Adiós
Elk A.Esto que leerán a continuación es la historia de mi más reciente Navidad. Sí, pude haber contado la mejor Navidad que he tenido (o la peor), pero no todas son así. Hay días en los que nada relevante sucede y resulta que es el mejor día de tu vida (o el peor). Creo que la siguiente historia ejemplifica muy bien lo que trato de decirles:
Era una noche nevada, los copos de nieve caían como gotas de lluvia, pero un poco más lento y con un color blanco, un blanco puro que me traía memorias de ambos extremos: aquellos cálidos recuerdos familiares que te hacen soltar un suspiro y también aquellas memorias que pudieron haber sido más de lo que fueron...
Fue increíble, en realidad era la primera vez que presenciaba una nevada. Lamentablemente, por más que hubiese querido seguir presenciando la magia de la naturaleza en esas fechas invernales tenía que salir a por la cena navideña. La que yo preparé para mi novia y mí estaba en el basurero, se me había quemado. Afortunadamente ella no se enteró de aquel incidente, seguramente me hubiera regañado. Siendo sincero, salí de mi casa avergonzado de que a mi edad todavía se me quemara la comida. Encima me abatía el pensar en cómo las comidas de Navidad están cada año más caras.
Mientras caminaba comencé a recordar lo fácil que eran las cosas cuando era niño. Llegando las noches solo tenía que caminar hacia el comedor y la comida estaría servida como si de magia se tratara. Otra cosa que extraño de mi niñez son las festividades navideñas que se realizaban en mi escuela. Me juntaba con todos mis amigos a comer tortas en el receso.
Aún preservo vívida en mi memoria la vez en que la profesora de matemáticas (que en paz descanse) nos contó una pequeña historia navideña sobre el origen de la nieve:
«Érase una vez un Dios que recorría el mundo en busca de una hazaña que le hiciera conocido alrededor del mundo. Merodeaba cada calle de la ciudad y lo único que veía era felicidad y alegría. Entonces, el Dios decidió alejarse un poco de la gran urbe y ahora lo único que veía era penuria y dolor. De todas las personas que se encontró, hubo una en especial que llamó su atención.
Era un pequeño niño de unos diez u once años vagando las calles como él, pero a diferencia de las demás personas siempre llevaba una sonrisa consigo sin importar cuán oscura fuera la noche. Cada día, el Dios se encontraba con él y, en una ocasión, decidió dirigirle la palabra: "No perteneces a estos lugares de ruina" le dijo él.
El niño entonces le contó su historia: "Estoy buscando a mi papá. Mi mamá está muy triste y no hay nada que pueda hacer para consolarla. Desde que se fue mi querido hermanito mi padre decidió tomarse un descanso de nosotros. Mi mamá dice que no volverá, pero no le creo. Al final terminó corriéndome de la casa, pero estoy seguro de que estará feliz de verme si encuentro a mi padre y lo traigo de vuelta. Quizás con un poco de suerte encuentre también a mi hermanito".
Pasaron los días y el niño no encontró a nadie, tampoco tenía un lugar al cual volver. Incluso si lo tuviera, seguramente lo habría olvidado de tanto buscar. Unos meses después, el Dios lo encontró de nuevo, pero esta vez el niño estaba durmiendo en las gélidas calles en pleno invierno. El Dios sabía que el niño ya no despertaría, así que se apiadó de su alma y, con todo el pesar del mundo, se despidió de él y lo convirtió en nieve para que pudiera traer alegría a todos los niños del mundo cada invierno.»
Pensándolo ahora, es bastante gracioso que nadie recuerde el nombre de ese Dios y, en cambio, sea la nieve la que haya gozado el premio de la fama. Claramente nunca he creído en esos mitos, pero también es cierto que no he estado tan feliz como lo estuve en esa ocasión desde hace años. "Quizás fue real" pensé fugazmente y luego empecé a reírme un poco como un niño. Como un niño que ve la nieve por primera vez.
Me disponía a retomar mi marcha para comprar la cena navideña, pero mientras avanzaba las lágrimas comenzaron a brotar de mi rostro como si hubiera perdido el control de mi cuerpo. Parecía que aún extrañaba a mis amigos. Me preguntaba si estarían cenando conmigo de haberme despedido de ellos: "De ser así tendría que comprar tanta comida que me quedaría pobre" pensé, mientras una ligera risa me hizo soltar las pocas lágrimas que había logrado retener. Si tan solo hubiera mantenido el contacto con ellos tras nuestra graduación...
Entonces recordé que mi novia todavía estaba en mi casa, esperándome sola sin saber que estaba esperando. "Sería inexcusable si llegara a cometer el mismo error dos veces en una noche tan linda" fue lo que pensé. Me di la vuelta y regresé a la puerta de mi casa. Cuando la abrí la vi ahí, en el sofá leyendo tranquilamente un libro. Todas mis penas se desvanecieron al encontrarla y simplemente grité con una sonrisa más feliz que la anterior:
"Ya me voy, cariño".