

El segundo viaje
Publicado en: Cuentos argentinos de ciencia-ficción (1967)
Después de años de estudio y de trabajo terminé mi máquina. Era mucho más chica y sencilla que la de Wells: sólo una cajita de acero con un botón y un dial. La probé en la pensión, frente al espejo, enseguida de afeitarme, y pasé sin sentirlo a medianoche. Insistí, y llegó como un golpe el día siguiente. Muchas otras pruebas y muchas ausencias repentinas me enseñaron los riesgos y la técnica del viaje. Tal vez alguien muy imaginativo sepa qué significa la palabra libertad. Yo encontré una definición: ahora sé que era ilusoria, pero nadie conoce ni siquiera esa ilusión. Libertad es decirse «me voy al futuro» y apretar un botón y largarse. Yo lo hice.
No tenía amores ni asideros, sólo un gran deseo de viajar. ¡Ah, si hubieran visto la ciudad del año tres mil! No me importa lo que piensen: ya sé que parezco un viejo, aunque al revés, con esta nostalgia del porvenir. Era en primavera, una primavera un poco más cálida que la de ahora. Nunca supe nada de arte ni esas cosas, porque sólo me interesaba la mecánica; pero en esa ciudad el metal era más dulce que las flores. Había, desde luego, toda clase de problemas y disturbios, y sin embargo, entre esa futura muchedumbre hallé mi hogar. Y además, estaba Vera. En mi honor —yo era el primer viajero del tiempo— se hicieron fiestas y homenajes. Asistí a numerosas entrevistas singulares y una tarde Vera me dijo al oído dónde encontrarla.
Tenía mil años más que yo, pero sólo diecinueve. Apenas una noche pasé con ella entre las plantas del río. Yo nunca me había enamorado y su cintura era aún más ágil y urgente que el agua. Juntos recorrimos los altísimos murallones y miramos una luna que hoy no existe. Sentí curada mi ansia de viajar, pensé quedarme.
Y al alba vi dos cosas: la ropa azul de Vera tirada en la orilla mientras ella se bañaba y un hombre vestido con las ropas del siglo veinte y no del treinta, que lentamente se acercaba a Vera y la besaba, acariciándole la espalda suavemente. Recogí mi máquina y me lancé contra ellos a la carrera, sin poder contener el impulso ni aun al ver lo que vi. Lo golpeé con violencia y cayó creo que muerto, y en la máquina debió ocurrir algo porque la escena se fue borrando y alejándose a pesar de mis esfuerzos para detenerme y volver.
Y aquí viene lo que nadie creerá: ese hombre era yo mismo. No sé si me explico. Yo
tardé en comprender, pero el viaje en el tiempo dura tanto como un viaje por mar y me sobró tiempo para la reflexión. Si es posible viajar al futuro, también es posible volver a viajar. Y si uno viaja al mismo punto que la primera vez, se encontrará consigo mismo, porque uno ha vivido allí realmente y la vida es indestructible. Éramos uno solo esos dos hombres que lucharon, y éramos dos; y aquel hombre era yo mismo volviendo al año tres mil unos meses después. Espantoso: de toda la gente con quien podía encontrarme, ir a encontrarme tan luego conmigo... «No puede ser —me repetía—, fui de nuevo porque había vuelto; vuelvo para poder partir una segunda vez.» Pero había algo real y era haber perdido a Vera. Me agoté interrogando tan tremenda injusticia. Mil veces traté de retroceder, pero la máquina sólo funcionaba en un sentido; por fin me encogí de hombros y me resigné al regreso.
Ahora redacto esta crónica en el intervalo entre mis dos viajes al futuro, en un café de la calle Viamonte, una noche fría y lluviosa de junio. Tres muchachas chillan como pájaros contándose historias divertidas; a un mozo se le cae un pocillo entre imprecaciones; una mujer masculina bebe una ginebra doble, y a mí me parece increíble mi destino. Ahora sólo me queda eso: volver allá con la máquina rehecha, decir lo que ya dije, oír lo que ya oí y recibir la herida que infligí. El único consuelo será verla de nuevo a Vera bañándose a la luz del alba. Pero la libertad, lo juro, es un engaño.