

Las hijas del Rey
Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)
L'é il ré che l'ha
tre fije tute tre da maridé,
Cuando en Corda llegaron los König, el marido gordo y rojo, la madre rubia y fuerte y las tres hijas de quince, catorce y trece años, todos pensaron que ellos no iban a poder con ese campo. Eran demasiadas mujeres y se tomaban el trabajo de alquilar esa tierra tan buena que había dejado Simplicio Polletti al irse a Esperanza, entre el pueblo y la rinconada, al lado de la chacra de don Otto Sübber. Simplicio Polletti la dejaba porque estaba enfermo y no por otra cosa, no se vaya a creer, porque si por él hubiera sido, y por Ramona, se quedaban todos en Corda hasta que los hijos fueran grandes y tuvieran que decidir. Es decir, Simplicio y Ramona no tenían ningún deseo de dejar su lindo campo que estaban pagando todavía, pero Simplicio Polletti se enfermó de los pulmones una tarde de diciembre en que había bajado al pozo para arreglar el cilindro del molino. Había bajado con el sol alto y la tarde caliente pero, al salir, después de su trabajo, se encontró casi con la noche y con una tormenta de viento sur maligno y frío que lo tomó con sudor en la espalda y le trajo una rápida y difícil pulmonía. De allí en adelante le quedaron al pobrecito manchas en los pulmones y tuvo que hacerse una cura en Córdoba y el doctor que lo atendía no se cansaba de recomendarle que dejara de pensar en volverse al campo. No les quedaba más remedio que arrendar o vender, y como Ramona se ponía triste cada vez que hablaban del asunto cuando a él le daban permiso para ver la familia, Simplicio le decía sintiendo el mismo dolor de su mujer, pero pareciendo fuerte para consolarla:
—Mirá Ramona, uno no debe pensar que nunca más va a volver, para uno que nació en el campo y se crió en el campo, lo único que le sirve es eso y no otra cosa; no hay otro camino para un chacarero como yo; después me curo, vas a ver, y nos volvemos con los chicos grandes, por eso lo mejor es alquilar.
Entonces, en vez de vender como todos pensaban al principio, ellos alquilaron nomás. Y les salió ese inquilino que les ofreció un buen precio y él le dijo a Ramona:
—Los König son buena gente, van a poner el lomo y van a cumplir con el compromiso que es lo principal, y cuando yo esté sano nos volvemos con el campo pago y los chicos grandes.
En fin, así fue el principio de esta historia: la familia de Simplicio Polletti que se iba de Corda con tristeza y la familia de Mauricio König que llegaba para abrirse camino. Y cuando los König se establecieron allí con el marido gordo y rojo y las cuatro mujeres, como dije, nadie creyó que ellos iban a poder conseguir alguna vez que el campo les rindiera para enfrentar todos los años el alquiler y encima hacerse un capitalito para tirar adelante.
—Cuatro mujeres en una familia, por más alemanes duros que se sea no pueden hacer la plata —decían—, para hacer andar un campo como ese se necesitaba más que cuatro mujeres y encima tres que apenas si saben moverse solas.
Lo que la gente de Corda todavía no alcanzaba a precisar era la manera que tenía don Mauricio para hacer marchar sus cosas y para enseñarles a trabajar a las hijas y, de cualquier manera, si él había alquilado ese campo —de los mejores de Corda— era porque tenía sus propios planes y no se le cruzaba la menor idea de que podían fracasar. Al principio los König parecían tristes y callados como toda la gente que cambia de lugar. Se hicieron amigos de los otros Polletti, los vecinos más cercanos, en la época en que todo reía en esa casa y que siempre tenía las luces encendidas hasta más allá de la medianoche porque no les faltaban visitas o gente a cenar un solo día de la semana. Era la época en que la Neta tenía muchos pretendientes y sabía cantar, cuando trabajaba, todas las canciones que más gustaban entonces, y era la época, también, en que el tío Pablo sembraba el tabaco y los melones, injertaba frutales y operaba a los animales de la casa y a los que le traían de cualquier otra parte. Por algunas de esas tantas cosas que suceden, los König fueron allí y se sintieron muy bien con tenerlos cerca, aunque también hacían largas visitas a los Sübber. Pero a los Polletti iban un día a pedirles una herramienta, o el almanaque Bristol prestado, otra noche a visitarlos, alguna vez a invitarlos para una yerra y otra, simplemente para pasar, sentarse en rueda, tomar unos mates y preguntar por la salud de todos. Los König, poco a poco parecieron menos tristes y a los tres meses don Mauricio ya era presidente de la Comisión de Iglesia, a los seis empezó en el baile de la fiesta del pueblo a bailar la hija de quince, y al año, casi nadie hablaba ya del campo de Simplicio Polletti y en cambio decían:
—Viene la tormenta por el lado de los König.
O si no se comentaba que los resplandores se habían visto otra vez sobre la casa de los König y que el campo de don Mauricio era el que mejor rendía cada vez que lo sembraban. No es necesario hacer notar que al año de venirse ellos a Corda, la de quince ya tenía dieciséis años; la de catorce, quince y la de trece, catorce. Y en ese momento no había muchachas más hermosas en el pueblo que las tres hijas de König. Y fue una tarde en que llegaron las tres hermanas enancadas en un mismo caballo, cubiertas de ropas varoniles para no quemarse del sol, a la casa de sus vecinos a buscar pollitos y llevar saludos, cuando las vio el tío Pablo y dijo que eran muy lindas, que cómo estaban crecidas desde la última vez y que las tres juntas le hacían acordar de un canto que había aprendido de su finada madre.
—Qué canto, a ver don Pablo —lo estimularon las hijas de König—, si usté lo canta nos quedamos un ratito más.
El tío Pablo dijo que sí, que lo dejaran acordarse porque hacía mucho que no lo repetía, pero como ellas se lo pedían, el canto tenía que aparecer en su memoria. Ya era el atardecer, el sol se iba dejando pasar un polvillo de luz a través de los paraísos inmóviles y, como siempre a esta hora, mientras la Neta preparaba la cena adentro, doña Fornarina sacó su silla de paja y su acordeón para hacer bailar a todos los gatos de la casa. Pero apenas el tío Pablo empezó a cantar ella lo siguió con el acordeón mientras las muchachas sobre el caballo quedaban tiesas escuchando la hermosa canción que les dedicaba:
L'é il ré che l'a
tre fije tute tre da maridé,
recordaba el tío Pablo, y el acordeón alargaba como podía las pausas del cantor para que hiciera resurgir, con su voz temblorosa, lo que había aprendido tanto tiempo atrás. Todo venía de lejos, con la misma luz muriente o de la oquedad enorme de la tarde en repliegue. Pronto vinieron los demás: la Neta desde la cocina, el Balila desde el corral, la Rosita surgiendo de algún rincón de la casa, y el Carlín que dejaba sus cueros hasta la mañana y Tonino bajando de su propio caballo con el que había venido galopando desde la chacra. Allí, alrededor del tío Pablo quedaban sin palabras para escuchar la historia de las tres hijas del rey que no tenían suerte con sus prometidos y también sin saber qué decir frente a las tres hermanas rubias y dulcemente maravilladas sobre el caballo inmóvil. Y cuando la canción terminó ellas se dieron cuenta de que bajaban las sombras de la noche y volvieron a su casa no sin antes decirle al tío Pablo y a doña Fornarina que el canto era muy lindo y que lo iban a aprender. Se quitaron el pañuelo de la cabeza porque ya no había sol, saludaron y con sus pálidas cabelleras flotantes, dejaron el patio de los Polletti, sin comprender que en todos, ese momento, se les prendía muy cerca del corazón. Tonino, Balila y Carlín, también aprendieron el canto del rey y sus hijas, y desde allí en adelante los varones de Corda, todos, se deslumbraban cada vez que veían a esas princesas blancas tan cuidadas por la madre, tan severamente custodiadas por el padre, y tan consentidas ellas en su misión de ser mujeres y hermosas juntamente, como no había otras en Corda. Los hijos de Otto Sübber, cuando se hacían las visitas de familia a familia, podían mirarlas todo el tiempo sin decir una palabra, porque ellos no sabían hablar de tan callados y vergonzosos que eran, sin embargo, sus miradas no tenían otra cosa en qué ocuparse y, aunque estuvieran escondidos, hacían sentir que les tenían los ojos encima tenazmente embelesados. Y si iban las tres al pueblo, también enancadas en un mismo caballo para hacer las provistas, en los boliches, los hombres sacaban la cabeza por la ventana, o se paraban con las piernas muy abiertas en la puerta y se ponían a cantarles, como el tío Pablo, «L'é il ré che l'ha, tre fije tute tre da maridé», y ellas, las tres muchachas, dichosas, con las mejillas encendidas y los pañuelos al aire, les dedicaban una sonrisa sin destino que, de cualquier manera, dejaba tembloroso a cada uno de los hombres que las miraban, como si ellas hubieran bajado de palacio. Esas miradas, ese canto, el gusto que sentían al verlas y la timidez de tenerlas cerca y no poder ser dueños de ellas, eran como si las hubieran consagrado princesas, y como las princesas tienen un padre rey, resultaba que don Mauricio era el rey y, de alguna manera, al saber del canto para sus hijas, asumió la investidura y como un rey se comportaba. Dignidad no le faltaba, no, tampoco orgullo y tenía sus propios modos que no eran usuales en Corda, pero no olvidemos que él había llegado de otra parte. Don Mauricio era de por sí reticente y si se encontraba con doña María Serafín le decía:
—Un suponer doña María, si usté sigue criando así a sus hijos, cuando sea vieja la van a tratar menos que a un perro.
Y doña María, rechazada por las König a través de los tres hijos que las quisieron y no encontraron respuesta, pelaba sus cebollas y haciendo como que no miraba, le contestaba que ella nunca iba a querer para nueras mujeres como esas que se pasan el día pensando en ser las más lindas del pueblo:
—Esas mujeres don König —le decía—, no hacen feliz a un hombre, no, ni son capaces de criar a un hijo, como nosotras, porque de tanto que se pintan ni la leche les viene.
Y las tres muchachas seguían siendo felices, trabajando mucho, cantando y maravillando a los que las veían. Cuando el verano calentaba con ese sol ardiente que en Corda parecía más cercano de la tierra que en ninguna otra parte, uno las podía encontrar a las tres: Wilfrida, Ilse y Edith metidas en vieja ropa de hombre, con guantes negros, pañuelos en la cabeza que solo dejaban una ranura para los ojos, medias oscuras debajo de las bombachas y gruesos blusones de cambrona. Vestidas así, imposibles de diferenciar unas de las otras, iban sobre la rastra o el arado, encima de la cosechadora, manejando caballos y apartando las reses que si las envolvían en ese polvillo reseco levantado con sus pezuñas en los corrales, en definitiva parecían reinas nimbadas de polen de luz. Solo cuando el sol moría ellas desprotegían su piel. Por eso, cuando iban a los bailes de Corda, de La Oscura o de Isleta, nadie aparecía debajo de las lámparas tan blancas, tan transparentes como ellas. Y no faltaba alguno que se acordara del canto y dijera que el rey tenía tres hijas para casar, pero nadie podía darse cuenta entonces cuáles eran los hombres que podían merecerlas. Los mozos de Corda, o de cualquier otro lugar que venían a los bailes, eran como si peregrinaran para conseguir sacarlas y por esa noche no tenían otra meta. Mientras que la mayoría de las suspirantes muchachas, aún las más bailarinas, podían tener sus turnos sin que nadie las invitara, ellas nunca, pero lo que se dice nunca plancharon en alguna fiesta, y era como si la fama las vistiera de gracia, las levantara en un pedestal de nubes que las acompañaba hasta que la última música de la noche se iba por los caminos de la madrugada. La Neta, que después de las König era la muchacha que más requerimientos tenía en una noche de baile, debía a veces reconocer la supremacía de las tres hermanas y le contaba a su tía Fornarina sobre esas historias mágicas de recetas para hacerse hermosas en un solo día y que las hermanas conocían. Las tres, al parecer, hacían tratamiento para ser tan blancas y tan rubias; la tía Fornarina decía que para ser blanca y sonrosada como lait e vin, una de las formas era beber un poco de vinagre todas las mañanas y caminar descalza por la gramilla al levantarse, y como a la Neta esto le trajo un problema de estómago, se decidió por un ungüento del que le hablaron sus primas las Serafín y que era para poner sobre la piel y no para tomar, que eso de tomar, al fin y al cabo podía hacer un daño al organismo como dejar estéril a una mujer, y ningún hombre en Corda era de los que se conformaban, una vez casado, con una mujer estéril que no le diera hijos para arar la tierra y alzarle las cosechas.
Don Mauricio manejando a las cuatro mujeres de la casa, hacía rendir el campo, pagaba el alquiler, compraba animales y producía con el tambo, con lo cual sus opiniones eran escuchadas y día a día parecían más sabias, aunque dijera solamente —si le preguntaban por ejemplo qué opinaba del tiempo— «el tiempo es el tiempo y sabe lo que hace». Y si alguno quería sacarle un parecer con respecto a los que se morían, decía que la muerte es la muerte y Dios sabe cuándo uno tiene que entregarse. Fueron buenos tiempos para todos cuando pasó la sequía primero, las langostas después y, por último, aquellas heladas negras que muchos recuerdan porque se prolongaron hasta octubre. Los König compraron entonces un Wipet para ir a misa, a lo del doctor y al baile. Del Wipet bajaban las princesas, fuertes, hermosas, con sus pies pringosos y las caderas altas, con su ropa blanca salpicada de estrellas brillantes y los labios rojos como una flor. El padre y la madre —puesto que don Mauricio era presidente de la Comisión de Iglesia— las colocaban en primera fila y el cura, cada vez que se daba vuelta a bendecir, liberaba un hondo suspiro y no podía dejar de mirarlas, sobre todo a la Wilfrida con su melena larga y sus pechos pródigos que la hacían tan parecida a María Magdalena. Después de la misa don Mauricio y doña Sara iban hasta el almacén del Chirín Ferrari a comprar todas las cosas que se necesitan en una casa, y dejaban a la Wilfrida, a la Ilse y a la Edith a que tomaran una cerveza con granadina sentadas frente a una mesa, en el lugar de más penumbra y hasta donde llegaban con mayor serenidad las miradas de las otras mujeres y de todos los varones que pasaban a refrescarse en el boliche de los Bonzi. Ah, qué temblante resplandor emitían las tres jóvenes mujeres solas, sonrientes y estiradas, bebiendo a sorbos menudos su cerveza ya irremediablemente caliente cuando al fin pasaban a recogerlas. A pesar de los temblores, de los largos suspiros que despertaban, de la inquietud en el corazón y en los miembros, nadie se animaba a sentirse enamorado de alguna de las tres hermanas. Los tres hijos de Otto Sübber podían mirarlas hasta siempre en silencio y hacer suponer que las querían, pero nadie sabía nada porque ellos tampoco decían una palabra. Y Drago que se atrevió a pensar en ponerse a trabajar fuerte para hacer plata y pedir la más chica y tener hijos con ella, costara lo que costara, recibió la respuesta de todos los hombres de Corda representada en las palabras de Ribodón Grosso. El gran Ribodón le dijo con su profunda voz tomada por los años que hacían sabias sus palabras:
—Mirá Drago, un pión no se casa con una reina, don Mauricio ahora tiene plata y tiene orgullo, eso sí, más orgullo que plata, que es pior todavía y por eso quién sabe lo que está queriendo para yerno, pensalo bien Drago y no te encaprichés y aceptalo como todo lo que te trae el destino.
El pobre enamorado bajó la cabeza y si bien nunca había salido mucho, desde entonces no abandonó su cuartito de peón, se enfermó y murió de amor, aunque todos dijeron que era por culpa del over, pero en definitiva si Drago tomaba over era para matar alguna pena y la pena ya se sabe de dónde venía. Así y todo no puede decirse que don Mauricio mezquinara a las hijas con los mozos de allí. Él sabía decirles que no había mayor gracia para una muchacha soltera que ser dada y simpática.
—Una mujer joven y sin compromisos nunca tiene que estar de balde —les decía— y debe arreglárselas para que todos quieran atenderla. Pero eso sí —les advertía a las tres—, no se debe ilusionar a nadie hasta que no se encuentre el hombre que a cada una le conviene.
Ellas decían que sí y la madre se preocupaba siempre de vestirlas de blanco con amplias faldas de organdí en verano y pesadas ropas de gromilán en invierno, y ponerles flores blancas en la cabeza, o como un detalle en los zapatos o en la pródiga curva de las caderas. La Wilfrida, con sus ojos azules y sus pechos que el cura había comparado con los de la pecadora redimida de Magdala, tenía tan grácil transparencia y tal halo de serenidad que cuando en la iglesia se hizo el pesebre viviente, el propio párroco don Cresencio Colomba la pidió para que hiciera de María Virgen. Después don Mauricio y doña Sara una tarde sacaron el Wipet y por más que hacía cuarenta y dos grados de calor, la Wilfrida fue llevada vestida con sus mantos a lo de Moisés Rubín, el fotógrafo de Isleta quien le hizo un retrato en el que aparecía con aureola, las manos juntas y la mirada vuelta al cielo como si estuviera esperando la visita del Ángel Anunciador. Esa era la mejor foto que había hecho en su vida, le decía don Moisés, con el altar de fondo pintado en lienzo y el jarrón con azucenas de trapo en el primer plano, por lo que don Mauricio pagó con gusto los cinco pesos que costó el recuerdo. Esa misma foto, muchos años después, cuando en Corda se habían olvidado de la Wilfrida y de todos los König, fue encontrada en más de un misal y venerada como una estampita verdadera.
Otra vez Luciano Vaucci, tan feo, tan hambriento y larguirucho y que se había puesto al servicio del juez de paz, se animó a decirle al mismo juez que él estaba así porque no podía dejar de pensar en la Ilse:
—Ni de día ni de noche, don juez —le decía—, que es como un fuego que a uno le sube y lo ahoga sin que le dé respiro.
El juez conocía todo acerca del amor de un hombre joven y lo mandó por eso a La Oscura, recomendándolo a su colega de ahí, en donde le eligieron una muchacha de los ranchos y lo hicieron casar, porque allí en Corda, aunque lo supiera solamente el juez, a Luciano Vaucci se le iba el hambre y no servía para nada por más que los pensamientos de él fueran honestos y pensara solo en tener lindos hijos y fuertes con la Ilse.
Estos son los paladines de esos amores imposibles porque habría que citar bastantes varones más tras esa causa perdida, pero de cualquier manera, los dos damnificados de que se habló y más Pedrito Sola que se sintió prendado por la mayor, fueron los casos más visibles, o más tenidos en cuenta, o más recordados. Podría hablarse de los tres hermanos Sübber, los vecinos del este que por esa época se los podía encontrar en los caminos, al paso de las muchachas, encaramados en los árboles y mirándolas desde el espeso follaje, o tras las parvas, o bien escondidos entre las hierbas de las zanjas desde donde les clavaban los ojos sumidos, hasta perderlas de vista. Pero de los hermanos Sübber, quién se atrevería a decir algo cierto si ellos nunca hablaban. De Drago, de Luciano y de Pedrito Sola, hay que destacar que fueron muchachos incapaces de sobreponerse a un efecto como el que les producía la presencia, o mejor dicho la existencia de las hijas de don Mauricio, porque eran los más débiles de corazón en Corda y pensaban que en este mundo, para tener una mujer y con ella muchos hijos, bastaba enamorarse, como si eso de unirse a una muchacha y tenerla, fuera una cosa tan simple. Pedrito Sola, que vendía puntillas y jabones casa por casa, con su valija de mercero atada a una bicicleta de color de amaranto, iba al patio de las König a mostrarles las peinetas con estrellas y las medias con cuchillas que le hubiera regalado por docenas a su amada. Es que había leído una vez la Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa y, sintiéndose como el heroico don Rodrigo, amó tanto a la Wilfrida como si la muchacha de Corda y la morisca fueran una sola persona. Tanto la amó, dicen, que terminó por desaparecer. Desaparecer no sólo de Corda, sino de la vida, de cualquier lugar; desaparecer del cuerpo o algo así. Después de tanto buscarlo, un día amarillo de polvo y viento, en una lejana tapera que tenía una veleta loca en el techo y que solo era visitada por los zorros, en el fondo del Saladillo, lo encontraron apoyado en la pared sur de la casa y Pedrito Sola estaba vacío. Había quedado pegado a los ladrillos, como las cáscaras que dejan las chicharras cuando salen de su pellejo. Lo movieron para todos lados y solo sonaba a hueco. Pedrito Sola ya no estaba adentro de sí mismo. Don Jacinto L. Arauz fue consultado, pero él meneó la cabeza y les volvió la espalda para prenderse con los ojos de una gran nube azul que se iba deshaciendo sobre el monte.
Y algunas de estas cosas se hubieran repetido porque las hijas de König cumplían años y como estaban en la curva ascendente que tienen los mortales, todavía seguían creciendo en belleza, cada día más inquietantes, cada día más regias entre los alfalfares verdes, en los soberbios trigos maduros que crepitaban al viento, o sobre el arado y la rastra haciendo sus trabajos. Y aunque la gente de Corda no lo supiera, eran ellas tres valquirias manejando sus caballos que las obedecían en el surco, o en las huellas de los solitarios caminos. Hay que destacar que las muchachas no hacían mal a nadie siendo como eran. Lo que pasaba a su alrededor no les llegaba como a los demás. Allí ninguno tenía motivos para pensar que las tres lindas hermanas traían algún tipo de desventuras o hacían infeliz a la gente. Los que las querían de veras como Drago, como Luciano o como el pobre mercero que había leído cuentos de amor, cumplían con su propio destino y era porque así debía ser, porque en el mundo está previsto que algunos hombres cambien de suerte por el amor de una mujer. «L'é il ré che l'ha tre fije tute tre da maridé…» seguía cantando alguno en las apretadas noches del duro invierno en los boliches de Corda, o bajo el liviano cielo de verano, cuando Pin del Chuque con su acordeón cochambrosa estiraba la madrugada hasta beberse la última gota de su damajuanita de caña. Y un día las tres hermanas fueron comprometidas por el padre a los tres hijos de Sübber quienes habían tenido que confesarle a don Otto —por fin— que el amor por ellas se les despertó en aquellos días de marzo, cuando desde el campo de al lado las vieron arando y haciendo siembra para el próximo maíz. Nadie supo lo que dijeron entonces, porque ni así esos mozos dejaron de ser hoscos y callados. Don Otto y don Mauricio hablaron largamente de las ventajas del trueque y de todos los demás detalles que encierran los casamientos. Hablaron de las bondades de sus hijos, cada parte defendiendo lo suyo, hablaron también de los días que habrían de venir para ambas familias, de sucesos remotos y de los que se esperaban, y hablaron también de las dotes y herencias.
Y ellas, con el consentimiento paterno para tomar novios, estuvieron magníficas en el primer encuentro que se convino entre amantes y amadas. Pero tampoco nadie supo lo que se dijeron entonces, porque esas, eran cosas que ocurrieron en el patio de König con los tamariscos de follaje plumoso que les hacían sombra a las dos de la tarde. Haciendo pareja con los tres varones silenciosos en los bailes, ellas parecían más lindas, con las mejillas tomadas por el color del vino y los ojos rientes, hablándoles sin respiro a sus novios callados que se movían un poco agachados para no tocar el techo de tan altos que eran. Y no había risa o palabras, o revuelos de manos y mensajes y miradas que ellas no les dedicaran a los hijos de Sübber en las noches felices de baile o a la salida de misa. Pero de allí en adelante la gente de Corda tuvo de otras cosas de qué hablar.
Si ellas aparentaban ser dichosas durante los primeros tiempos en la casa grande donde las habían llevado a vivir como esposas, no se sabía si en realidad eran o trataban de parecerlo, porque los días en su terrible sucesión les fueron trayendo sus propios dolores, y los dolores, como se sabe, dejan una huella muy honda en la piel y en el corazón de la gente, por más que uno no se vaya dando cuenta de cómo cambian sus ojos, su boca, o la línea de su cuerpo. Una vez se empezó a hablar de la enfermedad del marido de Edith, el más callado y hosco de los tres, que la gente de Corda señalaba como víctima del deseo intenso hacia su mujer y que no era correspondido por ella. Cada vez se lo veía menos por las chacras en donde era sobrevolado por los teros que no lo abandonaron siquiera cuando por último lo pusieron en su cama, de donde no se levantó más. Tuvo que entregarse a la muerte —como decía don Mauricio—, sin que nadie pudiera hacer nada, y fue el primero en ensombrecer a la familia que recordaba al pobrecito con más dolor, porque no había forma de espantar los teros de encima de la casa. Un tiempo después, el hombre de Ilse la abandonó para irse a cosechar trigo con una morena que trabajaba de peona en el Campoldán y que tenía la piel brillante como las sombras de una noche de enero, y el esposo de la Wilfrida se internó en el monte para buscar a los zorros que no lo dejaban dormir en las noches largas de invierno, pero tal vez lo de los zorros perseguidos entre las tuscas del Saladillo, fue un pretexto para estar solo porque desapareció de Corda sin que nadie supiera lo que se había hecho de él.
Las tres hermanas, que se habían ido de la casa vestidas de blanco con la boca roja y los ojos brillantes, volvieron un día vestidas de negro y la mirada vacía, retomaron su trabajo en el campo cubriéndose como siempre con ropas varoniles, pero cuando se las quitaban para andar entre la gente, en Corda, entonces no tenían ya por qué cantar «l'é il ré che l'ha tre fije tute tre da maridé…», y se olvidaron todos de la historia puesto que los König dejaron esa tierra que no era de ellos y se fueron a otro lado, que es como irse del mundo.