Ernesto Sábato1. Fóbal del grandeLa extraña instantánea duró acaso un segundo o dos. Tito echó soda al vermouth, tomó unos sorbos y se sumió en un silencio sombrío, mirando, tal como era habitual en momentos parecidos, a la calle Pinzón: mirada abstracta y en cierto modo completamente simbólica, que en ningún caso condescendería a la real visión de hechos externos. Después volvió a su tema preferido: ahora ya no había fóbal. ¿Qué se podía esperar de jugadores que se compraban y vendían? Su mirada se hizo soñadora y empezó a rememorar, una vez más, la Gran Época, cuando él era un pebete así. Y mientras Martín, por pura timidez, tomaba el vermouth que después de dos días de ayuno sabía que le haría muy mal, Humberto J. D'Arcángelo le decía: Hay que amarrocar, pibe. Haceme caso. Es la única ley de la vida: juntar mucha menega, rifar el corazón, mientras se ajustaba la raída corbata y estiraba las mangas de su saco rotoso, corbata y traje que confirmaban que él, Humberto J. D'Arcángelo, era el riguroso negativo de la filosofía que predicaba. Y mientras de puro bondadoso lo instaba al muchacho a que terminara el vermouth, le hablaba de aquellos tiempos, y pronto a Martín le pareció que aquella conversación se desarrollaba en alta mar. Te estoy hablando del año quince, pibe, cuando yo iba a la cancha con el tío Vicente. Estábamo en plena conflagración, en tanto que Martín, mareado y triste pensaba en Alejandra y en su desaparición en el fiel de Seguel y Ministro Brin hasta el 23 en que nos trasladamo a Bransen y del Crucero ¡eh, Chichín!, a ver cómo formó el plantel inicial, a lo que Chichín, mirando al techo, suspendiendo el repasado de su vaso, con los ojos cerrados, después de mover en silencio los labios (como quien revisa la lección) respondió De los Santos, Vergara, Cerezo, Priano, Peney, Grande, Farenga, Moltedo, José Farenga y Bacigaluppi, volviendo enseguida a su tarea con el vaso mientras Tito decía esato.Cuento• 5 minutos de lectura
Osvaldo Soriano2. El míster Peregrino FernándezCuando era adolescente, lo único que me interesaba era jugar al fútbol. Nadie me dijo nunca que yo podía ser un buen jugador, pero mis compañeros de equipo confiaban en mis condiciones de goleador. El arco rival me resultaba una verdadera obsesión y, aunque nunca fui hábil con la pelota, llegué a ser muy rápido y a manejar las dos piernas con la misma eficacia. Podía escapar a la marca, soportaba bien los golpes y le pegaba con confianza desde lejos. Recuerdo haber hecho más de treinta goles en un campeonato. Luego fui perdiendo el entusiasmo por los entrenamientos y cada vez que mis padres cambiaban de ciudad tenía que conseguir el pase y empezar todo de nuevo. En uno de esos cambios de club, me encontré con Peregrino Fernández, el Míster que tuvo que refugiarse en la selva.Cuento• 5 minutos de lectura
Walter Saavedra3. Nunca jamásCÓMO VAS A SABER LO QUE ES EL AMOR SI NUNCA TE HICISTE HINCHA DE UN CLUB. CÓMO VAS A SABER LO QUE ES EL DOLOR SI JAMÁS UN ZAGUERO TE AZOTÓ LA TIBIA Y EL PERONÉ. CÓMO VAS A SABER LO QUE ES EL PLACER SI NUNCA GANASTE UN CLÁSICO BARRIO CONTRA BARRIO. CÓMO VAS A SABER LO QUE ES LLORAR SI JAMÁS PERDISTE UN PARTIDO SOBRE LA HORA.Cuento• 2 minutos de lectura