Mensajes de texto

David Voloj

I.

Mi viejo, un tipo que jugó más de veinte años en La Gloria y que se había quedado en Córdoba, en su club, más allá de la guita y la ilusión de triunfar en un equipo grande, pensaba que el fútbol era cuestión de huevos. Eso decía. Y solía ser muy gráfico al respecto; más de una vez se bajó los cortos en el vestuario, pegó un par de gritos y se agarró la entrepierna. Nunca llegó a quitarse los calzoncillos porque el viejo era un señor, no un degenerado. Solo que le gustaba despejar dudas por si alguno lo tomaba en sentido metafórico. Huevo, mucho huevo, decía antes de salir a la cancha. Y yo, que había quedado fuera del circuito profesional por un par de lesiones, tenía sus palabras grabadas a fuego.

Últimamente participaba en campeonatos chicos, de barrio, pero ponía lo mejor de mí. Porque ahí, en las sillas de plástico que estaban detrás del alambrado, el espectro del viejo me observaba. A él le dedicaba los trofeos, a él le rendía cuentas si jugaba sucio o erraba goles de angurriento.

II.

El doctor Soler no conoció a mi padre. Tampoco lo vio jugar. Al doctor Soler parecía disgustarle el fútbol. Tenía pinta de dedicarse al ajedrez, al ping-pong. Pero de ponerse la camiseta no sabía nada.

Cuando comencé con las molestias en la ingle fui a verlo. Él arrojó un par de diagnósticos. Más tarde, confirmó la enfermedad, comenzó con el tratamiento. En la última consulta, guardó los estudios en un sobre y trató de quitarle dramatismo al asunto.

—Coco, Coquito. Vamos a intervenir —dijo, paternal—. Pero no es la muerte de nadie. Muchos hombres pasan por lo mismo y andan diez puntos. Un riñón sí sería grave. ¿No te parece?

—No sé, Soler... No sé.

—Con un testículo basta y sobra para llevar una vida normal —continuó—. Hasta te diría que vas a estar más tranquilo, relajado. Se te va a despejar la mente.

Sentí que me estaba cargando. ¿A qué se refería con «normal»? Soler estaba entre los urólogos más reconocidos del país, tenía varios títulos colgados en el consultorio. No obstante, un tipo especializado en extirpar genitales me inspiraba desconfianza. Era el padre del Ojota Soler, uno de los compañeros con los que jugábamos el provincial de fútbol cinco. Así y todo, debí controlarme para no insultarle a la madre, la abuela y la hermana. Parecía no darse cuenta de que estaba hablando de mis testículos, específicamente de mi pobre testículo derecho.

Recordé al gato de la tía Chola, un gatito simpático, inquieto, de esos que se escapan dos o tres veces al año para ser felices por ahí. A ella le molestaban esos aires de independencia y un día fue a ver al veterinario.

A mí, los veterinarios y los urólogos me caen pésimo; son capaces de joderle la vida a cualquiera. Desde que lo castraron, el gato de la tía se volvió obeso y sus ganas de vivir se fueron diluyendo en un ronroneo agónico.

—Un gato triste… Me voy a convertir en un gato gordo, triste e impotente.

—Coquito querido —Soler me palmeó la cara—. Vas a seguir jugando al fútbol y saliendo con chicas como cualquier persona normal. Dejate de pavadas, che. Ahora te vas a tu casa, te cuidás y no me hacés ningún esfuerzo. El viernes venís a primera hora así operamos.

—¿Pasado mañana? ¿Tan pronto?

—Cuanto antes, mejor.

Soler fue contundente. La guillotina ya tenía fecha.

III.

A veces el mundo se complota. Cuando llegué al club, el entrenador del equipo de básquet pasó con dos pelotas debajo de los brazos. Al saludarme, una se le cayó al suelo.

—Está pinchada —dijo, aunque nadie le había preguntado.

Los chicos esperaban en el bar. El Tano había ensartado cinco rodajas de salame con el mismo escarbadientes. Él comía así, a lo bestia. Alrededor estaban el Negro, Peluca, el Gordo y Carlitos; parado, el Ojota Soler, que tomaba el fernet de la jarra. Se los veía bien, con los calzoncillos llenos, disfrutando de la vida.

—Mañana está la revancha con los de Villa General Belgrano —se rio el Ojota—. Che, ¿y a vos cómo te fue con mi viejo?

—Mal —dije—. Me fue muy mal.

Me pasé media hora hablando del quiste. Los chicos miraban radiografías, señalaban las zonas oscuras y movían la cabeza como si entendieran. Al escuchar los pormenores de la operación, el Gordo bajó las manos, Carlitos se miró la bragueta y el Tano dejó de comer.

—El partido de mañana te lo dedicamos —dijo el Ojota.

—¡Qué partido ni partido! Por favor, nadie piensa en el partido —se enojó el Tano—. Ya mismo llamo a la Comisión para suspender.

—Jueguen —dije—. No se van a perder la final por mi culpa.

Carlitos, que hasta ese momento había estado callado, tomó la palabra.

—¡Déjense de bolud...! —dijo y se desdijo al instante—. Perdón, Coco, no me di cuenta.

—Entiendo, está bien —le respondí.

—No jugamos y punto —continuó—. Mañana se vienen a casa y le hacemos la despedida a Coco. ¿Está claro?

Como ninguno entendió bien a qué se refería con «despedida», le pedimos que tratara de ser más específico.

IV.

Esa noche di mil vueltas en la cama. No dormí nada. Al amanecer, metí el pijama para el pre y el posoperatorio en el bolso. El tiempo pasó muy rápido. Cuando me quise dar cuenta, era otra vez de noche y el Gordo estacionaba en la puerta. Me preguntó si ya estaba listo y yo pensé que nunca se puede estar listo para una pérdida semejante.

Llegamos a lo de Carlitos cerca de las nueve. En la terraza había alcohol como para un regimiento: fernet, dos tachos llenos de hielo, Coca-Cola, vodka, un melón, varias cajas de tetra blanco. Ya habían encendido el carbón. Solo faltaba el Ojota, que llamaba cada cinco minutos para decir que ya llegaba con las chicas. Porque todo esto de la despedida consistía en eso, en una última joda, una fiesta que pintaba ser inolvidable.

Sin embargo, yo solo pensaba en la operación. Para colmo, tenía prohibido el alcohol y nadie, en semejantes circunstancias, podía pasarla fenomenal con juguito de naranja.

Entonces recibí el primer mensaje de texto. «VNGAN A JUGR, MARYKS». Pensé que se habían equivocado, pero también sonaron los teléfonos del Negro y de Carlitos: «VNGAN A JUGR, MARYKS».

Cinco minutos más tarde nos llegó otro: «KGONES». Los chicos, bastante entonados con la melancía, se codeaban. El Negro me explicó que nadie le había avisado al equipo de Villa General Belgrano que el partido se había suspendido.

Hubo un tercer mensaje, un cuarto. El tono se hacía más agresivo, los insultos se multiplicaban, afectaban a nuestras madres.

Hasta ese momento, nos había parecido divertido. Además, el Ojota había llegado con tres morochas increíbles, operadas por todas partes.

Cuando recibí el quinto mensaje quedé paralizado. «T FALTAN W-VOS», decía. «¿VAS A JUGR? ¿O T KRTARON LAS BOLS?», leí después.

Mi rostro se transfiguró. El mensaje solo me había llegado a mí. Carlitos se acercó a preguntar qué me pasaba. El celular volvió a sonar. «NO TNES W-VOS».

—Dejalos, bolud… —dijo al mirar la pantalla—. Perdón, no quise...

—¡Te entendí! —le grité, mientras seguía recibiendo golpes bajos en el celular.

V.

Una hora más tarde, el Peluca se cubría los ojos. La luz del reflector le hacía doler la cabeza. Miré alrededor. Carlitos se tambaleaba mientras intentaba pisar la pelota. En la tribuna, nuestras tres hinchas fumaban.

—¿Empezamos? —dijo el capitán del otro equipo.

—Esperá, macho —le respondí—. ¿No ves que falta uno?

El Negro, pálido como nunca y con un aliento a alcohol terrible, despertó al Ojota con un par de chorros de soda en la cara.

Y empezó el partido. Aunque partido es una forma de decir. Aquello era una paliza. Los de Villa General Belgrano jugaban solos: hacían pases de taco, esquivaban las patadas asesinas de Carlitos y mareaban al Peluca como querían.

Al terminar el primer tiempo, perdíamos por cuatro y, la verdad, era un buen resultado. Como en el partido de ida les habíamos metido seis, aún contábamos con dos goles de diferencia. Pero en el segundo tiempo nos hicieron otro. Y la cosa se puso jodida.

Para matar el aburrimiento, las chicas se quitaron los abrigos e improvisaron un show erótico en la tribuna. Cuando amagaron a quitarse algo más, la cancha se encendió. Dejamos de jugar. Hasta el réferi miraba a las morochas con el silbato que le colgaba de los labios.

De pronto, Carlitos se metió en el área, agarró la pelota con las manos y se puso a piropear a lo loco. El pitazo fue ensordecedor.

—¡Penal! —gritó el réferi.

Yo me acerqué, le guiñé el ojo. Pero mis esfuerzos por desviar la atención fueron en vano. El capitán del otro equipo sonreía.

—¿Quién va a atajar? —preguntó.

Me di vuelta. Los chicos estaban en cualquiera, de modo que me calcé los guantes y tomé posición en la línea de cal.

VI.

Entré a la clínica con tres latas de cerveza helada en la entrepierna.

—Perdoname, no sabía —se disculpaba el criminal que me había fusilado—. La hubieras dejado pasar...

Y a lo mejor tenía razón. Pero el penal superó la barrera del sonido y la pelota fue derecho al bajo vientre del arquero. Debo haber gritado con vehemencia porque a todos se les pasó la borrachera.

—Coquito, qué hiciste... —dijo el padre del Ojota, que cayó de inmediato.

—¡Soler, por favor! ¡No me castrés!

—Quedate quieto así puedo... —dijo Soler.

—No, Soler, no. Salvame uno, uno —le rogué llorando.

—Pará, Coco. El golpe es en el cuádriceps. ¿Ves? El testículo está perfecto.

En el pasillo aguardaban los chicos de los dos equipos, además del árbitro y una de las morochas. Me alentaban con los pulgares para arriba.

—¿En serio, doctor? —pregunté—. No me mienta.

No sé por qué ahora trataba a Soler de usted.

—Agradecele a Dios —dijo al final—. Te salvaste de milagro.

Después, un enfermero me inyectó algo para desinflamar y me llevó a la habitación.

En las horas que faltaban para entrar al quirófano tuve tiempo para reflexionar. De alguna manera, Soler tenía razón. Había sido un milagro. Pero no se trataba de Dios ni de la Virgen. Quien había desviado la pelota había sido mi viejo, que seguía cuidándome desde las tribunas del más allá. Me gustó pensarlo así. Y también me gustó pensar que había tenido una gran despedida. Los chicos se habían portado. La verdad, no me podía quejar.