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Adiós adiós Ludovica

Publicado en: Los días siguientes y otros relatos (2015)

60 minutos de lectura

PREGHIERA DI RAGAZZA DI QUATTORDICI ANNI
—Pelegrin che andé an San Giaco, o preghé cul sant per mi!
ó preghé-lo de bun core, che mi daga un bün mari.
Ch'a m' lo daga d' quindis ani, che quatórdes j' ai giá mi.
Ch'a mi prunta na cambreta e 'nt al mes ün belletin;
e d'ün materass de piüma, i linsói di teila d' lin;
una cuverta de verdüra, tüta pienha di ciochín!
E trament che m'viro e volto, i ciochín faran din din.

I.

La Vica Racca tenía unas cuantas cosas que decirle a todo el mundo esta mañana, empezando por las nueras que, seguramente, le habían estado hablando mal a sus espaldas. Ayer nomás había pasado el Ruso Marcos con sus bártulos en la volantita y ella les había dicho: «Cómprenle al Ruso Marcos una lata de aceite», y eso quería decir que lo que se estaba necesitando en la casa era una lata de aceite y no otra cosa; por eso, ellas no tenían que haber comprado ni la vainilla, ni la conserva de tomates, ni el bañanás, como se lo compraron, sin preguntar y sin el permiso de nadie.

—Es que usté no cocina, mare —le había dicho la Eda—, y no sabe lo que se necesita para tener las cosas en orden y hacer bien la comida.

—¡Para hacer bien de comer se necesita voluntá para el trabajo y ganas de que las cosas salgan bien que aquí no se vive en la ciudá y no es casa de ricos! —les dijo ella a las cinco nueras que hacían los turnos para atender la cocina y la limpieza de las cacerolas y de los platos—. ¡Y apréndanlo nomás, como les digo siempre, que yo por más vieja que sea mi manera de pensar no la voy a cambiar y saquen un ejemplo que me ocupé de criar a mis hijos y ellos, si no me equivoco, saben lo que les aconsejó siempre esta viuda que desde los catorce años viene luchando como Dios le impone a una cristiana y no como a la gente se le antoja…!

—Pero mare —le dijo la Chun—, no es que se malgasten las cosas y se invierta mal la plata, si hasta la Yepa, que se crió en esta casa, dice que en la cocina se necesita tener de todo para no cansar siempre con la misma comida.

—¡No me interesa si se necesita o no se necesita —le dijo ella, porque en esta casa mientras yo esté viva, yo soy la que manda! Y se dio vuelta en la cama y no se habló más del asunto. Después de un rato en que se hizo la dormida para poder serenarse, ella decidió muchas cosas más, y era capaz, con sus ochenta y tantos años, todavía de hacerse escuchar y se decía que, si no podía conseguir el respeto como toda madre que ha criado tantos hijos, valía más que Dios se la llevara antes que estar vieja, enferma y pisoteada por los más jóvenes, que los jóvenes nunca piensan que van a llegar a la edad de una y encima con la obligación de tener firmes las riendas de una familia tan grande que había pasado tantas necesidades y que si ahora estaba un poquito bien era justamente por lo mucho que habían trabajado y por lo mucho que habían economizado durante una vida entera.

Un momento después vinieron Pedrín y Gabriel a pedirle permiso para ir al baile y ella no se los dio.

—Sí, nona —le dijo Gabriel que era el más bailarín de los nietos—, considere que uno trabaja todos los días y las diversiones nunca llegan.

—¡No y no —dijo ella—, ahora hay que juntar la plata que se necesita para alambrar, no vaya a ser que uno ande por ahí teniendo que descuidar sus cosas por una diversión, solamente por darse el gusto!, que yo, a la edá de ustedes, estaba casada y con hijos.

Lo cual era cierto, porque a los doce años la habían comprometido y eso lo habían hecho sin pedirle un solo parecer a ella, sino que lo habían decidido entre el tío y el novio, y a los trece ya estaba casada como los otros quisieron y no como ella hubiera querido en esos momentos. Los nietos salieron de la pieza con la cabeza gacha a esperar otra oportunidad, y ella quedó de nuevo sola pensando que ese verano se mostraba bueno y que si seguían así las cosas, según le había informado Batistín iban a vender bien la hacienda. Después de comer iba a hablar con los cinco hijos para preguntarles si tenían noticias y de cómo habían vendido los otros, o si convenía más poner en pastaje para esperar el engorde del invierno. Estaba haciendo calor y las moscas molestaban demasiado por lo que golpeó con el bastón uno de los barrotes de la cama hasta que el ruido fue escuchado y llegó corriendo la nuera Eda secándose las manos con el delantal.

—Esta mañana no me trajeron la rama de cedrón y las moscas están que no me dejan tranquila —le dijo.

—Si quiere, mare —le propuso la nuera Eda—, le pongo el mosquitero.

—¡Cómo vas a poner el mosquitero, inconsciente, con el calor que hace me asfixio debajo de tanto traperío; nunca piensan en nada ustedes y mandame la rama de cedrón enseguida así espanto a los bichos, y mañana miren la cama porque para mí este colchón tiene chinches! —No puede ser, mare —le dijo la nuera—, en esta cama hay limpieza de sobra, que con jabón y brazos todas nosotras respondemos por un chiquito de suciedad que se pueda encontrar. —Sí —dijo la Vica—, responder de limpias pueden responder, pero también hay que ver que el presupuesto en lejane y jabón te devora… un día que puedo me hago llevar la cama y voy a enseñarles cómo se limpian las ollas y la cocina con un poco de ceniza y mucho brazo, de la manera en que lo hacíamos todas nosotras cuando no había tanto para gastar. La nuera Eda, que tan abochornada había quedado por el trato de mugrientas que les dio la suegra, salió sin decir una palabra y volvió con el acento de la ofensa y la mirada ciscona a entregarle la rama de cedrón que había pedido. La Vica la tomó como una reina puede tomar el cetro y empezó a hacerse viento y a aspirar la fragancia del aroma dulce y campestre que enseguida se expandió por el cuarto. Miraba las moscas nerviosas y porfiadas, insistentes, ir y venir de la ventana a su cama y huir en un alboroto instantáneo cada vez que sacudía la rama. El reflejo de la caliente luz exterior incidía en la sutil membrana de las alas arrancándoles brillos de verdor metálico y cambiante, haciendo que la Vica se distrajera en ese ir y venir restallante y fatigoso. Y detrás de esas rutas abúlicas y sin sentido dejaba recorrer la memoria dispersa tras torrentes de pensamientos llenos de antañonas resonancias. «¡Ah cargosas y sucias —les decía a los bichos— seguro que están marcando el tiempo!». Y ella tendría que hacer las compras antes de que vinieran las lluvias y empezara el invierno, porque si dejaba pasar el tiempo, todo el mundo tiraba para su lado y en una casa en donde cada uno tiene sus intereses, esa casa seguro que se va al pique. Se estaba necesitando, ¡ay Dios!, ropa para todos, hacerles calzoncillos, pantalones y bombachas para los más chicos que siempre están creciendo como terneros, pero, después de todo era mejor que crecieran así que tenerlos enfermos como habían nacido muchos de los nietos de la Cheppa Rossa, con esa enfermedad que les hacía colgar el labio y babearse todo el día, y salvarse del servicio, que cuando uno se salva del servicio seguramente no es por sano, sino todo lo contrario y en una casa hombres enfermos no traen ningún beneficio y no sirven tampoco para formar una familia como tienen la obligación de hacerlo los cristianos. Ella y Bernardo habían formado su familia, sí señor, aunque no había permitido Dios que él viviera hasta llegar a viejo a su lado para verlos a todos crecidos y ver a sus hijos con hijos y sus nietos también con hijos, como tenía la dicha de poder verlos ella que había llegado a esa edad por la gracia de Dios. Seguramente que si Bernardo viviera la vida de ella ahora sería distinta, tendría un compañero con quien hablar y consultarse el uno con el otro cuando había que tomar una decisión, porque con sus ochenta y pico de años en el lomo, todavía le tocaba a ella decir sí o no en todo.

Vino la nuera Fina a preguntarle qué iban a hacer de comer hoy.

—Si tienen todavía esa carne dura que les trajo el Pitingo, el lunes, no hagan asado ni estofado, que no la van a comer ni los perros; la ponen a hervir temprano y hacen sopa y puchero —le dijo, y la nuera Fina, a la que hoy le tocaba cocinar para las doce, se fue a hacer la sopa y el puchero como mare le había ordenado y eso era necesario hacerlo rápido y darle con el fuego rápido para que esa carne de porquería se pudiera comer después. La Vica movía su rama de cedrón y se decía: «Ay, ay, qué triste la vida de un viejo enfermo cuidando que todo marche bien como debe». Bernardo sabía decirle que los viejos molestan en cualquier parte, que cuando se llega a una edad, todo lo que una persona de años opina suena siempre como campana de palo y que por eso había que tener un respaldo para esos momentos difíciles cuando los jóvenes poco se acuerdan de los viejos. Pero ¡ay!, a él Dios se lo había llevado joven por más que el recuerdo de ella era permanente como si ayer nomás hubiera faltado. Sin embargo, ya no podía hablar con los hijos recordando cosas del padre porque hacía tanto tiempo que había muerto que ellos casi no guardaban memoria.

II.

La memoria es una cosa que se va y el tiempo la hace cada vez más débil como un hilito que un día se corta y ya no puede arrastrar los recuerdos. Sin embargo, yo hago memoria de lo de antes, de todo lo que nos podemos acordar los viejos, que a veces vivimos solamente con las cosas que pasaron y no podemos decir nada de lo que ocurrió ayer o en la mañana misma, porque a la noche está todo olvidado. ¡Vea sin embargo cómo me acuerdo que usté estaba triste cuando tomó el barco y me decía: «Me voy, me voy Ludovica y en un año estoy de vuelta y te busco»! Yo tenía doce años y me dijeron: «Bernardo te quiere, por eso es tu novio, se va a la Argentina a buscar el pan y prometió hacer la casa allá y venir a buscarte porque en Buenos Aires las calles son de oro y uno no tiene más que trabajar un poco y se consigue todo de la misma forma en que se arranca la fruta de un árbol». La tía Italia me decía: «Ahora tenés que dejarte de hacer muñecas y pensar en cambio en hacerte tu propia ropa porque Bernardo Racca es un buen hombre y si prometió volver a buscar a la que va a ser su esposa, él va a cumplir con su palabra, y una huérfana como vos no puede desperdiciar la oportunidad de irse a América con un hombre cuando aquí se es tan pobre y la tierra es tan poca para tantos». Y yo le tenía miedo a usté, me asustaba la gente de más años, pero tampoco conocía a las muchachas de mi edad porque nunca había jugado con nadie, y era triste tener que pensar en prepararme la ropa que me había dejado mi madre al morirse para esperar a un novio que iba a venir para llevarme nadie sabía a dónde, por más oro que hubiera en las calles y por más plata que pudiera conseguirse con solo estirar el brazo. Yo no quería que pasara el tiempo, y el tiempo pasaba aunque los días parecían largos con tanta nieve ese año y con tantos trabajos detrás de la vaca que tenían la tía Italia y el tío Germano en Cúneo, el pueblo donde nací y donde nació usté y de donde salió gente buena y trabajadora por más que todos tuvieran allí fama de estúpidos y porfiados. Si se decía que había un solo tonto en el mundo, seguro que todos nos miraban a nosotros los de Cúneo y nos preguntaban si lo conocíamos. La nieve fue larga ese año y yo esperaba el momento en que reverdecían los campos, pero también tenía miedo de que todo eso pasara demasiado rápido aunque desde los vidrios de la ventana espiaba para ver si ese día la nieve se derretía y dejaba paso al verdor del pasto que brotaba. A mí, ese pasto —yo se lo conté después muchas veces— me parecía una linda sobrecama de lujo, como esas de seda que tenían los ricos y me gustaba tirarme y girar sobre ella imaginándome que las campanillas silvestres eran verdaderas campanitas de plata o de oro. «Será por eso Bernardo —le dije una vez— que hice esta sobrecama verde con campanillas bordadas, porque me hace acordar tanto de lo que son aquellas primaveras después de tanta nieve». Le decía recién que yo tenía mucha ansiedad por el compromiso que habían atado mis tíos con usté, y si bien quería que se fuera pronto el invierno, más quería que el tiempo no pasara. ¡Ay Bernardo, cuánto tiene que sufrir un cristiano para poder cumplir con lo que Dios dispone! Como me iba a casar con usté, la tía Italia me explicó de a poco de qué manera son las cosas entre un hombre y una mujer y me decía que, como mi madre estaba muerta, le tocaba a ella prepararme para hacerme mujer. Yo le tenía miedo a todo, y más que a nadie le tenía miedo a usté que iba a venir a buscarme un día para casarse conmigo y llevarme a la Argentina de donde se decía que las vacas las tenían en los campos para comer nomás, porque cada uno mataba las que quería, y que regalaban a todos los países del mundo porque en los campos de la Argentina había más vacas que gente. Y pasó el año nomás; usté me hacía escribir algunas cartas y las firmaba con su dedo debajo de las palabras lindas que me ponía y yo las hacía leer hasta que aprendí a leer y a escribir para contestar a las suyas y por lo mucho que se afanó el cura con un poco de lecciones que me daba todos los domingos después que los más chicos salíamos de la misa. Un día llegó una carta con el pasaje del vapor para que me fuera a la Argentina, que allí me iba a estar esperando para casarse conmigo y hacer nuestra familia. «¡No señor —decía mi tía Italia—, no vas a salir nunca soltera de esta casa!». Ella decía que no era la forma de proceder, créame que tanto me lo dijo que yo sentí rabia por usté que había prometido venir a buscarme y sin embargo le importó más quedarse en la Argentina y mandarme el pasaje. «¡No señor —seguía diciendo mi tía—, sola no te vas de aquí, se devuelve el pasaje y se le dice que si te quiere, él debe venir a Cúneo y llevarte, porque un hombre nacido aquí, por más que la gente diga que es estúpido, siempre cumple con su palabra!». Yo le escribí con mucha vergüenza, poniéndole lo que ella me decía que le escribiera, y hasta esperé que usté me mandara una carta, que no me quería más y que me quedara donde estaba por pretenciosa, pero una tarde, cuando bajé de la colina con la vaca para ponerla en el establo, usté estaba ahí en la puerta, esperándome y se reía mucho y desde lejos me gritaba que era cierto que la gente de Cúneo se moría por porfiada, pero las mujeres más que los hombres. Usté estaba más alto, parecía más fuerte y se había dejado los bigotes y me asusté todavía más porque era tan mayor comparado conmigo que apenas tenía trece años. «¡Ay qué hombre, qué hombre! —decía la tía Italia cada vez que lo miraba—, ¡ay qué marido que te conseguiste Ludovica, si yo fuera vos y con tu juventú, bailaría en una pata!». Me fui con usté, con mis ropas, con muchas lágrimas por detrás y muchas por delante, porque nadie podía decirme lo que me esperaba tan lejos. Mi cuarto, arriba, desde donde miraba la nieve, quedó vacío y el tío Germano dijo que lo iba a llenar de manzanas, aunque siempre quedaría allí mi cama por si un día pensaba volver. Adiós tía Italia, adiós tío Germano, adiós al patio y a la vaca y al corral. Muchos, muchos adioses a Cúneo, al cura que estaba también en la puerta despidiéndonos porque él nos había casado y bendecido. «Así sí —decía yo—, nadie debe quedarse sin mi adiós, tal vez el último», para nunca más volver a verlos como esa tierra que brotaba con los primeros calores para que yo me tirara colina abajo y rodara encima pensando en una cama de lujo, con colcha de seda verde y campanillas de oro y plata que hicieran din dín, dilín din hasta que el sueño viniera. «Oh sí —también me decía yo—, quizá si algún día no podría volverse a mirar todo otra vez para recorrer los cuartos de la casa, el huerto con los manzanos, el establo con la vaquita…». Pero yo nunca volví a Cúneo, ni usté tampoco, porque después el tiempo empezó a correr más rápido y siempre había que afanarse más por el trabajo y por los hijos que nunca dejaban de nacer. Un día llegó la noticia de que había muerto la tía Italia y ya teníamos a Bernardín y no había ni plata ni tiempo, ni nada que pudiera llevarme de vuelta a Cúneo habiéndose muerto mi tía querida. Yo ya estaba acostumbrada a la Argentina, con tantas vacas, con tanta tierra para hacer crecer el trigo, con tantos campos para dejar las fuerzas en el surco. Pero claro, todo eso era siempre de los otros. Cuando yo le decía a usté, en los malos momentos, que me mostrara en dónde estaban las calles de oro, en dónde estaba toda esa plata de que hablaban allá, usté me enseñaba sus brazos y los brazos de Bernardín diciéndome que allí estaba todo el oro que la Argentina les daba a los que venían de Italia, pero claro, me decía, siempre depende de cada uno tener lo que se sueña y se ponía a cantar como a mí me gustaba tanto porque con esa tristeza suavecita del canto me hacía acordar cuando en Cúneo los domingos se juntaban todos y cada uno o cada familia entonaba lo suyo:

Felice chi sa fé ra soi pulenta
a pï chi ra sa tajari:
felice chi ra men-nha, chi ra tucca.
e pï felice chi sra betta an bucca!
«Así es Ludovica —me decía usté—, feliz es el que tiene algo que llevarse a la boca, feliz el que puede ver, tocar, comer, oler su pulenta porque por más que se tenga todo el oro del mundo si no hay salú y si el cristiano no se sabe conformar con poco, la vida no sirve para nada…». Y a mí en esos momentos me parecía que usté era el hombre más sabio de la Tierra.

III.

La Vica dio muchas vueltas en la cama; el calor se sumaba y el chirrío de las cigarras y de las tucuras saltarinas, que parecían estar de fiesta por tanta luz, le hacían mal a los oídos. Ahora ya era necesario entornar los postigos porque el sol que subía por las paredes de los galpones de enfrente hacía demasiado intensa la claridad de la mañana. Llamó a sus nueras porque quería saber cómo marchaban las cosas en la otra parte de la casa. Tenía que ver si entre ellas no habían armado alguna pelea por cosas de mujeres a las que parecían darles más importancia que al trabajo que tienen que hacer para que una casa salga adelante y para conservar la armonía de los matrimonios y conseguir una buena crianza de los hijos. Ella tenía que estar segura de que si era cierto que la Eda vendía al verdulero los pollos que criaba la Fina, y si era verdad que se gastaba la plata sin decirle nada al marido. Eso era algo que no comprendía bien; lo había sospechado por media palabra escuchada de casualidad y otra media palabra que le trajo una de las nietas, pero la Vica estaba segura de que si no intervenía a tiempo iba a perder la oportunidad de hacer algo por la unión de la familia. Ya una vez, hacía mucho tiempo, había sucedido una cosa muy fea y tuvo que dar permiso para que Marcos y la Rosa se fueran a vivir por su cuenta en las piezas del lado norte y hacer la cocina aparte, todo porque ella no había podido intervenir a tiempo y no había parado las cosas antes de que se hicieran más graves. Pero Marcos no pudo aguantar mucho eso de estar solos y consideró lo que había ocurrido, con lo que consiguió que las mujeres hicieran las paces y volvieran a cocinar y a comer todos juntos. Llamó con su bastón golpeando los barrotes de bronce y cuando llegó la Chun pidió que la llevaran a la cocina porque quería hablar con todas y de paso ordenar que le lustraran la cama por si venía el cura a visitarla, como hacía todos los meses para confesarla y darle la comunión. Entonces la Chun llamó en auxilio a las otras y solo quedó la Fina a espumar el puchero porque la sopa ya estaba hirviendo. Entre las cua tro llevaron la cama a la cocina y la colocaron en el medio, como la Vica quería, de manera que pudiera ver todo al mismo tiempo que hablaba.

—Mare —le dijo la Chun—, usté debería dar permiso para cambiar esta cama de dos plazas y encima de bronce, que no es cosa fácil de llevar de un lado al otro.

Sin embargo la Chun sabía que su suegra le iba a contestar lo de siempre:

—Mirá —le dijo la Vica con la mirada cargada de reconvención—, en esta cama dormí con mi marido y en esta cama Dios me mandó los hijos; es lo primero que pensó en comprar el finado cuando hizo unos pesos y me la trajo para cambiarla con la que teníamos clavada en la tierra y que él había hecho con unos troncos de ñandubay y unos tientos. Ustedes nunca durmieron en cama de palo ¿no?, si hubieran dormido no estarían pensando cambiar esta cama por otra más chica para comodidad de ustedes. En esta cama, sépanlo, dormí con mi marido y en esta cama voy a morir.

La Eda quería hacer la quinta hoy; desde unos días atrás venía pensando en unos lindos canteros con perejil, otros con endibias, otros para las zanahorias y el almácigo más grande, de una punta a la otra, para las cebollas, y ya era tiempo también de ir pensando en los repollos y renovar la achicoria. Le quedaba media mañana por delante para empezar, pero aunque le preguntó a la Vica ella le dijo que no valía la pena sembrar nada, que todo se iba a ir en vicio, porque no era la luna, que esperara hasta el 27 y si no que mirara el Bristol.

—Más vale que te pongas a lustrarme la cama, Eda, y después echás la pata en las casitas del sur, pero tenés que ponerle el sarario al pato viejo porque no la deja tranquila y vos Otilia prepará para planchar; esa ropa hace dos días que esta juntada y nadie tuvo la iniciativa todavía de alistarla y la Clotilde si quiere hacer el dulce de duraznos que lo haga, pero no le vayas a poner tanta azúcar que, si lo hacés a tu manera, se pone negro y los hombres no quieren ese dulce oscuro que ahora que se está con el corte del alfa hay que servirlo con la merienda.

IV.

Usté dijo que Ismael y Pedro le fiaban la cama hasta cobrar el giro grande de la cremería, pero cuando voy y me fijo en la libreta, la había comprado al contado y eran quince pesos y que había estado guardando usté para cuando naciera el Bernardín. Así que estaba usté pensando en comprarla desde hacía tanto tiempo y yo no sabía nada. Un día veo venir de lejos la volanta de Ismael y Pedro con la cabecera y el pie de la cama colgando a los costados y que brillaban al sol como si fueran de oro. Yo me pregunté para quién sería tanta belleza y quién iba a ser la reina que ahora tendría esa cama para dormir. «Si Dios me manda una cosa así —pensaba yo— seguro que no sabría qué hacer». Por eso, cuando la bajaron yo no podía creer lo que estaban viendo mis ojos, y usté me decía: «Es nuestra Vica, la vamos a cambiar por la que tenemos», y yo le hacía ver que esa era cama para gente rica y no para dos pobres como nosotros que esperaban un hijo. Fue entonces cuando más lo quise y me dije que no tenía que estar triste porque mi marido era el más bueno de Corda. Porque créame, yo no lo quería a usté; hasta ese momento no lo había podido querer nunca y cuando me encontraba llorando, si alcanzaba a verme, yo le decía que era porque extrañaba a Cúneo y a mi tía Italia, aunque eso era solamente verdá en parte; yo lloraba sobre todo porque no podía quererlo a usté a pesar de que rezaba y le pedía a Dios que me mandara fuerzas para soportar su compañía. Pero yo me di cuenta que lo quería mucho cuando hizo venir la cama, cuando entendí el sacrificio que había hecho solamente para que naciera nuestro hijo en un lugar como la gente y que pudiéramos descansar los dos de todo el trabajo que hacíamos en el día. Pero de todos modos Bernardín no nació en la cama —fíjese como son las cosas—, nació en la parva y no por culpa suya que me decía que yo ya no estaba para atender la horquilla, Dios hizo que naciera en la parva porque así aprendía de cerca lo que era el trabajo, y Batistín nació en el corral y Juan por el camino, y seguro que si usté hubiera vivido, los mellizos nacían en la chacra, en la rastra, encima del arado, o qué se yo, porque créame que siempre fue mi gusto acompañarlo en el trabajo hasta el último momento, aunque después tuviera esa cama de oro para hacer dormir a los hijos y para darles el pecho. Yo siempre pensé que cada uno tiene su destino. El suyo fue morir joven, el de nuestros hijos nacer en la tierra que usté vino a buscar para ellos. Yo le tenía miedo al principio, como le dije, mi tía Italia me había dicho, cuando me enseñaba, qué es lo que piensan los hombres de la mujer que tienen, pero con el tiempo yo me di cuenta de que usté era diferente y que no me maltrató nunca como a veces la maltrataba el marido a mi tía Italia. Usté quería tener hijos para hacer la familia grande porque decía que yo criaba los hijos más lindos del mundo y, cuando yo le pregunté cuántos hijos pensaba que íbamos a tener, usté me dijo que muchos. «¿Pero cuántos Bernardo?», le dije yo y usté me contestó que como quince o veinte y me asusté entonces por lo que había sufrido en la parva cuando me nació el Bernardín. «Eso es con el primero, Ludovica —me conformaba usté—, los demás nacen solos y todas las mujeres se acostumbran». Así vinieron al mundo los ocho primeros y después los mellizos, pero cuando los mellizos nacieron usté ya no estaba en esta tierra porque Dios había querido llevárselo con él.

V.

Mientras comían todos alrededor de la mesa larga y ella en su cama, la Vica pensó que por ley Bernardín tenía que tomar el mando cuando ella se muriera, y su corazón un poquito débil y otro poquito cansado le decía que el Señor del Cielo la iba a llamar pronto a su lado. Hacía más de sesenta años que estaba gobernando su casa y era hora de que le diera paso a quien tenía más fuerzas que ella; de allí en adelante todos tendrían por costumbre que acordarse de sus enseñanzas y de cómo había que obedecer a quien tenía el mando, para que una familia no se viniera abajo. Ella le había dicho a don Cresencio las últimas veces que le traía la comunión, de cómo estaba queriendo que Dios le mandara el descanso eterno.

—¡Ah Ludovica —le decía el cura—, nadie puede disponer ni de la vida ni de la muerte, solamente el Rey del universo es el que decide y usté, que ha hecho tanto sobre esta tierra, debe esperar con resignación que los últimos días sean ejemplo para todos, como lo fue siempre!

Así hablaba don Cresencio, cura como ese no habían tenido nunca, tan sabio, tan lleno de consuelo, siempre que un corazón precisara paz y resignación. ¡Cuántos casamientos, cuántos bautizos, cuántas muertes había asistido él, día tras día en su santa misión; cuánto había aprendido del bien y del mal de tanto andar caminos y confortar a los cristianos! Por eso, tales palabras le habían hecho bien; y ella esperaba, pero en el fondo tenía también la idea de lo que había hablado con Ismael y Pedro un día que vinieron a vender y se quedaron a pasar la noche. Como hacía calor habían puesto su cama de bronce en el patio y miraban la luna y miraban las estrellas y esas bolas de fuego que tenían la costumbre de cambiarse de un lugar a otro en el cielo como si estuvieran jugando entre ellas para ver quién corría más rápido sobre la profunda noche de la inmensidad. Los hijos cantaban, los nietos se dormían en la falda de las madres y, lejos, como sucede siempre en el campo, las voces de los animales se hacían lerdas y tristonas. Ella tenía a Ismael y Pedro sentados cerca de la cama y hablaban también —entre otras cosas— de la vida y de la muerte como si al lado de la tristeza que venía de las chacras, del silencio que nacía de los árboles quietos, de los galpones sombríos y de los corrales dormidos, ellos tuvieran la necesidad de certificar, por contraste, que estaban vivos. Y fue entonces cuando Ismael le dijo que, si uno ha vivido en paz como cristiano, si se ha llevado siempre una vida honesta, Dios da la oportunidad y el tiempo necesario para poder prepararse. Y no solo se llama ser honesto cuando uno no le roba al vecino, o no teje mentiras para dejar tranquilo al corazón. Ser honesto es mucho, mucho más inmenso que eso.

—Ah sí —suspiró Ismael mirando esa dulce grandeza ensombrecida— se es honesto únicamente cuando no se tejen calumnias, cuando se estira la mano al vencido y se olvidan sus yerros de antaño, cuando se sonríe y alivia al enfermo, cuando se siente tanta piedad por el sufrimiento de todos los hombres del mundo como la compasión que uno le dedica al hijo, al esposo o al hermano.

Entonces, cuando llega el momento supremo, el alma vuela al cielo en un carro de luz —había agregado Pedro que medía con profunda mirada azul la imposible distancia entre la Tierra y el firmamento—; en un carro que manejan Cristo y San Pedro —seguía diciendo— y el trayecto es tan largo como la vida que se vivió, pero ya no se sufre, no, y, por último se llega a la presencia del Rostro Divino.

—Y esa noche ella supo también tantas cosas acerca de las leyes de Dios y de sus designios, tanto como nunca en su largo camino había tenido oportunidad de conocer. Claro que ella hubiera querido valerse por sí misma y andar como cuando era joven por la casa, y darles consejos y el ejemplo a sus hijos, a sus nueras, a sus nietos, en pie, fuerte y derecha como había sido hasta el momento de su enfermedad, pero ¿qué podía pretenderse a los ochenta años ya largamente pasados si la vejez viene para todos?, hasta un árbol se tuerce con el tiempo, hasta una casa se derrumba cuando suma días y días, hasta un animal se cae y espera la muerte como vencido, y ella pretendía andar como si fuera joven todavía, como si no hubiera dejado muy, muy atrás los tiempos en que al verla la gente le decía: «Esa es Ludovica Racca, se precisa más de una desgracia para echarla al suelo». «En un carro de luz se atraviesa el cielo más allá de la vida y, por último, se llega a la presencia del Rostro Divino», se decía a veces la Vica, recordando la conversación que había tenido con Ismael y Pedro. Después pidió a los nietos que la llevaran a la pieza para dormir un rato porque quería estar descansada ya que había decidido ir al corral para ver la lechada de sus buenas vacas y el estado de los animales y, en la penumbra del cuarto, con el olor que venía de las brocamelias florecidas al pie de la ventana y ese poco de olor a bálsamo que exhalaba la humedad genésica del verano, la Vica pensaba en un carro flotante entre luces que la llevaba en presencia del Señor a rendir cuentas de sus pecados y sus virtudes, y se iba adormeciendo despacio con lueñes resonancias que le aleteaban sobre el alma y con ese sueño sutil y corto que tienen todos los viejos.

VI.

Usté hablaba de Ismael y Pedro y yo no sabía al principio por qué les tenía tanto respeto pero con el tiempo supe también yo que ellos, de tanto recorrer caminos y el mundo, eran más sabios que los libros. Usté me decía que ya los había conocido antes, cuando estuvo por primera vez aquí, y muchas veces lo habían ayudado prestándole el carro para dormir, o poniéndolo entre los dos para calentarlo cuando la garúa y el frío se hacían difíciles para los pobres y para los que tenían que andar por esos caminos sin un techo. Hasta don Cresencio Colomba, que los había conocido todavía antes que nosotros, nos decía entonces que cada vez que Ismael y Pedro pasan por Corda traen un poco de alivio para todos nosotros arrinconados en esta gran soledad de las chacras. Nos contaba que ellos son pobres y que los pobres vienen a ser como los representantes de Jesucristo en la Tierra y que Jesucristo les indica el camino para que vayan y vengan llevando su volanta de lata, también pobre, por todos los rincones del mundo, aunque nadie sepa nunca de dónde vienen y adónde van. Pero cuando pasan por Corda todos tienen de qué hablar. Las muchachas esperan con alegría su presencia porque pueden comprarles puntillas y jabones y telas, y les traen suerte puesto que muchas veces encuentran el hombre que les conviene y son felices con ellos. Hasta les traen cartas, les traen un poquito de esa dicha que no cuesta nada con un mensaje del novio para su novia, o una prueba de que las recuerdan, con un regalo que los mercachifles colocan en las propias manos de la dulce soñada. A veces una sola palabra, o dos nomás con que se dice todo, todo lo que sus enloquecidos corazones esperan escuchar: que no te olvida, que te visita; que te espera en el baile. Los hombres les compran semillas y cinturones, algún material para la herrería, botines brillantes para la misa y las fiestas, remedios milagrosos para aliviar las pobres bestias que se consumen en alguna enfermedad empedernida y hasta los mismos regalos que con vergüenza y hasta un poco a escondidas les hacen llegar a las muchachas. Y en la volanta de lata que parece tan pobrecita, se encuentra siempre lo que uno precisa. Ahí está todo, todo lo que uno justamente estaba pensando en tener, aunque nadie pueda explicarse de cómo ellos son capaces de saber qué es lo que uno anda necesitando cada momento. A veces, cuando Bernardín y la Yola eran chicos, usté les contaba la historia de la Clorinda Borla, que era tan fea la pobrecita que no tenía paz cada vez que se miraba en el espejo, pero más que nada, fea por dentro, fea del alma porque su envidia era peor que su nariz y su boca finita de dientes separados. Acuérdese de cómo les gustaba a los chicos esa historia y cada vez que veían un lechuzón decían: «Miren, miren, la Clorinda Borla anda rondando», porque en la historia, ella se había metido una noche en el carro de Ismael y Pedro para robarles jabones, perfumes y puntillas, así podría estar mejor adornada que todas las otras muchachas del pueblo, pero en el carro solamente encontró —una vez adentro— una cueva larga, larga que no tenía fin y, cuando ella salió de allí, ya no era la Clorinda Borla, sino un lechuzón de ojos amarillos y cara de vinagre. «Vaya a saber las cosas que son capaces de hacer Ismael y Pedro», decía usté, y cuando se estaba precisando algo en la casa me pedía que tuviera un poco de paciencia hasta que apareciera la volanta. Y aunque hubiera que aguantar meses, un día cualquiera la volantita aparecía con sus bártulos haciendo reflejos bajo el sol y entonces se le compraba lo necesario y siempre traían lo que se les había encargado, por más difícil de encontrar que hubiera sido; tal vez lo traían desde lejos, de Buenos Aires, de Italia, vaya a saber de dónde, pero lo cierto era que ellos siempre cumplían con la palabra dada y ninguno tenía oportunidad de sufrir con una esperanza quebrantada. Yo conservo el recuerdo de usté hablándome de la honradez de los mercachifles y que por eso prefería comprarles a ellos y a ningún otro aunque hubiera distintas oportunidades de mirar la mercadería con que algunos —también venidos de lejos—aparecían a veces por Corda. También conservo el recuerdo de usté hablándome de todo para abrirme los ojos y porque yo había vivido poco —según iba diciendo—, y no sabía entonces lo que era necesario de lo bueno y de lo malo del mundo. Por eso sé que si me hubiera tocado otro hombre, no habría aprendido tanto de la vida como he aprendido a su lado, en los pocos años en que el Señor permitió que fuera mi compañero. «Don Cresencio —le dije al cura cuando usté falleció—, cómo es que Bernardo Racca, bueno y trabajador como era, se ha muerto dejando a sus hijos que tanto lo hubieran precisado; pero yo no me puedo consolar porque Dios ha sido injusto conmigo». «¡Ay Ludovica, usté está muy triste y no quiere pensar que el Señor dispone de la vida de sus criaturas por cosas que no conocemos, pero de lo que tiene que estar segura es que Bernardo va a tener su lugar en el cielo!». Después, con el tiempo pensé que sí, que tenía razón, ¿adónde puede estar un hombre bueno como usté, sino al lado de los honrados y de los trabajadores? Al lado suyo me di cuenta de que también había alegría en el mundo porque usté me enseñó a cantar y quería que me riera cuando las cosas se ponían lindas para los dos, en medio de tantas necesidades, por lo que me acostumbré a esta tierra que nunca pensé en volverme y en extrañar nuestro pueblo, sino pensar que la única tierra que habíamos tenido siempre era esta en donde yo lo quise y en donde nacieron los hijos. Usté, poco tiempo antes, me tocaba la barriga y me decía: «Esta vez van a ser dos, porque la guerra en Europa va a traer trabajo a este país y vamos a necesitar brazos para sembrar todo el trigo y el maíz que van a servir para dar de comer a tantas bocas hambrientas. Sí, sí —decía usté—, los campos de allá ya no sirven más de podridos que están con tantos cadáveres y tanta pólvora y tanta miseria que trajo esta guerra; por eso el pan tiene que salir de esta tierra y se van a necesitar muchos brazos y muchos corazones fuertes para eso». Y fueron dos, nomás, pero cuando ellos nacieron usté se había muerto y yo vi, por más que ahora digan que son cosas de vieja, cómo usté salía de la tumba y se subía al carro de Ismael y Pedro que lo esperaban para llevarlo a recorrer el largo camino a la otra vida. Pero usté ya no sufría, ya no tenía trabajos ni apuros, ni tristezas como cuando vivía en este mundo, sino que su camino era todo de alegría como a usté le hubiera gustado que hubiera sido la vida.

VII.

—Marinna, Marinna —susurraba una de las nietas cerca de la cama—, dice papá si quiere ir al corral, que ya están con el ordeñe.

—Sí, sí, ella quería, ya lo había dicho antes, ¿o no habían entendido?, ¿cómo era que se habían demorado si antes de dormir les había informado a todos que su deseo era estar ahí esa tarde?

Vinieron a buscarla. Ella pidió su sombrilla de antiguo color de rosa y fue colocada en medio del corral y cubierta con el mosquitero para que no la molestaran ni las moscas ni los alguaciles. Miró las vacas, los terneros, la novillada que abrevaba y esforzó sus ojos gastados para elevarlos a la luminosidad de la tarde azul y a ese cielo sin nubes en donde giraban lerdas y magníficas las aves que ansiaban las alturas. Allá arriba un celaje peregrino plateaba la inmensidad como si el viento se hubiera entretenido en desparramar efímeros tisúes en el aire, mientras chispazos de oro en las alas de las mariposas salpicaban el retemblor del éter. Era una tarde calma y ardiente; sin embargo la Vica se sentía bien junto al ruido del trabajo y aspirando el olor intenso de la boñiga que fermentaba en los corrales. Desde lejos venían a envolverla vaharadas frescas de alfalfa recién cortada que llegaban hasta ella con el ruido de una máquina distante ocupada en hacer gavillas sobre las chacras abiertas y pródigas. Las abejas enloquecidas de polen zumbaban sobre las benéficas flores de la borraja y las grandes corolas del zapallar que, junto a los tejidos del huerto, trepaba feraz sin medir obstáculos para su afán de crecimiento. Más lejos, el sápido perfume de las artemisas y el poleo remedaban el calmo ambiente del monte para gozo de los restallantes saurios que ahora adoraban al sol. Los perros de la casa guitoneaban entre las patas de los vacunos y, de tanto en tanto, por cumplir con su compromiso de alertas guardianes, lanzaban algunos ladridos que más parecían bostezos de pereza. Ella miró lentamente el viejo mundo de la tierra, animales y simientes y luego contó mentalmente las vacas que esperaban con paciencia el turno de la lechada. Entonces pensó si no era una exageración ordeñar tantos animales por más que el esfuerzo estuviera compartido por todos los de la casa.

—Bernardín —llamó—, ¿no convendrá más poner en pastaje que ordeñar tanto?

Bernardín le dijo que no le parecía, porque ahora había muchos más brazos para el corral ya que dos estaban de vuelta de la conscripción, y se estaba pagando bien la grasa, en cambio el pastaje no pronosticaba demasiada ganancia.

—¿Qué hicieron tus cuñados? —preguntó ella.

—Pusieron otra vez en pastaje mare —le dijo él.

—¿Havisto que sos un porfiado?, cuando esta vieja dice algo es porque sabe y no comprendo por qué todavía no aprendiste a hacerme caso; ya sos viejo vos también y sin embargo pensás menos que un chico; ¡se ponen cincuenta animales en pastaje y se merma el ordeñe!

Él bajó la cabeza y, por el rubor que tenía en su cara oscura, se hubiera pensado realmente que reaccionaba como un chico. Bernardín miró toda la amplitud del día, el cielo tan alto, tan nítido, tan supremo; miró la distancia en chacras lejanas y, después, muy cerca, la casi vergonzosa realidad de sus alpargatas gastadas. Pero no podía mirarla a su madre en la cara: la presencia de ella era radiante y domeñosa, como una imagen sagrada que no da respuestas.

—No tenemos tanto, mare —se atrevió a opinar con la voz contenida—, vendimos el resto en la feria, se acuerda.

—Ah sí —dijo ella—, pero compren lo que vendieron —y miró el cielo—, hay agua para estos meses y el Bristol dice que va a llover hasta agosto que es la época más peligrosa; entonces, ¿conviene o no conviene poner en pastaje?, además tus cuñados, que hablan con el diablo, nunca se equivocan. Estoy cansada Bernardín, háganme caso en todo, especialmente vos que vas a ocupar mi puesto, porque un día de estos el Señor me va a mandar a llamar para pedirme cuentas.

—No diga eso mare —le pidió Bernardín con tristeza.

—¡No, no lo digo más, pero hacé llevarme adentro!

VIII.

Usté me faltó entonces y el mundo ya no era nada para mí, la casa era negra sin su persona y, por más que abriera las puertas y las ventanas, parecía como si en ninguna parte entrara un chiquito de luz; la cama era muy grande, créame, para dormir sola. Bernardín, el pobrecito, con sus trece años ocupó su lugar mientras yo esperaba que nacieran los últimos y, por eso, él aprendió hasta a hacer la comida. Era muy difícil no tenerlo, Bernardo Racca, créame lo que le digo, era muy difícil no poder pedirle un consejo cuando necesitaba a un hombre que me guiara y cuando las cosas se hacían más complicadas; por eso, la muerte suya no terminó en el momento en que se cayó de boca en la cancha de bochas, sino que para mí, la muerte suya duró muchos años, usté se me fue muriendo todos los días, porque en cada mañana nueva en que me despertaba, era pensar que ya no estábamos juntos, que ya no comíamos juntos, que ya no podíamos tener un solo hijo más para llegar a formar esa gran familia que tanto le habría gustado. Y me tocó con Bernardín y después con los otros y las muchachas mayores, también pobrecitas, a hacer venir grandes a los más chicos y enseñarles a trabajar la tierra, arar, sembrar, hacer las parvas, sacar leche, manejar los carros, decidir las compras, pensar en las ventas, mandar el trigo, elegir la ropa, enfrentar las desgracias que mandaba el tiempo, mantener la fe en todos. ¡No voy a saber yo más que nadie cómo tuvimos que hacernos fuertes todos a costa de rigor nomás! En las mañanas tan frías que ponían como troncos los dedos, llevarlos al corral, envolver a los mellizos para que estuvieran cerca de nosotros y del calor de las vacas, y después Bernardín o yo llevar los tachos a la cremería encima de la chata bajo el cielo que escarchaba o la lluvia helada que ardía en la carne. «Hay que casarse Vica, vos sos joven», me decían las otras, y yo no les contestaba ni que sí ni que no, pero pensaba que ya tenía muchos hombres en mi casa y que mis hijos eran míos y de usté, y no podían ser de ninguno más; para eso usté había cruzado el mar tres veces, y para eso usté se había muerto forzando el corazón en el trabajo. Yo no iba a querer ningún hombre que no fuera usté; el que me había ido a buscar tan lejos, el que me había dado el apellido y, estoy segura de que eso lo supo siempre porque no por otra cosa se hizo querer y se cruzó el mar cuando todo era tan difícil y usté era tan pobre.

IX.

La tarde en agonía estaba escurriéndose en el patio y arrastraba sus sombras púrpuras por sólidos recovecos de penumbras estancadas. Se iba, se desleía como un polvo ferroso en el aire y teñía sin ton ni son la cimera de los árboles más altos y los techos de la casa, favoreciendo el bello esplendor de las nubes bajas con un incendio vertiginoso. Alguna curruca que, de tan pequeña, parecía hecha solo de sonidos, protegía a sus pichones de la rapiña nocturna y dejaba oír los reclamos de su ansiedad maternal como pidiendo auxilio al mundo tan grande, pero tan sordo al mismo tiempo. Algunas buidas flechas, que eran murciélagos recién despiertos, chillaban en la persecución de insectos que flotaban en el aire. De la lejanía llegaban el rumor de la floresta en crecimiento, los sonidos palustres al borde de las aguas bermejas, el murmullo de las fuerzas genésicas bajo la tierra humífera. Frente a la cocina que reflejaba su luz anaranjada a través de la ventana abierta, estaba la cama de bronce recién lustrada y que chisporroteaba como si ella fuera el único oro legítimo de toda esa fanfarria de reflejos. Ludovica Racca tenía a toda su familia alrededor como siempre que hacía calor y se iban a esperar la cena en el patio. Sin embargo, los huesos de los viejos se hielan antes, las carnes les tiritan al menor soplo y a veces hasta sin saber por qué. Ella, con un ligero temblor, acomodó alrededor de su garganta el viejo fichú desteñido que pedía siempre para envolverse cuando la noche caía. La tela desgastada de la prenda era como su piel misma. Tantos años de compañía habían producido esa asimilación entrañable que la llenaba de una menuda y placentera quietud cuando sobrevenían casi ritualmente esos instantes de retemblor. Miró a los nietos, a los biznietos; se parecían tanto unos a otros como si uno solo hubiera sido el padre y una sola la madre, productos de un maternal y gigante vientre que los revelaba idénticos en sus rasgos, generación tras generación. «¡Esa es mi raza y la raza de Bernardo Racca!», se dijo silenciosamente, apenas moviendo los labios. Los mayores recibían mates, los más chicos hacían dibujos enormes con un palo sobre la tierra dura recién barrida, eran vacas enormes con panzas desmesuradas, perros gigantes de ojos saltones, hombres con botas tan altas como personas. ¡Cuánto misterio en esas figuras rasantes sobre el límite de la luz y de las sombras! ¿Cuántas palabras ahorraban esos monigotes grotescos e inquietantes? Pero ¿quién era capaz de saber la verdad total de esos trazos, a menos que fueran los niños mismos que guardaban, sin embargo, celosamente el secreto? Los mayores tenían el pelo mojado después del aseo mostrando la frente clara y hermosa y la cara oscura por el sol que les había marcado el límite preciso en el lugar hasta donde llegaba el sombrero de todos los días. Olían a cosa buena como el pan, a tierra, a boñiga; era un sudor crepuscular y letífico como el silencio que habían creado. Uno de ellos trajo el acordeón y al primer son acudieron todos los gatos de la casa, y de los pajonales; los gatos domésticos y los de más allá; los que vivían en los gratos rincones de la cocina y los que anidaban en los árboles como si se sintieran más aves que felinos. Los gatos, más de mil, tal vez —o quizá les parecía a ellos—, miraban al mágico ejecutante tan capaz de atraerlos en una mansedumbre arrobadora que durante el día no se creaba ni por milagro y, allá, detrás del límite luminoso de la ventana, muy quietos en la oscuridad, todos los gatos del contorno escuchaban el canto de los hombres que, dentro de un instante, se iba a producir, y otros sones quizá únicamente percibidos por ellos con sus finos oídos. El acordeón sollozó, hizo una pausa, estiró el arpegio y los que sabían cantar cantaron, entrando en el momento justo con la historia que tanto deleitaba a los más chicos, quienes todavía no la habían aprendido para enseñarla, muchos años más tarde a sus propios hijos:

María Madalena - asi völ cunverti,
a va piche le porte - le porte del Paradis,
Los inocentes han dejado de dibujar, quedaron quietos y expectantes como si la historia archiconocida les fuera relatada por primera vez:

Gesù manda San Pietro - va veddi chi i' è li
—Maria Madalena - ca si völ cunverti.
Gesù manda San Paulu - o vala a cunfessè
—Maria Madalena, - o cunta i to pechè.
—I me pecà sun tanti - che mi 'j pöss pa cunté.
La tera che mi porta - duvria sprofundé.
—Maria Madalena - penitensa bsogna fè;
Sett' ani 'n t'un deserto - ti 't deveràs passé,
Y esperan con la ansiedad en los ojos y en los gestos detenidos el final encantado que los retorna nuevamente al principio para rehacer la canción con el mismo argumento y prolongarla así desde el primer canto hasta el infinito… La pobre María Magdalena tras siete años de dura, durísima penitencia, vuelve a pecar y es por eso que la estricta sentencia se reitera:

Maria Madalena, - penitensa bsogna fè
Sett' ani 'n t -el deserto- ti 't duvràs turné.

Don Cresencio Colomba había venido a darle la comunión y entonces habló con todos repitiéndoles algunas historias del Evangelio en las que Jesús entraba en el estrecho y mezquino mundo de los mortales para arreglar con un milagro la desesperación, el delirio, la muerte, y hacerles ver a los pobrecitos de carne y hueso cuán grande era la munificencia de Dios Padre y cuánto podían prodigarse los cielos para socorrer a los efímeros. «Que todos sean como las palomas, o como las hierbas del camino, o como las flores silvestres que son perfectas en su humildad. Viven de lo que reciben —decía don Cresencio— no piden nada y si Dios les manda la lluvia, todas resucitan mostrando sus colores y la alegría de sus cantos para ejemplo de los hombres de esta tierra». «Ah —pensaba Ludovica—, quién pudiera ser igual a las palomas, a las hierbas del campo y a las florcitas silvestres para no tener que vivir en una lucha permanente con el bien y con el mal». Tal vez ella no debiera ser tan severa con los más jóvenes, admitiendo, sobre todo, que tanto camino les quedaba por recorrer y que a veces necesitaban un poco de alegría para seguir adelante con el trabajo, con las penurias, con su propia vida; en fin, con todo lo que el destino les anclaría reservando.

—¿Qué día es hoy? —preguntó de pronto—; es sábado, ¿nocierto?—. Vio venir desde muy lejos el carro de Ismael y Pedro con sus latas brillantes, los vio venir antes que nadie. Los perros ladraron y fueron acercándose como a los viajeros queridos que han estado ausentes por mucho tiempo. Dentro de un momento el carro estaría en el patio y todos se irían a rodearlo para ver qué podían sacar los mercachifles de su interior dudoso y sorprendente. Ludovica pensó en las ansiedades de sus nietas, los deseos de sus nueras que todavía querían presumir de bellas y frescas ante sus hombres y ser más hermosas que las otras. Ah, cuántas veces las había visto dudar entre una puntilla de deliciosos diseños y un par de medias sutil con cuchillas de encaje apenas obtenido el permiso de la compra. Cuántas veces había tenido que verlos sufrir en postergaciones, tanto a los hombres como a las mujeres, y ella misma se había conmovido pero haciéndose más fuerte para no ceder, en procura del bien de cada uno y el bien de la familia entera. Llamó al nieto que miraba con mirada triste algún resplandor del atardecer como si estuviera buscando respuestas en las últimas luces y le dijo:

—Gabriel, hoy hay baile en el pueblo, ¿y cómo es que no me pidieron permiso?

X.

Usté me decía a veces: «Vica, vamos al baile, ponete el vestido más lindo, ese que me gusta y peinate con las dos ondas sobre la frente que esta noche necesitamos estar contentos y tenemos derecho de buscar un poco de diversión aunque seamos pobres». Y yo me ponía entonces el vestido de color de cereza que me había traído de Cúneo ya que sabía que ese era el más lindo para usté, porque me miraba de arriba a abajo cuando salía de casa y usté me estaba esperando en la volanta para ir a bailar, y por eso nomás parecía ponerse contento, mientras nos íbamos de fiesta usté gritaba como un chico, se golpeaba el pecho, castigaba a los caballos para hacerlos ir más rápido y me miraba a los ojos mientras en medio de la noche decía con todo lo que daban sus pulmones que Bernardo Racca tenía la mujer más linda del mundo.

XI.

—¿Cómo es que no me pidieron el permiso?— les decía la Vica a sus nietos y ellos se miraron; seguramente estaban pensando que la abuela, de lo vieja que era, ya no se acordaba por la tarde de lo que había dicho por la mañana—. Si quieren el permiso lo tienen —le dijo a Gabriel— pero no olviden de pedírmelo si no yo no puedo adivinar.

XII.

El 10 de setiembre usté se peleó por mí porque el tal Lisandro Almada había entrado con copas encima y quería pedirme para bailar y todos estaban mirándonos y usté me decía: «Ludovica, no te fastidies que un marido debe hacer respetar a su mujer, si no, no es hombre». Y yo tenía miedo y al mismo tiempo estaba contenta de lo que usté era capaz de hacer por mí que, cuando lo trajeron de afuera con la nariz reventada yo lloré mientras lo limpiaba y le decía que tuviera juicio porque las cosas podían terminar mal. «Callate, Ludovica, callate —me decía—, que ese y muchos otros no se van a meter nunca más con la mujer de Bernardo Racca». Yo estaba con el vestido de color de cereza, el que le gustaba a usté, ¿se acuerda? y ni siquiera sabía si iba a nacer Bernardín, y cómo cantó y se rió por el camino de vuelta mientras los caballos trotaban sabiendo que muy pronto iban a estar sueltos en el alfa bajo el fresco suavecito de esa madrugada de setiembre.

XIII.

Cuando Ismael y Pedro con su pobre carro de lata llegaron al patio y saludaron a todos, desde el pescante cruzaron una mirada luminosa con Ludovica que comprendió el saludo, aunque solamente hubiera existido nada más que un gesto. Ella permitió que todos corrieran y, aunque los hijos mayores se hubieran acercado pausadamente y con mirada ciscona a ocupar su lugar frente a las puertas cerradas del carro, Ludovica los conocía demasiado bien como para no saber que caminaban así para aparentar, pero que en el fondo estaban tan ansiosos como los jóvenes para ver los prodigios que adentro traía la volanta.

XIV.

Ah, mire, cómo vengo a acordarme ahora de aquella botella de garnacha que usté compró a Ismael y Pedro y que tomamos los cuatro juntos mientras cantábamos apoyados en la mesa porque había nacido Bernardín y usté estaba contento que decía a cada rato, entre trago y trago, y mirando a su hijo dormido: «Este es el hombre que va a cuidar de su madre cuando yo muera», en tanto sabíamos que afuera crecía y crecía ese trigo como si ese año hubiera tenido en las raíces más fuerza que nunca para que las espigas macollaran como si fuera un milagro.

XV.

Las sombras se iban espesando y el mundo se hacía más hueco y sonoro. Qué temblores de alas en las frondas adormecidas, qué de lejanas brillazones multiplicaban los trémulos chispazos de los bichos de luz y de alguna mariposa que cortaba el resplandor de las ventanas con su claridad azafranada. La lejanía se ampliaba negra y precisa con gritos nocturnos y remotos perfumes vegetales. Los mil gatos de la noche habían ganado los techos de los galpones, el alero de la casa, las ramas de los árboles y maullaban ominosos llamados de eternidad para consumar el perpetuo reclamo de la vida; los perros, en cambio, desorientados por tantos indicios bullangueaban con ladridos inútiles hasta que alguno los mandaba callar. Vio que Bernardín se apartaba del grupo y, con la cabeza gacha, el ademán sumiso y tardos pasos de onerosa autoridad, frente a la expectación de todos, venía a pedirle permiso para comprar. ¡A veces se parecía tanto a aquel chico que a los trece años había perdido al padre! Ella lo recibió como reciben las estatuas la devoción de los suplicantes pero le dijo que sí con los ojos y Bernardín midió la infinitud de ese ademán mientras se volvía con una respuesta a todos los suyos. En la cama de bronce, que era en ese momento de oro y plata, y también de hierro, de tierra, y de cielo y de madera, y de todas las sustancias nobles que se podrían pensar, ella esperó que Ismael y Pedro vinieran por fin a hablarle del largo, largo viaje, mientras la casa entera se agitaba para presenciar las maravillas que se verían cuando se abrieran las puertas de lata del viejo carruaje que echaba luces.