

Danilo
Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)
Danilo encontró en esa mañana de frío, sobre los pastos escarchados, una liebrecita de pelaje pardo, que muchas veces, seguramente, había brincado de alegría en el herbazal lozano del último verano. Pero en esos momentos, el pobre animalito semejaba otro terrón olvidado sobre el suelo desnudo y pétreo que los vientos helados del invierno venían castigando sin piedad. El pálido rubor del horizonte anunciaba el tardío despertar del sol, y si no hubiera sido por ese brillo fugaz del alba, Danilo no se daba cuenta de que esas formas inertes, eran en realidad un montoncito de carne abatida. Primero notó el hocico de la bestezuela precisamente por un chasquido de luz rasante, y enseguida reconoció todo el cuerpecito helado que en algún momento de la madrugada había sido vencido por el rigor del frío. Yacía ahora sin otro destino que ser pisoteada por los animales o devorada por alguna bestia rapaz, de esas que ubican la presa desde una legua de distancia.
—¡Pobrecita! debe de estar muerta —le comentó Danilo a su caballo Lorenzo, que se había detenido brevemente, y lo instó con las riendas a que siguiera el habitual camino. Con la gorra hasta las cejas, envuelto en su tibia bufanda y abrigado como estaba dentro de su campera, tenía pocas ganas de apearse allí en medio del campo abierto, siendo que aún debían andar un buen trecho antes de llegar al cálido ambiente de la escuela.
El aire gélido provocaba nubecitas de vapor frente a su cara y algo parecido sucedía con la respiración de su caballo tardo y manso que lo llevaba a clase como todos los días. La escarcha albeaba con su harina de cristal sobre la hierba amarilla y, a esa hora, todo se mostraba dulcemente apacible prometiendo una mañana pura y transparente. El cielo transformaba lenta pero con eficaz alquimia, su rosa violado del amanecer en un nítido azul de loza antigua. De tanto en tanto algún tero embrollón rezongaba al ser perturbado por el paso del caballo con su jinete, y el eco redoblaba en la inmensidad de la mañana, esos gritos agudos con todos los sonidos rurales que empezaban a poblar el mundo.
Danilo marchaba, como siempre, contento a la escuela para encontrarse con su maestro y sus compañeros; juntos compartirían horas de estudio y de jue gos. Y con esa acostumbrada alegría, iba explorando también las maravillas del alba campestre, tan imbuido en la sorprendente naturaleza, que ya ni recordaba la liebrecita inerte que habían descubierto unos momentos antes. Por eso su alma como su corazón volaban de gozo por el aire gayado de luz atrapando la visión lejana de los densos vahos que se levantaban de la tierra, el delirio brincador de alguna tacuara deseosa de estirar las patas, o esas tiesas florecillas de invierno que, a pesar de ser tan blancas y sutiles, sabían arrostrar el rigor de la helada para alegrar al mundo. Pero de pronto, en un instante brevísimo, con mirada inquisidora divisó arriba, muy arriba, el vuelo alto y solemne de un milano que parecía querer tocar el cielo.
El planeo del ave por el aire lo subyugaba, pero como Danilo conocía las costumbres de todos los pájaros del campo, algo le llamó la atención.
—Si este anda rondando por la zona, algo habrá visto —le comentó a su caballo.
Lorenzo le contestó que él también pensaba lo mismo y por eso se detuvo. Era curioso que el vuelo circular del ave se hiciera cada vez más bajo y una idea se le cruzó al instante: el milano había visto la liebrecita helada y no tardaría en despeñarse sobre ella para levantarla con sus patas garrientas y llevársela al nido.
—Después de todo el pajarraco consiguió carne fresca —se dijo Danilo, y se estremeció pensando en el pico corvo y sangrante hurgando en las entrañas de la liebre. Por eso no pudo retener un nuevo comentario que le hizo a Lorenzo:
—¿Y si no estuviera muerta?
Lorenzo pareció meditar un instante. El vapor que nacía de sus ollares casi le velaba la expresión de los ojos, pero así y todo Danilo comprendió que su caballito tenía ahora la misma duda.
—Pero no pudo pasar la noche a la intemperie sin helarse… yo creo que no vale la pena volver… ¿eh Lorenzo? —dijo Danilo para tranquilizar su conciencia.
Sin embargo el caballo parecía persistir en su pálpito y no se movió del lugar. Estaba como atascado en el sendero.
—¡Andando, Lorenzo! —azuzó el chico fastidiado—. ¡Vamos a llegar tarde a la escuela y ya sabes cómo se enoja el maestro!…
Tenía razón; el tiempo se acortaba. Por el aire de cristal venían llegando ahora los sones broncíneos de la campana ¡y estaban todavía a mitad camino!
—¡Lorenzo!… ¡la llamada!… Total esa liebre no puede estar viva… —y lo instó con los talones.
Pero el caballo apenas si amusgó las orejas restando importancia a la sugerencia de su amo y siguió como esperando, en el mismo lugar, una actitud desenvuelta y heroica de quien tenía la responsabilidad de las decisiones. Fue inútil que Danilo le rogara y le hiciera la promesa de soltarlo en la cebada recién brotada cuando regresaran a casa. Lorenzo era muy porfiado.
—¡Ufa, cabeza dura! ¡El maestro me va a dar una penitencia por tu culpa y por una liebre muerta de frío! ¡A la escuela, matungo! —le decía poniéndole la fusta delante de los ojos y presionándole los ijares con las piernas.
Pero Lorenzo tampoco se movió. Por fin Danilo tiró de las riendas para hacerlo volver sobre el camino que habían andado y pareció que el caballo solo estaba esperando esta acción para reemprender una marcha rápida y jocunda hacia el sitio donde habían avistado la liebre.
Pero no todo les iba a ser tan simple como ir y volver: el milano con giros cada vez más estrechos y más bajos parecía querer ganarle a Lorenzo que trotaba hacia el mismo lugar en donde él tenía puestas sus aviesas intenciones. Entre tanto Danilo iba comprendiendo ya que si la liebrecilla estaba viva corría otro peligro más cruel y fatídico que el de las inclemencias del frío.
—¡Dale Lorenzo! —instaba ahora ansioso a su caballo— ¡más rápido, patadura, que te va a ganar de mano!
Y el buenazo de Lorenzo hacía todo el esfuerzo que podía para contentar a su amo y llegar a tiempo.
Por su lado el milano, que era un pajarraco pero que no era tonto, había comprendido cuál debía ser la meta del caballo y del chico, y se prometió que nadie le quitaría la presa, y con ese propósito comenzó contra ellos una batalla de vuelos rasantes en procura de debilitar los ánimos salvadores de Danilo y de Lorenzo.
—¡Cuidado! —advirtió el muchacho a su caballo— se viene en picada y va a querer clavarte el pico.
Pero el milano, en cambio, desvió sobre la cabeza de Danilo y le arrebató la gorra con las patas.
—¡Así voy a hacer con tu liebre! —chillaba burlonamente el pajarraco mientras remontaba otra vez dejando caer la prenda a lo lejos.
Al volver, ahora sí las tomó con Lorenzo a picotazos y era precisamente en el momento en que Danilo saltaba de su caballo junto a la liebrecita inmóvil, ¿alcanzaría a librarla de la rapiña del ave? y en ese caso ¿estaría viva aún?
Danilo sintió honda ternura por la indefensa bestezuela, y pensó que la mañana fría era demasiado hermosa, demasiado apacible, y aún demasiado prometedora para pensar en la muerte; en tanto que el milano graznaba con furioso encono y se precipitaba al lugar en pugnaz arremetida. Se cubrió con ambas manos para evitar los garfios del ave y cerró los ojos resignándose a lo peor.
—¡Así no, tonto! —bufó Lorenzo— con las manos ocupadas en querer atajarse la cabeza, nadie puede levantar una liebre.
Su caballito tenía razón. Bajó los brazos y Lorenzo más duro y más fuerte que él, protegió a su amo en el salvataje con su cabezota. Y así nomás pudo Da nilo recoger la liebre que seguía ajena a todo el horror que casi se precipitaba sobre ella.
Cuando apenas la tuvo en sus brazos, palpando, Danilo sintió que un latido de vida, quizá entibiaba aún las entrañas de ese cuerpecito ya helado por fuera ¿qué era lo que convenía hacer entonces?
Y en ese momento fue rápido y preciso como un verdadero héroe. Levantó amenazadoramente la fusta hacia el milano enfurecido que no había abandonado la lid, y cruzando el aire con dos o tres sonoros mandobles, le dio a entender qué le sucedería si se empeñaba en insistir. El milano se puso razonable y, dignamente derrotado, volvió a perderse en las alturas para poder otear desde la inmensidad, todo el campo que abajo se extendía.
Danilo y Lorenzo se quedaron ahora solos mirando el animalito inmóvil que habían alzado y al que hubieran querido devolverle la vida.
—Lorenzo, ¡el corazón le palpita! Es casi nada pero se me hace que no está muerta todavía.
El viejo caballo lo miró con ojos de quien ha visto mucho en la vida y que es, por eso, muy sabio: intentaba decirle que si el frío había sido la causa del abatimiento, sería entonces el calor lo que recuperaría al animalito.
—…Algo tibio, más bien tirando a caliente…
—¿Cómo qué? —le preguntó Danilo.
—Como tu propio cuerpo.
Y Danilo comprendió. Se quitó la espesa bufanda, envolvió con amoroso cuidado la liebre y colocó el montoncito que hacían sobre su pecho, debajo de la campera que tan bien lo salvaba del frío.
En tanto, un sobresalto: dos toques broncíneos, dos solamente, breves y tajantes les llegaron por el aire ¡Las campanas de entrada!
—¡Ahora es tarde del todo, Lorenzo! —dijo Danilo— el maestro se va a enojar mucho… Mejor que nos volvamos a las casas como si nos hubiera agarrado de golpe dolor de barriga… ¿qué te parece?…
Pero a Lorenzo no le pareció bien. Sin consultar con su amo, retomó el rumbo hacia la escuela con más prisa que la de todos los días. El era de la idea de que el maestro debía conocer lo que Danilo había hecho para salvar una liebrecita casi abatida por el frío; y no habría enojo de parte de él, seguro que no. En tanto, el muchacho comenzaba a percibir con felicidad entre la campera y su pecho, los leves movimientos del cuerpecito que revivía.
Desde su camino eterno, el sol de la mañana ya entibiaba los surcos humíferos y expectantes de las chacras, que guardaban sus sagradas semillas prontas a reventar cuando el calor lo ordenara.