrastra con el brazo residuos de lo que desayunaron los otros al volver del tambo: restos de tocino, cáscara de queso, rebanadas de pan a medio comer. Como esto no es nada abundante, agrega unos trozos de chorizo cortados a los apurones porque seguro de que si lo ven le vienen con un fervorín de nunca acabar. Dic aprovecha antes que nadie los pedazos que llueven y se los engulle haciendo un interesante ruido por el apuro con que debe pasar la pitanza por el garguero. Miguelito se ríe prontamente olvidado de su tragedia mañanera y Dic baja los párpados pensando cuán provechosos son unos pedazos de chorizos comidos en ayunas: calientan el estómago y resultan ser un principio de esas fuerzas que la gente humana obliga a gastar a los perros durante el día tras ese antiguo e indeclinable capricho de hacerse obedecer. Toni, que por hablar de las injusticias sociales se ha quedado sin comer, siente que le aumenta el malhumor y se muerde los garrones siguiendo la ruta de una pulga que no encuentra a esa hora el cobijo más tibio para seguir durmiendo. Es el momento de buscar la cartera. ¡Todos arriba a encontrar los útiles! La cartera está en cualquier parte de la cocina. No tiene mucha importancia si uno lo piensa bien, que esa bolsa haya servido en la noche pasada, de colchón para el perro que pudo escurrirse adentro, y después de todo ese es un destino muy memorable para una cartera de llevar cuadernos y libros.
De algún cuarto:
—¡Andate que es la hora, cabeza dura…! —le grita la madre que está abriendo las ventanas para que entre el primer sol de la mañana y ve el reloj grande de pared que les viene del Barba. El reloj tiene un zócalo con caballos arrojados briosamente al tiempo y a la nada y un águila en la cornisa que despliega sus grandes alas sobre la esfera blanca y denunciadora. El reloj es de la mejor industria alemana y el águila tudesca parece guardar con feroz celo la exactitud de esa esfera para no desmerecer en ningún lugar del mundo, la tradición de su remoto país. En esa esfera clava la Yeppa los ojos mientras anda por la pieza y vuelve a gritar recomendaciones:
—¡Y atendé lo que dice el maestro y prestá atención en las cuentas que te equivocás por apurado y no te quedés por el camino a la vuelta y que los perros no te sigan, que hacen pasar vergüenza delante del señor y no te ensuciés la ropa limpia y que no tenga que quejarme a tu padre que agarra la fusta enseguida, vos sabés cómo es él (aunque nunca la agarra) y si el Pachín Frumento te provoca no le llevés el apunte porque después viene la gringa de la madre a armarme lío arrastrando a la gorda de la Servanda todo para ver si tu hermano se decide a afilarla… ¡Bah, todos varones —dice después bajando la voz— nada más que para dar más trabajo!
Es lindo irse por el camino de la escuela, dejar la casa por unas horas y recuperar el tiempo de la mañana y el aire de la libertad totalmente para uno mismo, pero siente el impulso oscuro y rebelde de no salir, porque se lo mandan de esa forma, con esa voz arrogante y esa soberbia de poder maternal.
V.
Frente al campo y bajo el cielo que es una gran vidriera azul, siente un torpor delicioso que pretende liberarlo del recuerdo del frío. La mañana se le precipita a los ojos y le llueve sobre el cuerpo con el aire límpido que toda su sangre absorbe con la naturalidad con que degluten las hojas de las humildísimas hierbas la milagrosa luz de sus alquimias secretas e incesantes. Todo es un trabajo per fecto, rítmico, sagrado que impulsa la vida al cumplimiento de sus destinos y también todo se manifiesta a raudales con brisas livianas que flotan libremente y sin azacanarse, por las chacras fumantes hasta alcanzar con la fantasía de sus formas mudantes el ramaje desnudo trazado con tinta negra sobre la claridad gozosa del día. En el camino, aprovechando cualquier insignificancia de sol, los pirinchos están quietos, esponjándose en un baño de oro que les revive la sangre. Los perros se les acercan —finalmente lo han seguido—. En bandadas rumorosas, los pájaros remontan el vuelo protestando por la intromisión y se posan en los gajos vecinos. Algún benteveo burlón, desde el árbol más alto, goza el desorden que los perros provocan en la quietud de los campos y, con su plumaje verde amarillo, es una prolongación del último vestigio del otoño que aún perdura en las tonalidades ocres y azafranadas del camino. Miguelito corre feliz por las huellas profundas. Se le ensanchan los pulmones aspirando el olor a frío, el aroma del alfalfar hollado, los vahos que se remontan desde la tierra arada que, en dulce y cándida espera, llama a la siembra. Los tégmenes del invierno asoman ya desde algunos terrones en campos lindantes y en la cimera de esas diminutas plantas en crecimiento, una gota de escarcha comienza a desleírse provocando ínfimos ríos hasta las raíces aún inexpertas. Lejos, es casi azulada la silueta de la escuela que se levanta por el oeste. Con cada paso que da acompañado de sus cinco perros, la imagen del edificio se agranda otro poco y se va aclarando y en ella sobresalen con nítido fulgor los cristales ya incendiados por el sol. Hay una quietud indecible, un estado de pureza virginal en la atmósfera que deja ver, o adivinar, aún a la distancia, los lejanos movimientos de los animales y la naturaleza en su transformación pujante e indetenible. Allí se orquestan silencios y rumores en armonización sutil para una rondalla de paz y crecimiento; los pájaros errantes, sin la ocupación, por ahora, de nidos y pichones, imprimen iniciales tan gigantescas como fugaces en el domo glaseado de las alturas.
—¡Capitán, Dic, Toni…, la liebre, la liebre…! —va gritando Miguelito de tanto en tanto, y los perros, por darle el gusto, para hacerle sentir que él puede disponerlo todo y a su manera, y usar de los destinos de ellos, como dueño absoluto, corren detrás de liebres supuestas que se esfuman enseguida ante el encuentro con algún tero embrollón y de mal genio por cuyos dominios van cruzando.
Después, el interés inmediato para los cinco es el tero y, cuando se aburren de la alarma estéril y machacona del pájaro, en algún recodo del camino esperan a Miguelito que ha quedado a la zaga.
VI.
Al pasar frente a la casa de los Grosso, él les dice buen día a todos, como lo hace cada mañana. Y también, como es habitual, alguien grita desde el interior del tambo:
—¡Juera perros cargosos…!
En el gallinero de los Grosso hay un revuelo de aves, un cacareo escandaloso sobre el que quedan flotando dos o tres plumas blancas mal arrancadas de alguna gallina lerdona. Un instante después chilla un marrano, protestan ceremoniosamente los pavos enjaulados para el engorde y, por fin, intervienen los propios perros de la casa. Enseguida se oyen gritos cargados de furia, una maldición que el eco agranda y hace más feroz: «Cal diau t’pörtu vía can’mpestá…!», y el trotar de los cinco perros, cabeza gacha y con la cola entre las patas. Miguelito mira severamente a Corso que trata de esquivarlo con una hábil gambeta: en el hocico trae prendida una pluma como oprobiosa prueba de tan indigno comportamiento.
—¡Disculpame hermano! —le dice Corso con el sentimiento por el suelo y una patada en las costillas.
—¡Cosas de muchacho!, ¿sabes? —le explica Capitán intercediendo por el tarambana.
Don Melón Grosso se presenta al lado de la tranquera y le grita a Miguelito con su voz raspada por el tabaco y también por los años:
—¡Algún día agarro el flover y te mato los perros, esperá no más que me encuentre bien enrabiado… parecen hambreaus, caracho!
Los cinco, ya repuestos, se alejan desdeñosos con un trotecito compadrón de matasiete y dicen:
—Uuuuh qué miedo, don Melón Grosso, qué miedo, con la velocidad que corre…
¡Viejo bigotudo!, piensa Miguelito, y supone también que los bigotes sucios por el tabaco que masca, se le deben teñir de huevo cuando come. Don Grosso, apoyado como puede en el portón, envuelto en su faja negra que dice haber traído de Alessandria, que era el único lugar en leguas a la redonda en donde se podía comprar ropa con confianza, muestra, a pesar de los años la camisa abierta en el pecho como si sobre la tierra nunca hiciera frío. Mientras revolea amenazante su bastón Miguelito piensa si se quitará alguna vez esa faja que usa, según los hijos, porque tiene un riñón flotante. Miguelito trata de entender cómo puede haber un riñón que flote y en qué lugar lo tendrá ahora don Melón.
—Revolee nomás, don Grosso, revolee, que le tenemos mucho miedo, ¿no ve? —le dice Dic y para hacerle un desprecio solamente, y mostrar lo guapo que es, corre hasta el sulqui ubicado en el potrero de enfrente para que la rueda recién pintada de rojo flameante, se seque.
—¡Adiós don Grosso y disculpe la molestia! —le dice sumisamente Miguelito, aunque la rabia le hace sentir el picor de la ropa limpia que había olvidado al transitar la jocunda luz de los campos. El camino tiene su trajín y el trajín tiene sus sucesos que Miguelito no se preocupa en entender pero que ama. Alejado de ellos, sería sólo un fantasma de sí mismo. La alfalfa y el centeno sembrados para el pastoreo invernal están crecidos. Su verdor sano y esplendente retiene aún la humedad de la escarcha que va licuándose con lentitud y, alguna verbena adelantada a la fecha de floración, sobresale en la extensión ondulada de los campos pareciendo una de esas marquitas que pone el maestro en el cuaderno cuando hay un error. Y están los árboles viejos de troncos rugosos y las alcantarillas con sus aguas eternas y ranúnculos circulares, el llantén generoso para la medicina casera y la perfumada hierbabuena y, emergiendo sobre el comienzo de las maciegas, la perturbadora artemisa con sus olores selváticos, capaces de embriagar los sentidos si se hace perdurar su presencia en los instantes del arrobo amoroso. También están los letreros indicadores del camino, entre los cuales, una antigua chapa oxidada, evanescida por los soles y las turbonadas, aún recomienda a los aparceros que usen «el mejor fluido antisárnico» para bañar a su hacienda. Debajo, casi en sombras, esperando el sol tardío, siguen al camino los zanjones profundos que se llenan de agua en los tiempos de lluvia, de caracoles en la primavera y de todas las otras presencias menudas y secretas que él y sus perros conocen en complicidad irreductible. Cuando el sol de noviembre flote altivo en ese cielo rural ya amenazado de verano, los cinco, con su batahola de rastreos y resuellos anhelantes, en un bureo delicioso de idas y venidas y en estudiadas tontainas que, de cualquier manera siempre parecerán espontáneas, habrán de perseguir en el borde de las cunetas a las lagartijas nuevas o a las mariposas primeras con su delicado color de limón quienes, en fúlgidos revuelos, copiarán el mensaje de luz en sus alas caudadas. Todo, por supuesto, con el consentimiento de Miguelito que los azuzará como ahora, excitará su sangre, les infundirá el arrojo y el valor que les son precisos a todos los perros para templar su cuerpo y su coraje.
—Escuche, compadre, y trate de resolver este caso: «es servicial como el lazo y tan criollo como el mate: pone fuera de combate a cualquier peste dañina…» ¡Milagro si no adivina!
—¿Cree que soy sonso aparcero? ¡Si está viendo el mundo entero, que habla de ACAROINA!
VII.
Y al final de ese camino recto y fabuloso, allá en el fondo, está la escuela. Tal vez, como aún es temprano, él sea el primero. Pero el maestro debe estar levantado ya. Nunca ha podido llegar tan adelantado como para encontrarlo durmiendo, siempre está dando vueltas por el patio, mirando el tiempo o detenido frente a cada árbol que se alza junto al edificio y, muchas veces también, observando hasta la infinitud cada gémula de las plantas nuevas que revientan los terrones en el huerto. Mirando hasta la infinitud, como si fuera más allá de lo que pueden ver los otros ojos. Debe ser por eso que sabe tanto, porque si uno mira a la ligera, por arriba nomás, deja pasar muchas cosas por alto. En cambio el maestro clava la mirada en uno, en un animal, en el cielo, en sus propias manos y los estudia hasta que encuentra en cada cosa todo lo que hay que descubrir para enseñarles a los niños y también a toda la gente de Corda que, según él es un pueblo al que quiere mucho. Debe ser por eso que sabe tanto.
Una vez fue invitado a la carneada y enseguida se remangó para ayudar a amasar la carne y la tiraba al techo para ver si estaba a punto con la misma destreza con que lo hacían los más expertos choriceros de Corda. Entonces, como había allí también bastante gente reunida, sucedía que algunos habían pasado por sus aulas y podían decir lo mucho que el maestro sabía. Él explicó ese día con muchas y hermosas palabras lo que era eso del mundo pequeñísimo que hay detrás de cada cosa que vemos del mundo inmenso, y que hay por encima, por debajo, dentro, confundido con su materia de todo aquello que se ve o que no se alcanza a ver. Y todos callan y miran de repente a las alturas, o al vacío de la llanura conmovidos por las palabras graves del que habla, porque eso sí, en Corda nadie deja de apreciar las palabras sabias del que tiene conocimiento. No se oye un murmullo. Porque todos dejaron de cantar, de hacerse bromas, de llamarse por esos apodos que hacen poner coloradas a las muchachas y reír a los hombres puesto que quedaron mudos y pendientes de cada información que él iba ofreciendo, y que los otros recibían con sorprendente interés.
—El mundo no se acaba con lo que uno ve y toca y siente —dijo el maestro y en ese silencio miró estudiando el rostro de quienes estaban presentes, porque quedaron con la boca cerrada pendientes de cada palabra que escuchaban. Ahora trabajaban con mucho ardor, pero el único ruido que se oía era el propio de cada tarea.
—El mundo es mucho más grande y mucho más infinito que todo cuanto nuestros sentidos pueden hacernos creer. Los sentidos son imperfectos, no son adecuados para medir la grandiosidad del cielo y de la Tierra, y aún su pequeñez que, por otro lado, no hace más que señalar esa inmensidad…
Por ese entonces ya todos están prendidos de lo que el maestro narra y ni siquiera el tonto y buenazo de Drago que no podía mantener la atención en nada que no fuera comer o reírse de historias obscenas, dejó de escuchar hasta el final.
—Si ustedes bajan la mirada al suelo —siguió diciendo el maestro— encuentran lo que ven todos los días. Además de los animales que nos acompañan y nos dan el sustento y que nadie nunca deja de percibir por grandes e importantes, hay otros más pequeños como los sapitos de vientre rojo, las lombrices que horadan la tierra y las lagartijas que buscan el calor. Pero también existen otros más pequeños todavía, otros más chicos como los pulgones, y aún otros más, mucho más diminutos que por lo común nadie distingue si no se observa muy de cerca las briznas de hierba o los anónimos terrones del piso. Y eso no se acaba allí —prosiguió informando sin dejar de atender la carne roja y generosa de especias mezclaba con los brazos enterrados hasta los codos— hay otras cosas más chiquitas escondidas en las flores, en el polvo, en la piel de nosotros, debajo de las uñas, en el aire, en las alas de las mariposas y hasta en las patas de una hormiga que de por sí parecen tan diminutas… y a ese reino tan, pero tan pequeño, y tan grande a la vez, sólo se puede llegar con el entendimiento del que observa mucho y admite las maravillas de la creación y procura por eso encontrar en cada criatura de la naturaleza —no importa su tamaño— una forma de aprender todos los días de la vida algo nuevo… Y está el mundo de lo inmenso, de lo enormemente inmedible —siguió contando—, de lo que nadie, ni siquiera los sabios más sapientes de todos los tiempos se atrevieron a decir en dónde comienza y en dónde acaba… porque si el hombre pudiera remontar a más de mil kilómetros de la Tierra —como dicen que algún día podrá hacerlo cuando perfeccionen los aeroplanos— y vuele por días y días hasta llegar a la luna, desde allí mismo tendrá que admitir que más allá de ella, el cielo sigue y sigue abriéndose en abismos de inmensidad en donde flotan las estrellas todavía más distantes y desconocidas…
En el silencio de ese momento, más de uno siente correr un escalofrío por su espalda pensando lo grande que es el universo y lo poco que saben de él y, como en ese instante el sol de junio se hundía en el horizonte para dejar pasar el frescor plateado del crepúsculo y se lo veía como una gran esfera encendida al alcance de la mano, Otto Stiller que de por sí había siempre sido muy incrédulo y desconfiado, se atrevió a hesitar señalando el globo fulgente y dijo que nunca podría convencerse de que eso estuviera tan distante como decían: —A lo mejor, con cuatro buenos pangarés como tienen los Frumento y una volanta nueva, viajando día y noche y turnándose para comer y dormir, con un acompañante, en un año y medio, a lo más dos, yo diría que capaz que se llegue al sol… solamente habrá que calcular el momento en que se escuende en el horizonte para tenerlo más cerca…
Los otros, que intentaban comprender esos misterios y que creían ciegamente en la sabiduría del maestro, se rieron de una tontería tan grande y espera ron con ansiedad la explicación que él ya comenzaba a darle a don Otto Stiller con sus hermosas palabras para tratar de que comprendieran lo más elemental acerca del cielo y del camino de sol que pareciera deambular sin prisa y sin equivocarse alrededor de la Tierra. Miguelito recordaba con orgullo cómo él estaba más al tanto de los conocimientos que proponía su maestro; mucho más que el grandulón de Otto Stiller que, ante tamaña barbaridad, parecía mentira que hubiera venido a cruzar el mar para labrar la tierra en América desde su pueblo en un país que se llamaba Alemania. Habían hablado en la carneada de ese sol que ahora mismo se vuelca en surgientes de luz destinadas a mantener la vida de los hombres, de los animales, de las plantas, del orbe entero con un frenesí apenas demorado por el frío y la escarcha. Pero esa intención ardorosa y vivificante no queda solamente allí porque es al mismo tiempo luz centellante que se engarza en los cristales de hielo y que, con amoroso cuidado termina por fundir para convertirlo otra vez en agua eterna y benéfica. Así la luz, el agua, el aire, la vida palpitante e incontenible sigue su paso y, por ahora, sólo pueden ser tenidos en cuenta por Miguelito en la armonía total de su rotunda mañana campestre.
VIII.
Antes de llegar ve ya al maestro parado, mirando la lejanía quieto y también tieso como algo que se clavara con empecinamiento en la tierra. El hombre enfoca sus ojos en una distancia que para él tendrá algún sentido, pero no para el muchacho ni para ninguno de sus otros alumnos, alejados e inocentes de las dudas y de los ensueños con que se oprime a los adultos. Tiene un instante de desvarío en la abstracción de esas inmensidades que parecen atraparlo con tanto ahínco y después se vuelve despaciosamente y entra en el aula. Su figura tiene algo que no condice con el resto de la realidad que lo envuelve, como si fuese un tremor de decaimiento dramático que contradice el fulgor vivo de la mañana y exalta en cambio su terrosa pobreza frailuna.
—Medio tristón se ha levantado esta mañana el hombre —le comentaba Capitán que, por ser el más viejo de los perros es el que mejor conoce, como todos los viejos, el alma humana. Sin embargo, el perrazo que, por eso mismo también sabe lo imprevisible que puede ser cualquiera de los hombres, sean maestros o chacareros, señores o sirvientes, ya se ha colocado en prevención, a la retaguardia como sospechando de un acto insólito que puede provenir de aquella contrita figura…
—Bastante medio tristón —le responde Miguelito que siente con cierta premonición como si el sol estuviera dando un paso vacilante, en medio del paisaje riente.
—Hace unos días que viene viniendo así —dice uno de los otros que ha mo derado el trote pues esa es una de las consignas perrunas al entrar en área de la escuela.
Ahora los cinco —con el amo seis— han acortado sus pasos y el acercamiento se hace más lento convirtiéndose en un cauteloso arribo a medida que se acorta la distancia. Entre todos llevan un compartido silencio de respeto. Por fin al avanzar, ya dentro del patio Miguelito ahuyenta su perrada:
—El maestro no los quiere en su escuela; hasta aquí está bueno, de aquí en adelante cada uno sabe lo que tiene que hacer y no precisa que yo se lo vuelva a indicar. ¡Váyanse a las casas! —les ordena simulando una circunspecta pero infalible autoridad.
La perrada hace que se vuelve, como siempre; se retiran unos pasos y allí se quedan, cabezudos y pacientes; sabiendo los sobresaltos que podrán vivir durante la mañana, pero esperarán hasta el fin de las clases, cuando puedan salir todos en tropel por el camino, otra vez y, entre saltos y mordiscos, meneo de colas y bufidos de excitación contarle a Miguelito todo lo importante que les ha acontecido en esas largas horas de escuela. Un gorrión burlador, las gallinas del bolichero, un huevo que cae desde los nidos desarreglados por el viento y estalla en el hocico de Dic, la espantosa visión de un gato infernal que surge desde el fondo del potrero y en los entresueños se regocija en tirarles de la cola o echarles un mordisco en las orejas, algún escobazo de no se sabe qué brujosa vecina y etcétera y etcétera llenándole la cabeza de chismes a Miguelito que ya la tiene llena de números y de letras.
—¡Ah cabezas duras, no van a aprender nunca a prudenciarse, y eso que uno les insiste…!
—Andá tranquilo nomás, hermano, andá a tus cosas —le dice socarronamente Toni, mientras el amo le pide a su preferido, o sea a Capitán, que cuide el prestigio de la manada:
—¡Y que yo sepa nomás que fueron al boliche a pelearse con los otros, o que le corrieron las culecas a la Poncia! ¿Entendieron?, ¡ni cascotazos van a recibir!… Y vos Toni, compadrón del diablo, andá a prenderte de los garrones de Pin del Chuque, que por más chupado de giñebra que ande, vos no tenés que ir a buscarle camorra, ¿se entiende?
—¡Seee!, prometen los perrazos y Miguelito enfila hacia su aula pretendiendo que no ha oído una sola palabra del revulsivo Toni que siempre quiere decir las últimas:
—¡Bah… el Miguelito es más pavo, siempre quiere hacer ver que él es el que manda!
Ahora traspasa los umbrales del aula y dice a su vez, sonoramente, con jocundidad un «¡buenos días señor!» que parece más una luz que un sonido. El maestro está escribiendo en la pizarra y con una de sus manos blancas, abarcando toda la puerta y sin levantar la mirada, sólo le contesta:
—…los perros, Miguelito, espantalos, que no se queden en el patio.
Alrededor del hombre hay un vaho blanco de tiza y de frío, la luz rasante produce una extraña ilusión de inmensidad comprimida, por lo que el hombre parece alto y sin peso. Su campera, lustrosa de vejez, quizá si esta mañana lo ampara como debiera y, con la cabeza hundida en la bufanda, parece distante y oscuro. Los perros ya conocen el carácter del maestro y saben que es capaz de salir diciendo cosas tremendas de ellos. A veces aparece con la regla y los hace huir hasta el portón de la escuela mientras él se vuelve, seguramente, con la idea de que todos los perros del mundo son unos crápulas y unos infectos, porque al rato nomás les está haciendo escribir a los chicos cosas como estas: «con perros y gatos ten pocos tratos», o recomendándoles por milésima vez «que el amo aseado tenga su perro alejado». ¡Cuánto quiere Miguelito que el maestro comprenda que sus perros no son ningún fenómeno y que no tienen mala voluntad para con la gente! Ahí está él, si mal no viene como ejemplo de que las cosas entre perros y hombres pueden ser de lo mejor, sin ninguna clase de perturbación, ni de rencores. Tal vez el señor maestro no sería un tipo tan triste si tuviera cinco perros como tiene él, o aunque más no fuera dos, para conversar de vez en cuando y sacarse las penas de adentro que parece le vienen pesando mucho, últimamente. Porque las penas casi siempre se van con solo contárselas a alguno, como dice el Barba cuando se pone a recordar a la finada Marinna Catalina, y al finado Biaggio de Cúneo y a los otros mil o dos mil finados que día tras día va sacando de los remotos rincones del recuerdo. A lo mejor, si el maestro se decide por unos perros, sus penas no serían tan dolientes y quizá si algún día no va a necesitar algún favor de ellos y entonces, sí que va a darse cuenta para siempre de que sus perros viven y proceden como buena gente que son.
IX.
El patio se va llenando poco a poco con el guirigay de los que llegan y un largo pipiar vicioso de gorriones entumecidos por la larga madrugada que han tenido que aguantarse los pobrecitos. Hay bullicio de chicos y de pájaros. No muy lejos balan terneros en los corrales, retumban los vozarrones imprecisos en tempranas tareas rurales y cloquean los vigorosos gallos que tienen el deber de procurarles el desayuno a su cohorte de gallinas ruidosas.
Los chicos juegan: al ratoncito que come uva moscatel y al gato que dice «¡te agarro!» con siniestra voz de matasiete; al patrón de la vereda que persigue con su creciente y monocorde cantilena al tontuelo distraído que está sumergido en no se sabe qué mundo sin escuela y sin deberes; a la gallinita ciega que, por suerte, nunca es ciega del todo, y juegan también al Martín Pescador donde siempre hay un bando que sabe atraerse los mejores de la escuela y por eso nunca pierde para mayor crecimiento de sus glorias. Si uno pregunta en secreto al hacer la selección «¿te gusta más la naranja o la banana?» y la tendencia, naturalmente, es la banana, porque es más exótica, porque es más distinguida, porque en fin, viene de un país muy hermoso con selvas y papagayos de mil colores; pero están los que ofrecen la alternativa de una fuente de oro y una de plata con diamantes, o un cofre con anillos de oro al lado de otro con pulseras de esmeraldas. ¡Qué lindo todo, qué ganas de cambiar palabras y contarse sus aventuras más relevantes mientras saltan, aplauden y cierran y abren los brazos para olvidarse del frío!
Pero súbitamente llega la orden tonante que ni se discute: «¡Adentro!», grita el pobre maestro a quien le ha tocado una escuela que ni campana tiene, y espera paciente al lado de la puerta para que la clase se acomode. Por arte de birlibirloque se hace silencio, ese silencio que él ha impuesto con paciencia a sus niños y, tan repentinamente callada se pone la escuela que hasta la arboleda desnuda se cuida de no perturbarlo con un solo pipío. Apenas de vez en vez el crujido de algún bando o el roce de útiles sobre los pupitres tatuados desgarra la paz del momento y el señor orienta el sutil oído para prevenir infracciones. Con ese orden, con ese silencio tan atractivo para un desliz, crece el bisbiseo de las plumas que aran palabras en los blancos papeles y las letras nacen con torpes rulos, tan tiesos como si ellos estuvieran también escarchados: las manos aún frías no responden con donosura. De tanto en tanto hay que volver a dar unas palmaditas para ablandar los dedos y luego, todo continúa como siempre. Los más rápidos van terminando el ejercicio y se pierden tras la mosca pesada que revisa la oreja de uno o que, ansiosa de sol y tibieza, se lanza buidamente hacia la ventana sin acordarse del cristal inexpugnable. Pero el entretenimiento solitario no dura y recomienzan las charlas susurradas y los códigos de signos insinuados con el rostro, con las manos, con el cuerpo que se van haciendo impertinentes hasta que el maestro grite: «¡basta ya, no quiero un solo movimiento!».
Nuevamente quietud. El paso del tiempo. Ruidos lejanos que vienen de las chacras, hasta que Miguelito siente que dos ojos lo buscan desde el vidrio de la puerta; después un hocico negro de brillo azulado investiga el aire para oler el peligro; enseguida otro par de ojos y otros dos, y otros más hasta hacer diez globos pesquisidores que reflejan el revés de la ventana de enfrente y la luz que entra por ella.
—¡Señor, los perros de Miguelito! —grita desde atrás la voz de Paulino que es desteñido y antipático. Miguelito, cuando juega al Martín Pescador, nunca lo quiere de su bando, ya se puede dar cuenta uno por qué.
Miguelito contrariado y con apenas disimulado odio hacia el perverso se levanta y le pide permiso al maestro para ir a echarlos. El hombre está mirando la lejanía con su doloroso gesto que pone cada vez que dirige la vista para el lado de sus pagos. Corda queda bajo su mirada porque sobrevuela el lugar; seguramente ha hecho desaparecer su tiempo de hoy, el cielo azul, esta tierra verde, los anuncios rotundos del invierno. Esa mirada triste se acomoda a una perspectiva de la que los chicos no tienen noticias ni podrían concebir, y el maestro parece muy lejos de la escuela, y de ellos también.
—Señor —vuelve a intentar Miguelito— me da permiso para… —pero el maestro lo corta volviéndose con una tranquilidad diferente que hasta parece peligrosa.
—No, dejá —le dice— seguí con lo tuyo que esta vez voy yo.
Dic es el primero que se da cuenta de cómo se ponen las cosas y, en menos de lo que se chista, los cinco han volado del patio.
—¡Hijosunagran…! —susurra Miguelito dejándose caer contrariado en el asiento y su compañero de banco lo mira con ojos de burla. Otros murmuran en favor o en contra de los perros, nadie permanece neutral, pero con los ruidos de los pasos del maestro que se acerca, todo se pone tranquilo nuevamente.
Afuera se va la mañana ya entibiecida, un poco dulzona con ese airecillo tenue que besa con noble gracia los brotes del alfalfar; recorre los caminos de los hombres y también otros caminos más ocultos y más excitantes que conforman las arboledas dispersas por las comarcas. Atisba en las cuevas de las lechuzas o en la madriguera de los zorros, lambetea como un can fidelísimo los surcos abiertos que esperan por unos días más la simiente. El maestro ha dejado una hoja abierta de la puerta del aula para que el ámbito no se ponga pesado. Aparece en la galería una bataraza con siete pollos que son como siete gandules apegados todavía a las faldas de la madre, y los chicos más rápidos, los que han terminado con las cuentas, discuten, adoptando las poses más genéricas de los adultos, si la bataraza es de los Polletti o es de los Frumento.
—Los Polletti no tienen batarazas, los Polletti tienen todos rodeislan, que les dieron los huevos los Serafín —dice Miguelito que sabe mucho de castas gallináceas desparramadas por Corda—, ¿no ven que esa bataraza es de la Poncia Benazzo?
—Pero las rodeislan son más ponedoras… —alega con desdén Nito Garbagnolo, solo por no dejarle la última palabra al compañero con quien tiene un arduo y largo pleito originado hace mucho tiempo en un enfrentamiento de perros. Suelen recordar todos que los de Miguelito humillaron a los de Nito Garbagnolo marcándoles el cuero con mataduras y tarascones indelebles… y este es de los que no se olvidan tan fácilmente de la ofensas.
—¡Más ponedoras, no sé de dónde! —recomienza la cizaña, Lauro Colombo que, evidentemente toma partido por la causa de Miguelito—. ¡Vayan a preguntarle si no a la Mare Abatte que es la que más huevos junta en Corda y pregúntenlen de qué gallinas salen!
Y la discusión puede durar el día entero si el maestro no se enoja un poco y pide otra vez silencio con más energía que saca no se sabe de dónde esta mañana que parece tan abatido.
X.
Hablaron en la clase de todo un poco: del frío, de cómo vienen las escarchas, del sol que da vueltas alrededor de la Tierra pero que en realidad es la Tierra que da vueltas alrededor del sol. De los pájaros que van lejos, muy lejos cuando empieza el otoño, tal cual lo cuenta esa historia hermosa de Bautista Pollini, y saben qué camino tienen que tomar apenas la tibieza del sol y los días más largos les anuncian que es hora de volver.
—¿Vuelven y vuelven siempre? —preguntan los chicos asombrados de tanta sabiduría.
—Vuelven siempre y ni siquiera le yerran el rumbo una sola vez, vuelan uno detrás del otro, cruzando mares, ríos, montañas, y todo el cielo de los cuales son dueños, —explica el maestro que tiene tantas ansias de libertad, de esa libertad infinita con que sueñan los que tienen poca cosa que los ata a la tierra—; vuelven siempre aunque tengan que hacer miles de kilómetros y deban volar día y noche, hasta llegar al punto desde donde partieron seis meses atrás.
—¡Oooooh…! —hacen las bocas asombradas de los chicos que van siguiendo atentos las fabulosas relaciones, y uno, allá en el fondo pregunta: —¿y la gente no los mata señor?
—Sí, sí, algunos mueren porque siempre está el que tiene una escopeta apuntando al cielo para perturbar la armonía de Dios; otros mueren también porque en su camino deben atravesar tormentas y nubes inmensas cargadas de viento y de electricidad, y también porque se encuentran con pajarracos enormes que son voraces y dañineros… pero así y todo el destino de la bandada se cumple, y un día llegan y buscan sus árboles preferidos, y otro día hacen sus nidos y más tarde nacen los pichones para remplazar a los que murieron.
—Señor —chilla entre sabihondilla y excitada Tacuarita Colombano, tan menuda que casi no alcanza su pupitre—… ¿nocierto que los nidos son las casitas de los pájaros?
El maestro se sonríe y dice esta respuesta:
—Exactamente no; los nidos son apenas el lugar dedicado a poner los huevitos y a cluecar. Los pájaros buscan refugios en determinados árboles que son los que los protegen de los peligros rapaces y con su altura, los ponen lejos del suelo para que nadie los alcance.
—Así es la vida —dice el maestro cargado de ternura— la naturaleza ha previsto todo para que el mundo siga andando como lo viene haciendo desde hace millones de años…
—¡¿Cuántos años señor?! —preguntan los chicos espantados por la cifra, y él responde engolados el gesto y la voz, lleno de terrible responsabilidad por el período inmenso que va a arriesgar:
—¡Sí, sí, millones de años, les dije, y a lo mejor se queda corto uno con el cálculo! ¿Ustedes saben cuántos años son?
—Ooooh —hace otra vez la clase pasmada, pero nadie se anima a calcular cuántos días, o semanas o meses son esa tremenda, inconmensurable cifra que el señor les pone por delante.
Después rieron todos cuando el maestro dijo:
—Escriban el nombre del presidente de los argentinos que es Roberto Mario Ortiz… —y el Casio Serafín preguntó si era con hache, por lo que el maestro le contestó:
—A vos las haches te quitan el sueño, un día se la vas a poner hasta a la palabra mamá.
Trato hecho
—Oye pichoncito amigo, yo quiero jugar contigo.
—Niño, si quieres jugar, ven, sube a mi palomar.
—Me faltan alas, no puedo… Baja tú, no tengas miedo.
—Sin miedo voy a bajar y jugaré satisfecho; pero trigo me has de dar.
—Pichoncito: trato hecho.
Y ahí fue cuando todos se rieron —el Casio se puso colorado como una granada— y la clase pareció más alegre, y siguieron con más ganas hablando enseguida de los hombres que gobiernan el país y cada uno hizo alguna pregunta para aprender mucho y poder pasar de grado para ser un hombre de bien y servir a la patria, que no solo se la sirve con las armas de guerra, sino también con las armas del trabajo, como siempre machaca el maestro y, de pronto una vocecita con ruidos a latas chilla entre risueña y expectante:
—¡Señor, los perros de Miguelito!
Ahora el maestro lleva la regla, la de cantos de bronce y permanece afuera un rato. Los chicos atisban por la ventana y ven que, sin abandonar su estado de tristeza silenciosa, mira el camino hacia una punta y hacia la otra, esperando no se sabe qué. De este lado o de aquel otro tendrá que venir un día la esperanza para el pobre maestro de cara sumida y fondillos gastados. Los perros han desaparecido por arte de birlibirloque. La mañana se hace sumas a sí misma acompañando en las pizarras del cielo las fatigosas cuentas que todavía alguno ha quedado debiendo al maestro. No más perros, no más problemas. Por fin, los cinco botarates habrán aprendido que es imposible hacerle comprender a un maestro triste que no tiene nada de malo estarse en la puerta para mirar a Miguelito cómo forma su mente y su cuerpo para ser un gran hombre el día de mañana.
El señor vuelve a sus chicos: hablan del hogar, de la familia, del trabajo de todos y de cómo hay que querer a los padres. Marieta Frumento, movediza, de pies chiquititos que la hacen andar a saltitos como una curruca, se levanta acercándose al maestro y le dice:
—Señor, nosotros lo queremos mucho a usté, como si fuera nuestro padre…
Él se sonríe un poco. Su sonrisa surge como si le doliera la boca y no cambia el repliegue largo de su frente que le nubla la expresión, aunque mantiene su mano larga y blanda sobre la cabeza de la movediza Marieta cual si estuviera pidiendo perdón por ser como es. Mira para el lado de sus pagos a través de la ventana y la mirada flota por sobre la extensión de Corda, deteniéndose allá en la infinitud, nadie sabe por qué. Es por el oeste, donde el cielo palidece ahora un poco. Unas palabras que no entienden por parte de él, otro silencio, cuchicheos, el redoble de los conocidos gritos del día llegando desde la atmósfera rutilante y cerril. Las horas que pasan lentas, los pensamientos que se escapan, el hambre que empieza a cosquillear ya en los estómagos…
De pronto ladridos, bastante lejanos, imprecisos, pero ladridos al fin que Miguelito reconoce; que todos reconocen. Vienen del camino, se acercan. El maestro sale apurado, casi corre, como se diría. Chirridos de ejes que de tanto andar caminos llaman a gritos la grasa suavizante. Esos reclamos, sin embargo, mueven el ánimo del entristado que parece despertar de un sueño neblinoso.
Si los chicos pudieran ver ahora lo que él mira cuando está afuera, comprenderían por qué sus ojos anhelantes se ponen así. Enseguida los perros están allí de vuelta, en el camino, frente al portón. Saltan alrededor del carro de Ismael y Pedro, trasladándose desde un lugar al otro con trotecitos jocundos, como si ellos mismos estuvieran arrastrando, o empujando la bruñida volantita de los mercachifles cual si quisieran hacerla llegar más rápido a su destino. Ismael y Pedro anclan su mercería ambulante, saludan al maestro después de tanto tiempo y hablan con voces sonoras que cortan la quietud de la mañana poniéndola doméstica y festiva.
—¡Lindo viaje maestro, todavía hay escarcha en la cunetas, pero el sol es como una frazadita! —y uno por la izquierda y otro por la derecha saltan a tierra para desentumecer las piernas. Ahora le alcanzan lo que quizá él estaba esperando a lo largo de todo este tiempo absurdo que lo martirizaba con sus horas infinitas, y lo dejan solo con sus sentimientos para ir a beberse una o dos copitas en el boliche de don Mercé, que desde el primer chirrio de ejes ya les ha preparado la rotunda bienvenida en la puerta misma del almacén.
Con esa carta el maestro vuelve al aula y no se preocupa ya por imponer ese silencio que siempre lo obsesiona. Rompe el sobre, se le cae el papel doblado en cuatro, lo recoge, no puede desplegarlo, los dedos le tiemblan y están muy torpes —¡hasta dan ganas de ir a ayudarlo al bendito!—, las piernas no lo sostienen, la mirada se le oscurece, se restrega los ojos, quiere quitarse una mala visión que le perdura en el alma, y también la tiza de las manos con un pañuelo estrujado, como si el trapo pudiera limpiar tan fácilmente oscuros pensamientos como limpia el polvillo. Los ojos caen sobre las letras escritas, pero el ánimo está tan débil que no atina a emprender la lectura por el renglón que correspon de. Se exige serenidad, reclama el apaciguamiento de toda su carne temblorosa al mismo tiempo que oye en el pecho dolido, la furia del corazón. Por fin puede. ¡Qué triunfo sobre su miedo, su apuro, su estrechez de espíritu quebrantado! La palidez de antes se vuelve carne viva en las mejillas. El pulso se sintoniza otra vez con el ritmo de la cordura, y se desploma en la silla del escritorio como si lo bajaran de la horca, en el instante de llegar el indulto sobre el que se había perdido toda esperanza.
XI.
Sobre el final de la mañana el maestro les da un mezquino recreo para tener tiempo de llorar a solas, retirado a su escritorio con el pretexto de redactar un informe al Sr. inspector de escuelas, y enseguida vuelta al aula a copiar los deberes.
Miguelito se levanta para mostrarle lo que ha hecho en el cuaderno. El maestro tiene la carta desplegada sobre el escritorio sucio y cargado de libros, de cuerpos geométricos, de instrumentos, de lápices romos y tizas quebradas. La carta, encima de todo eso tan cotidiano y archiconocido, es como una flor nueva de níveo resplandor y hasta parece que tuviera aliento propio con su aroma a papel limpio, a doblez prolija y quizá con algo del latir de quien la había enviado. Miguelito la mira sobre el hombro del maestro, sin curiosidad, sin malicia. Lee un pedazo que le parece muy lindo y que cree comprender palabra por palabra aunque su sentido completo se le escape: «…estoy arrepentida de todo porque ahora sé que no lo merecías; tus hijos te extrañan mucho y yo estoy contando los días que faltan para que volvamos a…»
—¡Esto vale un muy bien grandote! —lo interrumpe el maestro devolviéndole el cuaderno en el que ya ha estampado la buena nota con lápiz rojo— prepará los útiles nomás…
Y lo corta finalmente la voz chillona de Paulino que siempre quiere ser el primero en dar las malas noticias:
—¡Señor, los perros de Miguelito, otra vez…!
Allí nomás están los diez ojos oscuros, nuevamente, los cinco hocicos húmedos con las fauces acezantes, las veinte patas escandalosamente embarradas anunciando a su amo, con su mirada suplicante que ya se acerca la hora de salida y que es tiempo de escapar a la libertad.
—¡Porfiados del diablo, —les dice él— ya van a ver cuando lleguemos a las casas la laceadura que reciben, uno por uno y no va a escapar nadie…! ¡Molestar al maestro justo ahora!
Y los diez ojos van desde el maestro a Miguelito, aunque en algún fugaz instante miran con desprecio la cara desteñida de Paulino para decirle con sorna que es un alcahuete. Miguelito cree ser entonces protagonista de algo memo rable, es una fiesta del corazón que golpea en el pecho; las voces antipáticas y rivales no tienen importancia ya; la ropa limpia no molesta y uno queda tan bien con ella. El maestro se vuelve un poquito a los perros y dice pausadamente, como sin ganas, pero en voz muy alta que la clase recibe como un anuncio esplendoroso:
—¡Dejalos nomás…!
XII.
Miguelito, un rato después sale a la mañana que promete un fugaz y maravilloso mediodía. Corre, corre como el viento del oeste por el camino pisando su polvo un poco perfumado de hierbas invernales; corre suelto como una liebrecita joven que no tiene terrores y huele el trébol tierno como una cuajada desde largas distancias; va silbando con importancia, con el orgullo de ser el dueño de toda esa dulce libertad de luz, de tierra expectante, de inmensidad celeste, y los perros inician su acostumbrado bureo cruzándose por delante y por detrás. A veces le muerden el pantalón en un jolgorio que es total, desde el sol que alumbra sin economías hasta los pájaros encrespados al borde del camino.
Ahora sube a la volanta de Ismael y Pedro que ha alcanzado cerca de la alcantarilla desmoronada, donde medran las espadañas afelpadas y los plácidos nelumbios amarillos que ennoblecen la materia corrupta de la charca. Ismael extiende la mano y lo impulsa en la subida; el muchacho se sienta a su lado.
—¿Es bueno el maestro? —le pregunta Pedro.
Miguelito le dice que es muy bueno y que él y sus perros lo quieren mucho en tanto se acuerda de los cinco tarambanas y mira hacia abajo. Allí andan cerca de las ruedas que levantan un poco de tierra reseca y ve cómo, con la lengua afuera, van echando miradas explorativas hacia la volanta.
—¡Yo corro más ligero que ustedes…! —les grita desde el pescante Miguelito que tiene muchas ganas de chacotear.
—¡Uuuuuuh, capaz nomás! —le contestan ellos.
—¡Cuando baje en el cruce les juego!
—¡Jugamos! —les dicen los cinco aceptando el loco desafío con un movimiento burlón de las colas.
Miguelito se da vuelta una vez más y ve cómo se va achicando la figura del maestro frente a la escuela, ocupado en darle el adiós al último de sus muchachos. Después nada, será hasta la mañana siguiente, con los deberes hechos, cuando el frío que impulsa al paso rápido, aguce también el poder de los ojos, para distinguirlo desde muy lejos, como ayer, como hoy, como siempre, tan dulce y callado…
—¡Díganle hasta mañana al maestro! —les exige ahora a sus perros— que si uno no les está indicando continuamente hacen pasar vergüenza por el mal educamiento que tienen.
Los cinco comprenden y hacen un saludo de cola y un corto ladrido para la figura de la distancia, después corren alocadamente hasta el cruce para esperar el descenso del amo.
—¡Pucha que si no fuera por la carta que ustedes le traían qué triste se queda!… ¿no? —les dice antes de descender a Ismael y Pedro. Arriba el cielo azul es más azul que de costumbre.