

En el primer día del mes del año
Publicado en: Cuentos argentinos de ciencia-ficción (1967)
A Stella, cerca de todas las cosas
La nave se posó en un bosquecillo. Lentamente evolucionó sobre las casas y los árboles del lugar. Luego se adentró en lo oscuro del monte y las hojas y ramas y el viento de la tarde apagaron todo rumor.
El impacto del viento le despegó los párpados y la tierra toda se estremeció con la salida del sol. Era temprano, apenas las ocho. Dejó el granero y buscó con afán los animales dispersos por el campo. El día estaba fresco, era otoño, algunos campesinos rodearon sus manadas y emitieron gritos alcanzando las bestias. Sonó alto el ruido de los cuernos y el canto de los aldeanos.
La nave estaba silenciosa. Se abrió la escotilla. Un hombre alto, rubio, de cabellos lacios, nariz delgada y andar suave, descendió lentamente. La unidad antigravitacional cesó. Tocó suelo. Caminó unos pasos. Se quitó el escafandro y respiró libremente. Eran las doce; hora del sueño, de la siesta, de las corridas al arroyo, del arrullo suave de los pájaros y el lento y tardío pasaje de las horas. El campo pareció gemir, algunos niños se acercaron al bosque, pero sintieron una fuerza extraña, algo que les impedía acercarse. Y se volvieron.
Sonaron las dos. Los campesinos volvieron a sus casas, humeaban las chimeneas y el aire se saturó con leves sensaciones de placer; algunas pipas se encendieron. Los años eran duros, las cosechas se aplastaban en invierno y toda la comarca estaba dividida. El pueblo judío emigraba, las gentes sentían deseos de amar y vivir con otros dioses. Ser fieles a alguien.
El hombre rubio esperó la noche. La tarde se hizo corta, el sol se fue detrás de la cortina espesa y densa de la neblina y el parque y el bosquecillo quedaron en la penumbra. Asomaron las primeras luces del pueblo. De la nave salieron otros hombres, igualmente altos, igualmente rubios, igualmente de ojos azules. Se desplazaron a nivel del suelo, luego encendieron sus unidades y la antigravitación los elevó sobre las casas y los graneros y los pesebres del valle. La tierra estaba obscura y un aire fresco de la noche les recordó el planeta de origen. Se desplazaron; las fogatas de los pastores iluminaron el ambiente. El cielo apareció oscuro. Lan, Caxon y Alexis se ubicaron junto a un cerro. El valle se llenó de luz. Ardían los fogones, sopló el viento más fuerte, el traje espacial resistió todo intento de frío; una luz pequeña, debajo del cuello, les indicó que la temperatura ascendió a 22°.
Extrajeron sus medidores, ronroneó el extractor de aire, la capacidad de oxígeno fue medida, controlada y estudiada. Nitrógeno y amonio dieron la proporción justa. Agua, tierra, aire y otros elementos dieron un mundo apto.
Alexis se levantó. Estaba alegre. Giró sobre sí y señaló el valle. La búsqueda llegaba a su fin. Amanecía. Los pastores salieron de sus chozas, ellos volaron hacia el bosque, la
nave siguió quieta, la cortina psíquica se cerró. El día llegó. Veinticuatro horas más tarde nadie había penetrado en el bosquecillo y los tres biólogos espaciales iniciaron sus cálculos.
Una mujer corrió cerca del río y lo vio. Lan paseaba, distraído, contraviniendo las órdenes. Ella se quedó quieta, miró los grandes ojos azules, el pelo lacio, la tremenda estatura. Lan no hizo movimiento alguno. Emitió órdenes mentales que apaciguaron a la aldeana. Luego dio media vuelta, apretó su interruptor y desapareció entre los árboles. La muchacha volvió en sí, recordó fugazmente y vio el ser desconocido volando hacia el bosque. Cayó desmayada.
La noche trajo el silencio. El pueblo y la aldea estaban callados. Sólo la joven del riachuelo estaba en vela y pensaba en la aparición de la tarde. Fue un segundo. Olvidó las imágenes. A su lado un joven alto, cubierto por una túnica, la miró dulcemente. Se abrazaron y besaron en medio de la noche. El hombre salió. Afuera el aire del verano trajo imágenes frescas para el pastor joven. Adentro la joven dormitaba tranquilamente en medio de sus humildes enseres.
Lan, Caxon y Alexis bajaron a un lado del granero. En sus manos llevaban el producto de años de investigación. Cada uno ocupó su puesto. Caxon extrajo la jeringa. Los genes fueron controlados. Cada uno tuvo su parte. Alexis y Lan tuvieron recuerdos momentáneos. La tarea llegaba a su fin. La inseminación artificial daría a este planeta un hombre nuevo y distinto. El líquido espeso y brillante se deslizó en la hipodérmica. La noche trajo algunos rumores, la aldea entera dormía, los tres respiraron tranquilos. Silenciosamente se acercaron a la cabaña de la joven y emitieron ondas mentales suaves. La cortina se cerró sobre el lugar creando la misma sensación de inquietud y extrañeza que alrededor del bosque. La muchacha dormía. Lan volvió a ver los ojos y el cabello sobre la nuca. Igual que aquella mañana. La rodearon. Tres horas y cincuenta minutos después la operación terminó. Se fueron por su lado. El bosque estaba quieto como siempre. La nave callada, los pájaros durmiendo, el cielo alto y claro con una luz en medio de la frente. Cada uno la miró. Beta de Centauro brilló más fuerte que nunca. Su planeta les rendía homenaje.
Alexis quedó junto a la puerta. Ella despertó y creyó ver a Lan. Las ondas mentales la apaciguaron. Entre ambos surgió una idea y ella lo supo todo de golpe. Luego, volvió a su sueño suspendido. Alexis cerró los ojos y se fue a la nave. El día amaneció. En lo alto, como siempre, el sol.
El tiempo giró y las lunas fueron otras. El cielo del verano pasó al invierno. La visitaron dos o tres veces en forma de apariciones fugaces. Cuando se fueron y miraron la brillante bola verde suspendida en el espacio, sintieron algo de nostalgia. Pasaron por ellos lugares, rincones y atardeceres de esa tierra desconocida. Allá estaba el ser nuevo. El fruto del tiempo. Se los tragó el espacio vacío. Fueron un recuerdo. Una luz que aparece y desaparece en la noche.
Abajo, en la Tierra, la muchacha dio a luz. Frente a ella un hombre joven, barbudo, recogió su túnica. La miró a los ojos. Recordó muchas palabras, la presencia de Alexis y aquella noche en que se encontraron los tres. No quiso creerlo, pero tuvo que creerlo. El niño estaba allí y lloraba. De nuevo las palabras llegaron de golpe. Las fue poniendo en fila. Allí se quedaron para siempre, grabadas, marcadas a fuego y sonando en el vacío. Todavía pensó en aquel ser venido del cielo alto y de ojos azules. Ella volvió a mirarlo y repitió por lo bajo las palabras de Alexis. Cuando terminó se miraron. Cada uno las recordó a su manera. El más impresionado fue su marido. Sin embargo, Alexis las dijo de un modo suave, poniendo la mano en el hombro del joven, mientras habló: «... José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que en ella engendró es del Espíritu Santo. Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus angustias...» Luego, lo recordó claramente, el Ángel voló hacia el cielo. Fue una tarde extraña —pensó para sí— y partió con María.