Rúper

Julián Troksberg

Mi abuelo Ruperto nació el 27 de agosto de 1914 en un poblado llamado Masa, o tal vez Maza, o incluso Mazza, en la provincia de Buenos Aires, o quizá de Santa Fe, no está del todo ubicado porque nunca nadie de la familia se preocupó por encontrarlo en un mapa.

Las dos fotos más antiguas que tengo de él, sin embargo, están sacadas en un lugar llamado San Estéfano.

En una, fuera de foco, se pueden adivinar las figuras de un adulto y un chico en una plaza desierta. Detrás, una iglesia, o algún edificio con un reloj, se recorta contra el cielo sin nubes. Hace mucho alguien me confirmó que eso era San Estéfano, y esos, mi bisabuelo con uno de sus hijos, que debe ser Ruperto. El sol baja directo, de golpe, y apenas los cuerpos dibujan una escasa sombra hacia la izquierda. Parece el mediodía y cuando, muchísimos años después, viajé por primera vez a San Estéfano, sentí que el sol de las doce me caía de lleno encima, caluroso y recto, de la misma manera que les caía a los personajes de la foto.

En la otra, un grupo de chicos juega a la pelota. Uno tiene la pierna derecha extendida, en el aire, como si acabara de patear. A su lado, un nene mira un punto fuera de cuadro mientras otro debe ir corriendo y por eso se congeló movido. Pero hay otro más, a un costado, de perfil, que sigue la acción. Parece solitario, ajeno a lo que hacen los otros, distinto. Ese es mi abuelo.

Ruperto creció con la promesa de un San Estéfano de futuro excitante, vertiginoso, que transformaría el pueblo en una ciudad culminante. San Estéfano crecería para todos lados: hacia arriba, en altura, pero más que nada hasta ensanchar sus límites sobre los sembradíos de duraznos y los campos ralos donde se criaban chanchos, también se desbordaría sobre el río en un puerto cardinal para la salida y entrada de productos. Llegarían barcos de gran calado, repletos de marineros ucranianos dispuestos a cargar lo que haya que cargar y a gastar sus días en San Estéfano dándole un toque dinámico, mundano, de urbe moderna y cosmopolita.

Nada de eso ocurrió y San Estéfano se mantuvo chato, lento, siempre igual a sí mismo, con un ritmo soporífero. Las horas de la siesta empezaban temprano por la mañana y acababan cuando se venía la noche. Los jóvenes de San Estéfano, y mi abuelo entre ellos, podían agradecer que, para hacer algo, existiera el fútbol.

Era alto, fornido, con el tipo de cuerpo musculoso que se usaba antes, en los treinta o los cuarenta. Esos cuerpos indudablemente torneados por la actividad física, pero extrañamente distintos a las líneas musculares de la actualidad. Así se lo puede ver junto con varios amigos en la foto que hoy encontré: sus torsos al sol, metidos en un arroyo escueto, el agua hasta las rodillas, sonriendo la adolescencia, en pleno festejo del aniversario de una institución deportiva que de manera insólita llamaron La Pileta a pesar de que nada tenía que ver con la natación o con actividad acuática alguna. Puedo apostar que varios de ellos, Ruperto sin dudas, apenas sabían bracear para mantenerse a flote y se hubieran ahogado de tener que nadar un par de metros seguidos. En el reverso de esa foto está anotada la fecha, los nombres (Ruperto ya por entonces es Rúper) y una inscripción enigmática que no pude descifrar y que quizás sea una clave de todo esto; y que calculo que se perderá cuando yo muera y mis parientes dejen las cajas de fotos para que se las lleve el basurero, así como se empezó a perder cuando mi abuelo olvidó esta copia en un cajón repleto de rulemanes.

Qué era lo que verdaderamente hacían en La Pileta, o contra quién competían, es una incógnita. No hay huellas en San Estéfano de jornadas deportivas en las que hayan participado ni rastros de esplendor de los nombres de la foto. O por lo menos nada registran los archivos del periódico de aparición semanal El Universal. Tampoco las carpetas históricas del museo local (o lo que queda de él: sufrió un derrumbe en el 67) ni los expedientes de lo que ahora es la Secretaría Municipal de Deportes y Recreación, y que durante medio siglo fue apenas un escritorio patrimoniado en la de Bienestar Social y Civismo.

Por lo que pude averiguar, los integrantes de La Pileta conformaban un sólido equipo de fútbol en el que Rúper era confinado a jugar de arquero. Dicen incluso que atajaba bien: parado tres pasos delante de la línea de gol para achicar la valla, buen salidor hacia los costados, capaz de jugar con los pies y también de volar de palo a palo de ser necesario.

Sin embargo, a pesar de esas aptitudes, la verdadera pasión de mi abuelo resultó ser arbitral: el referato.

No eran tantas las ocasiones en que Rúper podía desarrollar su tarea y demostrar su don. Pero cuando lo hacía, sus fallos eran ecuánimes; sus juicios, inquebrantables y sus sanciones, justas. No se dejaba amedrentar por centrofowards prepotentes, ni por zagueros bestiales. No cedía a la presión de favoritismos ni localías, y poco le importaban las parcialidades enardecidas. Su actitud era reconocida como ejemplar. Por eso, su trayectoria fue corta y, más que nada, accidentada. No era anormal que corriera para escapar de jugadores desaforados o hinchas furiosos, un peligro que no solía disminuir enseguida: cuentan que pasó cuatro días encerrado en un baúl, y también todo un verano escondido en una chacra del otro lado del río mientras sus hermanas lo visitaban en llanto para recomendarle que no volviera nunca más.

Su pasión era tan genuina que creo que por eso no llegó a nada.

Después Rúper se casó, se fue a vivir a Buenos Aires, tuvo hijos y después aparezco yo. Cuando lo conocí ya no era Ruperto, ni Rúper, sino el abuelo. Había perdido todo el pelo, vivía en un cuarto piso y tenía la particular capacidad de generar charlas vacías en los ascensores para tapar la incomodidad que se da entre vecinos. Nunca le escuché decir nada sobre árbitros, jueces de línea o referís.

Había pagado durante años una platea en la Bombonera hasta volverse vitalicio. En la bandeja media, ni muy alta, ni muy baja, del centro tirando hacia Casa Amarilla, en una zona en la que todos usaban sombreros gastados para no arruinar uno bueno con las meadas que chorreaban de arriba. Ahí me colaba algunos domingos en la época en la que Boca no ganaba nada y era un equipo que naufragaba por la mitad de la tabla jugando horrible.

Siempre pensé que seguir a Boca era su placer. Un entusiasmo medido, sereno, como para que de sus tres hijos uno saliera mujer, otro de River y recién el tercero, hincha de Boca.

Y entonces muchos años después, cuando ya parecía que mi familia no tenía más cosas para dar, descubrí un cuaderno lleno de recortes de diarios, sepultado en una valija de cartón. Empezaba con notas funerarias sobre gente de la que no escuché hablar y seguía con crónicas futbolísticas de la liga de San Estéfano y los pueblos vecinos. No se nombraba La Pileta y tampoco parecía guardar coherencia alguna. Recién cuando las releí pude entender que todas hablaban, en algún momento, del juez del partido. Generalmente de manera incendiaria o indignada, hablando pestes del referí.

Nunca iba su nombre, así que lo consulté con mi familia. Resultó que nadie sabía nada de esto y, si me pongo más fino, tampoco sabían sobre La Pileta, sobre los años de Rúper en San Estéfano, ni sobre mi abuelo en general. O lo que supieron se lo olvidaron cuando mi abuela también murió y se dedicaron a vender todo lo que pudieran vender y a tirar el resto.

Como tampoco sé mucho sobre mi papá, o tal vez justamente por eso, me gustaría saber qué escondía mi abuelo, aplastado por la normalidad del Peugeot y sus anteojos de marco marrón.

Por eso reescribí algunos recuerdos que tengo de él. Como este:

Yo miro correr a los jugadores de Boca, parado delante de él, y él me agarra de los hombros. Mientras los plateístas putean (mucho a los jugadores visitantes, bastante a los locales, y en especial, y con constancia y fruición, al árbitro del partido), mi abuelo se concentra en ese tipo que va por la cancha solo, de indumentaria todavía negra, impoluta, apenas acompañado por dos escuderos con banderines de colores. Disfruta de lo que no fue, absorto en un placer deportivo secreto, diría humillante, morboso, que no tiene nada de normal para el resto de los que estamos en el estadio.

Y tal vez sea esa justamente su gracia. Un goce íntimo, que no se comparte con nadie, en un país que siempre dio árbitros de mierda y en el que cualquier tipo de justicia fue siempre una quimera o una calamidad.

Ahí giro y lo veo. Tiene un gesto en la cara que en el momento confundo con agudeza, con plenitud, pero no puede ser más que dolor.

Ahora volví a San Estéfano para buscar alguna foto que me confirme lo que ya sé. Que me muestre a Rúper vestido de negro en medio de un terreno de juego. Camino por lo que finalmente se volvió una gran ciudad y, justamente por eso, perdió toda gracia. Un tipo de El Universal al que le di 150 pesos para que busque me dice que no existe, que no hay, porque no quedan fotos de árbitros ni referís en el archivo del diario. Me palmea en el hombro mientras agarra los billetes y me obliga a probar un bollo de crema espantoso bajo los focos con dicroicas de un bar del centro.

Anochece y en la calle nos damos la mano. Me explica que, cuando sopla el viento del norte, llega una brisa refrescante; pero cuando, como hoy, el viento viene del sudeste, trae olor a pescado podrido, a lluvia y barro, a camalote, a la densidad de los granos fermentados en los silos del puerto.

En la calle crecen esos árboles que son como brazos con reuma. Manchados, con el torso seco, como el de mi abuelo.

Está enterrado en el cementerio de San Estéfano y ahí voy. A dejarle una camiseta negra, un silbato, unas tarjetas rojas y amarillas en vez de flores, algo, un cariño, no sé.

Cuando llego, un empleado del cementerio está cerrando la puerta con un candado oxidado. Me quedo ahí, parado, envuelto en la brisa pestilente que llega del río. Sin nada para decir. No le hubiera pasado a Rúper, seguramente dispuesto a entablar una conversación plagada de frases hechas, cargadas de sinsentido, que llenaran cualquier silencio. Dispuesto a adicionar un par de minutos para que el partido terminara como tenía que terminar.