

Detrás de un largo sábado
Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)
Muchas cosas se daban sin necesidad de buscarlas. Ella miró el tiempo, aspiró con seguridad el aire ambiente de la mañana y se dijo: «Sábado, levanté temprano y anduve descalza por los corredores». Se tocó el pelo. Barbaridad de mujer con semejantes preocupaciones. Los chicos van a quedar con tía Felicidad y Oscar tendrá una larga noche para no aburrirse dentro de casa. Hacía un poco de frío, era casi el invierno; los mutiladores de árboles de la Municipalidad no habían cortado todavía las ramas, pero pronto todo estaría cambiado, con esa sensación de agobio en las calles que se vaciaban y los muñones hacia arriba. En los pies podía haber arena del veraneo pasado, en el pecho un poco de bronquitis, pero la ciudad muda, inestimable, displicente, se tornaba fuego e infierno. Cena, café en el Munich; dedos que irían y vendrían, un encontronazo frente a la estufa, una mirada que dice invariablemente «con vos sería más que feliz». Ah, pero antes el salvaje de Rafael con sus tumbas al óleo y reminiscencias de cipreses puesto que no puedo dejar de mezclar la pintura con la poesía; porque esos dos o tres premios mal adjudicados habían hecho un estropicio y se sobreentendía que él se consideraba ya internacional; vengan a casa les muestro mis lacas con atmósfera naif. O el retrato de los Horacios, los que lucharon contra los Curiácios. La cara de cada uno siempre era de la de alguien que él no revelaba y los demás debían adivinar. «Más allá de las islas Filipinas / hay una (que ni sé cómo se llama / ni me importa saberlo) donde es fama / que jamás hubo casta de gallinas / hasta que allá un viajero / llevó por accidente un gallinero». Adiós señora Ana. ¿Tan temprano? Oscar no podía traerla, en el taller todavía un turno, los más roñosos, los más pedigüeños, qué personajes para Buñuel (como dice siempre el abogado); un tullido que ataba paquetes, una prostituta recién recuperada por el párroco y que le había conseguido trabajo allí, un menor que no figuraba en planillas, un medio castrado, el que había caído en un baño de acaroína cuando chico y los demás; la corte de los milagros (como dice siempre el profesor). A pie la distancia era relativamente grande y cansaba, pero su silueta lo recibía bien. Lindas flores, crisantemos bola de oro, color amarillo; bola de nieve, color blanco. Había algo más lindo que su propia ansiedad de nada: saber que detrás de todo no había nada. Mil aparatos más para la ciudad y entonces líbrese quien pueda, adiós tranquilidad, adiós «no tengo teléfono, así que vení personalmente y combinamos». ¡Norma! Esta soy yo, este es Oscar y estos son los chicos. La nena tuya se llama Marcela. Marcelitas, Adrianitas, Fabianitas y Andreas. El disco de Olga Guillot giraba anoche, viernes, siempre prometedor y esos estúpidos aburriéndose en el comienzo. Pulcro abogado, carrera meteórica desde los veintitrés años, acumulando porcelanas en todos los rincones de la casa y haciendo como si entendiera de vinos oliendo el corcho delante de todos. Paso a paso. Hola señora Norma, ¿qué podemos comer hoy? Bifes al ajo («idiota») y un par de huevos por persona, a los chicos cuáquer con una cucharadita de manteca y que esté todo listo porque voy a hacer un rato de siesta. Para él, ya más allá de su título, recompuesto y organizado hasta el día del juicio final, ¡mi papito leguleyo…! Pero ¿qué valía más que la propia libertad añorada? La noche con cansancio y la madrugada es lo que empieza a envejecer, hacen una trifulca debajo de los ojos. Deberle tres años al dentista y mandar el cobrador de vuelta, se necesitaba ser audaz. Oscar, daño; no dueño mío, ocurrencias olímpicas. En Grecia podría haber brillado antes, con la antorcha en la mano, abriendo el juego. Llevando la ofrenda a… ¿a quién? No, abriendo la competencia de la carrera LA CARRERA DE LOS CHEQUES VOLADORES, del Banco A al Banco B, del B retroceder al A y saltar al Banco C. Se encontró con la Gerlero, honda, esquiva, pintarrajeada, debajo del secador.
—Buenos días.
—Buenas, no soy la única.
—El trabajo de la casa, la ropa de los chicos —tartajeó ella—, por eso prefiero venir temprano.
«Mentirosa, la casa es una mugre».
—¿Cuándo nos vienen a visitar Norma?
Era un asco de profundidad. La mañana se acentuaba con un lindo sol. Hoy es sábado, mañana domingo, pasado lunes…
—Puede ser el martes, Dora. Oscar me va a dejar un par de días sola.
Dora sonrió. En el cristal de la vidriera se reflejaba tiesa como una estampilla grande. Era ancha y chata.
—¿Qué programa tienen para esta noche?
—Algo —le contestó con indiferencia.
—¿Vas al cine?
—No, con esas porquerías. Aquí no hay nada, este pueblo es para gringos que cambian el tambo por el empedrado y para los mocosos.
—Norma, en todas partes se cuecen habas.
—¿Habas aquí? Apenas sí porotos.
La peluquera se rió.
—Vieron que murió el del corazón injertado y que no quisimos ser menos que el Brasil. Para qué operan si se mueren todos. Yo no me dejaría.
«Para prolongarte la vida, decrépita, se necesitarían ocho corazones».
—¿De qué se ríe señora Norma, de sus picardías, eh?
La calle se poblaba, siempre los mismos recorriendo ese mundo inferior. Yo en este extremo, ellos en el otro, una, una, una… ¿Qué vale todo eso? En el mundo debiera haber cinco o seis personas, el resto sobra. El marido de una, una misma, otro marido cualquiera y dos o tres amigas.
—Oh Jesucristo, fue un milagro —le contaba la peluquera.
—¿De qué?
—Que papá no se nos fuera.
—¿No se les fuera a dónde? —le preguntó pareciendo ser estúpida.
Y la peinadora seguía, seguía, seguía.
—No, quise decir que no se nos muriera.
—Es cierto, estuvo enfermo en enero querida. Debieron haber pasado malos momentos.
«No le daban de comer, decían las cuñadas».
Miró al vacío. Todo salía fuera de foco. Una mosca, el cuarto de espera a la nada. Eso tenía que ver con Mallea. El abogado: ¿Leyó ese libro Norma?, puedo prestárselo. Oscar escuerzo mío no reventés. Hambre, sed. La peinadora seguía.
—¿Un cigarrillo?
—Gracias Norma, fumé mucho anoche en casa de Alexander.
—¿Estaban todos?
—¿Todos quién?
—Los del grupo, digo.
—Sí.
—¿Sí?
—Sí, todos. Hicimos un juego. Cada uno debía elegir una personalidad y a que no sabés qué eligió nuestra Perla.
—De raposa.
—Pero la bruta no entendió. ¿Qué otra cosa podía elegir Perla: de zorra, infinita zorra para quien nunca las uvas estaban verdes? Y la mujer de Federico es maestra ¿no?
—Sí, pero no ejerce. Él nunca quiso, mi hermano se afirma en sus principios, Norma, y de ahí no sale. Pero la mentalidad de ella, sabés bien de qué familia venía. Mirá, con sinceridad, es burra, a veces indecente.
—Pero, ¿por qué?
—Estrenó los otros días un tapado de nutria con un vestido de acrocel. ¿Querrías gafe más tremenda, más indecencia?
—Es bárbaro, es bárbaro —decía la peluquera y se reía circunspecta.
—Estaría Amanda —dijo con un aire que daba a entender todo.
—Seguro, lo difícil fue elegir un juego que no le diera la remota posibilidad de empezar a mover la rabadilla. Dos whiskys y ya está buscando quién la provoque y está tan lamentable… la pobre… Amanda…
—Es preferible eso a que se ponga a contar de sus viajes. Cada vez viene más confundida. Ahora dice que en Siracusa le hicieron derramar lágrimas dentro de la bañadera de Arquímedes. En Micenas creyó que los monumentos fálicos eran las ruinas de un acueducto y se hizo fotografiar sobre los restos de uno, con los brazos abiertos y lanzando suspiros de helenismo hacia el cielo. El peligro está en que anda ofreciendo siempre sus diapositivas para cuanto audiovisual se esté preparando.
Llegó la señora Fermini; aguda, maquillada; como una macarena, los ojos santificados; la peluquera le dijo:
—Señora Fermini, enseguida estamos con usted.
La empleada apareció desde un biombo con abanicos y dijo: «A la señora Fermini la hago yo». Y la señora Fermini sonreía toda vestida de rosa, hasta con el alma rosa. Nunca se había dicho nada de ella, salvo que era una estúpida. Pero resultaba tan neutra que apenas si molestaba una o dos veces al año. Norma, no estemos tan distantes, no nos visitan nunca. Oscar es un buen asador, pueden hacerse un tiempo y venirme a visitar cuando se les ocurra porque yasaben, mi casestá siempre abierta a los buenosamigos a los quequeremos deuna manera especial, y con granamplitud. Nos vamosuna noche ala quintai disponemos todo paraquelos chicos se pongan cómodos. Hasta ellos pueden venir iantes de dormir juegan con Fernandita y Claudito.
—¿Qué personalidad eligió Perla?
—¡Un diamante en bruto!
Todas se rieron.
—Alguien le quiso hacer entender que debía elegir a un ser vivo pero le faltó tiempo porque sirvieron los postres —un magnífico postre que había hecho Coca— y nadie se acordó del asunto.
«Pero vos sí».
—Que te diviertas y pases un lindo fin de semana. Ya nos veremos señora Fermini. Querida, cariños para todos, cariños a Fernandita y Claudito.
Después se fue también la señora Fermini y entró la señora del doctor Ottolini que hacía garganta, nariz y oídos (el doctor). Iban a bailar todos los fines de semana por ahí para disimular lo que el mundo conocía, y ella vestía casi como los dioses, como los dioses tobas, por supuesto. A la señora del doctor Ottolini la hago yo.
—Me espera un minuto señora del doctor Ottolini y estoy con usted —dijo la patrona saliendo de detrás de un biombo con tres pierrots y una gran guía de hiedra artificial.
—Sí, cómo no querida —contestó la señora del doctor Ottolini atiborrada de buena educación y de gran mundo.
—¿Cómo está Norma, les falta mucho para la casa?
—Dos meses, estoy tratando de convencer a Oscar para amoblarla en estilo lombardo.
Estilo lombardo, únicamente su casa. Ninguna va más allá del Luis XV o XVI, a quienes no diferencian tampoco. La única con sillones cuyos tapices se han terminado a mano; Oscar, razonable cónyuge que solo piensa en los cheques la había imaginado toda funcional. Pobre, no había evolucionado desde 1955.
—Me digo siempre señora del doctor Ottolini: los sábados de 6 a 8 es el turno de las amas de casa; de 8 a 9 es el turno de las esposas de doctores y de 9 a 12, es el turno de las maestras. —Lanzó una carcajada impúdica, llena de reminiscencias zoológicas.
La señora del doctor Ottolini queriendo ser indiferente:
—¿Decía usted, Zulma?
—Sí, de mis clientas que son maestras, llegan siempre más tarde que todas.
—Es correcto Zulma, aprovechan los sábados para levantarse tarde. Yo le decía los otros días al doctor: «Necesito muchacha y voy a poner en el diario un aviso que diga "Se necesita maestra para servicio doméstico"». Es hora de que las hagan volver a la realidad. Tienen tres meses de vacaciones y la primera medida educativa que toman al empezar las clases es la de entrevistar al ministro para exponerle una justa de-man-da.
«Todas las mujeres de Rafaela son maestras. Yo soy de Rafaela, por lo tanto soy maestra».
—Claro Norma, nosotras somos maestras, pero no ejercemos, de ahí que nuestra mentalidad sea diferente.
—Tiene razón señora Azucena («cada día con menos cabellos por teñirse en casa, ojalá se quede calva»), no me explico por qué toman siempre ese aire de explotadas. La pedagogía ha evolucionado, verdaderamente, pero digan lo que digan no es ya como en nuestros tiempos; las maestras trabajaban mucho más; desde el vamos nos daban hojas y hojas de deberes. Ahora por no corregir («esta seborrea le va a comer hasta los huesos»)… La última novedad es traer los cuadernos de los alumnos a la peluquería y corregirlos acá. Bastó que una lo hiciera… ¿Siguió el tratamiento señora Azucena? Hágalo con constancia, usted tiene una buena cabellera y sería una lástima que por un poquito de… por un poquito de descuido no la luciera como se debe.
Norma, esto es para lucir en El Ciervo. ¡Astrakán! No puedo creerlo Oscar, como a mí me gusta. Si se decidiera el invierno a venir como corresponde; toda la semana frío y el sábado sol radiante con un tapado por estrenar.
—Adiós Azucena, ¿no eran ustedes el jueves en el cine?
—Estuvimos, pero nos levantamos.
—¿…?
—Este Bergman es la lepra, ya no lo entiende nadie. Hermano y hermana. Antes uno podía quedarse con el mensaje; ahora, salvo que esa impudicia sea mensaje, lo pedestre es beneficioso alimento espiritual. Debieran prohibir una vez por todas. Adiós querida, no te pierdas.
Las nueve y diez. Toda la mañana todavía, larga, desprovista de interés. La tarde después de una siesta malévola si a Oscar no se le ocurría antes mamá no vio a los chicos en toda la semana y vos sabés cómo es ella, y empezar el recorrido para el programa de la noche. ¡Toc, toc! ¿Quién es? Un ángel. ¿Qué busca? Un programa para el sábado a la noche. ¿Qué programa le gustaría? El abogado para comer en el Country pollo con champiñones, palmitos con salsa golf, vino Suter rosado y charlot. Veintiocho años, ex socialista y ya casi un vientre para chaleco. Whisky al final en la casa y la fiebre de la selva entre su colección de porcelanas. ¡Toc, toc! ¿Quién es? Un ángel. ¿Qué busca? Un programa para el sábado a la noche. ¿Qué programa le gustaría? Coca y el marido. Alexander y el marido, Perla y el marido a El Ciervo para no perderse un solo detalle ni de la fauna ni de la flora, apretados adentro, haciendo circular la mirada desde la cara de alguno hasta las máscaras de las paredes, hacia la pajarera imaginándose pájaro, la hora que no pasaba. Los niños del siglo con las niñas del siglo y su lema: «reventad a un viejo». ¡Toc, toc! ¿Quién es? Un ángel. ¿Qué busca? Un programa para el sábado a la noche. ¿Qué programa le gustaría? Los Corrado al cine, después café en las poltronas, intelectuales masturbadores estériles y Sopa de Pollo que hemos visto en Buenos Aires no la entendería la gente, pero Atendiendo al Señor Sloane, que hemos visto en Buenos Aires, solo para algunos, y hablar del limbo, de las cámaras de regresión, de la cultura congelada, del Che y de los problemas de Tucumán. Un tapado de astrakán sin estrenar y por supuesto, también Olga Guillot cuando estoy contigo, no sé qué es más bella, situ figura hermosa ounave queinverna. Sábado, levanté temprano y anduve descalza por los corredores.
—Adiós Norma, saludos a Oscar. ¿No estaban el sábado pasado en El Ciervo? Ya sabíamos que eran ustedes, no sé por qué no nos cruzamos.