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La esfera

Publicado en: Cuentos argentinos de ciencia-ficción (1967)

11 minutos de lectura

A mi familia, que sabrá comprender la angustia de los histrios

Pierrefite, Pirineos franceses, 15 de octubre de 1968, 10 hs. a. m.

Jacques Arnault, de 55 años, viudo, campesino, propietario de una pequeña huerta cercana al pueblo de Pierrefite, se dedicaba a cosechar coliflores, cuando una estridente y aguda vibración le obligó a mirar hacia el cielo. Allí pudo divisar una extraña esfera grisácea de reflejos metálicos que por momentos aumentaba de tamaño, clara señal de que dicha esfera caía hacia tierra. Jacques Arnault, paralizado por el terror, fue testigo de cómo el extraño artefacto disminuyó la velocidad de su caída y continuó descendiendo hasta posarse blandamente en el centro de un plantío de tomates. Acto seguido Jacques Arnault pudo reaccionar y gritando y corriendo desapareció en dirección al pueblo.

11 hs. a. m.

Gran parte de la población de Pierrefite y caseríos del contorno, rodeaba a prudente distancia la extraordinaria astronave. Ésta poseía una forma perfectamente esférica, era de color gris acero y de un tamaño aproximado de 20 metros de diámetro. En su superficie no se abrían ventanillas, hendiduras, ni tampoco podían observarse remaches o líneas que indicasen la unión de piezas. Lo único que rompía su uniformidad era una banda de unos sesenta centímetros de ancho que rodeaba la esfera. Esta banda presentaba un color naranja rojizo sobre el que se destacaban una especie de signos pintados, grabados o impresos en negro intenso. Tanto la banda como los signos daban la sensación de poseer un brillo, una luminosidad propia. Monsieur Jean Junot, alcalde de Pierrefite, tras cambiar unas frases con Louis Boumierre, prefecto de la Gendarmería Nacional, montó en su bicicleta y partió pedaleando hacia el pueblo con la intención de comunicar el sorprendente hecho a las autoridades de la vecina ciudad de Cauterets.

13 hs. p. m.

La asombrosa noticia sacudió primero a Francia y luego al mundo entero. Una nave espacial extraterráquea había descendido cerca de un pueblecito enclavado en la falda de los Pirineos. La Gendarmería Nacional movilizó sus fuerzas. El ejército hizo que una columna de tanques y el sexto regimiento, al mando del general Pasquier, marchase sobre Pierrefite. Las fuerzas aéreas francesas decidieron, por su parte, que la 5.ª escuadrilla de bombarderos pesados patrullase por los cielos del lugar donde se había posado la esférica astronave.

13 hs. 35'

Un cordón de seguridad rodeaba el artefacto para evitar que los curiosos se acercasen a él. Miles y miles de particulares, en coches, avionetas, motos o simplemente a pie afluían al lugar. Las principales potencias mundiales, tras rápida decisión, enviaron

urgentemente a Pierrefite gran número de sabios y científicos especialistas para observar el fenómeno. Mientras tanto la esfera permanecía quieta y silenciosa, semejando un inmenso y plateado queso de bola.

14 hs.

La esfera comenzó a trepidar. El pánico se apoderó de la multitud, que tratando de huir hizo que se ocasionasen numerosos accidentes. Los soldados que formaban el cordón de seguridad, a pesar de haber recibido la orden de no disparar, salvo en el caso de abierta agresión, aprestaron sus morteros, bazookas y ametralladoras pesadas. La plataforma de madera en la que habían instalado sus cámaras los hombres de la radio y televisión francesa fue derribada por la muchedumbre al intentar alejarse del artefacto extraterráqueo.

14 hs. 11'

La trepidación de la esfera cesó. Segundos después fue abriéndose en la superficie de la astronave una especie de escotilla triangular y acto seguido una rampa se deslizó hasta el suelo. Todos estos desplazamientos indicaban bien a las claras que los tripulantes de la astronave tenían intención de descender. La muchedumbre apoyaba cada nuevo suceso con gritos y comentarios en los que era fácil adivinar la inseguridad y el terror.

14 hs. 14'

Trascurrieron tres minutos de angustiosa expectativa sin que se produjese novedad alguna. Un impresionante silencio envolvía a la multitud.

14 hs. 15'

Un alarido de pánico, el desplazamiento de la muchedumbre tratando de huir y el disparo de mil flashes de cámaras fotográficas, anunciaron la aparición del primer ser extraterráqueo. Los soldados que rodeaban la esfera, firmes y pálidos en sus puestos, fueron los que pudieron apreciar mejor la figura del extraño ser. Mediría aproximadamente un metro, y más que humana su apariencia recordaba la de un robot, la de un grotesco muñeco de metal. Su cuerpo estaba formado por una especie de cilindro de hierro o de acero, asentado sobre una serie de rodillos que le permitían deslizarse hacia cualquier punto. De la parte media nacían cuatro tubos articulados que terminaban en diminutas pinzas. Sobre el cilindro, dando remate a la chocante figura, se asentaba un cubo, en cuyas caras se abría una serie de pequeños orificios de diferente diámetro. Tras una pausa, el sorprendente ser comenzó a deslizarse por la rampa, mientras otro exactamente igual hizo su aparición en la escotilla. Uno, dos, tres...nueve, nueve increíbles criaturas fueron haciendo su aparición y descendiendo hasta formar por último un pequeño grupo al pie de la esfera que les trajese a tierra.

14 hs. 18'

Los pequeños seres, tras permanecer inmóviles durante unos segundos, se separaron deslizándose veloces sobre sus rodillos y tomando posiciones equidistantes formaron círculo alrededor de la esfera. Poco después comenzaron a emitir una serie de breves y agudos silbidos, que fueron registrados para su posterior análisis por los magnetófonos de los peritos en lingüística.

14 hs. 20'

Durante un cuarto de hora los pequeños seres extraterráqueos continuaron emitiendo sus curiosos silbidos. Luego al unísono hicieron un silencio y cada uno de ellos levantó uno de sus cuatro tubos articulados. Otro alarido de angustia se elevó de la muchedumbre al contemplar cómo una especie de brillantísima chispa luminosa unía entre sí los tubos

que las extrañas criaturas levantasen. Una mano helada oprimió el estómago de los soldados al contemplar lo que estaba ocurriendo a cinco metros escasos de sus puestos, pero trascurridos unos instantes, al advertir que el increíble hilo luminoso no entrañaba peligro manifiesto, cedió la tensión. La multitud, a la que constantemente se iban agregando miles y miles de personas, contemplaba en silencio el maravilloso espectáculo que ofrecía la inmaterial hebra tendida por los extraterráqueos en derredor de su esfera. La hebra variaba continuamente de forma o de color. A veces unía entre sí a los metálicos seres mediante impecables rectas, a veces ondeaba, otras mostraba delicados matices azules que poco a poco se aclaraban hasta alcanzar un plateado refulgente. En una ocasión, cuando bruscamente adquirió un maravilloso color rubí, se escucharon aquí y allá tímidos aplausos con los que la multitud manifestaba su admiración.

Casi dos horas permanecieron las pequeñas criaturas clavadas en sus puestos y unidas entre sí por la fantástica cinta de luz. Luego, con la misma rapidez con la que apareciese la hebra luminosa se diluyó. Acto seguido las extrañas criaturas deslizándose sobre sus rodillos se dirigieron hacia la rampa y una tras otra fueron desapareciendo por la escotilla. Poco después volvían a aparecer sujetando cada una, con sus cuatro tubos articulados, una especie de esfera roja del tamaño de un balón de fútbol en la que se abrían tres orificios simétricos. Los extraterráqueos, profiriendo nuevamente sus agudos silbidos, se separaron, dirigiéndose cada uno a un sector diferente del cordón de seguridad formado por los soldados. Codo a codo, los hombres encañonaron con sus armas a los intrusos. Éstos llegaron junto a los pálidos humanos y estirando sus tubos articulados, pusieron a su alcance las singulares esferas rojizas, al tiempo que continuaban emitiendo pequeños silbidos. Los soldados miraban con aprensión las esferas sin atreverse a tocarlas. Las pequeñas criaturas comenzaron a recorrer el cordón de seguridad deteniéndose de vez en cuando frente a un hombre y extendiéndole la roja bola. Así estuvieron cerca de media hora, al cabo de la cual decidieron reunirse junto a la rampa, donde comenzaron a cambiar entre sí una nueva serie de silbidos.

17 hs. 10'

La multitud que rodeaba la astronave se había elevado a más de cien mil humanos. Científicos de todo el planeta observaban desde una plataforma erigida especialmente para ellos los movimientos de los pequeños seres metálicos. Éstos, luego de haber realizado lo que podría calificarse de «conferencia», depositaron las esferas en el suelo y comenzaron a efectuar una complicadísima serie de evoluciones que la multitud contemplaba con asombro. A veces los nueve seres, tomándose por los tubos articulados, formaban un círculo y así giraban y giraban a increíble velocidad. En ocasiones ordenándose en fila india hacían entrechocar sus pinzas emitiendo al mismo tiempo sus singulares silbidos.

19 hs.

Por el espacio de casi otras dos horas, los extraños seres continuaron efectuando absurdas evoluciones. Según pasaba el tiempo, la velocidad con la que se deslizaban fue haciéndose más y más lenta, por lo que algunos científicos opinaron que los seres metálicos acusaban probablemente la fatiga producida por sus evoluciones.

19 hs. 5'

Los seres extraterráqueos tomaron nuevamente sus esferas rojas y recorrieron con lentitud el cinturón de seguridad, deteniéndose ante cada soldado y extendiéndole el balón en un ademán que bien podía traducirse como de ofrenda o regalo. Ninguno de los soldados se atrevió a tocarlo.

19 hs. 10'

Las pequeñas criaturas metálicas, llevando a cuestas sus esferas, se deslizaron lentamente por la rampa, desapareciendo en el interior de la nave.

19 hs. 11'

La rampa fue absorbida y la escotilla se cerró.

19 hs. 12'

Tras unos instantes de trepidación, el artefacto comenzó a elevarse cobrando velocidad segundo a segundo.

19 hs. 13'

La singular astronave fue sólo un punto en el cielo.

19 hs. 16'

Ningún radar de la tierra registró la presencia de la esfera en la atmósfera que envolvía al planeta...

De esta manera, la astronave procedente de uno de los planetas de Sirio abandonó la Tierra.

Realmente fue lamentable, muy lamentable que ninguno de los muchos sabios, científicos y lingüistas que asistieron a los extraordinarios hechos acaecidos cerca del pequeño pueblecito de Pierrefite supiera traducir el significado de los silbidos que emitían las asombrosas criaturas.

A bordo de la astronave, los nueve pequeños seres pertenecientes a la metálica raza histra, agotados, rendidos por la fatiga, cabizbajos, al borde de la desesperación, dialogaban mediante tristes silbidos.

—¿Y ahora qué haremos?

—Seguir adelante, qué remedio queda, seguir adelante, como siempre...

—Es increíble, no echaron ni un solo gramo de cobre en nuestras esferas rojas.

—Ni un solo gramo de cobre con que alimentarnos...

—¿Qué será de nosotros...? ¡Qué será de nosotros...!

—No llores, no llores, y piensa que tal vez en el próximo planeta tendremos un poco de suerte.

Sí, realmente fue lamentable que ninguno de los muchos sabios, científicos y lingüistas supiese traducir los silbidos, ni pudiese descifrar los negros signos que resaltaban sobre la franja anaranjada que rodeaba la vieja esfera. Y era fácil... Hasta un histrio joven hubiese podido leer lo que allí se anunciaba: «Gran compañía de varieté en gira triunfal por la Vía Láctea».