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La estación oeste

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

24 minutos de lectura

Ricardo me dejó frente a la puerta de mi casa pasada apenas la medianoche. Tal vez el silencio que conservábamos desde hacía unos minutos era un principio de arrepentimiento por malgastar la noche. Tampoco considerábamos que la hubiéramos gastado del todo. De cada caso extraíamos una forma infalible de dulzuras, de potestad sobre las sombras, de partículas secretas como si cada vez acabáramos de volver enteramente sabios de la guerra. Pero en la noche y por las calles, y frente a los edificios viejos, y junto a las alcantarillas de los suburbios y en los cercos de las fábricas calladas y oscuras, aprendíamos tanto como entrar en la guerra. Por eso, acostarnos temprano —apenas pasada la medianoche—, podía prepararnos a creer que dejábamos sin destino algo que se nos había adjudicado desde la eternidad.

Abandonábamos la ciudad a esa hora sin seguridad alguna: tal vez porque había empezado a hacer un poco más de frío repentinamente o, tal vez, porque, agotado nuestro inquietante paseo hacia la zona de la Estación Oeste, habíamos hablado demasiado de De Chirico y de que la escenografía del mundo es incuestionablemente metafísica. Pero, a último momento, le pedí a Ricardo que no se atreviera a defender la idea todavía y que me acompañara adentro. Me preguntó por qué.

—Te voy a certificar algo —le contesté.

—¿De qué se trata? —volvió a preguntarme algo irritado—. ¿No podría ser mañana?

—No, tiene que ser ahora —le dije—, si no es ahora no voy a poder dormir.

En el pasillo Ricardo habló pero no escuché lo que iba diciendo hasta que encendí la primera luz de la casa. Entendí algo así como que el frío le iba a hacer mal y que debía prestarle un pulóver. Como yo tenía que mostrarle algo, y era absolutamente en eso en lo que estaba pensando desde hacía un rato, me alegré de su inconsciencia: dentro de un momento podría estar pasmado y tal vez quisiera volver a la Estación Oeste para ver si encontrábamos a la mujer allí y decirle: señora, él tiene razón, a usted la han dibujado en la primera mitad del siglo XVI, y que ambos, pasada la medianoche, estábamos como en el corazón de un secreto y queríamos saber qué pasaba con su cara, con su cabello cortado casi a lo varón y su inmovilidad debajo del gran reloj que también en alguna parte ya había pintado Giorgio De Chirico, lejanamente, con humos de tren y muchachos con caballos.

Ricardo me repitió lo del pulóver. Le traje uno. Lo hice sentar y le ofrecí un trago que no aceptó. Se sentó brevemente, pero al instante ya daba la sensación de estar instalado y de que no tenía apuro. Abrió el diario en Culturales para ver quién estaba exponiendo y me dijo que Debernardi no era un escultor, era un carrero.

—No tiene un poquito de humor; cuando cuenta algo gracioso todo el mundo está esperando saber en dónde ve él el chiste que ya empezó a festejar apenas abrió la boca. Además no tiene conciencia de lo que es elegante. Es todavía de los que dicen: no me cayó bien la comida, la estoy repitiendo desde el almuerzo; convencido de que dijo una fineza.

—Impiedad es lo que no te falta —le dije para apurar cuanto antes su dosis de intrascendencias—. Todo artista toca con su alma el cielo y hunde las raíces en el barro… ¡Quién puede asegurar que está libre de ser rozado por las vulgaridades de la vida!

Pero él no reflexionó un instante acerca de lo que yo procuraba fuera algo profundo para desviarlo al tema que me preocupaba. Ahora estaba dedicado a Sociales, saltando toda otra noticia, como lo hacía siempre. Ricardo solo leía eso en los diarios. No encontró nada de interés para anunciarme y se obligó a decirme:

—¿Cuál es la certificación, entonces?

Yo había estado buscando el libro en la estantería y ya lo tenía entre las manos. Viniendo a él le dije:

—Aquí está toda la sabiduría, la profundidad del alma y su cercanía con lo inmenso, aunque las vulgaridades de la vida nutran también sus actos.

Me miró azorado interrogándome con expresión sorprendida por la magnitud de mis palabras, pero no abrió la boca, al instante parecía estar divertido ya por una conversación que, muy a su pesar se iba poniendo seria.

—Certifiquemos lo que haya que certificar —concluí mostrándole la tapa del libro.

Se rió:

—Ahí no hay nada, pedante, o hay demasiado —me replicó dejando Sociales a un lado—, lo más importante de todo el libro son los tres grabados de la edición xilográfica del Apocalipsis de San Juan.

Me lo quitó. Se trataba de un facsímil de la primera edición de El grabado en madera de Paul Westhein. Lo abrió con seguridad en las páginas 32 y 33. Era capaz de actos espectaculares como ese, mínimos, tal vez, pero siempre de alguna manera ampulosos y teatrales. Del grabado de la primera me mostró el caballero alado que marcha al frente de una legión de centauros-pegasos y puso mucho ahínco en hacerme notar cómo Ruggoni ya había plagiado la mayor parte de las formas de ese grupo para armar sus enormes afiches un tanto art nouveau. En el de la página 33 me indicó el monstruo manchado, de siete cabezas, que todavía no había copiado nadie pero en el cual, tenía la sospecha, Ramón Portani había encontrado alguna fuente de inspiración para un incierto tapiz que pensaba presentar en los salones de primavera.

Apenas hube rescatado el libro y pude hacer callar a Ricardo, lo abrí en la página 50 y le mostré el Ars Moriendi.

—¿Qué ves? —le pregunté maliciosamente.

—Nada —me dijo al principio con desdén, pero se rectificó enseguida; se le pusieron rígidas las manos, luego prosiguió—: está todo lo de esta noche, aquí, o una aproximación, pero la aproximación importa más y, en definitiva, existen el hombre que guarda el caballo, la estación, y la mujer… la mujer es lo más importante; solo que acá es un hombre, ¡no me explico cómo puede ser tan parecido a ella y ser un hombre y ella una mujer!

Tenía el dedo puesto en el rostro moribundo del grabado. Seguía con la uña su contorno. Los monstruos de alrededor, los de la agonía, por el momento no nos importaron, pero sí la construcción, los toneles de uno de los depósitos, los techos, las cornisas, los arcos de las puertas y el joven que estaba entrando el caballo.

Ricardo quedó mirando el dibujo en tanto depositaba su dedo índice en el ángulo superior derecho del grabado. Sin levantar la mirada me preguntó:

—¿Cómo no me acordé antes?

No es que hubiéramos tomado la costumbre de ir a la Estación Oeste porque supimos que allí nos encontraríamos con frecuencia a la mujer debajo del reloj con la que luego tendríamos nuestra primera conversación, después comeríamos juntos y, por último, íbamos a terminar charlando casi noche tras noche con ella. Nuestra costumbre de ir a la Estación venía de un tiempo antes. Una tarde de domingo, por el mes de abril, tal vez, en que había hecho repentinamente mucho frío pero con un sol agradable, y que Ricardo había destinado para hacer un corto viaje al campo con sus hermanos, yo me fui caminando por la larga avenida y me encontré con la vieja estación a medio refaccionar. La parte exterior y el frente habían sido pintados de un suave gris perla que acentuaba todos los detalles y dejaba en evidencia la armonía y precisión de los módulos utilizados para levantar la construcción tantos años atrás. La puerta, por esos días, recibió un azul intenso y el techo un rojo casi tierra que contrastaba con los demás planos del edificio y con el mundo de una manera sustancial y vibrante. Se podía verla de lejos y asimilar como sucesos pretéritos desde los muros cuando se comenzaba a percibir el gris nuevo que le habían dado, pero, únicamente frente a ella, abarcándola de golpe y de una sola mirada, uno se daba cuenta de que podía penetrar en sus andenes y esperar que ocurriera cualquier cosa antigua y ferviente. Cuando avancé dentro de la construcción y caminé por uno de sus andenes, los obreros de la cuadrilla estaban arreglando rieles, levantando columnas y martillando hierros. Algunos pintaban las dependencias interiores. Otros lavaban los vidrios. Era domingo, sin embargo, y pronto se pondría el sol. A pesar del día santo, ellos trabajaban. Fui al extremo este del andén y caminé hacia el cielo en sentido contrario y, en ese momento, el domo de la tarde intentaba progresar hacia un crepúsculo con aniquilados amarillos de muerte. Poco a poco, muy lentamente, las figuras adquirían fuerza de contraluz y esperaban su transformación en un repliegue expectante. Yo, en un momento así, lamentaba las ausencias. No tenía nadie a mi lado para mostrarles en dónde estaba De Chirico allí. Una locomotora vieja, imprevistamente armónica en algo que parecía venir desencajándose, hacía maniobras al final. El humo salía muy denso, claro, recto hacia arriba. En esta época de diesel y de poderosas máquinas generadoras de electricidad, la locomotora era desusada y hasta onírica en una idea que parecía venir más de los recuerdos que de la precisa realidad de la jornada. Todo era metafísico, como ven.

El jefe de la estación (tal vez) me miró. Era una mirada sin asombro, lavada, libre de connotaciones. Sobre la toma de agua las palomas encontraban un hueco para pasar la noche; los obreros se secaban la frente, se volvían a colocar sus blusas y pulóveres y guardaban las herramientas. Ahora sí era el ocaso. Me volví al extremo este del andén. Desde allí lo contemplé todo en una prolongada perspectiva seca, austera, tal vez descompaginada por algún punto de fuga que se hacía demasiado importante y maravilloso en contraposición con los otros que iban siendo tragados por las sombras. Como por ejemplo el reloj. Fue entonces cuando lo descubrí y al muchacho con el caballo que atravesaba las vías. Me volví a casa con un estremecimiento. Todo eso junto ya era demasiado para mí porque no estaba preparado ese día para abarcar tanto misterio y tanta belleza de golpe, la imposibilidad de hacerlo me hacía mal, tal vez no: mejor me entristecía. No podía tampoco dejar de contarlo y Ricardo no estaba. Pero cuando nos encontramos fue lo primero que le dije y empecé a hablarle de los puntos de fuga dispares, antes que nada; de la máquina de tren antigua, del muchacho con el caballo y del reloj para que él mismo sacara conclusiones. No me equivoqué, lo dijo enseguida y, para nuestras habituales marchas nocturnas, ya sabíamos que también íbamos a tener incorporada la Estación Oeste. Esa noche, al desembocar en la avenida, por la zona en que comenzaban los terrenos del ferrocarril, vimos cómo, contra el cielo oscuro, la luz que le habían puesto al edificio, le daba algo de transparencia; las paredes parecían de alabastro, los arcos se definían en tres dimensiones netas, el azul de las puertas y ventanas se degradaba hasta una densidad de sombras a medida que se alejaban de las orlas luminosas, y el techo del andén sumándose al cielo de la noche, tenía algo de fosforescencia. Ricardo se pasó los dedos por la cara y dijo:

—El escenógrafo del mundo es metafísico.

Quisimos ver el reloj, entonces. Tenía dos caras: una miraba hacia el este y otra al oeste; las caras se unían en ángulo que perfilaba hacia el norte.

—Es Jano —le dije—, una esfera apunta al pasado, otra al futuro.

—O al nacimiento del sol una, y la otra a su muerte. Nacimiento y muerte —dijo Ricardo—, es un poco extraño; decirlo en este punto te hace ver las cosas detrás de tus propios ojos; mirarse adentro uno, como quien dice…

Hay momentos en los que, sin motivo preciso, nos sentimos tentados a la risa; tal vez porque uno no entiende bien al otro, o porque no se sabe qué contestar, y un poco de risa breve, liviana, nos da justo la dosis de descarga que sobreviene cuando se acaba de decir, o presentir, algo importante. Por eso, naturalmente, justo ahí nos reímos, y la risa no duró nada. Estábamos solos; había llegado y partido el tren, el andén quedó vacío, largo, como de kilómetros. Únicamente una mujer se iba al extremo oeste, hacia las sombras en donde los locos terminaban como al borde de un abismo y, de allí, al mismo tiempo, surgió un muchacho con bluyíns que avanzaba en sentido contrario. En un punto determinado se cruzaría con la mujer, pasarían uno al lado del otro y, esa circunstancia, nos tenía electrizados. Todo se hacía poco creíble; las figuras humanas bajo los arcos del andén tenían una proporción sin medida: o gigante o enana. De pronto, la mujer era enorme, pero en un instante fue sólo un átomo metiéndose en las sombras, y el muchacho que venía hacia nosotros creció desde el punto que fue en un principio hasta ser grande como la mujer que había pasado a nuestro lado, que no nos miró, que no miró al muchacho de bluyíns y que se perdió detrás de los focos. Otra vez quedamos estremecidos y comenzamos a volver a la estación casi todas las noches.

Un tiempo después —no habían pasado muchos días— nos dimos cuenta de que estaba la anciana debajo del reloj. Fue porque la vimos una noche, antes de que llegara el tren y fue porque a la noche siguiente la volvimos a encontrar inconfundible con su pelo blanco, corto, ajada, muy vieja tal vez, aunque disimulaba sus años con una especie de brillo sereno y esperanzoso en los ojos. Solo abandonaba su lugar debajo del reloj —invariablemente— siempre que el último pasajero descendido del tren dejaba la estación.

Después, en mi casa, fue cuando la asociamos con el grabado del Ars Moriendi y quisimos hablar con ella. Nos acercábamos, mirábamos la hora, ajustábamos nuestros relojes, decíamos alguna incoherencia como para darle pie para que participara de nuestra charla. Nunca lo hizo, se mantenía tiesa, reservada, trasmitiéndonos una especie de sabiduría que nos hacía sentir muy torpes, llenos de inseguridad y ella, en cambio, parecía tan firme, tan superiormente educada y comprensiva. Hasta que una noche —eso fue a principios de junio—, en cierto momento en que empezaba a lloviznar, Ricardo ofreció llevarla en su auto.

—Solo al final de la avenida —aceptó con voz pausada en tanto se arreglaba como una muchacha, un mechón de pelo húmedo de su cabellera a lo varón.

Esa noche yo hablé de la llovizna, de cómo se ponen tristes y hermosas las estaciones vacías, de que mucha gente va allí únicamente para ver bajar a los viajeros y que otros, en cambio, esperan a alguien que no viene. Se hizo silencio y nosotros quedamos tensos calculando si obtendríamos respuesta y pensando también si no habíamos sido demasiado torpes al echarle un anzuelo tan evidente. Pero ella respondió con toda sencillez, sin malicia alguna:

—Mi esposo va a venir, se fue al oeste, desde esta estación; pero ya hace un tiempo que en sus cartas me pone lo de su regreso. Va a llegar en cualquier momento. Está preparando nuestra casa y nos radicaremos allá cuando esté lista. Lo tenemos todo planeado desde hace mucho tiempo. Como estoy sola vengo a esperarlo, estoy segura de que querría darme una sorpresa, pero sé también que va a ser más feliz todavía si me encuentra en la estación.

Llegamos al final de la avenida. Ricardo le dijo que si debía ir más lejos la acercaría. Agradeció, pero estimaba que la molestia había sido ya más que suficiente. Nos dio una sonrisa especial al decirnos que tal vez nos encontraríamos cualquier día —mañana o pasado— y seguiríamos conversando. A ella —nos contó en la vereda—, le agradaba, hablar con la gente joven:

—Siempre están por descubrir algo —dijo—, y me gusta contagiarme de esa emoción.

Había noches en que no la encontrábamos, pero tampoco nosotros íbamos siempre. Así que nunca supimos con qué frecuencia se instalaba debajo del reloj —el Gran Jano— y realmente por qué lo hacía. De lo que estamos seguros era de que nos sobrevenía una especie de indefinible desazón cuando la veíamos, como si el broche final del paseo hubiera sido exclusivamente su presencia. Nosotros dos no nos comunicábamos esta emoción porque nos la adivinábamos mutuamente, y nos volvíamos con la esperanza de que la próxima sería una ocasión mejor para la reservada ansiedad que manteníamos. A mediados de junio, por fin, aceptó comer algo con nosotros en la fonda de enfrente. La mujer pringosa que nos trajo pastas calientes y aromadas nos preguntó si éramos turistas: no nos había visto nunca por allí.

—No —le dijo la anciana—, yo soy de aquí. Parte de mi familia tuvo que ver con la construcción de esta estación, ¡oh, viejos franceses, naturalmente! Mi esposo, en cambio, llegó a la ciudad para otra cosa, pero nunca pudo ser un triunfador como los de mi sangre, aunque ya no quede ninguno. Él tiene esas cosas que los demás consideran defectos, por ejemplo, amar tanto su caballo como a mí.

Elaboró una risa menuda y cristalina como la de una niña. El defecto de su marido parecíale una gloria totalmente más jocunda y celebrable que las virtudes de sus ascendientes franceses. Eso fue, al menos, lo que nos hizo sentir. Por dejar satisfecha a la fondera, le dimos a su vez nuestras filiaciones pero ella, obviamente, empezaba a sentir la sugestión que irradiaba la mujercita e insistió en detalles. Enseguida le preguntó el apellido porque sus abuelos se habían instalado con ese negocio en el mismo momento de la estación. Tal vez se conocieron.

—Yo soy Santina Dumier, mi esposo es italiano meridional: Cagna, se pronuncia Caña ¿eh? —le recomendó con dulcísima picardía levantando un dedo que de tan grácil que era se borraba en la atmósfera cargada de desorden de la fonda.

La dueña no hizo memoria. No reconocía ninguno de los apellidos. Después aparecieron otros clientes y tuvo que dedicarse también a ellos en tanto nosotros tres, más íntimamente ligados por la tibieza de la comida y la amabilidad del vino, hablamos de las épocas y de los destinos progresando, además, en nuestro conocimiento de Santina Dumier y, al mismo tiempo, medrando en nuestro regosto de encontrar en la fonda un sitio íntimo y placentero. Cuando pagamos y nos levantamos, la fondera parecía estar dispuesta a seguir indagando a nuestra invitada, como si tuviera mucho más todavía que averiguar, pero ella no dio posibilidad alguna de alentar el avance. En esto de mostrarse escueta y reticente para desalentar la indiscreción de un curioso, parecía de repente largamente acostumbrada y experta. Nos fuimos.

Pero a nosotros nos contó, en algún momento, que vivieron mucho tiempo en las quintas de las afueras; que hicieron huertas, plantaron manzanos y criaron caballos. La enfermedad de su esposo se hizo muy difícil cuando murió San Mateo.

—No se trata del Apóstol —nos dijo—, San Mateo era su mejor caballo; ¡realmente un gran caballo! Solo mejoró cuando fue a Tórbila, allí hace calor, es como si hubiera resucitado porque únicamente el calor podía devolverle las ganas de hacer siempre algo como estaba acostumbrado.

Quedó un momento callada para prenderse a alguna evocación o a un detalle que precisaba hacernos conocer. Su mirada había dejado de ser chispeante, era serena; después nos dijo que en Tórbila su esposo había comenzado a levantar una casa y esperaba tenerla lista para venir a buscarla.

Ricardo fue quien recordó más adelante, cuando quedamos solos, el nombre del pueblo a donde se había ido el marido de la anciana. Me preguntó si sabía en qué lugar quedaba. Le dije que tenía muy vaga idea, creía habérselo oído nombrar a mi abuelo. O tenía la sensación de que alguien me había hablado de él como de un pueblo en donde el progreso se ha detenido en una época remota, medieval tal vez. Espero no equivocarme —le dije—, pero es de esos lugares en que se sigue arando con manceras, se recogen manzanas armando una fiesta, se tallan santos para las iglesias. Existen también azafatas que atienden a las señoras, gremios de artesanos o alguna organización parecida. Un tipo de sociedad bien equilibrada, sin estrecheces para nadie.

—Todo eso me parece un sueño, quizás lo es en esta época —dijo Ricardo—, puede ser también que estés delirando.

No hablamos más de Tórbila hasta que una tarde pasamos por el Automóvil Club y, frente a un gran mapa, nos acordamos. Recorrimos con el dedo toda la región que queda al oeste, pero el nombre de Tórbila no figuraba. Para cerciorarnos buscamos más arriba, más abajo, hasta casi en sentido opuesto. No, no aparecía y esto volvía a dejarnos confusos e intranquilos. Le dijimos a Santina Dumier en un siguiente encuentro que no podíamos precisar en dónde quedaba Tórbila.

—Al oeste, hijos, al oeste —nos dijo—, a no muchas horas de viaje; si encuentro un mapa, mañana les voy a mostrar.

Y nos dijo también que en Tórbila se vivía como en la Edad Media, que hasta la ropa de moda antiquísima era común que fuese usada allí sin que nadie se asombrara. Ah, y las señoras hacían por la mañana la manteca y la envolvían en hojas frescas y rizadas de repollo que depositaban cuidadosamente en la umbra de los sótanos. Esa era justo su forma de guardar la manteca cuando mantenían aquella huerta con su esposo… y hacían tortas de limón, guardaban albahaca entre las sábanas y abrillantaban los gajos de naranja que aparecían con el tiempo deliciosamente escarchados como si el azúcar naciera del corazón mismo de la fruta.

Cuando Ricardo le habló de algunas piedras medievales talladas que había visto en Huelva, Santina Dumier nos contó que su esposo en Tórbila, después del trabajo, tallaba madera de manzano con figuras inspiradas en una antañosa Biblia Pauperum que ella misma le había puesto entre las manos el día en que partió. Pero no había hecho demasiadas cosas; le costaba un poco, con su vista ya gastada, trabajar a la luz de las lámparas de aceite cuando venía la noche.

—Primero debió hacer algunos esfuerzos para montar su taller, tuvo que trabajar antes, de sol a sol, para preparar nuestra casa; ahora que está por terminarla se ha puesto a embellecerla con tallas aunque tenga que exigirle un poco a sus ojos. Un día va a bajar del tren —cuando tenga todo listo— y me va a decir: ¡Santina Dumier, vengo a buscarte; Tórbila está lista para que la adoptemos para siempre!

Cuando decía algunas frases como esas parecía una novia, la más nueva de todas, y nosotros nos olvidábamos de que existía la noche tan incierta siempre; de que existía la estación de tren oeste con su libertad de perspectivas inalienables, el reloj y un muchacho con bluyíns que a veces salía de las sombras y se perdía fantasmagóricamente por uno de los arcos del andén.

Nos prometió mostrarnos un mapa en donde figuraba Tórbila, es cierto, pero, como en dos encuentros más ella no hizo mención alguna a la aldea detenida en el tiempo, se nos ocurrió pensar que Santina Dumier nos iba prolongando en una mentira. Nosotros no habíamos podido conseguir noticias de Tórbila por ninguna otra parte, salvo esa idea infusa que yo ya había expresado. Ella nos agradecía el licor de menta o un chartreuse familiar y amable que siempre aceptaba con distinguida neutralidad; nos daba una mano invariablemente fría como las de todos los ancianos, y se separaba de nosotros al final de la avenida las veces que consentía en que la lleváramos en auto. Pero una noche trajo el mapa, lo desplegó sobre la mesa gastada de la fonda y comenzó a buscar con sus ojos miopes sobre el papel que nos mostraba. Hasta la dueña obesa se entrometió a limpiar con un trapo para mirar qué novedad podía estar ofreciéndonos Santina Dumier.

—Este es el camino a Tórbila, hijos, en donde mi esposo y yo volveremos a los manzanos, a las aves de corral y a lustrar las tallas de madera con aceite de nuez…

Recorría entonces con la uña un camino que salía hacia el oeste de la ciudad y se prolongaba casi sin sinuosidades hasta un punto en donde detuvo su dedo. Eso, ahí en el mapa parecía bastante lejos, es cierto, pero existía y, con letra muy pequeña que apenas podía leerse, estaba escrito Tórbila. Ricardo y yo, sin comunicarnos nada, hicimos la misma comprobación. Queríamos saber qué trampa nos estaba haciendo; sin embargo la letra estaba impresa como los otros datos: no se notaba engaño alguno.

Eso fue la noche del 20 de junio. El 21, el 22, el 23 y el 24 no fuimos a la estación Oeste. El 25 la vimos por última vez debajo del Gran Jano; no nos miró a la cara, no reparó en nosotros, no se acordó tal vez de que nos conocía. Parecía enferma, mucho más ajada, llena de ansiedad, pero al mismo tiempo esa mujer no era desdichada, por el contrario, la sentíamos feliz.

Cuando abandonamos el andén vacío, otra vez el muchacho cruzó las vías con su caballo y lo guardó en el galpón más cercano al depósito de agua. Alguien susurró un nombre en las sombras, ¿era el amor?, pero no supimos de dónde venía, ni nos interesó.

El viernes 29 de junio Ricardo vino a casa con la hoja de la sección Sociales del diario de la tarde. Me la mostró; había varias noticias, como es obvio, pero nos ocupó sólo esta:

Cambio de domicilio: Santina Dumier de Cagna notifica a sus amistades que ha radicado su domicilio definitivo en Tórbila. Agradece por este medio las atenciones de que fue objeto en esta ciudad mientras estuvo ausente su esposo con quien se ha reunido ahora.

Como me di cuenta de lo que Ricardo pretendía que yo leyera, no seguí más y le devolví la hoja. Por otro lado, ni un solo renglón más de la mezquina crónica periodística podía agregar algún detalle al verdadero final de esta historia. Más tarde, a la hora habitual regresamos a la estación Oeste. Debajo del gran reloj había una mujer anciana que esperaba. Pero no era Santina Dumier.