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El creciente dolor del abandono

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

19 minutos de lectura

Leí la historia del jesuita joven que se suicidó. Eso fue allá en la segunda mitad del siglo dieciocho tal vez. Goethe menciona el hecho. Pensé en hacer un poema —mitad cerúleo y mitad de escamas— que tuviera como protagonista a un bello hombre joven nutrido por la desesperación y después muerto por su propia mano. Pensé en la madre del jesuita suicida y en las duras piedras del claustro y en la mañana serena en que lo enterraron. Su madre lo había llevado en el vientre, le había dado la vida, señalado los caminos, abierto las puertas. Él pudo haberse trepado por las paredes reptando como una bestezuela y llegar a lo alto, contemplar el hecho que concierne a las virtudes y decidir desde qué puesto se podía formular el deseo vehemente de la muerte sin caer en la vulgaridad absoluta. Las referencias me dieron demasiado poco para intentar dolerme en su dolor y reptar yo por mis paredes. Lo último que pensé fue en la tumba de ambos, perdida en la oscuridad del tiempo, desconocida hoy, lejana de mí. Pero yo estaba dolido y un peso deprimente me hacía pensar en lo perverso de la existencia. Nadie puede reprocharme por eso. En esa existencia que obliga a morir cuando se puede sentir el esplendor del cuerpo que termina de crecer, cuando se puede captar el deseo de los otros con la chispa de sus miradas y el olor de uno mismo en todas sus gamas.

Pequeño cementerio junto al mar
Espeso de amargas hierbas
Y de cruces.
Sólo ese destino que disuelve en la tarde clara
Los pasos del sol,
Puede cuadrar la muerte ante la vida.
Nadie suspira en su silencio
Pequeño cementerio junto al mar.

Esta mañana era otra vez domingo, con mucho sol, de esos que solamente producen tristeza al caer la tarde cuando el recogimiento tiene otra forma y puede ser atrapado con los gestos engañosos, hechos de cenizas y de luces. De allí su dimensión distinta y que sin embargo guarda el alelante parecido con esas estampas vacías dentro de los lejanos paisajes en los cuadros de santos que se hicieron durante el Renacimiento. Y si no que miren, los que dudan, el Noli me Tangere de Hans Holbein el Joven. Allí en el fondo del trasfondo puede aprender menuda y prolijamente desde los vahos azulosos de lejanía, qué calidad suele tener el mundo cuando se dan en la vida ciclos de esa naturaleza. Basta poner el pensamiento en tal límite y si se vibra de igual manera, todo ha de suceder como en el domingo, como en el fondo de un cuadro de santos. En mí quedaba el recuerdo de la noche anterior, de algunos poemas que pensaba hacer (excluyendo ya el poema dedicado al joven jesuita), en la fatalidad del aire provisto de todas las sales marinas que venían desde la costa.

Debí parecerle feliz a la gente

Caminé vagamente suprimiendo mi sombra que me seguía a veces en un costado y a veces en otro y rememoré aquello de la fatigosa alusión a los homúnculos fertilizándose en la sustancia de la vida que cada ser humano deja escurrir en sus propias poderosas meditaciones de inseguridad. En lo más crudo de la arena, frente a los hombres, a los niños que miraban estupefactos a aquellos perros horribles y a los padres que no querían dejar mirarlos, me vino la idea fugitiva. Algo me dio una breve pista de que se habían acordado de mí o de nosotros, aunque no es nuestra costumbre escribirnos cuando salimos de vacaciones a pesar de que nos enseñaron muchas veces a ser fieles y tener atenciones. Por eso entré en la agencia —tantas veces mirada con los coches en la entrada— y pregunté si había algo para nosotros. Me dijeron que sí, que había una carta para mí. Nunca había nada porque no acostumbramos a escribirnos, pero este domingo sí. Tomé el sobre y reconocí la letra de Eneas. Algún día tenía que ser Eneas, le dije, pero yo no estaba seguro si ahora él podía atrapar mis mensajes. Hace mucho que no practicamos. Reconocí su letra toda alta igual (RASGABA EL SOBRE Y MIRABA LA HOJA), apretada, redonda, narcotizante de palabras llenas de vocales como abrazábamos, extraordinaria, replegándose y muchas otras que yo le había enseñado a usar y que seguramente hoy volvía a disponerlas en homenaje a mi persona. Pensé en que ya sabía a qué se iba a referir, pero no, me fallaron las presunciones y me sentí desolado por no haber pensado un momento que me escribía por otras razones. Al fijarme en la fecha me di cuenta de que ya se había casado porque la carta estaba fechada el jueves, la ceremonia era para el sábado y el sábado ya pasó y estamos en domingo. Esa fue la segunda sorpresa de la mañana. Yo me estremecí: una pluma que caía desde el cielo me rozó el cuello porque una gaviota en no sé qué momento de oro de la mañana la había desprendido sobre mi cabeza que quedó purificada. A pesar de que estaba protegido por el dios las cosas no me fueron muy bien. María fue mi novia en un tiempo no muy lejano, a punto de casarse conmigo, después, empero, yo me casé con Elsa y Elsa se me murió. Anoche alguien se acordó de ella; lo sé claramente, lo hacen para dolerme de recuerdos ahora que estoy en este mismo lugar. Yo ignoro a la gente, he decidido dejarla pasar a mi lado aunque no sé por cuánto tiempo. Cuando sentí su nombre me volví vivamente y era como en uno de aquellos momentos cuando con Eneas inventábamos rostros de mujeres poniéndoles los cabellos de una, los ojos de otra, la boca de una tercera. Él siempre se me adelantaba en algo que yo ya tenía pensado y me hacía quedar como un principiante. Tendrá que recordarlo todo cuando se ponga a pensar en mí y algo le va a doler mucho, lo mismo que a todos cuando lean esto y sepan de qué está hecho un hombre además de los huesos, de la carne y del olor a jornadas. Era muy hermosa la mañana del domingo (PERSISTE LA IMAGEN DE LOS PERROS), sutil, plañidera, pero no conmovía a la pena por ella que se desgastaba, sino por el desgaste de cada uno que la ocupaba. Se podía estar risueño, ganando el mundo; reconocer los matorrales, las avispas solferinas, las cometas que remontaban los niños. Yo seguía pensando en cuál era la causa que los había movido a hablarme de Elsa. Amanda que conversaba conmigo y me apretaba una mano para que no me diera cuenta de lo que comentaban me pidió que la llevara a bailar a La Adelita o a pasear por la playa. Quería hacer ver que me hacía un favor dejándome elegir pero en realidad yo no elegía; no tenía otra posibilidad que llevarla a pasear por la playa porque hace mucho tiempo que no bailo y ya no tengo la menor sensibilidad para eso. Nos fuimos un rato a caminar. Brillaban algunas luces en las casillas de los bañeros. Hacía frío y sin embargo ellos estaban aún vestidos con sus pantaloncitos y apenas un pulóver sobre el torso. Comían asado. Prefiero no ver a la gente desde lejos y haciendo cosas así. Me frustran. Yo hubiera querido estar con Elsa. Desde que me la habían nombrado, de tanto en tanto lloraba un poco y miraba el cielo y dejaba que la arena me entrara en los zapatos porque era tan tibia y tan parecida al sol en ese mismo momento de oscuridad y un poco de pavor. Hacía tiempo que no deseaba comodidad y dulzura y también inconsciencia como en esa noche del sábado y me dolió todo.

Amanda me dijo en la playa que debí casarme con Irene. Le contesté que al morirse Elsa hubiera preferido casarme con Adriana y no con Irene. A Irene era a quien más quería después de Elsa, la quería demasiado como para hacerle cosas, en cambio Adriana es un monstruo. Pero no me casé con ninguna. Cuando el dolor fue menos intenso pude razonar y darme cuenta del error que iba a cometer por ambos lados, por eso no me casé con Irene, ni con Adriana. Quizá Eneas pensó en mí cuando se estaba uniendo a María.

Pequeño cementerio junto al mar
Espeso de amargas hierbas
Y de cruces.
El sol ya ha oscurecido.
Los arrecifes hacen el último intento
Por no morir entre las olas.
Debajo de las losas todas iguales
Ya sin dolor y sin recuerdos,
Quizá qué extraña cantidad de almas
Reposa para siempre.

Hice un esfuerzo después de leer la carta para acordarme con absoluta cronología qué había pasado en mí durante todo el sábado y de pronto se hizo la luz. Estaba seguro de que Eneas me había dedicado un pensamiento e íntimamente se lo agradecí, fue en ese momento en que yo me subía a la terraza y saludaba con una vara de nardos a un lejano velero sobre el mar. Cuando yo reconstruí mentalmente el rumbo del velero en un poema, sin escribirlo, había aparecido un rostro nuevo hecho con mil detalles pensados juntos y en ese momento Eneas se estaba acordando también de todo. Nadie puede dudar de una cosa así. Esta mañana, por eso, estaba muy solo. Ya me imaginaba que vendría el mediodía, después la tarde, después la noche otra vez doliente con el peso de las melancolías del domingo y la gran seguridad de que no se es nada, de que nunca se posee nada. Caminé solo buscando en mí el fragoroso vaho de gritos que venían atropelladamente desde el mar color cinabrio, los pies marcados en la arena y que el aire sutil ensuciaba de diminutas escamas minerales, el plancton submarino que un día sería el más frío y el más blando de los lechos en el fondo limoso del océano; pensé en las ventrudas mujeres avanzando por los caminos y reservándose el orgullo de llevar a los hombres no nacidos, pero engendrados. Eso era un dolor y un miedo pero no tanto como el otro, en el trasfondo subiendo demoledor y resbaloso como un gran trozo de lomo de tiburón. En ese momento no tenía otro recurso que tomarme del olor de las resinas y pensar que con cosas semejantes —aunque se esté mullidamente muerto— la vida tiene sentido y los jóvenes bellos, seguros, risueños, dorados y salvajes están en vías de salvarse. Nadie estima los hechos pequeños. Yo sí, a mi manera porque me hacen el mundo, y fui al bar y pedí mi desayuno más o menos habitual y recordé la gran ciudad, el amanecer aún no terminado y la ternura de los trasnochadores que de mano de Amanda son capaces de tomar un whisky más y sentirse tan terrenales y perversos. Yo pedí, en última instancia, mi desayuno. Las pequeñas cosas son en general la cara del mozo que me atiende y que esta mañana no tenía la cara de una Santa Cecilia, sino apenas la cara vulpina de un pequeño demonio de plomo. Eso me decepcionó. La iglesia del pueblo hizo sonar su campanil afligente como la voz de un niño a la distancia. Yo deseaba saber entonces por qué me habían puesto sobre la Tierra. No importa si muero, pero de todos modos la verdad tendrá que venirme de todos los costados para justificar lo que ellos, uno a uno me han hecho para condenarme como me condenaron.

Solo ese destino que disuelve en la tarde clara
Los pasos del sol,
Puede cuadrar la muerte ante la vida.
Nadie suspira en su silencio
Pe-que-ño ce-men-te-rio
Junto al mar.

(AQUELLOS PERROS, INSTANTES MÁS Y ESTARÁN PERPETUADOS, LA VIDA SE PROLONGA Y LA MUERTE NACE DESDE UN ESTUARIO VACÍO).

El café hacía acordar a la mostaza y me tuvo mal del estómago por un rato, mientras pensé en su gusto. Pero me había comido en cambio pequeños pastelitos árabes bañados en almíbar y eso estuvo mejor. Imaginé mi muerte en un clima de vapores de mostaza, luces color jacinto y coronas de hojalata negra bajo el resplandor de velas oscilantes o de luces eléctricas con focos que imitan las llamas de los cirios. Allá en la casa todos prepararían mi última presentación para los ojos de la gente y se retorcerían las manos acusándose unos a otros de la carroña que estaban llevando adentro y que no imaginaban nunca tan peligrosa y letal. Me dolía al pensar que Eneas pudo creer que me iba a dejar pasmado con su casamiento, precisamente porque lo había hecho con María, y que aprovechó mi ausencia para casarse e irse. Eneas, además, se fue a Francia y de allí no regresará. Volví a mi casa y dejé la marca de mis pisadas en la arena y las iba contemplando con depurada nostalgia mientras se producían. Fueron partes mías que se escaparon de mi continente y que testimoniaron algo de mi persona en los miles de detalles del camino (LAS LATAS DE SARDINAS, HINCHADAS; LOS HUEVOS DE LOS CARACOLES EN LAS ESPADAÑAS; RESTOS DE LA RED; UN ESTUCHE DE ROUGE; UNA HOJA DEL CLARÍN DEL VIERNES 21; VIDRIOS VERDES Y AZULES; ESPUMA DE LA PLEAMAR; UN HOMBRE MUERTO). Nadie las encontrará jamás; nadie dejará su tiempo para pensar en rescatar mi tiempo y para hacer con él una reliquia que deba superar el desgaste de los siglos. El Santo Grial, la sangre de San Genaro, las astillas de la Cruz, los higos del desierto, los melones que dan aroma a la tarde, el resplandor de la victoria desde Troya al palacio de los Átridas no significaban nada ya al lado de mis huellas y de mi tiempo de existir: porque ¿quién hará una reliquia que pueda superar tanta carne devorada y tanto hueso apilado uno sobre el otro? Todos desaparecen a su vez, hasta los pájaros que parecen no morir, y vienen otros a reemplazarlos y luego desaparecen ellos y vienen otros más. La eternidad es cruel tanto como la vejez, como los hombres que se sienten solos, como el sol que no sale en los hospitales.

En la casa Norma y su marido habían salido para la iglesia; Eduardo, que comparte la pieza conmigo, dormía. Entonces me dediqué a escribir mis poemas. Lo hice con fiebre, ESA QUE VOS CONOCÉS, delirando entre los rumores y las visiones sísmicas que derriten a las montañas y que llueven fragores desde nuestro mundo en penumbras. Porque nuestro mundo está entrando en la penumbra, ha llegado a su ocaso. Y supe desde el principio que había empezado a hacer algo y que no dejaría hasta finalizar porque como nunca, las palabras me nacían desde la esencia de la sangre y tenían ese singular aliento de la inconsciencia sublime. Escribí en el baño para que nadie me molestara. Cerré la puerta con llave y pude estar todo el tiempo que quise. En algún momento temí que Eduardo se levantara antes del mediodía —cosa que nunca ocurre— pero tampoco ocurrió. Eduardo fue siempre un par de ojos celestes que atravesaban a cualquiera y me lo hacía notar. Eduardo, Eduardo, ¿dónde está el pan? Escribí durante mucho tiempo, después sentí frío y alrededor de las trece oí pasos en la escalera: bajaba Eduardo y de la calle entraban Norma y Andrés. Eduardo, Eduardo, ¿dónde está el mar? ¿No volvió Alfredo?, preguntó Norma. Eduardo dijo que no sabía. Su voz sonaba distante y con sueño. Eduardo, Eduardo, ¿dónde está la paz?

ANDRÉS: Se habrá quedado en el centro, a veces lo hace.

NORMA: Nunca hasta tan tarde.

NORMA DESDE LA COCINA: ¿Les gustaría comer fideos apenas condimentados con salsa de mariscos?

Entonces yo estaba terminando de escribir mis poemas y sus palabras perturbaban la selección de los últimos vocablos. Debía discernir de inmediato entre algunos, tal vez no acerté con el mejor: rampante,

tu corazón con el águila rampante[^1].

A esa hora hacía calor, entonces yo estaba terminando y se me ocurrió pensar en algo diferente pero no pude. Lo intenté antes desconcentrarme cuando tuve momentos así. La experiencia me dijo siempre que no daba resultados si no terminaba primero con todo. Pero hoy, a esa hora tenía hondo deseos de dedicarme a los recuerdos y tomar sustancia orgánica y con vida maravillosamente independiente. Los tamariscos y las acacias reflejaban verdes y amarillos en las paredes del baño a través de la claraboya y me hacían sentir como en el fondo de las aguas. Esos poemas eran los definitivos, pero no resultaba imprescindible meditar ese detalle. Primero hablaba de todos ellos, mis hermanos; después de los dioses de los antiguos, del mar, de las danzas de la muerte; de las cárceles con muros altos y cubiertos de miradas y de la guerra. (Después algunos van a señalar que en ciertos versos estaba descubriendo —o encubriendo— a Novalis en el logro de esa poesía universal progresista).

Sin embargo, para quien quiera adivinar los símbolos, todo está por demás claro. Cuando los lean Norma, Andrés y Eduardo, acertarán a descifrar sus contenidos y serán a partir de allí dolor carcomido de remordimientos. Eduardo en la cocina se estaba preparando café. Era posible que de un momento a otro me descubriera, así que me puse a pensar cómo salir de allí. Mientras Norma hacía ruido en la cocina, Andrés se puso a leer el diario. Se había sentado cerca de la puerta y yo oía muy bien cómo el papel crujía. Un momento después toda la casa quedó en suspenso. Por la ventanilla del baño los árboles fluían sombras, ahora a ratos verdes y a ratos doradas con contornos violetas. Estaba terminando mi trabajo. Son muy hermosos, me dije, como nunca. En eso Andrés le gritó a Norma: escuchá lo que dice el diario. No te oigo, le dijo ella desde el lugar en que estaba cocinando. Andrés levantó la voz para que TODOS lo oyeran. La noticia se refería a mí y decía que me habían visto dar vueltas por las playas de la villa. Nombraba también el título del libro que edité hace unos meses, después de casi dos años de silencio, Saeneasle (Nubia 1569). Por último hacía referencia al encuentro que tuve con Borges en La Casa del Médano, hace unos días. Citaban algunas palabras que dicen hemos cambiado entonces. Norma le preguntó ¿de cuándo es el diario? Andrés le contestó que era de anoche, 15 de febrero. Cuando dijo la fecha me estremecí y tuve que sostenerme de la pared. Detrás de la puerta, ellos, todos quedaron de piedra, yo lo sabía porque lo estaba recibiendo como un impacto de silencio y de corrientes vacías. Eduardo fue el primero en hablar para decir son dos años hoy ¿no? Volvió a hacerse el silencio, ellos estaban pensando. Adentro, en el baño, yo contenía la respiración, no quería perderme una sola palabra de lo que dijeran de allí en adelante. Entre mi miedo y mi dolor disfrutaba de algo muy leve, pero que se iría intensificando desde entonces hasta alcanzar el último borde. Mi corazón latía pero no sabía exactamente con qué ritmo e impelido por cuál emoción: quizá el comienzo de todo, del propio sufrimiento de ellos, o el olor a simiente y lluvia que venía de algún rincón del mundo; el primer llamado del otoño hiriendo con su ausencia tan larga, tan inapelable e ilimitada. Norma en algún momento muy asustada les preguntó: ¿Cuál será el motivo que empujó a Alfredo a venirse aquí, a los dos años exactamente? Le contestaron que no lo imaginaban; pero se estaban aterrorizando de verlo tan claro. Siempre pensé que Alfredo nos culpa, en el fondo, de la muerte de Elsa, No seas ridícula, le dijo Andrés, él es el único responsable de su muerte.

—Sus actitudes no podían dar otro resultado —opinó de pronto Eduardo.

—Sí, pero nosotros habíamos hablado. ¿Qué hubiera resultado si Elsa no preguntaba o si nosotros no explicábamos?

Eduardo intervino otra vez para decirles: Tarde o temprano las cosas se dirían… Eduardo, Eduardo, ¿dónde está la boca? Todo estaba dependiendo cada vez más del tiempo, de un grito, de un hallazgo.

[^1]: Alfredo utilizó aquí el galicismo rampante: rastrera.