Catálogo de árboles

Ovidio

Una colina había, y sobre la colina, llanísima, una era
de campo, a la que verde hacían de grama sus hierbas.
De sombra el lugar carecía; parte en la cual, después que se sentara,
el vate nacido de los dioses, y de que sus hilos sonantes puso en movimiento,
sombra al lugar llegó: no faltó de Caón el árbol,
no bosque de las Helíades, no de frondas altas la encina,
ni tilos mullidos, ni haya e innúbil láurea,
y avellanos frágiles y fresno útil para las astas,
y sin nudo el abeto, y curvada de bellotas la encina
y el plátano natalicio, y el arce de colores desigual,
y, los que honráis las corrientes, juntos los sauces y el acuático loto,
y perpetuamente vigoroso el boj y los tenues tamariscos,
y bicolor el mirto, y de sus bayas azul la higuera.
Vosotras también, de flexible pie las hiedras, vinisteis y, a una,
las pampíneas vides, y vestidos de esa vid los olmos,
y los fresnos y las píceas, y de su fruto rojeciente cargado
el madroño, y dúctiles, del vencedor los premios, las palmas,
y recogido su pelo y de erizada coronilla el pino,
grato de los dioses a la madre, si realmente el Cibeleio Atis
se despojó en ella de su ser humano y de endurecerse hubo en aquel tronco.

Asistió a esta multitud, a las metas imitando, el ciprés,
ahora árbol, muchacho antes, del dios aquel amado
que la cítara a los nervios, a los nervios templa el arco.
Pues sagrado para las ninfas que poseen de la Cartea los campos,
un ingente ciervo había, y con sus cuernos, ampliamente manifiestos,
él a su propia cabeza altas se ofrecía sus sombras;
sus cuernos fulgían de oro, y bajando a sus espaldillas,
colgaban enjoyados collares en su torneado cuello;
una borla sobre su frente, argentina, con pequeñas cinchas
atada se le movía, y de pareja edad, brillaban
desde sus gemelas orejas alrededor de sus cóncavas sienes, unas perlas.
Y él, de miedo libre y depuesto su natural
temor, frecuentar las casas y ofrecer para acariciar su cuello,
a cualesquiera desconocidas manos, acostumbraba.
Pero, aun así, antes que a otros, oh el más bello de las gentes de Ceos,
grato te era, Cipariso, a ti. Tú hasta los pastos nuevos
a ese ciervo, tú lo llevabas del líquido manantial hasta su onda,
tú ora le tejías variegadas por sus cuernos unas flores,
ahora, cual su jinete, en su espalda sentado para acá y para allá contento
blanda moderabas su boca con purpurinos cabestros.
El calor era, y mediado el día, y del vapor del sol,
cóncavos hervían los brazos del ribereño Cáncer.
Fatigado, en la herbosa tierra depositó su cuerpo
el ciervo, y de la arboleada sombra se llevaba el frío.
A él el muchacho, imprudente, Cipariso, le clavó una jabalina
aguda, y cuando lo vio a él muriendo de la salvaje herida
decidió que él quería morir. Qué consuelos no le dijo Febo
y cúanto le advirtió que ligeramente y con relación a su motivo
se doliera. Gime él, aun así, y de presente supremo
esto pide de los altísimos, que luto él sintiera en todo tiempo.
Y ya agotada su sangre por los inmensos llantos
hacia un verde color empezaron a tornarse sus miembros
y los que ahora poco de su nívea frente colgaban, sus cabellos,
a volverse una erizada melena y, asumida una rigidez,
a contemplar, estrellado, con su grácil copa el cielo.
Gimió hondo y triste el dios: “Luto serás para nos,
y luto serán para ti otros, y asistirás a los dolientes”, dice.

Tal bosque el poeta se había atraído y en el concilio
de las fieras, central él de su multitud y de los pájaros, estaba sentado;
cuando bastante hubo templado pulsadas con su pulgar las cuerdas
y sintió que variados, aunque diversos sonaran,
concordaban sus ritmos, con esta canción acompasó su voz…