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El nacimiento

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

13 minutos de lectura

El Elbio se puso su sombrero de trapo y salió a la mañana buscando, con su perro Moño, el rastro que pudiera llevarlo a la verdad del ruido aquel escuchado en la noche. Era esa una mañana de su gusto, con el cielo dulce, redondo y frío sobre charcos de escarcha que el solcito iba a convertir pronto en espejuelos de estaño pintados de celeste infinitud.

—¡Moño! ¡Moño! ¡venga para acá! —le gritó cuando el perro demasiado embuido en su tarea investigadora había errado el rumbo y ya estaba escandalizando a las cluecas del gallinero que Marinna había puesto en los últimos días de agosto, con los huevos de las Rhode Island criadas en la chacra de los Frumento.

—¡Qué gallinas esas! —decía la abuela codiciosa— son carnudas como ninguna y las más ponedoras de todo Corda.

Siempre que hablaba de esas gallinas tan productivas y de tanta carne delante de la mare Frumento, lo hacía con un suspiro hondo. Hasta que doña Yudita, la dueña de esos portentos comprendió y le hizo llegar de regalo las dos docenas para que pusiera a cluecar.

—¡Moño, que si usté le rompe uno de esos huevos a Marinna, sepa que en esta casa no pisa nunca más!…y acuérdese de la pata, sino…

El perro comprendió muy bien. El Elbio tenía razón: aquello pudo ser grave y le pidió disculpas.

—Perdoname hermano, fue sin querer —y salió del área entretejidada tratando de quitarse una pluma reveladora que se le había quedado pegada en el hocico durante el rastreo, mientras que agregaba con desprecio señalando la nidada— solamente que esas hacen bochinche por nada que ni de lejos se las puede mirar, como si fueran las princesas de la casa…

—¡De atropellado nomás, como siempre! —sentenció el Elbio— y ¡lejos de aquí ahora, que si es por usté las cosas hoy no caminan!

El muchacho no quería que pasara como la otra vez, cuando, al parecer, espantó la pata rosada que Marinna apreciaba tanto, y la pata se fue y nadie supo decir si vivía o estaba muerta, por lo que Marinna nunca le quiso perdonar a Moño ese zafarrancho.

Caminaron un buen trecho en la mañana explorando los alrededores: el patio de pizarra, duro por el frío de la noche y barrido por el viento de los primeros días de setiembre que, desde el norte, iba como queriendo empujar el invierno remolón hasta el fin del mundo, allá donde crecen las montañas de hielo. Buscaron en los galpones que almacenaban todavía el recuerdo fragante de las semillas del verano; en los depósitos de correas y arneses que —en una mezcla de grasa y sudores— agriaban el olor del sebo rancio con que habían untado sus tientos para que aguantaran las recias sobadas del maromeo y la labranza.

«Prrr…prrr…» se quejaba por ahí un gorrión que llevaba una pajita de un lado a otro sin decidir cuál sería, por último, el rincón elegido para asentarse. El Elbio lo conocía bien: un gorrión porfiado, con mediecitas de seda sobre las patas vinosas de frío. Hacía como una semana que al menor descuido se ganaba la cornisa de la galería y, allí, debajo de un tirante, se hacía el desentendido y empezaba a preparar su nido.

—¡Nada de bichos aquí abajo! —bramaba la Chana, y el Elbio, que compartía la idea de su madre, buscaba una caña y ¡abajo con las miserables ramitas por las que el pájaro hacía tanto alboroto! De cualquier manera, cuando salía con el Moño para el campo a boyerear un poco, o a buscar una pollada de teros, o se iba a la escuela montado en su petizo, seguro de que a la vuelta el gorrión ya se había ganado el tirante y tenía media casa hecha. Lo demás se sabe. La historia se repetía, pero un día, ayer nomás, el gorrión había decidido abandonar la galería y ahora andaba dando lástima por los alrededores con una gramilla en el pico. Pero el Elbio y el Moño no lo descuidaban: ese gorrión, por más compasión que supiera arrancar con su mustia hierbecita flotante, a la casa no iba a entrar.

—¡Aquí hay algo! —ladraba el Moño detrás de los galpones— ¡aquí hay algo que puede ser el ruido de anoche!

El muchacho corrió hacia la pila de hierros viejos que, tocados por el sol rasante, convertían su orín de años en una roja y chispeante algarabía de cobres fastuosos. El perro levantaba sutiles nubecitas de tanto olfateo que hacía contra el suelo siguiendo una huella fragante y esquiva bajo la inútil metalería arrumbada. A la vista no había nada. Ni una muestra siquiera de que algo hubiera pasado por allí. Miró sobre su cabeza con la seguridad de una presencia entre el escaso follaje de la falsa caoba y vio la gordezuela silueta de un lechuzón que recién había empezado su sueño después del holgorio nocturno. Sin embargo ya tenía los párpados tan pegados que hubiera sido inútil tratar de saber si él había visto algo o no había notado nada. El Moño, por indicación de su amo, le ladró un poco, pero el lechuzón —tal vez ahíto de ingenuos ratones que confiaron en las sombras— esponjó las plumas de su ala derecha y allí metió su cabeza para todo el resto del día.

—Usté no sabe nada —le decía entonces el Elbio a su perro para azuzarlo— no se siente el propio olor de carroña que lleva encima y pretende rastrear.

Y con esas palabras de su amo, el Moño quedaba con el ánimo por el suelo y buscaba debajo de los hierros oxidados porque tenía una corazonada. Pero lo único que encontró fue un sapo viejo, todavía dormido de pies a cabeza, arrugado como una bota y que, al sentir el tibio aliento del Moño cerca de su pálida barriga enflaquecida por la larga invernada hizo ¡puaaajjj! bostezando cual si un rayo de sol le anunciara la primavera. Mas el sapo no podía ser el origen del ruido, seguro que no. El dormilón no iba a dar señales de vida en una noche fría como la pasada y, muchacho y perro, siguieron revisando los rincones de la mañana detrás de una ardorosa ansiedad por encontrar el origen del inquietante ruido de las sombras.

—¿A qué hora decís vos Moño que lo escuchaste?

—Yo no he hablado de ninguna hora —le contestó el perro resoplando por su nariz ansiosa pegada a un rastro que se esfumaba hacia la huerta— yo dije solamente que el ruido no me dejó dormir.

—¡No sé qué clase de perro son algunos que ni saben vigilar!…—dijo el Elbio como al descuido, pero seguro de que el aludido no iba a dejar de advertir la indirecta.

—Si hoy se ha levantado chocador, vaya a la cancha de bochas nomás, que ahí puede chocar a su gusto —completó el Moño de malhumor y herido en lo más recóndito de su honra canina. Porque eso sí, a pesar de que se le pudiera criticar su gusto por la muelle tibieza de los cuartos, sobre todo cuando las noches eran todavía frescas, al Moño no se le podía, de ninguna manera, echar en cara que no fuera vigilante. Su sueño era sutil como un hilo de seda. Bastaba un suspiro para cortarlo y, por más dormido que estuviera, se ponía atento para escuchar y hacer algún rezongo de entrenamiento a fin de advertir que algo estaba sucediendo en las sombras. Así había sido anoche. De tanto en tanto el Elbio escuchó el aviso de su perro y el ruido: pic…pic…pic…pac…¡paaac!


En el perímetro de la huerta, el Moño se detuvo cual si hubiera recibido una orden poderosa, y su amo, al ver la brusca inmovilidad del perro, corrió hacia el almácigo de endivias, al borde del cual, el animal miraba con ojos duros de vigilancia. Su atención estaba atada a un largo palillo verde, tan verde y restallante como la suculenta espiga de la grama que, cercana, saludaba al viento. Al Elbio le pareció que Moño iba a revelarle el origen de sus ansiedades. Pero ya junto a él supo enseguida que una mamboretá no podía hacer el milagro de aquel ruido. El animalejo, eternizado en una acción que se había paralizado, a su vez, con la mirada del perro, tenía suspendidos sus dos bracitos en el aire como reclamando la blanda paz tan cruelmente perturbada. Pero el reclamo era amenazante y enérgico: tan minúscula criatura había detenido el avance de un perrazo como Moño.

—¡Una Catalina voladora! —dijo el Elbio burlándose de su sabueso…—¡Y tanto susto por eso! ¡Mirá de dónde te viene el miedo, perro zonzo!

Tomó entre sus dedos la bestezuela aprisionándola por el largo tórax, fino y liviano como un cañuto de gramilla haciendo retroceder a Moño al fingir que iba a prendérsela de su narizota de goma negra y húmeda. El perro se quejaba con desconfianza por la cercanía de esas tenazas punzantes y coriáceas disfrazadas de inocentes hojuelas verdes, mientras el Elbio se reía en tanto el pobre torturado barbotaba sus quejas:

—No se aproveche mi amigo, no se aproveche que las cosas pueden cambiar y ya va a ver quién es el más corajudo aquí.

De pronto, en la cercanía del cañaveral susurrante, lejos de la casa, un silencio intermedio, entre difusos acordes de viento y hojarasca, bisbiseos, balidos, gorjeos y pipíos locos de pajarillos que iban y venían en un guirigay desmesurado, se oyó un indicio que decidió el cambio de rumbo: pic…pic…pic…

Allá corrieron perro y muchacho. ¡Moño, Moño!, azuzaba el Elbio, y el animal prendido de olores magnéticos rastreaba sobre los terrones espantando palomitas blancas de pecho de amaranto, ratonas saltarinas de plumaje como bronce, tordos indianos con levitas de humo, caseritos diligentes de hábitos torrados, y nubes de insectos solferinos que volaban sorprendidos en sus búsquedas y en sus delirios entre el cárdeno herbazal del potrero.

—¡Moooño, esperame! —gritaba el muchacho— ¡Qué tanto apuro ahora… capaz que para nada, como siempre!

Y el buenazo de Moño, por no hacer ver que corría más rápido que su amo y para darle la gloria de ser el descubridor de lo que habría de revelarse en el cañaveral, reducía un poco su carrera para no sacarle demasiada ventaja al demorado. —¡Solamente para que vea quién es el mejor de los dos merecería que lo deje atrás, solamente para eso y no para otra cosa! —mascullaba Moño, pero en su corazón blando y grandote no entraba tanta felonía.

Pic…pic…pic…pac… ¡Paaac! La muralla de cañas les tendió un frente enérgico con la trabazón de su alta empalizada.

—¡¿No oís?!—ladraba Moño con ansiedad— es el mismo ruido de anoche. ¡Así hacía debajo de la ventana y alrededor de las casa y vas a ver que de ahí no se nos escapa!

De modo que Moño parecía tener razón en definitiva. ¡Qué perrazo éste! se decía con orgullo el Elbio en tanto seguía la señal de la cola que se adelantabacallado. Moño ya no avanza, su quietud es presagiante. El amo, como réplica, hace más muelle su pisada para descubrir en qué lugar de esa ínsula se ha detenido el perro. Camina menudamente, en cuidadoso ralentí, abriendo con ademanes cautelosos el follaje que se le derrama sobre la cabeza, sobre los hombros, sobre el rostro ardido ya por los numerosos navajazos de las hojas. En lo más apretado del cañaveral —que es como decir en su mismo corazón— donde macollan las plantas de raíces antañonas y cañutos duros como el hueso, al apartar la cortina verde, encuentra a Moño como en un estado de arrobo mirando un con junto palpitante y glorioso de cuyo arrebujado montón de plumas esponjadas, de ojos que otean, de ansiedades y desconfianzas, surge la revelación de toda una noche crecida en el misterio: pic, pic, pic…pac ¡paaac!

—¡La pata! —grita el Elbio en conmoción tramante de cuerpo y alma mientras el perro recobra la vida— ¡la pata que se le había perdido a Marinna, Moñito!

—¿Viste? ¿No te decía yo? —ladra el Moño dichoso de haber borrado con este acto reciente la mala impresión de aquel otro dudoso que la vieja abuela le achacaba.

Allí, a los pies de ambos, los patitos recién nacidos aún tienen el testimonio de su origen inmutable en los cascarones quebrados junto al nido y, casi con audacia se diría por el ínfimo, breve tiempo que llevan de vida, rebullen bajo el tibio plumaje de la madre como si fueran ya avezados ciudadanos del mundo. Se pican entre sí, lanzan bravuconadas ofensivas a una mosca zumbona de metálica armadura que viene a explorar las concavidades de las cáscaras ambarinas, o desdeñan con actitudes de príncipes las sorpresas del inmenso mundo al que han nacido. En tanto la pata, tonta y dulce de tanto amor por sus hijos, mira al muchacho y después al perro con expectante felicidad, como diciéndoles que su ronda de anoche ha tenido éxito.

Apenas un momento más tarde, el Elbio corre a la casa y delante va el Moño diciéndoles a todos que él mismo ha encontrado el nido.

—¡Yo encontré la pata, sí señor, con este olfato que Dios me dio y con estos ojos que no se pierden nada!… —y va muy orgulloso de su nariz y de su hazaña.

—¡Callate espamentoso! Ni que hubieras cazado un zorro en el monte— le dice su amo que lleva con engolada protección la pata bajo el brazo y los polluelos acomodados en el hueco de su sombrero— ¡No sé de dónde saqué yo un perro tan creído!…

Pero en el íntimo repliegue de su corazón, allí donde probablemente nace la felicidad, y el deseo de vivir, y el regocijo por el mundo lleno de aves y de luz y de anuncios de primavera, y donde toma cuerpo la conciencia de las delicias matinales y el olor de la tierra que cobija la simiente y la fragancia de la simiente hecha granos y cosecha, el Elbio va sintiendo también que su perro merece con todos los honores, la gloria que en la casa le espera.