

Cirilo Venancio Porfirio Cipriano Estibaibi Gardfield. General, autoproclamado cónsul, dos meses más tarde procónsul y por aclamación de sus parciales, primer cónsul de la república centroamericana de Guatezuela. Tres meses más tarde se autoproclamó presidente vitalicio; dos meses después, rey; un mes más tarde, emperador; y, a la semana, dios. Murió fusilado cuatro días más tarde, en una ceremonia única: 10.000 hombres integraban el pelotón de fusilamiento, equipados con balas dum dum, y a la orden de un oficial, hicieron fuego todos al mismo tiempo. Levantado por los aires por la gigantesca suma de impactos, quedó deshecho en varios pingajos sanguinolentos.
Rufino Isidoro Prudencio. Se proclamó mesías de la Martinica. Perseguido en la selva muy de cerca por el gobierno francés, al enterarse que sus parciales pensaban devorarlo para que su “santidad” pasase a ellos y no se perdiera cayendo en una prisión francesa, sufrió un fuerte ataque depresivo. Se suicidó cortándose los dedos de los pies con un hacha, dejándose desangrar.
Gamaliel Cáceres Hilarión, presidente vitalicio de la república sudamericana de Paraguabril. En momentos en que oraba en la iglesia ante la tumba del patriarca Tolosa, rogando por la felicidad de su pueblo, una turba famélica y enfurecida penetró en la nave (muy cerca del crucero), y lo hizo pedazos.
Pierre-Dominique L’Afrancé. Desde su tribuna política predicaba el reinado de los “mininos” (especie de gnomos) que según él descenderían del cielo para salvar Haití. Fue muy famoso y tuvo varios seguidores importantes. Cuando sus enemigos se hicieron cargo del país, realizaron con Pierre-Dominique experimentos científicos.
Hernando Anastacio Sucre. Político y gobernante de la república sudamericana de Porfirina. Dilapidó los dineros del pueblo buscando la piedra filosofal y la rectificación del arco. Murió colgado en un poste; previamente las turbas enfurecidas le abrieron una herida en el brazo y después se lo fueron pasando de mano en mano, bebiéndole la sangre. Mientras agonizaba, finalmente fue colgado.
Sergio Ponto Zepeda. Proclamado a los treinta y un años, dios vitalicio de Guatezuela por aclamación de sus parciales; padre de Aniceto, famoso poeta de la misma nacionalidad, que tomaba infusiones de sustancias calcáridas para inspirarse. Gobernó a la manera de un Buda viviente durante tres meses hasta que murió en forma natural al comer hongos de apariencia sospechosa. Fue el último Buda viviente de Guatezuela.
Santo Sánchez del Castaño. Firme opositor desde un principio al gobierno de Justo Armeñanza. Cuando éste asumió plenos poderes en la república de Barcelina, lo hizo enviar a las excavaciones de tierras raras donde murió a los seis meses, de cáncer.
Iturbide Braulio Madero. Presidente interino de la república latinoamericana de Ayacucho durante cincuenta y dos años. A su muerte, legó el interinato a su hijo Pedro y se hizo enterrar en la iglesia de San Juan Bautista Confesor, en una tumba pobre y austera. En el entierro, por una expresa disposición suya, tocaron “ich hat einen Kameraden”. Dos años más tarde su hijo Pedro, al beber una pócima preparada por su curandero de cabecera (que nunca fue hallado, por lo que se supone era un enemigo político), quedó ciego. Presa del terror se degolló, cayendo el país en la anarquía. Los enemigos de su padre profanaron los restos de Iturbide Braulio Madero, sacándolos de la iglesia de San Juan Bautista Confesor y arrojáronlos al río, donde los comieron las pirañas.
Niceto Alcalá Balmaceda. Presidente de la república insular de Barbuda, en el Caribe. Ejerció el interinato vitalicio durante veintidós años, hasta su muerte, acaecida en la mañana de San Patricio. Su Guardia de Honor sublevada y enfurecida, lo echó al fuego donde fue rápida presa de las llamas.
Solano Hipódromo, dictador de la república de Lima. Ordenó a sus parciales que lo enterrasen vivo porque se “había muerto, ya hace muchos años”. Como no le obedecían, hizo colgar a uno de ellos de un poste. Entonces, los restantes, inmediatamente, lo enterraron.