Patricio se bifurca
Fernanda García LaoDesviaciones en el pasto
Fue en el último minuto. La masa victoriosa se disparó en dirección al campo. Las tribunas parecían un corral lleno de zorros salvajes, baba detenida en la comisura de esos labios. Habían ganado, estaban exultantes. Del otro lado, las gallinas perdían su plumaje.
Sin embargo, la angustia por respirar dejó a uno fuera de juego. Estaba del lado de la victoria, pero no hay éxito sin sacrificio. A este le tocó ser el cordero y resistió mal el embate. El peso de la hinchada se descargó sobre su cuerpo. La presión contra el alambrado hizo que perdiera la conciencia.
Tras algunos cánticos soeces, la concurrencia excitada —parecían fósforos— se trasladó veloz a la salida. Una multitud ensordecida por el éxito, entre puteadas y eructos, desalojó el estadio y fue escoltada por la policía. El bullicio de los alcoholizados se dispersó por las avenidas y calles adyacentes.
Nadie reparó en él. Quedó tirado y cubierto. Restos de inmundicia lo envolvían, banderas, vasos de plástico, choripanes abandonados con la grasa hacia afuera. La basura confunde las formas. Una pierna se convierte en otra cosa. Pasa inadvertida entre banderines mugrientos.
Cuando abrió los ojos, el mundo era un objeto sin sentido. Tenía marcada una zapatilla 42 en la cara. La demencia ya estaba fuera del campo y la batalla de gritos no era ni un eco en la memoria. Buscó en algún rincón de su mente el momento previo al despertar. Ni un silbato. Se sintió de prestado en ese cuerpo.
La antigua identidad se había retirado, así como la conciencia del espacio. Qué era aquel territorio espeluznante. Una imagen antigua intentó llenar el vacío. El sol era blanco y se multiplicaba en cada esquina. Caía sobre el verde, que daba la impresión de una alfombra sucia después de alguna bacanal. Creyó ver la luna, un objeto anormal allá arriba, reproducido. La luz artificial crea una falsa sensación de realidad.
Se miró con detenimiento intentando descifrarse. Tenía una camiseta de colores fuertes y una corneta rota en la mano. Se quiso resolver como un enigma, pero a su alrededor las pistas eran confusas.
Hizo un mapa araña en su mente:
a) El cuerpo soy yo. Me coloco en el centro del asunto, soy un bicho misterioso.
b) Mis patas son los temas que se difunden hacia afuera: Grada, Campo, Atuendo.
c) De esas patas nacen subpatas: de Grada se extrae bandera, lata retorcida, condón usado. De Campo nace papelito, sudor, vacío. Y de Atuendo, corneta, pantalón caído.
Ocupado en la reflexión idiota, tardó en ponerse de rodillas. Un dolor agudo presionaba su costado derecho. Tenía el torso lastimado.
El cerebro es ocultador, hace lo que quiere. Se dijo que su nombre era Ricardo, y de la idea Ricardo surgió un puesto: profesor emérito de universidad lejana. ¿Este era el campus verde, tan similar y a la vez tan diferente? No, no estamos en Princeton. Dónde está la Firestone Library. ¿Siete millones de títulos se habían convertido en pilas de roña? Quizás su memoria había sido ocupada por uno que intentaba distraerlo. O tal vez, el tiempo había sufrido una aceleración y estaba al borde de la muerte. Se sintió agotado.
Al revisar sus bolsillos encontró un par de billetes. No muchos. Pero la plata no cuenta quién es uno, más bien sirve para ocultarlo. Logró reflexionar, a pesar de la desgracia. No había perdido su exquisita capacidad para las estrategias inútiles.
Un ejército de barredores hizo su aparición y tomó las gradas. Algunos lo miraron con sorna. No se animó a hablar. Qué podía preguntarles. ¿Quién soy, alguno me conoce? La mente falsifica las formas. Porque el sentido del ridículo sobrevive a cualquier olvido, no iba a ponerse en evidencia. Decidió cerrar la boca. Pero un soldado de la limpieza le dirigió la palabra. Hablaba difícil.
—Papi, ¡te hicieron de goma! Mirá que cierran en cinco.
Sonrió como un extranjero mientras intentaba sostener el equilibrio. Había perdido una zapatilla. ¿Sería la que tenía marcada en la cara? Tampoco encontraba su antigua capacidad de diálogo. Hilar una frase era más difícil que entender la hora del día. Era el único sobreviviente y no quería llamar la atención. Esos tipos se habían lanzado igual que buitres entre los restos, buscando alguna cosita de valor. Que no se llevaran su dignidad, al menos.
Pensó en Dante. El infierno estaba sucio. Y olía a pis.
Recuperar la zapatilla que le faltaba era imposible. En su lugar encontró un mocasín suelto. Decidió que era mejor ponérselo que continuar semidescalzo. Emprendió una retirada poética, de ritmo asonante. Un paso, zapatilla, otro paso, mocasín. Una silbatina burlona se produjo a sus espaldas. No se dio vuelta.
Al cabo de unos minutos de traspiés y movimiento, llegó a un corredor y vio un baño. Las luces parpadeaban igual que su imagen en el reflejo. Al mirarse, intuyó que no tendría más de cuarenta. A pesar del aspecto aturdido, tenía pinta de ser un buen tipo. Le interesó su aspecto, aunque no hubiera visos de felicidad ni siquiera cuando intentaba una sonrisa. En los dientes, descubrió las sobras de un sándwich de jamón y queso. Intuyó alcohol deambulando por sus venas, aunque el aturdimiento podía deberse al estado lamentable en que se encontraba. Metió la cabeza debajo del agua fría. Se erizó como un animal. Vació su esfínter y no se lavó las manos. Era racional, pero escaso de higiene.
Regresó al corredor, todas las puertas estaban cerradas. Era tarde. Recorriendo en círculo el pasillo, encontró una salida habilitada. Se escucharon quejas, argumentos extraños. Un grupo de panzones discutía la derrota.
—El fracaso no me altera, lo que te aniquila es el desgaste.
—El dos a uno, viejo. —Las voces del otro lado de la puerta le resultaban encantadoras.
Aquellas frases se colaron hasta él, se tatuaron en su frente. La personalidad Ricardo compilaba ese tipo de cosas. Lo alto y lo bajo. Lo excelso se reclinaba en lo ordinario.
Testimonio brindado por Ana P. Gabilondo al perito Walter Borrone, antes del levantamiento de Indicios Orgánicos
Este no fue su primer intento de mudar de cerebro. Patricio ya tanteó ser otro en varias ocasiones. Según me consta, cinco años atrás, vivía con una mujer petisa en una casa del arrabal de acá a la vuelta y era hincha del equipo contrario. Ella y yo nos hicimos amigas hace poco. Nos unió la desgracia, parece.
Cuando estaba con ella, Patricio pretendió llamarse Jorge Luis y perturbarse con tigres. Le dijeron que fue el estrés, pero no terminaba de creerle al paramédico que estaba de guardia. Estrés de qué, repetía Nidia. Después del clásico atendemos a muchos, aseguraba el tipo. Es un nihilista, dijo ella. No sé bien a qué se refería. Creo que Nidia tampoco. A veces las palabras saben más que nosotros.
Patricio era un infeliz y estaba desempleado. Siempre. Lo único que le levantaba un poco su ánimo era la lectura y el deporte. El que realizaban los demás. A la tardecita, se instalaba con una camiseta acorde con su fervor y miraba fijo la pantalla minúscula de un televisor blanco y negro. El grande lo usaba Nidia. El problema es que se ponía frenético. Entre partidos, leía cosas raras. Después, hablaba como traducido.
«El propósito del juego consiste en avanzar hacia una arcada cuidando de una esfera que no debe ser interceptada por los pies ajenos ni por el único sujeto que permanece estacionario, bajo la arcada. La poesía se produce a pesar de lo previsible de ese destino: la esfera debe sortear al estacionario. Cómo sucede. ¿Momento de belleza irreversible o simple casualidad? La geometría puede ser cruda».
Así definió Patricio un partido bajo los efectos del arrebato literario ese. La invención malsana se había adueñado de su voluntad y había olvidado las reglas elementales de la vida del deportista pasivo, del avezado discutidor de los domingos que era. Estas explicaciones anormales las daba desde un rincón de su cuarto al que había bautizado Elalef, o algo así. A su mujer la llamó Beatriz y ella no dio más, ya lo había dado todo. ¿Te tragaste un diccionario?, dice Nidia que le dijo.
Aquella mañana no era candente, aunque fuera febrero. Ella solicitó al falso Jorge Luis que le trajera algo de la vereda, un espejo. La idea fue mía. En cuanto su delgadez atravesó la puerta, porque Patricio siempre fue un esmirriado, ella aprovechó para cerrar con llave y condenarlo a la intemperie. Él consiguió ablandarla un poco. Nidia le pasó por la ventana una muda de ropa y algunos pesos.
Caminó hasta una pensión cercana donde se instaló un par de meses. Andaba obsesionado con su recién adquirida sabiduría y una miopía preocupante. La primera noche se quedó ciego. No le sirvió de nada. Fue desalojado en cuanto se agotó la plata de su bolsillo izquierdo.
El muy caradura recuperó de milagro la visión y se juntó conmigo. Yo le creí todo, lo aguanté en su delirio a cambio de aquellas noches. Aunque chiquito, Patricio era una fiera puesto en horizontal. Me ponía nerviosa cuando hablaba de los Apócrifos, un equipo de la B, supongo. Comencé a consumir pastillas.
De a poco, fue perdiendo su antigua personalidad. Incluso habló de un casorio colosal. Nadie podía suponer que tras una final muy peleada, amagara con llamarse Macedonio. Decía que soñaba con ser inédito, o inaudito. No recuerdo bien las palabras, pero fue la gota que rebalsó el vaso. Repetía, delirante, frases sin sentido. No todo es vigilia y no sé qué. Me decía la Eterna. Alguna amante anterior a nosotras, seguro.
Pasé por momentos de rencor, incluso me puse violenta. Pero a él nada lo sacaba de sus fabulaciones. Ayer convencí a un amigo. Lo vino a buscar para un amistoso. Le preparé un tostado y, sutilmente, le saqué la llave del bolsillo. Anduve pidiéndole a la Virgen que se olvidara de mí, de su vida conmigo. Que se distrajera con otra. Pero nunca imaginé esto.
Era un tipo extremadamente voluble. Y no leyó un libro entero ni escribió una sola línea. Es el fervor del balompié lo que le disparaba los abismos. Nidia dice que en el fondo lo hacía para compensar tanta barbarie. Yo creo que no. Sencillamente, Patricio se bifurca.
Gracias por escucharme. Y por el Clonazepam.
La herencia es cultural
La puerta cedió y el grupo de panzones lo miró con furia. Los alterados eran cinco. Sus camisetas no coincidían con la que él tenía puesta. Una especie de contagio siniestro se apoderó de aquellos seres. Uno lo palmeó en el hombro y le preguntó si estaba provocando. No hubo tiempo para respuestas. Intentó una huida torpe, pero las piernas no le respondieron. Frenaron el escape y se doblaron igual que una silla que se pliega. Enseguida lo paralizaron entre todos. Al arrastre lo sacaron. Ya no había transeúntes.
Eventos de vida simulada desfilaron por los ojos de Patricio. Vio decenas de palabras en una torre, una ciénaga de ficciones que no lograba descifrar. La lluvia furiosa de Buenos Aires licuaba el tiempo.
Mientras lo forzaban contra un auto abandonado, cuando el quinto contrincante se agitaba violento contra sus nalgas, recuperó súbitamente la memoria, esa esquiva, la caja de resonancias que se había llenado de otros para sortear los momentos inquietantes de una vida sin sorpresas. Soy Patricio —se dijo— sin emitir más que una respiración espasmódica.
Recuperarse a sí mismo en medio del dolor fue su pequeña victoria. Aún llevaba la corneta. Parece que el barro fue peor que la golpiza. Se la dejaron clavada y no hubo fuerza que lograra desprenderla.
Su último suspiro produjo una melodía estremecedora. De una oscuridad exquisita.