Pasó el príncipe
Mateo BoozEl ferrocarril dividía la población en dos segmentos: en el Este habitaban las familias de abolengo; en el oeste, los núcleos de más reciente data y sin preocupación mayor que la conquista de dinero. No es difícil colegir de qué parte de los rieles se asentaba la prosperidad. El Este tenía la iglesia, el Juzgado de Paz, la Comisión de Fomento y las casas viejas; el oeste los mejores almacenes, un cine moderno, un bazar alemán, una agencia del Banco de la Nación y numerosas viviendas pintadas al aceite. Durante largos años solo del Este salieron los funcionarios locales. Ahora pertenecían al oeste el presidente de la Comuna, el subcomisario y el juez de paz. Y hasta de allí era oriundo el senador del departamento.
El Este se fundó en 1860. Los pobladores del oeste arribaron el 95, a raíz de inaugurarse la vía del ferrocarril. El Este miraba con desdén a los advenedizos del oeste, colonos sin tradición y recios para el trabajo. Ese desdén se trocó luego en aguda rivalidad. El oeste se incautó de la Comisión de Fomento. El acontecimiento histórico se produjo en 1915. Los desalojados lo consideraron como algo similar en trascendencia y efectos a la Revolución Francesa. Pero no ocurrió otra catástrofe que la privación que sufrieron los antiguos administradores de los bienes públicos. La situación no excedió, sin embargo, de un lustro. otras elecciones equilibraron las influencias desafines. A la sazón el Este admitía como fatalidad inevitable el predicamento del oeste. Y hasta, sin declinar la ojeriza, algunos jóvenes del oeste habían ido a buscar novias en el Este. Primeramente las familias copetudas, celosas de sus apellidos, resistieron esas uniones; mas al último se allanaron a ellas. «Matrimonios de amor», disculparon, sin confesar que los hijos de los inmigrantes del 95 resultaban, a la postre, de retorno de Rosario con sus diplomas de farmacéuticos o de peritos industriales, mejor promesa de buenos consortes que los muchachos del Este, un tanto escépticos y demasiado amantes a los copetines y a la ociosidad.
Emplazado el pueblo en una zona agrícola, todos medraban con la agricultura. Los trigos y los linos ondulaban alrededor, hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Lentamente, los chacareros del oeste se iban apoderando de las chacras del Este. Los Pigliapoco, los Veviglia, los Depasquale, ilustres apellidos que arrancaban de la época de la fundación, debieron ceder, con dolor, grandes extensiones de sus heredades a los Acquaroli, los Benivenga, los Pantaveni, voraces propietarios del oeste. ¡Y recordar que los Pantaveni, los Benivenga, los Acquaroli fueron en días no tan remotos peones al servicio de los Depasquale, los Veviglia, los Pigliapoco! Debía reconocerse que los tiempos y la codicia habían desquiciado un tanto las jerarquías sociales. Muchos, especialmente los viajantes de comercio que afluían de continuo con sus muestrarios, no sabían discernir las diferencias de linaje. Para ellos era lo mismo —¡y había distancia!— un Pigliapoco que un Benivenga.
Pero donde los del Este no habían cedido un ápice a sus vecinos de allende los rieles era en el football. El «once» del Este jamás fue vencido por el «once»
del oeste. En el peor de los casos, llegaban a empatar. La copa Benivenga y la copa Acquaroli, que todos los años se disputaban con ardimiento a puntapiés y testarazos, eran trofeos poseídos por el equipo del Este.
Las niñas de las dos zonas asistían a los partidos, congregándose en grupos separados. Y si una familia del Este intimaba con las familias del oeste, juzgábase esa ocurrencia a modo de una originalidad de deplorable gusto.
Por esos tiempos se anunció que a fines de la semana venidera pasaría, en viaje a Chile, Humberto de Saboya, príncipe del Piamonte. La noticia devoró todas las conversaciones y pensamientos. Era menester organizar una acogida estruendosa al futuro monarca. Había que echar el resto, a imitación de lo que, en analogía de circunstancias, realizaban las grandes ciudades comprendidas en el itinerario del príncipe.
La Comisión de Fomento fue convocada precipitadamente. Esa visita no constituía, desde luego, un episodio vulgar. Más probable y menos sensacional era el pasaje de un cometa por el cenit que de un vástago de sangre real por ese pueblo. Pero las deliberaciones de la corporación comunal se aborrascaron de improviso a causa de la designación de la Junta Central de Festejos. Los ediles del Este pretendían que la Junta se integrara con lo más selecto del pueblo, vale decir, con habitantes de ese lado de los rieles. ¡Qué pensaría el príncipe si el homenaje lo presidía un Benivenga, un Pantaveni, un Acquaroli u otras gentes ordinarias por el estilo! El asunto era muy delicado… A la exclusión se oponían tenazmente los ediles del oeste. En una época de democracia, todas las fuerzas vivas de la localidad debían estar representadas en esos actos. Se articularon diversas frases de subido color. Algunos puños batieron la mesa con más vigor que el conveniente, y un tintero, adherido a la protesta, volcó su contenido sobre el libro de actas. En suma, se interrumpió la sesión sin tomarse acuerdos.
Los ediles del Este resolvieron, con ademanes iracundos, no volver a reunirse.
Ausente la acción oficial, la organización de los festejos la afrontó la iniciativa privada. Las tentativas de algunos espíritus ponderables para unificar las voluntades en una entidad directriz se frustraron. Los aludidos espíritus ponderables cruzaron repetidamente los rieles y, vista la inutilidad de sus idas y venidas y la tozudez de sus convecinos, se pusieron las manos en la cabeza para exclamar, con adecuada inflexión de voz:
—¡Que todo se lo lleve el diablo!
A despecho de la tremenda imprecación, el diablo no se llevó nada, y en lugar de una comisión, se crearon dos, prohibidas entrambas todo género de comunicaciones. ¡Veríamos cuál sabría desplegar más boato! Unos y otros meditaron secretamente los medios eficaces para monopolizar la atención y la admiración del primogénito de Víctor Manuel.
La espléndida cosecha en flor, que con su espectáculo recreaba los ojos y los espíritus, inducía a no reparar en erogaciones con tal de dar al programa de fiestas extraordinaria lucidez. Las damas de los dos puntos cardinales movieron afanosamente los catálogos de las grandes tiendas metropolitanas para formular sus pedidos con la urgencia dictada por el caso. Cada una de las comisiones contrató en Rosario una banda de música y centenares de bombas de ruido. Se encargaron copiosas provisiones de flores; y un calígrafo de la Capital se esmeró en la composición alegórica de un pergamino que, para memoria imperecedera, los vecinos del oeste entregarían al ilustre viajero. Los niños ensayaban tenazmente canciones corales alusivas a las circunstancias. Asimismo el orador más elocuente de cada una de las partes urdía los oropeles líricos para ofrendarlos al heredero del trono y a su séquito.
Fueron esos, en la población, días agitados. Suspendiose toda labor habitual para no ocuparse de asunto alguno que no se relacionara con la visita regia.
Las muchachas casaderas eran quienes más vivamente sentían la comezón de ver al príncipe, acaso el único príncipe que verían en su vida. Y proyectaban los estilos que usarían en el minuto culminante de la presentación; y, acaso, lo recóndito de sus corazones anidaba la secreta esperanza de impresionar inolvidablemente a Su Alteza.
Un presunto marinero que vendía por las calles del oeste sus también presuntos artículos de contrabando observó con alborozo cómo se desinflaba la bolsa de lona que cargaba a cuestas. Sus casimires y telas estampadas se las llevaba el público sin incómodos regateos. El lobo de mar tomó el tren en procura de un nuevo aprovisionamiento de mercaderías substraídas a la ferocidad del Fisco. Y entretanto el Este había hecho un hallazgo que se conceptuaba de alto mérito. Recorría esas aceras un tipo popular, Giuseppín, ochentón y barrigudo.
El hombre esgrimía un palo para defenderse de los canes y castigar las burlas de los muchachos que allí, como en todas partes, revelaban su crueldad con los derrotados. Y aunque en verdad para Giuseppín se tornara la vida difícil, pues ya las gentes, cansadas de sus pedigüeñerías, se negaban a socorrerlo, permanecía fiel a ese sitio, sin transponer jamás la línea ferroviaria. Alguien recordó entonces que Giuseppín había servido en su juventud a las órdenes de Garibaldi. Y ¿qué nota más conmovedora y evocadora podía brindarse al joven príncipe que la presencia de un garibaldino auténtico en el andén de una estación santafecina? Giuseppín se encontró de súbito, con el consiguiente asombro, convertido en objeto de celosos cuidados. Nunca se le ofrecieron sobras tan abundantes ni las dueñas de casa se desprendieron tan gentilmente de las ropas en desuso de hermanos y consortes. La estampa de un soldado garibaldino, descubierta en un viejo ejemplar de revista, fue figurín para cortar el marcial uniforme.
En medio de los preparativos, palpitaba y crecía la hostil emulación vecinal.
Ese estado de ánimo trascendía inclusive en las crónicas que se enviaban a los diarios de Rosario. El corresponsal avecindado en el Este olvidaba las actividades del oeste; y, recíprocamente, para el del oeste no contaban las iniciativas de la otra comisión de festejos.
Por fin se alcanzó el día impacientemente esperado. Gallardetes y oriflamas decoraban las calles, a los dos lados de la vía. La bóveda celeste se engalanaba con unos retazos blancos, como cueros de oveja; y en el lejano horizonte se empastaban algunas nubes grises que, por virtud probablemente del general optimismo, no suscitaban prevenciones. Los moradores del Este y del oeste se disponían a abrumar con lluvias de flores, a su paso por las calles, al príncipe del Piamonte. Porque las familias del Este no dudaban que el preclaro huésped asistiría al baile del Club, que congregaría los apellidos de más brillante prosapia de la población; como así tampoco dudaban los del oeste que el príncipe participaría del vino de honor que en la Roma Nostra le ofrecería, con palabras bien aprendidas, el señor Acquaroli, mayor contribuyente del distrito.
Desde horas antes de la prevista para la entrada del convoy regio, comenzó a afluir la concurrencia a la estación. Los del Este se posesionaron de una cabecera del andén y los del oeste de la otra. En el centro ardilleaba el jefe ferroviario con su personal. Sus vaivenes y ademanes acusaban la nerviosidad que le traían las responsabilidades del momento.
Ya el semáforo indicaba vía libre; y el descubrimiento de una mancha de humo en la hondura de los campos, hacia donde se perdían los rieles, levantó un fuerte vocerío. Los dos grupos se apercibieron para adueñarse del príncipe.
Se fue agrandando y dibujando la locomotora, se advirtieron las banderas y escudos que la ornamentaban y la presencia de unos caballeros sentados en la parrilla del miriñaque. Exhalando chorros de vapor, entró la máquina. Estallaron las músicas de las dos bandas, los cantos de los párvulos, las aclamaciones de los adultos y los cohetes de los morteros. Los ruidos cesaron al saberse que era esa simplemente una máquina exploradora. Ya no demoraría el convoy regio.
Minutos después llegó el tren regio. Todos los corazones aceleraban sus latidos, todas las bocas emitían algún grito y todos los ojos se aguzaban en busca del príncipe. Una de las plataformas de los coches vomitó, como una cinta, una ringlera de soldados que franjearon el convoy y avanzaron en seguida, con las bayonetas caladas, rechazando a las gentes algunos metros atrás.
Se aclamaba:
—¡El príncipe! ¡El príncipe!
Algunas cabezas asomaron a las ventanillas. Y junto a una cabeza que ostentaba una gorra de marino, salió una mano galoneada que se extendió apaciguadoramente sobre la multitud. Esa manga pedía un poco de paciencia y de serenidad.
Benivenga reconoció en el pasajero de la gorra de marino al preceptor del príncipe, y chilló, coreado por todos los de su bando:
—¡Viva Bonaldi! ¡Viva Bonaldi!
El almirante agradeció con un saludo manual el homenaje de las gentes del oeste, lo cual produjo entre las del Este un visible desabrimiento.
Los del Este demandaron entonces con redoblada vehemencia:
—¡El príncipe! ¡El príncipe!
Giuseppín, con los ojos azorados, ocupaba un sitio descollante entre los del Este. Su indumento de garibaldino, confeccionado con derroche de coco punzó, le prestaba una apariencia de cangrejo cocido. Al frente de los vecinos del oeste figuraba el señor Acquaroli, empuñando el pergamino para el heredero de la corona.
La locomotora tiró del convoy a fin de acercarse a la toma de agua; y el vagón de cola vino a quedar en mitad del andén.
En el armazón de cristales, como un acuario, puesto en la plataforma trasera, apareció un doncel bizarro, moreno, sonriente, cubierto con un quepis semejante a un campanil y ceñido el talle por un ancho cinturón de piel. El público, deslumbrado, prorrumpió entonces:
—¡Príncipe! ¡Príncipe!
Tocando con la diestra la visera del sombrero militar, Humberto de Saboya inclinó repetidas veces el busto; y las gentes, atraídas por el prestigio de esa estampa, que el sol declinante llenaba de fulgores, pretendieron avanzar; pero el cerco de púas de las bayonetas les cerró el paso. Las dos bandas arrancaron, en desacuerdo, con unas marchas patrióticas, y los dos oradores con sus discursos, en medio de estrepitosa algarabía. Los del Este empujaban hacia adelante a Giuseppín, para situarlo en el campo visual del príncipe; y el señor Acquaroli, bajo un estandarte de la Roma Nostra, ofrecía el pergamino que, por fin, cogió un señor de patillas que había bajado del tren y que prometió, con gestos, ponerlo en manos de Su Alteza.
La locomotora desgarró el aire con una pitada, los soldados y el señor de las patillas subieron al convoy y los vagones comenzaron a rodar. El príncipe, rígido y sonriente, se alejaba encerrado en la urna de cristal, cuando todavía los oradores no habían cortado la hebra de sus discursos.
Y todos voceaban:
—¡Humberto! ¡Humbertito!
¿Cómo? ¿El príncipe partía? ¿No visitaba el pueblo? ¿Y el baile del Club? ¿Y el vino de honor del Roma Nostra?
Tumultuosamente descendió el público del andén e invadió las vías, alzando los brazos y aclamando al futuro monarca, que, como visión fugaz, pasaba ante las pupilas atónitas de los colonos de Santa Fe. Se columbraba aún su silueta, cuando se suscitó una agria disputa entre el señor Pigliapoco, del Este, y el señor Pantaveni, del oeste.
—¡Brigante!
—¡Feso!
—¡Mascalzone!
Los bandos antagónicos se aproximaron, en actitud agresiva. Banderas y estandartes tremolaban amenazadoramente. Las señoras y las niñas se apartaron con temor.
Y a esa sazón trepidó el mundo con formidable trueno. Las caras se volvieron a las alturas, que se entoldaban de nubarrones tenebrosos y espesos. Hasta ese instante nadie había advertido la cercana tormenta, enfrascados todos en el acontecimiento. Y repentinamente una violenta granizada desnudó las copas de los árboles, derribó algunos pájaros y resonó en los techos de la estación como el galope de una caballada enloquecida.
Y clamaron voces desesperadas, con el pavor que infunden los cataclismos:
—¡Cristo! ¡Cristo!
—¡La cosecha perdida!
—¡Piedras como huevos!
—¡Maldición!
—¡Manacha!
Y los del Este y los del oeste formaron una sola muchedumbre, unidos todos en la solidaridad del dolor común. Se lamentaban, se abrazaban, imprecaban y gemían.
A la distancia se borraba, entre los velos de la lluvia, el tren principesco; y hacia el pueblo iba, solo, lacio, caduco, chapaleando el barro, Giuseppín, el soldado de Garibaldi.