

La casa de los serafines
Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)
Serafines rebeldes, serafines con sombrero, de alas rotas, sin alas, negros, quemados por el sol, con polvo de los caminos, con permanente olor a tambo; en los techos, sobre el rimero de bolsas en los galpones, gritando en la noche encima de un potro en pelo, de allí al viento, a las lomas, a los eucaliptos y al borde del balde dando gusto a la sed en un río generoso de agua recién levantada del pozo, y yo entre ellos, en el verano largo, terrenal y febril y ellos que eran los mismos serafines que me esperaban al terminar diciembre cuando todavía se comía algún resto del pan dulce de la Nochebuena, y me tenían preparadas las idas al monte y los camachuses, los nidos de avestruces, los patos siriríes, los cardenales, los chañares maduros hasta que a principios de marzo llegaba papá en el tren de las doce y cuarenta y me venía a buscar porque tenía que empezar la escuela y todos iban a despedirme, o casi todos, los que habían podido acomodarse en la volanta que ya estaba atada antes de las once de la mañana para darme un poco más de tristeza por mi partida. El regreso era muy distinto de la llegada, eso lo sabía cualquiera y si yo no lloraba era porque sabía esconder el secreto de ese dolor intenso, pero por un tiempo largo estaba triste, con ese nudo feo en la garganta y una traba en el estómago. Los primeros días de marzo eran los horarios de la escuela, los cuadernos Educador con forro de tela de araña, el sacapuntas, el frasquito de pasta Elefante con su olor acre a ácido fénico; un buen olor, en cambio, a madera de los Faber número dos, relucientes, afilados, sin ninguna mordedura. Eso era todo el fin del verano, hasta con un movimiento diferente en las plantas y el despertar de agazapadas tristezas en la lejanía. Para lejanía nada más inmenso, atesorante que aquellas vistas de a caballo o desde las parvas con los serafines revoloteando alrededor suspendidos merced a sus alas de trapo y a su liviandad de viento fuerte y oloroso que los mecía con el milagro de mis ojos borrachos de chacras y de esas mismas distancias sin horizontes. Me despedía de todos los Serafines a pesar de que iba a volver en otro diciembre. Me despedía diciéndole adiós a Corda, a sus hondonadas, al horizonte quebrado, a las quemazones, al cementerio de la loma con los huesos sagrados de ambas partes de la familia, a la estación de tren; de todos me despedía diciendo tristes palabras como si estuviera partiendo para la guerra. Papá muy grave me daba la ventanilla y yo me imaginaba la radionovela con el muchachito bueno muerto de tristeza después de un gran sacrificio, no sé ahora con qué música, pero con una melodía que sonaba a veces eléctrica, espeluznante, lloradora. El tren pesado, en ese momento de las trece cincuenta porque volvía, me rajaba en dos el pueblo. A un lado el caserío aplastado, de techos oxidados, la casa de los Prola con sus aleros pandeados y una veleta torcida por una mítica centella que dejó caer el mismísimo diablo en una noche de perros. Más allá, emergiendo entre la fronda quieta que soportaba el último sol de verano, vislumbraba la iglesia petisa con el campanario que había ayudado a levantar el mismo padre de Florentina, de lo cual me enteré muchos años después; la casa de la Véspera, la tapera de la Tunga, el tunar del Ñato Rioja, los corrales de los Abatte, las trojes de los Frumento, un poco de jardines con gallardías y escabiosas, algún fulgor de duraznos tardos en madurar ya entre la hojarasca amarillenta, un poco de ropa al viento bajo el sol no tan blanco ahora, sino rubio, corriéndose para el lado del otoño, las enredaderas pata de gallo en los alambrados a un costado de los profundos caminos estivales; las falsas caobas con sus flores como temblantes manos pálidas y los tamariscos plumosos con sus amentos de rosa viejo. Del otro lado más mundo, más lejanía y más espacio para la melancolía que ya venía en avanzadas presurosas y zumbantes. Tonino mi primo sobre su caballo gordo llevando terneros al corral para el ordeñe, los dos hijos de algún Vaucci, siempre juntos cual sombra uno del otro, corriendo alguna liebre con sus perros pardos y flacos, consumidos de hambruna renuente, como ellos sus amos. Eran finalmente figuras de más allá, más distantes que todos los días, que se quedaban en su ámbito, se hacían más pequeñitas y me punzaban en el corazón con persistencia de saeta agriada de melancolía. La laguna con su movedizo azogue, y allí chapaleaban desnudos —casi imperceptibles de lejanía que se agrandaba y comenzaba a lastimar—, otros serafines, no los míos, precisamente: Pacheco Frumento, los chiquilines de los Ferraris en sucesión año tras año y tan iguales unos a otros que parecían eternizarse en una edad; el hijito del Bayo Trucco con sus patitas de ave zancuda, el Aníbal Bonzi, Dominguito González… Cheppa Rossa la estafetera se volvía con su sulqui, su bolsa de correspondencia, el pañuelo gris, la sombrilla negra, Mercurio-Carancho sobrevolándola y cuando daba vuelta en la esquina de la Tunga ya se preparaba para latiguear a los hijos bastardos del rancho de las Benavídez, que se le ponían delante, le paraban el caballo, se trepaban al carruaje, le levantaban el vestido y hacían que todos le vieran los calzones largos y las piernas de venas azulverdosas. Los serafines míos quedaban en la estación y me hacían adiós con la mano y muy enseguida dejaba de verlos por una curva cerrada que daba el tren, pero el pueblo se perdía mucho después entre el olor del poleo y el zurear de las palomas en el monte que atravesábamos muy alto por un terraplén que era como una cornisa. Los serafines eran el Tucha, Norgo, la Cita, la Delfa, el Grillo, Bimbo, Sefita, Titi y Casio y también la Leni, rubia y chiquita, hija de la Cita y el Bebe Roskoff, el polaco que vivía a media legua, después del bajo en donde estaba la única sombra de toro de Corda, un árbol alto y permanente, de hojas coriáceas que todavía debe estar porque un árbol como ese no se abate así nomás. El Grillo era pelirrojo y era por eso que le gritaba el Casio que era un colorado sangre de toro, cuando peleaban, y usaba anteojos muy gruesos —lo salvaron de la conscripción— y vestía siempre las mejores bombachas que lucía en los bailes y en las jugadas de bochas en donde sabía dejar mudas a las muchachas con su atuendo y envidiosos a los hombres con sus habilidades de bochador. Tenía muy buen gusto para elegir las telas y hacérselas cortar, y cuando la Cita, que cosía para todos los hermanos, se ocupaba de él, el Grillo iba a buscar algún modelo en casa de los Michelasi que se compraban la ropa en El Palacio del Estanciero en Buenos Aires, y todos los años tenía un detalle nuevo que hacía que sus bombachas fueran las mejores, no solamente en Corda, sino en Isleta, en Campo Bonetto, en La Oscura y en La María. La Cita, por otra parte, era quien mejor hacía los detalles; ni la propia Porota Pautasso que había estudiado corte con el sistema Mendía en Santa Fe, podía hacer mejor que ella los nidos de abeja, los ruches, los godets, las rositas rococó que en alguna bombacha del Grillo aparecían al desgaire pero con viril sobriedad, y no había caso que otras pudieran comparárseles. Tal es así, que todas las veces en que la directora de la escuela, doña Eliodet Longo preparaba una velada y hacía números patrióticos con el pericón, el escondido, el cuadro vivo de la nueva y gloriosa nación, y cosas así, recomendaba que fueran a pedir prestadas las bombachas del Grillo porque eran las que mejor lucían en el escenario. El Tucha era el mayor de los serafines, y el más chico era el Casio a quien le decían arruinao: «¡no jodás arruinao!», «andá a encerrar los terneros arruinao», y arruinao de aquí y arruinao de allá casi no lo conocían de otra forma porque tenía fimosis y cada tanto se desgarraba y había que hacerle una cura de emergencia, y otra de sus características era que se le llenaban las manos de verrugas porque era el que siempre acompañaba a la madre a buscar tunas temprano por las mañanas antes de que el sol calentara, con un tarro de querosén agujereado en el fondo, que tenían nada más que para eso, para juntar tunas. Entonces las espinas se le clavaban en la piel de las manos y no se le desprendían como a los otros, sino que se le incrustaban y le dejaban unas verrugas ásperas y duras. Una por cada paja, le decía el Grillo con socarronería y esa suficiencia de los mayores que creen estar lejos de los ardores adolescentes, mientras todos los otros se reían del pobre y avergonzado Casio que agachaba la cabeza con la cara roja y la boca temblorosa de indignación. Y de allí que él tuviera siempre las manos escondidas cuando estaba hablando con alguno y que a veces, cuando quedaba solo, uno pudiera sorprenderlo mirándoselas atentamente como si contara en silencio, profesando secretas ilusiones de milagro, cada estigma de la piel. Ellos eran todos los serafines de la casa, incluyendo la Leni y a quien se le agregaba la Neta que venía a pasar el día con el carro del lechero y se traía una muda de ropa para la tarde cuando todos se lavaban y cambiaban y se iban a esperar la hora de la cena tomando mates frente a la casa, tocando el acordeón, haciendo un partido de bochas o compitiendo a quién clavaba más veces el puñal en el tronco del eucalipto, tirándolo desde lejos. Y ella, la Neta, debía esperar la volanta del Chirín Ferrari, el verdulero que la llevaba de vuelta al pueblo y la devolvía a la casa de la tía Fornarina con quien vivía porque su madre había muerto en el manicomio. Era muy de tardecita ya y la Neta quedaba con mucha nostalgia por esa partida —se le notaba en todos los gestos, en el abandono del cuerpo, en los ojos— y las muchachas de la casa le decían «adiós, adiós», con las manos, y «volvé pronto Neta», en tanto la volanta del verdulero se perdía por el camino largo entre una nubecita de polvo dorado que permanecía suspendida livianamente en el turbión melancólico del ocaso. Ellos eran todos los serafines de la casa; le daban ruido, color, olor, peleas, la hacían alegre, la llenaban de risas, armaban grescas descomunales, se pegaban, pero en definitiva, qué hubiera sido la casa sin ellos, como ahora que ya nadie vive en ese lugar y que tantos murieron.
Venía la Delfa y decía que tenía ganas de comprarse una yunta de pavos reales para hacer una crianza y la tía María despaciosa, seca, chiquita, cínica, neutra, decía que no, que mejor era criar Rhode Island que eran carnudas y ponedoras, que con los pavos reales no se podía tener productos para el consumo, y la Delfa que total para el consumo estaban las gallinas, los pavos y los patos y las gallinetas también. «Las gallinetas son más para adorno que para otra cosa», decía tía María. «Y los gansos —seguía la Delfa—, y hasta las vizcachas que los muchachos traen del monte». «Tienen una carne más seca y negra —porfiaba la tía María—, no, no se comen, almeno nosotros no, no sé para qué quieren pavos reales y gallinetas». En discusiones de este tipo la polémica podía durar horas con el tío Pedro Serafín que decía: «Dejala, que se dea el gusto, para eso trabaja, pero que se gaste su plata, la que le toca del ordeñe y vos María si querés hacer una crianza de rode islan, sabés que nadie te lo prohíbe». El Grillo se había comprado una linterna de seis elementos, pesada, niquelada de arriba a abajo, con luz roja, blanca y verde para cazar vizcachas y peludos, que como se sabe se deben cazar por la noche. Y el arruinao, o sea el Casio, se le había dado por comprarse con su plata del tambo una guitarra, que no se sabía para qué carajo —decía el tío Pedro Serafín— porque óido no tiene. Pero con sus dieciséis años grandotes e incontenibles —era el que más abultaba de los serafines—, se subía a veces, los sábados a la tarde en el caballo con la guitarra terciada entre las alas, y se iba para el lado de las muchachas de Franco que lo hacían suspirar mucho con sus bocas tentadoras y sus altas caderas cimbreantes. «No sé para qué —decía el tío Pedro—, para impresionarlas nomás, porque al final termina sacudiéndosela y con la punta rota y vuelve la guitarra tan virgo como él con la diferencia que la guitarra no sangrea». La Cita le decía: «Movete Casio, todo el día con las manos en las verijas, macho grandote y al pedo, en el tambo no sirve para nada, arrima mejor la Leni tan chiquita y que ya se gana el pan mejor que este; ¡vaya hermano que me dio usté papá!». «Me lo truje equivocao», decía el tío Pedro Serafín que había levantado cosechas en Corrientes en su época de soltero y que por eso podía variar sus conversaciones con lueñes arcaísmos como vide, chipá, luengo y dende. Cuando se encontraba con Domingo Viola, su vecino del sur, hermano de Juan Viola, el Juez de Paz y que eran mis tíos por parte de madre, le decía: «¡Qué sirvienta se trujo tu hermano Juan que en vez de limpear ensucea! Esa no es sirvienta para un juez de paz…», y se reía con borbotones de carcajadas y los bigotes blancos le temblaban en la cara hasta que se ponía serio de golpe como si nunca hubiera tenido el menor humor. O si no nos decía: «Vayan ansí, ansí, llegan al bajo y al lao de un curupí quebrado por la centella está el ternero de la Servanda embichao y me lo curan que endemientras voy de doña Margarita Viola para que me lo siñe a palabra». Entonces con el Titi y el Casio, iba yo a caballo, a ras de verano, los tres en el mismo matungo, olor a boñiga en la mediamañana con las chicharras gritonas en los tamariscos y moscas verdes y zumbonas —«moscas culeras, espantalas», decía el Titi que sentenciaba siempre—, íbamos, como nos habían mandado, a buscar el ternero embichado y le mirábamos la oreja agusanada. El ternero apoyaba la cabezota en el suelo y se quería arrancar los bichos con las patas porque no podía más con el dolor. Ellos le ponían creolina que traían en una botella tapada con un marlo, arrollaban un poco de lana de oveja de cualquier alambrado y hacían un hisopo con un palito. Se lo metían en la oreja y revolvían creolina, gusanos, sangre y pus hasta parecer que la cabeza de uno mismo iba a reventar con la del ternero sometido al tormento de la cura, y con el mismo hisopo sacaban cantidades de gusanos grandes como granos de arroz que se retorcían en el suelo. La creolina les daba olor en las manos y ese olor, por más que se lavaran con el jabón amarillo y cáustico que hacía la tía María y las muchachas, iba a quedar en el pan y en cualquier otra cosa que tocaran hasta mucho tiempo después. Quizá si ese rastro de desinfectante, denso y persistente, no estaba para siempre incrustado en las huellas de sus manos, como otro rasgo ineludible de su carnadura rural.
Decía de cómo los serafines eran propensos a comprarse las cosas más inútiles o lujos innecesarios porque el vicio de malgastar el dinero era común en todos y tanto como recibían lo instrumentaban de las formas más absurdas y sin un poco de sentido común. Una máquina fotográfica que nadie acertaba a hacer funcionar, un equipo completo para decorar tortas, pasta para remendar papeles rasgados que anunciaba La Ideal (Suipacha y Diagonal) en su catálogo de temporada, semillas de maíz japonés que nunca nacían, palomas mensajeras que no llegaban a ninguna parte, antiparras, pluviómetros con marcas indescifrables, tortugas de agua, lapiceras forradas con hilos de seda que hacen los presos en la cárcel, elementos para armar una radio de galena y hasta el material necesario para iniciarse en la pintura al óleo, con paleta y trementina incluidas. No había anuncios del Maribel, la Pampa Argentina, la Chabela, el Leoplán y la Rosalinda al que pudieran resistírseles. Eso explica cómo llegó a la casa la colección completa de Palcos y por qué un tiempo después había Palcos en los dormitorios, en el comedor, en la cocina, en la despensa, en la mastra y hasta en una incubadora construida por el Norgo y que nunca funcionó. Allí, lo juro, entre serpentinas de cobre, plumas y piojillos, yo encontré a la hora de la siesta las memorias de Cornelio Saavedra, las Charlas literarias de Cané y La novia del hereje de López. A la siesta nos acostábamos un rato, cosa de hacerles creer a todos que estábamos tranquilos, en paz sin intriga alguna con que perturbar el sueño de los reposantes. En tanto la Sefita —que ya tenía edad y prestigio para decidir por sí sola— se quedaba en la cocina preparando algún postre increíble casi todos los días después de que le llegó por el contrareembolso la encomienda con el equipo entero para decorar. Ponía mucha atención en su trabajo y era generosa, pero cuidaba que no le tocáramos las tortas hasta la noche, de lo contrario —alguna vez sucedió— se originaba una delirante contienda entre agredida y agresores. Había en esa cocina de la siesta huevos y dulce de duraznos, manteca y crema para tirar para arriba, subyugantes paquetitos con grageas, el anís fragante, el coco exótico convertido en sutiles virutas, las mágicas perlas plateadas casi de cuentos de hadas y que eran sin embargo comestibles; los misteriosos tubos sellados con la chaucha de vainilla, la lata amarilla y roja de Royal tamaño gigante, nueces, pasas de uva, licor de menta, licor de cacao y las ineludibles barras de chocolate de toda buena repostería. Allí entraba uno a una atmósfera embriagante de olores espirituosos y vaharadas tropicales que envolvían el rutinario acto de las horneadas en éxtasis de golosos delirios. Allí se imaginaba uno el atracón de masas y dulces en un surtido que solo había estado hasta ahora al alcance de los príncipes y de los magníficos. La Sefita experimentaba sus cualidades culinarias probando la masa de las bombas diminutas y rezumantes de crema dulcísima y sustanciosa, la hechura de los alfajores crocantes en sus sutiles hojaldres, la esponja muelle y tibia de los bizcochuelos dorados por fuera y amarillos como el sol por dentro y, como en otra Cocina de los Ángeles, trabajaba en una celosa penumbra para ahuyentar las moscas del verano. La cocina económica descomunal y negra como una locomotora calentaba el horno caldeado con brasas de algarrobo y aumentaba el rigor de la hora. Afuera la quietud, el susurro de las hojas diáfanamente tocadas por el aire tórrido, las avispas amarillas y negras haciendo pocitos en la tierra calcinada, un cogollo declamador y obseso y los vapores de la lejanía que hacían retemblar el horizonte, los postes, las otras casas distantes, los animales detenidos en el paisaje e incitaban a las cigarras locas a iniciar su rondalla que se trasmitía de rama en rama y de árbol en árbol, hasta alcanzar la plenitud de la tarde. Y junto a eso, la quietud, la absoluta quietud del verano, del tiempo suspendido y de la jornada infinita.
—¿A dónde van che?, ¿son lagartijas que salen a esta hora? —decía la Sefita adoptando una actitud superlativa, feliz de sus logros reposteriles, dueña incólume de sus pailas, de sus peroles, de sus moldes desarmables con ocultos resortes como los aros de un mago.
Los serafines pardos, con las alas caídas, descalzos, los talones partidos, pobrecitos, en cuyas grietas se había hecho irremovible y permanente la bosta del corral, raídos y trasvestidos, se comportaban sin embargo como engolados caballeros de impecable educación. Bajaban prudentemente la mirada y hacían que sí con la cabeza, que con el calor no se puede dormir, que iban a ver las aguadas para que el vacaje no se muriera de sed, que había dos iguanones que se comían los pollos y ya era tiempo de hacerlos reventar, y se sentían buenos y humildes para que la Sefita, ya mujer y mejor respetada, no los castigara contando al tío Pedro y a la tía María que por allí andaban ellos a esa hora de sol inclemente. A veces se nos pegaba la Leni, llorona, chorreando mocos, calzonuda, que se trepaba a los caballos por la parte de atrás, como un monito, tomándose de la cola y usando los garrones de la bestia para ascender. Y la llevábamos y nos íbamos al monte y ya estábamos de acuerdo entre los tres que la íbamos a perder, a dejarla olvidada en cualquier parte, pero después —como siempre— nos arrepentíamos por lo que pudiera pasar y volvíamos compadecidos a buscarla y ella estaba llorando en alguna parte porque la había picado un mosquito, o una hormiga, o una avispa, o había visto el crispín viudo buscando a su esposa muerta y le había dado mucho miedo. «Estaba en esa rama», decía la Leni, y cuando no gritaba me hacía así y sacaba un dedo largo. «¡Abombada —le decía entonces uno de los serafines—, un pájaro no tiene dedos, no sé de dónde va a sacar manos el crispín!». A esa hora, misterio de verdores y de quietud umbría bajo los viejos algarrobos, el monte era enigmático y supremo. Un contenido de sombras frescas y reveladoras, en los tardos movimientos del sol altísimo y pugnaz, convertía las sospechas en temores y los temores en tráfagos por lo que todos teníamos miedo y era lógico que la Leni hubiera visto al crispín viudo buscando su esposa muerta y que nosotros casi la creyéramos pensando en lo desconocido que castiga y en alguna fuerza no aprehendida que amedrenta los ánimos culpables y fantasiosos. Pero, de cualquier manera, la virilidad incipiente nos permitía ser crueles con la pequeña mujer y seguíamos confabulándonos para hacerle sentir lo fuerte y superiores que éramos. «Le vamos enseñar a esa —decía el Casio—, a que se nos enganche otra vez, esa machona que no hace otra cosa que molestar y meterse en donde no debe». Teníamos previsto bajar un camachú nuevo, recién descubier to, para una siesta cualquiera. El Titi era quien siempre los encontraba, no había nadie como él para rastrearlos, se ponía un rato en el extremo de los caños con que arrojaban agua los molinos, miraba desde qué lado venían las avispas, las seguía cuando levantaban vuelo, las rumbeaba hasta que daba con el camachú rebosante de olorosa miel salvaje con cuya sápida dulzura preparaba la sorpresa para nosotros, especulando, adoptando actitudes omnipotentes y maravillándonos con esa sabiduría que los otros no tenían. Y cuando se nos unía la Leni, a la hora de la siesta, la hacían colocar debajo del camachú con algún pretexto, le contaban alguna zoncera que ella siempre creía y sacudía la rama hasta que alguna avispa embravecida la picaba. La Leni corría aullando de dolor a la casa en tanto la madre se levantaba para ver por qué la hija lloraba, y decía: «A esta guachita me la van a matar solamente porque es guacha, si yo los agarro a esos desalmados los dejo de cama con una buena laceadura y usté papá que es la autoridá de la casa no sé por qué no interviene. Solamente por eso, porque ha tenido la desgracia de nacer guacha, y yo no sé dónde está su autoridá que no interviene. De mamá ni hablar, qué le va a pedir una algo a mamá, a la final es como todas las Pollini que se puede caer una en un pozo pero no le van a dar una mano para ayudarla». Pero la Cita estaba de novia con Antonio Gómez, un catango que no le importaba que ella tuviera una hija de soltera y se las iba a llevar algún día a las dos aunque supiera que el padre era el Bebe Roskoff a quien le tenía bronca —asunto de bochas—, pero esas eran cosas personales y el Bebe no era un mal tipo y no había por qué extrañarse de que él se hiciera cargo de la guachita que además no tenía la culpa de lo que pasaba si lo más importante era que él y la Cita se querían. Eso se lo había dicho a don Pedro, viejo boludo, que dejaba que todo el mundo se entreverara con las hijas y a él lo vigilaba como si tuviera peores intenciones que los que se le habían arrimado ya a la Cita, a la Delfa y a la Sefita. Y la pobrecita polaquita dejaría de padecer allí que ya se ganaba el pan arrimando en el tambo y todavía no iba a la escuela, y los herejes de los tíos, especialmente el arruinao y el Titi la iban a volver zonza con lo que le hacían, sobre todo de sustos, que le daban con la luz mala, el crispín viudo, el iguanón y el chancho colorado. El Titi, a veces, la mandaba que se pusiera en medio del patio bajo el rayo del sol con un jarrito de agua y le decía: «Cuando veas que el agua hierve me la traés pero no lo dejés hervir sino el mate se quema y vos sabés que mate quemado yo no tomo, apenas cuando empiece a hervir te venís de vuelta ¿no?». Y la pobrecita iba obediente a meterse bajo el sol de la una de la tarde que caía como fuego hasta que alguno de los otros serafines le decía: «Estúpida, andá a la sombra, te falta asoliarte encima, a vos ese grandote te hace creer cualquier cosa». La Leni se volvía resignada, todavía haciendo equilibrios con el jarro de aluminio para no derramar una sola gota de agua. Ella tenía su pasión secreta, casi escondida, una especie de recogimiento sobrenatural y macabro. No había sido difícil descubrirla —al menos en las formas exte riores de ese rito solitario— pero después de todo la chica no molestaba a nadie y en la casa, cualquiera hacía como que ese gusto de la Leni no existía. Ella pacientemente cazaba chicharras, día tras día; las sorprendía con el hueco de la mano en los troncos rugosos de los tamariscos y las ataba con un largo trozo de hilo de coser pasando el lacito debajo de las alas. Yo vi mil chicharras, o cien mil, no podría precisar cuántas, aunque pueden haber sido muchas menos si se tiene en cuenta que su bullanguería desaforada multiplicaba la idea hasta lindarla con la inmensidad. Todas volaban chillando alrededor del árbol en que la Leni las tenía amarradas haciendo una confusión descomunal de ruidos de alas, de chirridos, de entrechocamientos, de cantos incontenidos. La Leni azuzaba implacablemente a las que se prendían de las ramas para que estuvieran en continua circulación, quitaba las muertas, agregaba las recién cazadas después de colocarle en el extremo del abdomen una pajita de escoba, repitiendo el suplicio que hacía con todas. En esa fantasmagoría, quizá excitados por el palito punzante, tal vez transidas de dolor, todas las chicharras hacían su canto y en ese reino la Leni vivía, estoy seguro una emoción malévola y vengadora que le era propia, de su pura invención y que nadie perturbaba en su exclusivo deleite. Pero si la Leni intervenía con los serafines en la matanza de los sapos, seguro que su furia reivindicatoria pasaba a segundo plano pues volvía a ser paciente de los despectivos ingenios de sus tíos, y sus afanes estaban dirigidos a recibir en la cabeza, o en la espalda, la menor cantidad de sapos cuando eran revoleados muy alto para que cayeran y se reventaran contra el piso. La matanza consistía en una especie de campaña de represión que se hacía mes a mes y en la que, cada sapo, sin excepción, recibía los más novedosos refinamientos de tortura. Los más comunes consistían en echarles agua caliente en el lomo, o lanzarlos de una pata hasta cierta altura de manera que cuando tocaban el suelo ya no existían posibilidades de salvación porque explotaban los pobres bichos, inexorablemente. Otras veces se llenaba un tarro con sapos, uno de los exterminadores lo remontaba hasta la plataforma del molino y desde allí los arrojaba en masa. Pero los procedimientos más exquisitos no les procuraban una muerte tan ligera y acabada. Los sapos, en el rigor del verano, invadían las piezas frescas, la despensa sótano, el lavadero, el cuarto de baño, la letrina. Se los encontraba en los armarios, entre los zapatos, dentro de las cajas; buscaban con desesperación la penumbra y la humedad mezquina que conservaban los pisos de tierra y se encimaban hasta hacer un zócalo vivo en los rincones. Allí echaban mano los serafines. Se proveían de baldes, llenaban cajones y palanganas. Salían con sapos desde distintos lugares de la casa. Uno revoleaba en el patio, otro les cubría el lomo con sal y vinagre o les echaba en una fosa con querosén y les prendía fuego; otro, en cambio, les frotaba el cuero con la ardiente pulpa de los ajíes del monte y los dejaba secarse al sol, panza arriba, hasta que a los tres días quedaban cocinados, duros, con idéntica expresión de martirio en cada ojo sal tón, en cada boca, en cada manecita diminuta y deshidratada. De vez en cuando intervenía la Cita que les decía no sean herejes, no los hagan sufrir por lo menos. Pero, ¿quién podría frenar la excitación de los valientes guerreros en el ardor de la batalla? Los serafines no oían, cumplían su función con éxtasis, con paroxismo, quemando, reventando, punzando, deshidratando sapos hasta que babeantes y oliendo a carne herida se tomaban el justo descanso. Y, por ese día, ya no habría otra tarea que cumplir, era imposible que fueran al tambo, o a atar la volanta. Solo los mayores —que no habían intervenido en la matanza— cumplían con las rutinarias obligaciones, grises y anónimos por la gloria bélica de los hermanos. Los ejecutores quedaban como tristes (¡qué valiente paladín no meditó después de la batalla la responsabilidad de sus actos y la utilidad de las muertes ejecutadas con sus propias manos!), nostalgiosos, la mirada perdida en el vacío y con una unción interior que los elevaba. Paladines también ellos de esa guerra santa, tenían inmunidad por un tiempo. Sus actos trascendían los sutiles niveles de la escala de valores por ellos abarcada y en esos momentos merecían respeto, materializado en un código de favores, disculpas, miradas significativas y ademanes muy amplios y alegóricos. Lo que valía sobre todo era la inmunidad adquirida. La Delfa no venía de ningún modo a buscar al Casio con una manea para que se hiciera cargo del trabajo en el corral, y el tío Pedro bajaba por unos días su látigo trenzado, regalo del consuegro el turco Isaías.
Porque el Tucha, que era el mayor, se había casado con la hija del turco bigotudo mugriento Isaías, con pelos como alambres y manos como ruedas, sangrientamente odiado y repelido por la tía María. La turca era mayor que el Tucha y de tanto en tanto lo abandonaba y él tenía que ir a pedirla otra vez a don Isaías y debía rogarle por esa mujer tornadiza y lunática, que tenía algunos pesos que heredar y vivía en la casa de los serafines sabiendo, sin embargo que era, para ellos, una de las tantas cosas que se tienen y se dejan de tener en cualquier momento, sin registrar su paso por el mundo. Nadie de los serafines había podido soportarla muy bien y nunca procuraron escondérselo. El padre y la madre de la turca habían intentado muchas veces hacer más sólida la anexión, pero Sarita seguro que alguna vez le tuvo que decir a don Isaías: «Mire papá, no mande nunca más carniada a los Serafín, son gente que no saben aprecear». Digo esto porque yo presencié una vez cómo ella lloraba de rabia, de rabia espesa e ineficaz cuando una tarde llegó su hermano Tufí Calín con una funda de almohada repleta de chorizos, morcillas, queso de chancho, chicharrones y otras menudencias y dijo: «Dice mi papá que le manda este poco de carniada para que usté don Pedro pruebe ni que sea un poco y que le manda saludos a usté y a doña María y a toda la familia y que cuándo van a ir a pasiar». La Delfa recibió el tributo, hierática, despectiva, entre superior y munificente, como una reina que estira su mano para ser besada; lo depositó en la gran mesa de la cocina y don Pedro, sobre sus piernas cortas y chuecas, agradecía la molestia y le devolvía los saludos en nom bre de todos por la vía del hermano de Sarita y que sí, que le dijera a don Isaías que en cualquier noche de estas se iban todos de visita. Los serafines se juntaron alrededor de la mesa y miraron la funda que los turcos habían usado como bolsa hasta que el Norgo, tomando con mucha repugnancia —y sólo usando dos dedos—, uno de los extremos dijo: «Vean, esta funda está usada y si eso es lo que se ve, cómo serán las otras cosas que no se ven, a mí no me guarden nada, cómanlon ustedes». La tía María adelantó bastante el labio inferior, con lo que todos sabían ya de antemano lo que estaba pensando, y dijo sílaba por sílaba, con el silencio atento de los demás, que ella veía lo mismo pero no quería decir nada para no chocar porque pasaba siempre de chocadora y que ahora lo decía nomás, ya que el Norgo había hablado, qué se podía esperar de esa gente que no tenía respeto por la limpieza. Y entonces los otros dijeron también que no iban a comer esos chorizos mugrientos y encima con gusto a perfume por el anís y esas cosas que los turcos les ponían. Los serafines no eran afectos ni al coriandro abundoso, ni a la canela ni al hinojo con que aquellos adobaban sus facturas, y volvieron a poner los chorizos, las morcillas, el queso de chancho y los chicharrones en la funda, de donde los había sacado el tío Pedro para ver si algo se podía salvar, aunque más no fuera para no despreciar tanto, pero nadie pudo ser convencido. Solamente le dieron un puñado de chicharrones a la Leni que no había dicho que no quería y vi cómo el Casio tomó la funda y la revoleó con lo de adentro en el patio hasta que reventaron las costuras y salieron los embutidos por las rajaduras y desparramó productos de carneada a cincuenta metros a la redonda para jolgorio de los perros, los gatos y las gallinas. Y la turca Sarita, mi prima política, lloraba de rabia y el abultado pecho le subía y bajaba como un fuelle hasta que gimiente y frustrada desapareció en su dormitorio. Al día siguiente todos los perros y los gatos de la casa tenían diarrea de tanto engullir. Y la Leni también. «La pior cosa es la mugre —decía la tía María—, la mugre en la comida es la pior cosa y si uno tiene un estómago de cristiano eso no se aguanta, ni los animales aguantan la mugre en la comida si no son los chanchos, que si son los chanchos vaya y pase porque sabemos cómo son…». Y seguía pelando cebollas como todas las tardes para la gran tortilla de la cena. Hasta el perro más querido, Padrenuestro, se les murió por el empacho, cosa que los serafines nunca olvidaron. Padrenuestro se sentaba sobre sus patas traseras y ponía las delanteras juntas como para rezar cada vez que esperaba comida y por culpa de los embutidos de don Isaías, se les había muerto, ¡ay, de la noche a la mañana!, y esto era muy difícil de olvidar. Doña Cosme, la consuegra, según me dijo la tía María temblorosa de odio, ya les había mandado una vez comida hecha con carne cruda, mucho ajo y trigo, que ni los perros habían querido comer. «Esas no son comidas de cristiano —me decía—, la pueden comer únicamente ellos que viven en la mugre». Sarita se peleaba primero con el Tucha, después con todos los demás y en especial con la suegra que le decía: «Vos no sabés hacer feliz al Tucha, pobrecito, tanto que le gustan los chicos y no le has dado un hijo siquiera, tanto que le gustaría uno». Y recalcaba siempre las palabras más hirientes dividiéndolas morosamente sílaba por sílaba. «Me voy y me voy», decía la turca. «Andate y no pisés más por aquí». La Leni estaba siempre en algún rincón escuchando cada una de las peleas porque vaya a saber de qué forma las disfrutaba, y la tía María le decía al sorprenderla: «Qué hacés todo el día con la mano en la tabaquera, vos mocosa, mandate a mudar, los chicos no tienen que estar escuchando las cosas de los mayores y vos estás siempre donde no te llaman». La turca preparaba sus pertenencias más transportables en un baúl, ataba por su cuenta el sulqui y se iba a su casa que quedaba en el bajo, y por unos días no se dejaba ver, hasta que al Tucha le venían las ganas de tenerla otra vez en su cama vacía —«y tocarle las tetas», decía el Norgo—, y ataba ahora él la volanta y se iba a buscarla. Después regresaban los dos, con los tres caballos enganchados en la volanta y el sulqui amarrado detrás, levantando una polvareda que se veía apenas estaba saliendo de la casa de los turcos. El tío Pedro decía entonces: «Miren, ya tenemos otra vez el circo en casa». Cuando llegaba había que bajar de nuevo el baúl del cual Sarita sacaba sus efectos que volvían en un momento a ser colocados en los lugares primitivos, moviéndose ella como una reina reivindicada y vuelta del exilio, porque quizá qué promesas había tenido que hacerle el Tucha para doblegar sus reparos. Descargaba también de la volanta bolsas de berenjenas que la intrusa traía de los huertos paternos; atados de menta, paquetes de albahaca, un pernil de oveja y pilas de hojaldres rellenas con semillas de lino y pegajosas de almíbar que hacían fruncir la cara a los serafines y que, estirando y estirando el tiempo de consumición, podía llegar hasta un mes o dos de idas y vueltas desde la credencia a la mesa y de la mesa a la credencia. Muchas veces, las buenas hormigas domésticas cooperaban en reducir el tiempo de utilidad alimenticia en estos dones impuestos por la reconciliación. Y por un tiempo todo era paz y bonanza, y la Sara salía de su cuarto después de la siesta cosiendo algo, algún trapito que bordaba, retazos menudos y de colores suaves como para que se pensara que estaba preparando el ajuar para un niñito. Muchas veces se unía, en el calcinante intervalo de la tarde, con la Sefita para colaborar en sus labores de repostería. Le batía las claras a punto de nieve o le hacía la manteca para que la Sefita pudiera preparar sus tortas y se contaban entre sí algunas historias picantes usando un somnoliento susurro de siesta, pero destemplándolo de tanto en tanto con agudas risitas contenidas. El tiempo podía transcurrir de esa manera, o mucho más simplemente si la Sara decidía descansar y solo se levantaba adormilada muy avanzada la tarde, cuando ya todos estaban en el tambo. Eso, claro, en los momentos de paz y bonanza, como dije, hasta que las peleas volvían a armarse por hechos muy simples y mujeriles. A veces un reclamo porque del tualé le estaban faltando cosas a la Sara, como el vaporizador que le había regalado su tía Fara para el casamiento y que ella consideraba irreemplazable solo por esa hermosa pera de goma envuelta en seda trenzada que tenía el artefacto. Otras veces las peleas venían paso a paso, palabra tras palabra porque la Sarita convencía al Tucha, una tarde cualquiera, para que la llevara a Isleta a comprarse un corte, un par de zapatos, alguna crema para la cara o un perfume. En poco tiempo el buenazo del Tucha había cambiado bastante: se volvió taciturno, se diría melancólico con grandes silencios de los que nada podía sustraerlo. Tal vez sentía de manera distinta que Sarita significaba algo en su vida y que no era bueno que las cosas anduvieran como andaban y que entre ella y los serafines por fin se podrían arreglar las diferencias para siempre y que en el corazón de cada uno se hiciera también un hueco en el que pudieran recibirla como una parte grata e indivisa de la familia. Por algo él la había buscado como mujer entre todas las otras que en un momento de la vida van detrás de novios y desparraman simpatía con los varones que están en edad de casarse. Todo era muy simple, tal vez: la quería con su poquedad, con su fea nariz, con sus caprichos y con sus piernas oscuras. ¡Sabía ser grata y tonificante cuando tenían sus momentos de intimidad y se contaban y se decían todas aquellas cosas que pueden decirse los esposos lejos de oídos extraños! Hablaban seguramente del hijo que querían y no venía, de la ilusión de un tambo propio con ellos dos solamente si don Isaías le daba por fin la herencia a su hija; de algunos recuerdos de cuando eran novios o quizá de ciertos secretos mínimos, mínimos que los ataban mucho más cada vez que los mentaban. ¡Pobre Tucha, él fue el primero en irse de la casa y el primero en morirse!
No sé si tiene objeto que cuente cómo fue, pero algunos dicen que la turca y la hermana de ella lo envenenaron cuando se fueron a vivir solos a ese tambo de Campo Bonetto; que eso fue un crimen, porque en la forma en que lo encontraron podía sospecharse de violencia, pero nadie intervino. La tía María solía nombrarlo después añadiendo a la referencia algunas palabras de dolor y otras de odio ya se sabe para quien, pero su puesto estaba allí en la casa, pelando cebollas día tras día e incubando huevos con sus Rhode Island y sus grandes batarazas de patas amarillas. Los demás quisieron creer que había sido muerte natural lo que llevó al Tucha a la tumba, y no otra cosa. Pero cuando era momento de murmurar, se murmuraba.
La Cita le seguía en edad, era la más alta de todas y había aprendido a dibujar en la escuela, hacía mucho tiempo, unos hermosos duraznos que pintaba de amarillo y rojo, esfumando estos tonos con el dedo apenas mojado en la lengua. A veces usaba una pella de algodón cuando la esfumatura requería un trabajo más delicado y la superficie pictórica se ampliaba. Sabía hacer esos idílicos duraznos de un solo trazo, con una bella forma acorazonada y un trocito de tallo arriba del que nacían siempre dos o tres graciosas hojas sanas y de nervaduras remarcadas. Tenía en el comedor un grupo de duraznos que ella había pintado sobre una hoja de cuaderno y al que el Norgo le había hecho un marco con palos de escobas serrados por la mitad, y si la Cita tenía que hacer un diseño para bordar manteles o algún vestido, allí aparecían otra vez las frutas como aparecían en todas las carátulas de los cuadernos escolares de sus hermanos. Un cuaderno que se inauguraba era orgullosamente exhibido en el aula con los frescos y rotundos duraznos que la Cita pintaba. De ella había aprendido algo yo, tal vez sea ese el dato más intenso que de su persona conservo para perturbar mi memoria que muchas veces flaquea en el borde que separa la nostalgia del recuerdo. Con paciencia me había enseñado a aprenderme de memoria: «doña Rata salió de paseo por los prados que esmalta el estío, y son sus ojos tan viejos, tan viejos, que no puede encontrar el camino». Ella no lo recitaba, lo cantaba cuando cosía a máquina después que todos se habían levantado de la siesta y empezaba la actividad de la tarde. Su voz entonces parecía melodiosa, o lo era, probablemente, con un nuevo ritmo por ella creado y que hacía por un momento aquietar el bullicio de los hermanos, porque la Cita, con su Balada de doña Rata, por ella misma musicalizada, había arrullado muchas veces el sueño de su pobre guachita en noches de desvelos, de fiebres o de miedos. Y, junto a la máquina de coser, revivía una ternura de madre que le habían permitido solo en partes gozar, mientras los otros, por su cuenta, pensaban alguna cosa en silencio, trasmutando vaya a saber qué mundo cerril y entornando los ojos y la boca en suspenso, ese instante terrenal y rutinario. Era el momento en que se hacía la merienda, antes de que los serafines cumplieran con el tambo. Qué amor entonces lo de doña Rata y el Casio con cara de sueño (porque no había dormido la siesta) llenando la taza con ese sólido pan casero hasta que el pan, el matecocido, la leche y el azúcar se convertían en una papilla desbordante y mórbida que lo hacía meditar a uno acerca de las receptividades del estómago humano. Pero el Casio acompañaba siempre su papilla con un chorizo en grasa, más pan con manteca, más algún pedazo de tortilla que sobraba de las doce (era de las once, en realidad, porque se almorzaba a esa hora) y dulce de duraznos y arrope, y tal vez dulce de leche cuando lo había. Eso no le daba bríos para ir al tambo, al contrario, pereza, modorra, laxitud. Y si no se apuraba a levantarse, entonces venía la Delfa con una manea y empezaba a decirle a las buenas: «Andá Casio, es hora, andá arrimar, la chica está allá y vos todavía sentado…».
Los serafines no se sentaban en sillas; se sentaban en el suelo, o en cuclillas sobre las ramas de los árboles cercanos a la casa; algunas veces permanecían enganchados, boca abajo, de los tirantes del techo como hacen los murciélagos, o había que ir a buscar a alguno a la plataforma del molino en donde se acomodaba con las piernas en el vacío y diciendo a gritos qué se estaba viendo desde allí: «¡Por la rinconada viene el auto del juez!… En la casa de los Sbrun el Chono se está por montar la yegua detrás del galpón; ese pión que se trajeron de Malabrigo no les sirve para nada, anda siempre caliente… El Chirín Ferrari anda por lo de Franco, en una hora lo tenemos acá». «Fijate si el padrillo está alzado ya —le gritaban desde abajo— que le echamos la Calabaza»; o si no: «Calculá cuánto le falta al suegro del Tucha para terminar la concesión así le pedimos el tordillo y el pangaré para arar nosotros…».
Yo no conocí nunca a nadie que pudiera ver a través de la distancia como lo hacían ellos. Si se encaramaban en la plataforma del molino, o encima de un techo, o en las parvas más altas, dominaban con precisión la mayor parte de la colonia y era el Bimbo el que distinguía mejor a cada persona cuando divisaba a algún grupo yendo a alguna parte, a lo lejos. Podía decir con certeza, sin equivocarse, que en la casa de Adolfo Viola estaba llegando Juan Ricca con la familia pero que la hija mayor no estaba y había otra persona que no se conocía. «Te juego que es la hija mayor, nomás», le gritaba el Titi o el Casio desde abajo. «¡Te juego que no!», les decía él insistiendo en su pronóstico, y no se equivocaba, apostaba siempre y siempre ganaba. Y en los días de lluvia, cuando escampaba la tormenta y todavía había tiempo para que saliera el sol, el Bimbo corría al molino, desafiaba al zumbante viento sur y se encaramaba en la plataforma porque quería ver en dónde nacía el arco iris. Él insistía en que los colores salían como de una fuente en que estaban mezclados todos los tonos y que el agua de esa fuente empezaba a subir hasta que por su propio peso se curvaba y hacía el arco que desde abajo todos podían ver. Desde allí, gritando muy fuerte para hacerse oír, decía: «¡Vean, ahora sale el rojo, ahora se levanta el verde y sigue el violeta, y ahora el amarillo y el azul se juntan y los alcanzan a los otros!». El viento se embolsaba en su camisa de dura lona, y restallante y libre el faldón, tremolaba al aire como las alas de un ángel dichoso que había encontrado justo el lugar de la tregua en su largo viaje por éter. Tal vez yo lo vi volar en aquella tarde en que el arco iris fue doble y dijo: «Si ustedes pudieran ver desde aquí arriba se darían cuenta de que la torre de la iglesia, allá en el pueblo es toda de oro, y la luz reluce como si estuviera hecha de espejos». Él tenía los brazos abiertos hacia la imagen aquella de la que podía disfrutar a sus anchas y, sin embargo, generosamente deseaba hacer compartir. Levitaba, gritaba embriagado, saltaba sobre la estrecha plataforma, se retorcía en un éxtasis de luz y viento en tanto, sin que se diera cuenta, toda su cara, y su cuerpo, y el molino, se ponían también de oro y entonces desde abajo no podíamos entender cómo había hecho para que al solo conjuro de sus palabras algo tan vil y tan cotidiano como la tierra, los árboles y la carne de su persona se transformara en otra sustancia de la que nadie había tenido noticias nunca. Y era luz nomás, si uno se ponía a pensarlo atentamente, pero en ese momento, en el mismo vórtice del resplandor comencé a comprender yo que había allí algo superior que provenía de la eternidad, lo cual, muchos años más tarde me angustiaría por no precisar en mi madurez algún detalle que la hiciera patente y significativa como en los tiempos de nuestra infancia. Esa era mi raza que comprendía entonces con la incontenible maravilla de la inocencia juvenil, que comprendí después con la grande y alible nostalgia de la memoria adulta. Era yo ese niño al pie de la torre dorada, entonces, y aún no eran tan distantes los tiempos de las primeras siembras y de las primeras cosechas y sin embargo no había otra forma de enmarcar a toda esa gente que en los espacios bíblicos como lo habían vivido esos piamonteses de cabeza dura y pies enormes llegados con la azada y la mancera. En alguna pared colgaba todavía el sementero del abuelo que contuvo los primeros granos arrojados al surco, y en algún galpón dormitaba polvorienta la rueca que no hilaba más el rústico vellón. Fabulosa visión de arco iris y carne traspasada de luz, gigantes de mi memoria lontana, serafines cerriles, heridos de rastrojos, marcados por el sol, que pisaban la tierra con sus enormes dedos separados como si la tierra fuera su hembra o su amada imposible. ¡Hombres y mujeres que adoré, debía hacerles mi propio monumento alguna vez con esa misma luz comprendida aquella tarde después de la tormenta y guardada como un instante de eternidad entrevista en medio de la vulgar rutina del tiempo terrenal! ¡Ah, qué bello todo! ¡Qué imponentes esos datos del mundo de mis serafines que no eran otra cosa que el paso de los días, el ciclo de las cosechas, el nacimiento y muerte de las bestias domésticas, la claridad nutriente del sol en su camino inmutable! ¡Bimbo sobre la plataforma del molino, volando, dirigiendo la mecánica celeste, pero también terrestre como sus hermanos reducidos a pequeñeces cotidianas, era tan imponente e inalcanzable en tardes como esas!
Por su parte el Casio era el contraste. Viviendo una atropellada adolescencia se revertía en brutales ímpetus que lo hacían gritar y comer como un gigante, recorrer caminos y trepar árboles, o subir potros en pelo echando alaridos al aire, encaramarse en las parvas más altas y desde allí atronar el atardecer con voces que no tenían destino y que podían ser tanto un llamado de amor como un grito de guerra. Caía después en la inercia más indescifrable embebecido muchas veces en la amorosa contemplación de su guitarra a la que hubiera querido arrancar algunas notas sin poder hacerlo nunca pese a su gran deseo y a su gran dolor que no le entendía nadie. Él era el más grande de todos, había nacido fuerte y crecía todavía más y como era el más grande les ganaba a sus hermanos en comer y en tener modorras después de la ingestión. Y la Delfa que había venido primero a buscarlo por las buenas y no lo podía hacer levantar, empezaba a revolearle la manea frente a la cara y terminaba por darle unos cuantos argollazos en la espalda que sonaban huecos, hasta fatídicos se diría, sobre esa armazón ósea tan estupendamente conformada. Las agresiones mutuas de hechos y de palabras seguían hasta que uno de los dos vencía en la contienda. A veces se partían los labios, daban bramidos de batalla, se aplastaban la nariz, pero nunca empataban: uno de los dos debía ganar. Si ganaba el Casio, no iba al corral, el ordeñe se hacía sin uno de los serafines y el triunfador se iba a tirar en un hueco del camino en donde el agua de lluvia descendía para el bajo y erosionaba el suelo. Allí se quedaba quieto, como aletargado hasta la noche, hora en que volvía a la cocina para reclamar humilde y transido de arrepentimiento su porción de comida. Muchas memorias me quedan de esos encuentros ferales entre hermano y hermana y, de todos ellos —no obstante nuestra participación con risas y pullas para los contendientes— nos persistía la amargura de su cruel y estúpida inutilidad.
No sé por qué una tarde en que había ganado la batalla en contra de la Delfa, el Casio no se metió en su cueva del camino, en cambio se decidió por las alturas de la casa. Era como si el ángel maldito condenado a los abismos, de pronto se reivindicara necesitando de las ascensiones para inundarse de celeste y conseguir el perdón. La tía María después contaba cómo habían sucedido las cosas; era la única que siguió paso a paso el ascenso, el descenso y la caída desde su lugar de pelar cebollas para la tortilla de la cena. Es todavía posible reconstruir la imagen del horno frente a la casa, a la sombra de las cinco de la tarde, con el alto eucalipto a su lado, y la tía María en su silla de paja, bajita, mirando los increíbles sucesos. El Casio llegó a un límite nunca alcanzado con su audacia. Hoy quería volar. «No vas a volar —le decía la madre—, nadie puede volar, estúpido, ni menos un hombre grandote y pesado como vos». «Usté no se meta mamá, que si no fuera por los esperimentos en este mundo no se inventa nada». «No vas a volar con eso, cabeza dura, después cuando te pase algo no digas que no te alvertí —dijo la tía María que se dijeron entre los dos». Esas pudieron ser las palabras porque así lo contó ella y fue el único testigo. El Casio se subió desde el techo al eucalipto y desde allí consiguió una de las ramas más adecuadas para el lanzamiento. Se puso en los brazos unas grandes alas de caña y papel de diario que había pegado con engrudo y reforzadas muy burdamente con tientos que pasó bajo las axilas para conseguir el planeo que había imaginado con optimismo. Se supone que debió sentirse dichoso en ese momento de iniciar la aventura aérea, y se largó. «Yo no sé cómo pudo ser tan cabeza dura, yo se lo alvertí, no tiene nada de juicio», decía después la tía María cuando tuvo que llamar a los otros para hacerlo venir en sí y poder entablillarle el tobillo antes de que se enfriara. «Así vas a aprender para otra vez, cosa de matarse». El tío Pedro lo miró dudando de que eso, desvanecido en el suelo pudiera haber siquiera rozado la reflexión en el instante de lanzarse, y cada uno por su lado procuró ayudarlo para hacer pasar el mal momento del herido. «Yo le dije, cabezón, que no iba a volar», seguía repitiendo la tía María, y el tío Pedro que le decía: «La sin juicio sos vos que no sé cómo una madre puede dejarle que haga lo que quiera y que un hijo se le arriesgue con el peligro en las propias narices». Pero el Casio, algunos días después, repuesto, me contó que había volado, que era una cosa diferente sentir cómo se flotaba en el aire, que a lo mejor después del servicio militar se enganchaba en la aviación porque volar era mejor que cualquier otra cosa para un hombre. Yo no tenía otra opción que creerle (¿cómo no iba a volar después de todo si era un serafín?), y mi fe en él desbordaba cualquier evidencia de la realidad. Era tal vez porque yo mismo, en el fondo deseaba ser igual que ellos, otro serafín y volar. Cuando estuvo del todo bien y pudo ir otra vez al tambo, había una especie de jolgorio por el reintegro del arruinao a la actividad de siempre. Juntos, todos los serafines volvieron a hacerse bromas, desclavarse los banquitos del ordeñe, empastarse la boca unos a otros con estiércol, atarles latas vacías en la cola de los perros dormidos, ponerle moscas al café con leche de la Leni, tirarle jarros de agua fría al tío Pedro que siempre hacía su profunda siesta sobre un catre desnudo a la sombra de los tamariscos. También eran capaces de actos tiernos a los que se aplicaban de tanto en tanto, como regalarles cajas de Terrabusi a las hermanas, algún faconcito o linternas a los otros varones y pañuelos de cabeza a la tía María. Un acontecimiento como la convalecencia del Casio propiciaba ambas inclinaciones de los serafines y la casa estuvo un tanto de fiesta por varios días. Muchos peregrinaron hasta allí para visitar al Casio malherido, enterarse de los detalles del vuelo y dar sus propios consuelos y también consejos para una situación parecida que a cualquiera podía ocurrirle en el momento menos pensado. Cosas del destino nomás. Las mujeres se ayudaron entre sí a batir las tortas y juntas hornearon más pan para servir grandes tajadas bien frescas con dulce y abundante crema recién desnatada que espolvoreaban con azúcar en el momento de convidar. La Neta vino a pasar el día, y como la tía Fornarina le había recomendado que no fuera un estorbo, sino más vale una ayuda, ella se encargó esa jornada de tener siempre listas en la bandeja de espejo, una tanda de copitas de licor de menta para ofrecer a los que iban llegando. Y vinieron a ver al Casio don Simón Viola y su mujer que ahí nomás hicieron arrodillar a todos para rezar un rosario por la salud del muchacho. Vino también el tío Luis Bueno y gran parte de la familia; vinieron los Ricca que vivían en el pueblo y los Prola y los Michelasi que estaban en el fondo de la Rinconada; y los Franco y los Polletti que vivían casi junto al Saladillo y la buenaza de Tibalda la Grossa (que organizó otro rosario por el restablecimiento del herido) desde su casa mucho más cercana a Isleta que al poblado de Corda. Y vinieron muchos más: los Frumento, los Bonzi, los Ingaramo, los Schmidt, los Racca, etcétera. Don Jacinto L. Arauz llegó un día con los pies cansados, se descalzó y se sacó las medias, y aunque los otros arrugaron la nariz cuando fue a colgarlas para que se secaran, él procedió como si sus plantas olieran tal cual las brocamelias perfuman cuando empieza a moverlas el airecito fresco de la noche. El juez de paz paró una mañana a eso de las diez y media con su Ford A color lacre frente a la casa para pedir una versión exacta de los hechos porque creía que la cosa se estaba agrandando demasiado. «En el pueblo han empezado a decir que con el vuelo llegaste casi hasta la casa de mi hermano Naldo, ¿es cierto? Y algunos dicen que te vieron remontar el eucalipto, ¿es cierto eso o son macanas tuyas?». El Casio no decía ni sí ni no. Por un lado temía la inquisición del juez que casi lo miraba con ojos aviesos para intimidarlo, pero por el otro lado le dolía mucho desbaratar la hermosa y dorada leyenda que tanto prestigio le estaba agregando. El reloj dio las once y el almuerzo estaba listo con sopa, puchero y un ganso al horno, por lo que el juez fue invitado y el careo con el Casio se suspendió sin que nunca más volviera a retomarse. La turcada apareció una noche a jugar a la lotería y, a pesar de que su intención fue traer un poco de consuelo al enfermo, se volvieron todos medio disgustados por no sé qué chincuina mal cantada. «Créame don Isaías —explicaba el tío Pedro—, hoy día la muchachada es capaz de cualquier cosa, menos trabajar». Don Isaías se absorbía tanto en sus cartones que nunca llegaba a tiempo para responder. De tanto en tanto decía: «Trambas no, somo tuda gente honesta, tuda gente divertida pero honesta». Las otras dos Isaías, hermanas de Sarita, no jugaban a la lotería sino que charlaban con la Sefita y la Delfa y les ayudaban a cebar mates y podían así reírse de la Pindonga Ferrari y de la hija de Tibalda la Grossa que estaban cada día más solteronas y más viejas. Doña Cosme quería ganar a toda costa y como se angustiaba fervorosamente ante los caprichos de la fortuna, fumaba un Colmena detrás del otro con una ansiedad que le hacía más grandes los ojos saltones hasta hacerla igualita a una comadreja. El Tufí Calín que era muy tonto, quería pasar por muy despierto y trababa el juego a cada rato, con lo que la nerviosidad de los jugadores iba en aumento y se precipitaban los entredichos. Lo de la chincuina mal cantada fue un pretexto tal vez: don Isaías podía quedarse hasta las cinco de la mañana con sus cartones y sus porotos, embrujado por las circunstancias del juego. Reía a borbotones cuando le tocaba cantar a los serafines que inventaban sus propias metáforas y alegorías para decir los números o repetían los tradicionales: el sucio, el roto, la niña bonita, el muerto que habla, los patitos, la edad de Cristo, el mucho gusto, la medianoche. Pero un turco divertido no era cosa que se pudiera aguantar por tanto tiempo. Las muchachas, por su lado, ya se habían enseñado los vestidos de salir, habían ido al patio a buscar agua y de paso contarse de sus festejantes, habían también empezado y dejado muchas veces las cebadas de mates sin que don Isaías entendiera que el tiempo acortaba la noche y el sueño los asediaba. Por eso los serafines empezaron a confabularse entre sí y hacer las trampas más vergonzosas hasta que los turcos se quedaron sin un peso, se levantaron disgustados y se fueron saludando en forma muy reticente. La Sarita despidió a la familia besando a uno por uno, soltó alguna lágrima cuando abrazó a doña Cosme que le decía: «Bobrecita, bobrecita, que mala soerte tiene esta bobre hija mía»; aunque nadie sabía si se estaba refiriendo a lo que había perdido en la lotería o porque estaba casada con mi primo el Tucha. El tío Pedro solo se permitió un detalle explosivo cuando se fueron los turcos, solo una frase que no pudo contener y que largó en el silencio de la noche suponiendo tal vez que nadie lo escuchaba, mientras orinaba detrás del horno: «¡Vieja argolluda!».
Se me fue ese verano. Vino mi padre a buscarme allá en los últimos días de febrero, como otros años, y a principios de marzo nos marchamos. Me despedí de los serafines, me enfermé por dentro, volví otro verano, y después otro y quizá otro más. El Tucha se había ido a trabajar a ese tambo de Campo Bonetto, después la Cita se casó con un morocho que trabajaba en las vías y vivía en las casillas de zinc que tenían bajo los eucaliptos de la estación: Antonio Gómez se llamaba, pero ella murió de parto en un rancho de Santa Fe, donde el catango la había llevado a vivir cuando consiguió su traslado en el ferrocarril. La Leni regresó a la casa de los abuelos, vestida de negro sometida a un tétrico y riguroso luto, pero nerviosa, pálida y altiva, tal cual la habían hecho. Ahora la pobre guachita ya ni madre tenía. En un invierno de escarchas y ventolinas lo encontraron al Tucha muerto, muy temprano por la mañana, ya duro por el frío. El Bimbo dejó el corral y se fue a trabajar de albañil a la ciudad. Casio se unió a un equipo que iba por toda la provincia y también a otras para levantar cosechas y pasaba muy de vez en cuando por la casa. Titi, el Grillo y Norgo pusieron su corazón y su pensamiento en las tres hermanas Krausse, por no decir que se enamoraron, y en un año, como fueron gustosamente correspondidos, los tres hermanos se casaron con las tres hermanas rubias de aquella familia de alemanes. También se fueron ellos. Yo no tenía por qué volver allá. Los viejos quedaron solos con la Sefita, la Delfa y la Leni y una casa de mujeres solamente no es una casa de chacareros. Redujeron el ordeñe que quedó en manos de las tres más jóvenes, porque con el tío Pedro ya no se podía contar, con su agobiante reuma y su corazón desfalleciente. Entre tan pocos hicieron lo que pudieron, nomás. La Leni llevaba la leche a la cremería con una chata vieja que se iba terminando de a poco y que ya no tenía fuerzas para arreglar el tío Pedro. El tiempo pasa rápido, la gente se vuelve adulta, vieja, inútil. La Leni se escapó en una noche de aguaceros con un miserable y hambriento artista de circo que la sedujo, y se perdió en la nada, en los días sucesivos, en las desgracias particulares. Entonces a la Delfa y a la Sefita les llegó también su hora —como dicen— cuando parecía que ya estaban quedando para rezos y vestir santos tal cual la Pindonga Ferrari y la Teco de la Tibalda la Grossa; la Sefita se casó con un mediero y la Delfa con el dueño de un almacén en Isleta. El tío Pedro murió de cáncer ese mismo año, es posible que de cáncer en el alma. Ni siquiera pudieron estar ese día juntos otra vez todos los serafines, faltaron unos cuantos al entierro del pobre y cansado viejo. Casio se hizo operar, aconsejado por un franco y paternal médico que lo vio una vez, y se casó con una maestra rural; después de tanto tiempo lo encontré en algún cruce de caminos y me contó que ya tiene cinco hijos: los dos primeros fueron mellizos. Ya no escondía las manos como cuando se sentía antes observado por alguien, pero tampoco le quedaba una sola verruga. Al Titi se le ahogó un hijito en el arroyo y él se ahorcó no mucho tiempo después colgándose de un tirante. El Grillo fue aplastado por el techo de su casa en aquella gran tormenta del año 1960. Había logrado poner a salvo a su familia debajo de una mesa muy fuerte de algarrobo, pero él no alcanzó a cubrirse. Norgo murió de un ataque al corazón. La tía María, que enmudecía cada vez más con el rigor implacable del destino que se los llevaba a todos, soportó una dolorosa enfermedad de los intestinos por años y sucumbió en el más absoluto silencio abatida por una muerte amarga y sombría.
Esta es la casa de los serafines. Estoy en ella, no sé si le han sacado el techo o lo voló alguna tormenta. En esta mañana de verano en tanto las chicharras, más salvajes que nunca rascan el aire, aquí, entre algunas paredes que quedan en pie miro este cielo de Corda, un cielo que no ha cambiado, duro como el mármol, pero transparente y luminoso, lleno de ese sol alto y agresivo capaz de enloquecer a cualquier hombre que se anime con él. Qué ruidos de silencios vienen de los montes, de las hondonadas; fantasmales repiqueteos de cascos sobre los caminos vacíos ya sin huellas, balar tedioso de los animales en los potreros que existieron y ya no existen, la pereza detenida del molino en la hora de la siesta preferida por los serafines. De la chimenea no sale humo, nadie cocina pan en el horno, los galpones se han venido abajo, el estanque de los patos está seco. Una hierba feraz, inculta, que nadie ha sembrado cubre los pisos, el huerto en decadencia, los senderos que fueron en épocas de bonanza. Al moverme aquí, algunas culebras serpentean eléctricamente y me producen el repentino sobresalto. Estoy recuperando el tiempo perdido, como dijiste vos Tobi alguna vez cuando te contaba esto, y necesito que aparezcan los espectros para que me atestigüen la verdad. Juro que los necesito y tiemblo de angustia esperando que se corporicen: el espectro de mi tío Pedro Serafín, el del Tucha, primero en iniciar la partida; el del Titi que se ahorcó porque no pudo soportar la ausencia de su hijito ahogado; el del Grillo aplastado por la casa en el instante en que había logrado poner a salvo a su familia; el de la tía María silenciosa y lenta detrás de sus cluecas y apilando cebollas para hacer una cena grande que todos deberíamos compartir, como en los dulces tiempos, alrededor de la mesa larga y riente iluminada por la suave lámpara de petróleo. Pero no hay espectros. Es difícil demostrar la verdad sin testigos. Es difícil no tener miedo por lo que nos espera.