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CuentoCiencia ficciónDalmiro Sáenz

La meta es el camino

Publicado en: Cuentos argentinos de ciencia-ficción (1967)

8 minutos de lectura

—Es fácil querer a un hombre cuando llora, le había dicho ella, y él la había mirado a través de sus lágrimas y de su cansancio, y se habían trotado los ojos con la manga del pijama, el azul, el de las rayas verticales.

Ella estaba en el hueco de la puerta algo consciente de la trasparencia de su camisón; sonreía y mantenía una mano abierta sobre el pecho como una mujer que constata la ausencia de un collar sin importancia, mientras la otra mano, la que hacía unos minutos había tanteado sobre la cama buscando a su marido, la que ya casi despierta había apretado la perilla de la luz, la que perpleja había subido hasta la frente para despejarla del pelo alborotado, estaba apoyada ahora en su cintura.

—Me asustaste; no estoy acostumbrada a camas vacías... Estás agotado. ¿Desde qué hora estás?

—Llegué.

—¿Llegaste? ¿A dónde llegaste?

—Sabes muy bien adonde.

—¿Al coeficiente?

—Sí.

—A la pucha —dijo ella y se puso seria; después avanzó y le tomó la cabeza entre las manos y lo miró en los ojos y lo despeinó—. ¿Puedo verlo?

—Es éste.

—Me hace acordar a 3,1416 —dijo, y levantó la cabeza como si escuchase a través de la ventana el sonido extinguido del viento agotado sobre el pasto, o como si recordase el jardín y el cerco de ligustro y el triciclo olvidado por los chicos, o como si imaginase la oscuridad como una luz negra encendida entre los árboles, o a la noche ahí afuera, latiendo dormida dentro de un pájaro.

Él había empezado hacía mucho, antes del casamiento, antes del día aquel en que se conocieron, cuando ella se había acercado a la salida de un debate en la Facultad, y con los libros bajo el brazo y una boina rara en la cabeza y la sonrisa suave bajo los pómulos agresivos y las palabras:

—Yo soy la que estaba en contra... la que defendió la teoría de... Era un poco pava mi teoría ¿no?

—Sí.

—¿Sí?

—Sí, era totalmente pava.

—¿No seré yo la pava y la teoría genial?

—No —dijo él sin reírse. Entonces ella dejó de sonreír y él tal vez se extrañó de oírse decir—: Se lo puedo demostrar ahora, delante de un café y un pedazo de torta de limón.

Masticaban los dos satisfechos cada uno de sí mismo, mientras la mujer que atendía el bar obligaba a un trapo a repetir su órbita sobre una superficie, y un hombre junto a la ventana pensaba en lo que tendría que haberle dicho a su cuñado, y otro hombre leía el diario, y dos chicas se reían en la mesa del fondo junto a la mampara.

Pidieron otras dos tazas de café y una sola porción de torta.

—Yo te como la mitad.

—Bueno, pero seguí contando.

—Nada, hago eso nomás, los sábados me voy afuera. ¿Y vos?

Él se lo dijo ese día, le dijo en qué consistía su trabajo, le contó cómo todo había empezado cuando vio por primera vez esa reproducción de un jardín Zen, y cuando oyó que alguien decía: «No es más que un cuadrado de arena rastrillada y una piedra puesta en cualquier parte». Y cómo esa frase lo acompañó en el tren cuando él volvía con la frente apoyada en la ventanilla mirando los campos cuadriculados por la siembra, y cada tanto alguna casa o un árbol o una parva o una columna de humo negro emergiendo del rastrojo.

Le contó cómo días más tarde se presentó a la Universidad para pedir una beca, y cómo el decano miró sus títulos y escuchó con paciencia sus palabras que hablaban de una humanidad que había perseguido la belleza desde el principio de los tiempos, hasta encerrarla dentro de los límites de un marco o depositarla sobre pedestales, pero sin saber nunca por qué una cosa era linda o por qué una cosa era fea. El decano había tosido y tal vez trató de decir algo, pero él había seguido hablando de los tímidos intentos de la ciencia para dominar al arte, de Lucas Pacioli, de la Divina Proporción, de la regla áurea, de cómo los antiguos en alguna época se acercaron tal vez a la fórmula de la belleza, pero nunca habían sentido la necesidad de trasmitirla, como un samurai que conoce exactamente la órbita perfecta para que su sable llegue al cuerpo de su

adversario, pero que se contenta con eso, con ser dueño del resultado, y no de la forma de llegar al resultado.

—¿Te dieron la beca?

—Sí.

—Entonces ahora estás buscando la fórmula de la belleza, la fórmula matemática de la proporción.

—Es más que eso, es un coeficiente lo que busco, es un número que forme parte de una fórmula.

—¿Pero vos crees que los antiguos lo sabían?

—No. Ellos dominaban los cómos, pero ignoraban los porqués. Cuando un monje budista hacía un jardín Zen no se guiaba por ninguna fórmula; simplemente sabía que la piedra tenía que ser puesta ahí y no le interesaba saber por qué.

Ella volvió a sonreír y dijo:

—¿Y a vos por qué te interesa?

—Porque el arte es el mayor símbolo del egoísmo del hombre, es el idioma secreto de unas minorías; sólo la ciencia puede vencer al arte y distribuir la belleza a todos los sectores de la tierra.

—Me duele —dijo ella.

—¿Qué cosa?

—Me estás apretando la mano.

—Perdón —dijo él y la soltó—. Me exaspera hablar del tema.

—Me gusta oírte, y además tengo otra mano todavía entera.

—Dámela.

Ella se la dio, y él la apretó con suavidad, despacio, por un rato.

Él conoció el miedo dos años después de casados. Se lo dijo una mañana al salir del baño.

—Anoche no pude dormir.

—Me hubieras despertado. ¿Qué te pasaba?

—Tuve como miedo.

—¿A qué?

—No sé, tengo la impresión de que me falta poco para llegar.

—¿Y eso te asusta?

—En un templo del Tibet hay una frase escrita que no me la puedo sacar de la cabeza; dice: «La meta es el camino». ¿Tendré miedo de llegar? ¿Se me habrán contagiado temores que el hombre ha abandonado desde hace años? Ellos, los monjes Zen, creían en eso, creían que la meta era el camino; probablemente pensaban que el hombre se integraría con Dios cuando se cumplieran ciertas condiciones... Tengo miedo de algo así, como miedo de que llegue ese día, del día en que el hombre sea dueño de la belleza, del día en que esté en los umbrales de la divinidad, de su última meta, y para mí, que soy ateo, esa última meta es la nada.

—Sos el primer ateo con miedo de convertirse en Dios. De todos modos, si Dios existe, tiene muchos recursos para evitar la competencia; acordate de la Torre de Babel.

Años más tarde ella recordó ese momento, mientras le sostenía la cabeza sobre la falda, y sentía sus lágrimas empaparle los muslos a través del camisón, y le decía:

—Ya llegaste, mi amor; ahora basta. Descansa; no podes más.

Pero él, con los ojos agotados y llorosos, levantó la cabeza.

—Mira, mira mi mesa —con el brazo la despejó de papeles y apoyó sus manos sobre la superficie cálida de la madera—. Hay infinitos puntos en esta mesa y hay uno solo que es su centro de belleza. Un solo punto entre infinitos puntos. Las posibilidades de acertar ese punto eran prácticamente imposibles. Imagínate todos los granos de arena de la tierra y que tuvieras que encontrar uno solo, imagínate lo imposible que sería... Mira la mesa; dentro de ese rectángulo está ese punto, y yo no tengo más que hacer esa cuenta para

ubicarlo.

—¿Por qué no la haces?

—Estoy muy cansado; me duelen los ojos.

—¿Querés que yo te la haga?

—¡Nooo! —gritó él—. La voy a hacer yo.

Se inclinó sobre el papel con un lápiz en la mano mientras ella abría la ventana y respiraba hondo.

Él, después de un rato, se acercó a la ventana con el papel en la mano.

—Ya está —dijo, y levantó los ojos hacia el cielo.

Sólo entonces gritó. Gritó con todas sus fuerzas, mientras caía hincado rompiendo el papel en pedazos, y sus brazos señalaban hacia arriba, hacia las estrellas que una a una se iban apagando.

Ella, aterrada, lo abrazó y lo mantuvo abrazado contra su cuerpo hasta acallar el último sollozo. Él entonces levantó la cabeza y movió sus manos frente a sus ojos sin luz. Después, su voz agradecida repitió:

—Gracias, Dios mío; simplemente me estoy volviendo ciego.