Iniciación
Felipe Justo CerveraNo sé si fue entonces, ayer; o después, hoy. Hoy echando la última palada sobre su tumba. Pero algún día tenía que ser (porque algún día tenía yo que comprender), como algún día lo hará mi hijo conmigo (porque algún día mi hijo comprenderá). Inapelable destino que no podemos torcer. Y al final uno se pregunta si todo es sólo eso: nacer y un secreto día dejar de respirar. Y sin embargo no puede ser así. Vivir no puede ser eso solamente. Casi no tendría sentido desvelarse tanto por tan poco. Hacer un mundo sólo para pasar. La pucha carajo; si hasta el nudo de la corbata, que es una pavada comparada con el universo, uno se la hace con una finalidad, ¿cómo entonces Dios, los dioses, o como se llame lo que está allá arriba (o abajo, que al fin es lo mismo), se va a esforzar en construir, pieza por pieza algo tan perfecto, sólo para que transcurra nomás?. Por eso, en este momento en que su cuerpo desciende para disolverse en tierra. O antes, cuando yerto lo contemplé en la penumbra funeraria. O mucho antes, cuando marchito en su lecho, consumido entero por la enfermedad, el dolor royéndolo sin conmiseración, él, pese al sufrimiento, pedía disculpas —por dios, ¡disculpas! — por las molestias que nos causaba, porque así era de humilde mi padre, llagadas sus carnes por meses de postración en cama, pidiendo disculpas por las molestias que ocasionaba su interminable agonizar. O mucho antes tal vez. Tal vez cuando, incrédulos, supimos cuán poco nos restaba junto a él. Y entonces, en la fusión del ayer y del hoy comprendí (o recordé; recordé aquel día de Cayastá y lo supe) que no existíamos solamente para pasar. Que de una u otra forma éramos corredores de posta de la vida. Y que acaso muchos tuvieran esa única misión —traspasar la señal de mano en mano— para que de vez en cuando otro, un elegido, produjera algo inestimable que justificara no solamente esa vida sino todas las vidas. Y eso era lo que importaba: mantener la guardia de la posta. Y eso es lo que recordé (estoy recordando, ahora) en este tiempo de la última palada. Porque también él colocó un día la señal entre mis manos, aunque en ese instante no alcancé a comprenderlo con toda claridad. Sólo después, los días fundiéndose, logré asir aquella plenitud. También la riqueza de la forma en que se dio. Por eso ahora mi memoria recupera, lúcida, aquel momento impar; solos vos y yo, allá, papá. Ahora que nos despedimos para siempre, en este turno mío de pasar la posta a otro.
Fue en mi cumpleaños número quince, otoño fresco y lejano, el río desbordado, allá en Cayastá.
Aquella tarde mi padre regresó temprano. Me invitó, apenas con un gesto, y caminamos hasta el borde del San Javier, ese río del que después, andando el tiempo que no se detiene, iría a despedirse solo, la secreta angustia a cuesta, cuando supo que lo internaban y presintió que era sin regreso. No habló en el trayecto ni cuando llegamos. Silencioso contempló los remansos, la isla sumergida bajo el manto de agua, los sauces y timbóes entre la leve bruma que comenzaba a levantarse. Luego se volvió, y sin explicaciones, dijo: —Desvístase m'hijo. Vamos a cruzar—. Me golpeó la sorpresiva invitación, que sonaba a regalo de cumpleaños; invitación a una travesía anhelada, pero a la que nunca me animé solo, estando el río crecido. Tuve miedo. Pero a mi padre no se le negaba nada, y desnudos nos arrojamos a la corriente.
Jamás olvidaré el agobio de aquel esfuerzo. Jamás la fuerza de las aguas desbordadas. Jamás el angustiante temor ante la corriente que me arrastraba, la distancia que se agrandaba, la orilla opuesta que se tornaba inaccesible. Pese a ello (precisamente por ello), con desesperación, pero con el vigor de la adolescencia, me adelanté. En lucha con el torbellino volví el rostro y miré a mi padre. Y lo vi avanzar (te vi avanzar) cada vez más lento. Continué braceando. Y cuando mis energías parecían agotarse ya, la voluntad abandonarme ya, toqué el filo del albardón. Y trepé, la respiración agitada. Y cuando llegó (cuando llegaste papá), tomado de la rama de un timbó lo ayudé a subir. Y allí quedamos, respirando lento. Palpitando en la sangre la derrotada fuerza del San Javier. Erizada la piel por el frío. Mirando de a ratos la barranca enfrente; la firme tierra de nuestra casa. Después de un tiempo eterno mi padre rió, por primera vez, palmeó mi espalda, y dijo, —Volvemos m'hijo. A ver quien llega primero—. Y en ese singular momento (tan lejano hoy, tan cercano hoy), los músculos fatigados aún, el miedo golpeando en mi pecho aún, sentí una secreta alegría brotar en el cuerpo, y en mudo decir, antes de reír también yo, sin palabras agradecí su inolvidable regalo. Y aún ahora, en esta postrer palada, sigo haciéndolo por aquella posta —¡Por esta posta, hijo!— que tan viril y sobrio puso confiado en mis manos. Y recuerdo como si fuera hoy, como si la corriente lamiera nerviosa nuestros pies aún, que ceñidos en carcajadas nos arrojamos felices a las furiosas aguas: vos y yo, papá.