

La tercera fundación de la ciudad de Buenos Aires
Publicado en: Cuentos argentinos de ciencia-ficción (1967)
Hacía tiempo que los hombres habían abandonado la ciudad de Buenos Aires y luego murió la última rata.
Las ciudades deshabitadas pierden la línea. Ello pasa más que nada porque no hay gente que las cuide. En la ausencia de cuadrillas de obreros, personal técnico e ingenieros especializados en la mantención de una gran metrópolis, ésta se deteriora con bastante rapidez. Aparecen grietas en el asfalto, pozos, los cimientos ceden, las medianeras se abomban. Cada ladrillo se afloja un poco. La decadencia urbana facilitó la guerra de las calles.
La última rata murió un 11 de octubre. En la alta madrugada del día 12 avanza la cortada Caravelas. El golpe —denominado «Operación Las Indias»— fue inesperado. Su objetivo: conquistar la enormemente ancha Avenida 9 de Julio, la avenida más ancha del mundo. Caravelas la reclamó para los Reyes Católicos. Fue una osadía pura usufructuando la sorpresa. ¿A quién se le iba a ocurrir ese zarpazo de una cortada tan pequeñita? En la madrugada flameaban los colores de Castilla en el impávido obelisco.
Fueron horas de pasmo para una ciudad literalmente petrificada. La parálisis urbana hizo resaltar el fenómeno, creando un contraste entre lo estático y la dinámica acción de una cortada que entra en una avenida. El Mercado del Plata, vagamente fiel a su tradición
francoinglesa, opuso débil resistencia, causa de un mayor estrago edilicio en el desplazamiento.
La noticia corrió como la pólvora con su reguero de rumores. ¿Qué iba a hacer la Plaza Colón? Era evidente que tenía que sumarse a las fuerzas realistas, más aun, asumir el mando. La «Operación Las Indias» necesitaba a Colón. Pero la Plaza Colón estaba en una situación táctica muy poco favorable ya que, de marchar hacia el obelisco, tenía que vérselas con la Casa Rosada, cruzar nada menos que la Plaza de Mayo, medirse con las expectantes calles San Martín y Bolívar que ahí convergen (¡San Martín y Bolívar!) y remontar toda la Avenida de Mayo. No había caso. Circuló el rumor de que la Plaza Colón tomaría el camino imprevisto, repitiendo la hazaña del Gran Capitán de llegar al destino circunvalándolo por el otro lado; pero ese rumor fue infundado. Aislada, en esa madrugada del 12, mantuvo contacto con las fuerzas realistas a través del Teatro Colón. Este predio, idealmente situado sobre las márgenes de la ex Avenida 9 de Julio, se convirtió en el Centro Táctico y de Información de las huestes hispánicas.
Es preciso consignar un hecho que complicó las cosas y que tiene que ver con la forma con que respondieron las calles, ciertas calles. Por lo general las calles siguen a su nombre, cobrando identidad por apelación. La calle Saavedra, por ejemplo, actuaba como Saavedra. Pero las calles también tienen su biografía ciudadana; han visto mucho, exhalan ambiente y fama. Las calles del Bajo o Lavalle, sin ir más lejos. Tomemos el caso de Lavalle: esa calle por un lado exhibió todas las complejas incertidumbres del poder —excepto en la esquina de Riobamba—, pero por el otro tuvo que caer en el gran espectáculo, siendo increíbles los estragos que hizo. Manzanas enteras arrancadas de cuajo en cargas impresionantes a todo neón, donde edificios altos eran meros extras.
El mismo Teatro Colón fue otro buen ejemplo de identidad ambigua. Como Centro Táctico debía ser preciso, fáctico y marcialmente breve en su información. Pero no, el Colón tendía hacia la frase ampulosa, grandilocuente. Además, insistía en comunicarse en italiano. Este último punto es complejo: nunca se supo bien si se debía al origen de Colón o a la tradición de la casa. Quizá lo último, porque en una oportunidad se comunicó en alemán.
11.30: La avenida Belgrano, por su proximidad al foco de la revuelta y por entender italiano, fue la primera arteria criolla que actuó. Sin demora funda la Central de Policía pese a la tenaz oposición de la calle Virrey Cevallos. Luego, en la esquina con Rincón se puso a deliberar con Matheu y Azcuénaga. Saavedra llega más tarde, pobre: tuvo sumo esmero en el aspecto edilicio de su desplazamiento, utilizando los terrenos baldíos al máximo.
Varios próceres jóvenes que dan sobre Rivadavia descubren el subterráneo. Fue así como ciertas calles comenzaron a desplazarse al revés (no sé si está claro), conspirando por su cara inferior.
12.30: Reina un increíble desconcierto en la metrópolis, cubierta por una gran nube de polvo y socavada por un millar de derrumbes. «La violencia y el estrépito de la barbarie van in crescendo» anuncia el Teatro Colón:
Por una de esas cosas, las callejuelas La Niña, La Pinta y La Santa María, las tres juntitas, están aisladas en el barrio de Versailles. Fueron incautadas de inmediato puesto que Versailles ya estaba en contacto con el vecino barrio de Liniers y en Liniers la defensa y reconquista de la ciudad se estaba preparando febrilmente.
12.45: El polvo y el ruido se multiplican, sobre todo cuando empiezan a actuar las calles que tienen batallas por nombres. La respuesta fue más tardía dado lo complejo de la apelación ya que es más difícil compenetrarse de que se es Maipú, de que se es Billinghurst. ¡Pero una vez que despierta una calle que denota un sitio de batalla! Además, todas las habían ganado y, por consiguiente no podían retroceder. Lo peor es cuando se encuentran dos calles con batallas ganadas como ocurrió en la esquina de Riobamba y Juncal.
Belgrano funda el Instituto Técnico de Altoparlantes. Las estrofas del himno oírse dejan por encima de la demolición. En la anarquía que impera muchos son los que buscan la calle Juan Manuel de Rosas. ¿Dónde está?
13.00: Corre la noticia de que las calles San Martín y Bolívar conferencian secretamente en el centro mismo de la Plaza de Mayo junto a la pirámide. Sólo Balcarce, desde la esquina los observa, atento. Sarmiento también se acerca, pero llegará tarde. Se produce una breve tregua en ese rincón de la ciudad. A esa misma hora otra reunión secreta tiene lugar en las esquinas de Rivadavia con Pringles y Rawson. Canning se desliza hacia Rivadavia.
13.15: Sigue registrándose intensa actividad en el barrio de Liniers y cunde el rumor que el barrio rumbea hacia el corazón de la ciudad. Las calles Reconquista y Defensa se dilatan.
Al pobre Virrey Melo (ahí cerca de la trunca catedral gótica) se le caen encima los fogosos French y Beruti. Los ladrillos vuelan cual papel picado en la juvenil y vandálica demolición. En otro sector: acción comando de la Torre de los Ingleses en Retiro que toma posesión del edificio Kavanagh. «El aspecto de Peñón de Gibraltar de ese predio —comenta el Teatro Colón— fue irresistible para la osada Albión».
La calle Libertad declara su neutralidad. Otro tanto hacen Republiquetas, Mario Bravo, Roma, Lancheros del Plata y La Paz.
Santa Fe es otra cosa. Primero tuvo que optar entre la apelación geográfica o la religiosa del término. Descartó su origen provinciano. Se preguntó por quién estaba y solucionó su dilema gracias a la coyuntura de ser avenida ya que una mano fue realista y la otra criolla.
17.00: Un hongo de polvo cubre la metrópolis. La guerra ha escalado con el avance de Liniers, porque una cosa es una calle que avanza, otra, lógicamente, un barrio. Reconquista, anticipándose, se dilata aun más. Tiene que parir un barrio o, como fue dicho en el comunicado más pulcro pero parcial y capcioso del Teatro Colón: «Dar luz a un engendro.»
San Martín, a esa hora de la tarde, comienza a gravitar en la guerra. Pero San Martín, por su ubicuidad en la ciudad y por la complejidad de su persona, tuvo en un principio actitudes un tanto contradictorias. Por un lado ya consta que conferenciaba en secreto con Bolívar, pero también tenía algo de furtivo en el Bajo, en esa parte de la ciudad que goza de mala fama. Pero fue la avenida del Libertador la que en un primer momento mostró mayores inconsistencias. Así, la parte de dicha avenida que circunda al Monumento de los Españoles evidenció notoria nostalgia por sus años mozos e, impregnada de fervor realista, casi marcha sobre Plaza Italia, creyendo que ahí se refugiaba el odiado hermano de Napoleón. Luego, a la altura de la Plaza Francia grande era su melancólico impulso de exilarse y olvidar. Pero gradualmente fue incorporando la vena central de su identidad histórica. Para ello fue decisivo el avance de la cortada Sargento Cabral para proteger el monumento ecuestre en la Plaza San Martín. (Fue importante como se ve el papel de las cortadas en esta guerra.) Además, está la barranca de esa plaza; una subida no muy empinada, pero válida como símbolo para evocar los Andes. Y ahí comenzó el ascenso avasallador de toda la avenida Libertador, asistida principalmente por Las Heras que estableció contacto a la altura del Automóvil Club. Se puede decir que la suerte de los realistas estaba echada.
17.20: El Teatro Colón proclama: «La guerra cuesto pútrido mestieri», mientras los altoparlantes de Belgrano comienzan a trasmitir su traducción de la Despedida de Washington al Pueblo de los Estados Unidos.
17.35: Reina la anarquía. Al avance avasallador pero bien planeado de San Martín y Las Heras se le suma la carga desenfrenada de la avenida Pueyrredón, sobre todo cuando toma el codo de Corrientes. Es el cuarto de hora de las velocísimas cargas. Carlos Pellegrini marca 3 minutos clavados. Güemes también se viene al humo por la
mano criolla de Santa Fe.
Al nivel de Barrios, Liniers prosigue en su avance triturador. En Avellaneda y en la Boca se libra una guerra dentro de una guerra. Y lo anárquico más que nada está dado porque ahora la guerra se libra en muchos frentes y bajo diversas banderas. Moreno se prepara para arcabucear a Liniers; Lavalle busca en vano a la calle Rosas y encuentra a Dorrego en cambio, mientras que en la Recoleta se libra una macabra refriega de panteón a panteón.
Insólita fue la actitud de Callao que de pronto cobra la identidad de puerto y, con la ayuda de Entre Ríos, comienza a inundar su margen oeste. Pacífico colaboró.
Parece mentira, pero recién ahora Arroyo se da cuenta que todo esto no es un happening.
18.17: «¡Kaput!», exclama el Teatro Colón y deja de trasmitir. Rivadavia es pulverizada, inundada, quebrada en múltiples secciones, obliterada, barrida del mapa de la ciudad con el resto de la ciudad.
Reina total silencio. El viento suave lleva lentamente consigo al hongo que toma forma de cometa o de barrilete. Buenos Aires es un gran baldío.
—¡Oy Vey! —exclamó Washington Goldstein, capitán de la corbeta «Montevideo», al contemplar la costa, con prismáticos, desde el puente de mando. Llamó a su segundo.
—¿Pero qué ha pasado? —preguntó éste, incrédulo, bajando su par de prismáticos.
—No sé, hay que desembarcar.
El capitán Goldstein y sus hombres recorrieron la ciudad sin encontrar la razón de lo ocurrido. Goldstein se embarcó nuevamente y se puso en comunicación radial con Piriápolis, describiendo lo visto. Un par de horas después recibió las órdenes del gobierno uruguayo: fundar nuevamente la ciudad.
En sencilla ceremonia la Tercera Fundación de la Ciudad de Buenos Aires tuvo lugar en el ex Parque Lezama. El capellán de la corbeta bautizó la piedra fundamental.