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La verdad

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

7 minutos de lectura

Esteban podía quedarse a cielo abierto pensando en un hombre con cara de pájaro, o las más de las veces, con cara de estatua, y después reflexionar acerca del destino de la humanidad. Pero nunca se sentía satisfecho con esta última parte a pesar de que algo, adentro, le urgía a olvidar. Estaba, por otro lado, acostumbrado a imaginar especies diferentes de seres vivos: relojes que atrasaban malignamente, un tren lejano en la noche y estatuas con túnicas ondulantes al ritmo de una fuerza interior.

Allí, a su lado, caminaba una. Llegó a la casa de su amigo y le sonrió desde afuera a través de los cristales. Lucio trabajaba en una parte de su taller y entonces eso le pareció románticamente una imagen de cine sin sonido. Pero le hablaba a alguien desconocido que él no veía desde la vereda. Esteban reaccionó con un leve terror de otoño bajo el cielo picado de evanescentes luces amarillas. Encontró la puerta abierta y entró. Desde el primer contacto con la casa sabía todo lo demás. Lucio, algún tiempo atrás le había mandado la carta, y él se decidió por una sola de sus frases: «Es posible que en algún día no muy lejano sepa en definitiva en dónde acaba la eternidad. Aquí hay miles de posibilidades». Quiso explicarse —mientras evocaba ese trozo—, qué estaba haciendo su amigo. Debía estar deleitándose hablando solo. Pero no, él sabía que no podía estar hablando solo. Sin embargo, cuando entró en esa parte del taller, después de atravesar las habitaciones, lo primero que vio fue la ropa en desorden, los libros sobre la mesa y parte de su herramienta. La evidencia era concreta porque aparte de Lucio, su ropa, sus libros, las herramientas y las estatuas, no había otra cosa. Se miraron largamente y entonces fue cuando Esteban sintió en el movimiento del aire y en el olor percibido, una presencia que se le escapaba.

—Vos sos Esteban. Ave.

—Vos sos Lucio. Ave.

Le indicó con un dedo las estatuas nuevas.

Había un efímero Mercurio que no había visto antes, por supuesto. Una Rebeca con su cántaro desvencijado, un cupido barroco con cara de zafado y una gárgola deprimente apoyada contra una columna salomónica. Relucían todas, bellas y ecuánimes entre el otro conjunto familiar y, con sus carnes de yeso, de mármol, de cemento, de madera estofada, hacían lo imposible por crear una atmósfera.

Todas las mañanas, cuando se encontraban, ellos hablaban de las estatuas. En los primeros días de su arribo a la ciudad, Esteban encontraba divertida la actividad de Lucio, ahora le parecía subyugante.

—Debo restaurar estas tres para una película en donde se discute la perdurabilidad del arte. Pero terminé esta madrugada, pasadas las dos, la cara de aquella Victoria de Campeny, muy amada por la señora Yudita R. de Robledo.

—¿Y vos?

—Creo en la perdurabilidad de los sentimientos como la venganza y el remordimiento, no en la del arte.

Como no quería saber más, Esteban pasó ligeramente el dedo sobre la nariz recompuesta de la Victoria y sintió debilidad en las piernas.

—Nosotros queremos café —dijo tímidamente.

—Yo terminé de tomarlo hace unos momentos.

No se animó a preguntarle con quién hablaba antes. Solo fue a la cocina como si oyera desde muy lejos fácil música de cuerdas después de pasar debajo del brazo en alto de un Julio César en madera negra que daba reflejos borravinos a un trozo de pared. En esa pared, Lucio —probablemente— había escrito Tu quoque, fili mi! Pero él ya conocía esa frase.

—Hay que abrir la llave del gas —le gritó Lucio a través de las habitaciones que terminaba de cruzar.

Miró la pared de la cocina, recorrió suavemente todo, imbuido de esa sugestión que lo electrizaba con gusto a limón sobre la lengua. La casa en esa parte estaba acomodada; parecía fresca y llena de un limpio aire de hogar. En la repisa del aparador tenía una ronda de amorcillos con una damita celeste del siglo XVIII en el medio. Esa debía ser nueva, no la había visto antes. Al lado, sobre el piso, un poco inclinada y dulce en su honda tristeza estaba Níobe con su hija menor, y sin mover los ojos determinó la presencia de Menelao con el cadáver de Patroclo. Pensó en la cara de pájaro muerto que tenía Patroclo, acaso como antes y se asustó apenas la imagen empezó a coincidir con la cara de Lucio.

—¿Qué? —preguntó.

Pero no le contestó. Un momento después se dio cuenta de que no había estado hablando con él. Pero Lucio hablaba.

Abrió la ventana de la cocina y miró la calle. Tenía curiosidad por el tarro de residuos. Las nubes amarillas no estaban más. Era la parte de atrás de la casa y vio en el tacho de basura trocitos de yeso, astillas de madera, papel de lija y algún resto de láminas de oro, muy pequeños, imperceptibles si no les daba el sol. El perro que había aparecido antes por el otro callejón, husmeaba, después se aburrió y decidió abandonar el lugar.

Cuando comenzó a sentir el olor del café, cerró la ventana y volvió a escuchar a Lucio. Intentó oír con precisión, luego desistió. Era el rumor inconfundible de su vozarrón, pero confuso. En las pausas, otro susurraba en la habitación.

—Algún día te voy a hacer una pregunta —le dijo Esteban cuando entró.

—No estemos tan distantes —le contestó Lucio que retocaba con minio la pintura de una crátera.

Se sintió confundido y le vio la cara endurecida como de una sustancia que fragua rápidamente. Solo pudo preguntarle:

—¿Es auténtica?

—Como una moneda falsa —y se rió estúpidamente dejando entrever clara vaguedad de pensamiento.

En la calle decidió volver más tarde, a la hora del crepúsculo. Algo le hacía estar muy mal. Tal vez por sus medios descubriría en dónde existía la verdad.

En efecto, volvió al atardecer; hacía frío y se había levantado un viento zumbador que venía del oeste. Las veredas estaban desde allí destinadas a una soledad de invierno. Lucio parecía no haber ido lejos. La puerta estaba abierta pero entró con sigilo. Otra vez creyó oír el rumor de la mañana. Algún paso en los cuartos. Después el silencio absoluto. Pensó con angustia si debía seguir mirando, en una de esas se convertía en otra estatua de sal; pero nadie le había prohibido nada. Miró a su alrededor para sentir la impresión que le daban las estatuas en la semioscuridad. En las memorias de alguien figuraba la historia de un escultor poseído que podía comunicarle vida a las estatuas. Pero solo a aquellas que representaban figuras con destino trágico. Recordó otra vez la frase de la carta: «Es posible que en algún día no muy lejano sepa en definitiva en dónde acaba la eternidad…». La torva mirada del San Jorge de Von de Heide lo cubría. En tenebrosa perspectiva y en el desorden más enredado sobresalían con siniestra impunidad ángeles del Apocalipsis o tullidas figuras de tumbas y templos antiguos. En un rincón posaba burlona y exactamente perversa la cabeza de Medusa arrancada por las bellas manos de Perseo. Más alto casi en su imperio, cierta imagen de Jesús con aire prerrafaelista, bendecía con su corazón a la intemperie todas las calamidades del rebaño. Desde alguna habitación del fondo oyó la voz de Lucio. En verdad estaba cerca y hablaba. Avanzó cautelosamente en medio de un frío catastrófico y pensó en alguna revelación.

Lucio imploraba con un matiz lastimero que ya no concordaba con su voz:

—¿No es suficiente castigo estar tanto tiempo perseguido por el remordimiento?

No tuvo voluntad para esperar. Algo flotaba como una fuerza pujante y si hubiera sentido la más leve reminiscencia de lo humano tal vez evitaba la escena. Pero lo que sentía no era humano y consiguió ver objetivamente, con despiadada claridad la cabeza de yeso de su amigo Lucio Bruto separada del tronco, limpiamente cercenada, en el suelo.

Detrás, Julio César con el brazo en alto, lucía un fiero semblante.