

La colonia de los Sunchales, cuya ruidosa disolución se produjo en marzo de 1872, entraña desde su origen una historia desgraciada. El terreno era ya conocido con el nombre de «Los Unchales». En él existió una población de indios dirigida por los jesuitas, que fue abandonada desde principio del siglo XIX como así también el camino que por ese punto ponía a Santa Fe en comunicación directa con Córdoba. Al amparo de leyes provinciales, esas tierras fueron denunciadas en compra, en 1865, pero el gobernador Oroño tuvo la idea de colonizar aquel punto para restablecer el antiguo tráfico. Fueron trasladadas numerosas familias francesas, alemanas, belgas y hombres de distintos orígenes que sin ubicación en otros terrenos, llevaban el desagrado de una vida ruda y sin perspectiva. Nació la colonia donde reinara el desamparo y comenzó a desenvolverse bajo el signo de la adversidad.
El hombre más fuerte entre los que llegaron era Jules Gerard. No tenía aún cuarenta años. De estatura mediana, no correspondían a ella sus brazos, excesivamente largos. Su escaso cuello hacía más vigorosa su apostura. Los ojos hubieran sido hasta hermosos, si no contrastaran con las facciones toscas y lo curtido de su piel. Tenía mirada firme, rayana en la audacia. En todas sus maneras había algo de inquietante. Y a pesar de llamar poderosamente la atención donde quiera que se hallara, creaba recelos como si emanara de él algo que lo hacía sospechoso de implacable crueldad. En la rudeza de los campos vírgenes, caminando entre matorrales, no semejaba un hombre en busca de tierras para labrar. Un ser desasosegado, no obstante parecer invencible en lo que se propusiera. Vivía en un rancho con su padre y eran ambos toda la familia. Se alimentaban de aves silvestres pues Jules no economizó nunca su pólvora, aunque faltara para la defensa contra los indios o tuviera otros alimentos. Nadie le negaba pan cuando lo buscaba porque en aquellos años terribles, su fortaleza era respetada como si constituyera un bien común, a pesar de la prevención en contra que se le guardara.
En el mes de mayo, muchas familias se ocuparon en arar tierras. La administración de la colonia les había dado bueyes, carros, rastras, caballos y herramientas accesorias y, como no alcanzaron a cubrir las necesidades de todos, los préstamos suplían a la escasez. Los individuos de más variadas costumbres ocupaban las tierras, por eso, algunos trastornos en las relaciones desfavorecían las labores. Pero nunca en ellos estaba mezclado Jules Gerard, de intimidad inaccesible e indiferente a las pequeñas rivalidades. Por motivos distintos, eran respetados también los Bressand, la más moderada de las familias y una de las que sinceramente creían en el progreso de los próximos cultivos. Conservadores de su moral, respetaban normas de costumbres con severa sobriedad. Andrés Bressand, la mujer, dos hijos de catorce y dieciséis años, una hija, Luisa, de diez y ocho, una rústica de cara fresca y largos cabellos recogidos en trenzas, componían el grupo destacado por la unidad con que trabajaban su tierra. El rancho fue mejorado durante los días en que por falta de arados, no podían salir a laborar su concesión, y por ello también consiguieron levantar cercos de ramas espinosas para guardar los animales. Pese a todo el esfuerzo empleado, no pudieron sustraerse a la vida casi miserable que soportaba la colonia y constituían un hogar más, soterrado en aquellas soledades impresionantes. Habían oído comentarios sobre Jules Gerard porque este individuo, ineficaz en el arado y en las siembras, parecía ejercer un dominio permanente sin proponérselo, por la sola influencia de su carácter. En una agrupación humana bien organizada hubiera sido quizá rechazado, pero allí no se discernía en qué estribaba su influjo. Para los Bressand, aún sin conocerlo, su nombre era sinónimo de delincuencia incoercible. Jules Gerard: una fuerza capaz de arrojo en cualquier sentido…
Una mañana los colonos Bressand debieron permanecer en el rancho. No tenían semillas, como la mayor parte de la colonia donde el sol apareció aquel día para alumbrar extensos campos mal labrados y gente desorientada. Andrés clavaba unas maderas apoyadas sobre un tronco derrumbado y alzó la cabeza al oír el trote de cabalgadura. Un hombre mal vestido, cubierto con antiguo sombrero que sombreaba una cara de firmes rasgos apenas disimulados por la barba disminuida a tijeretazos, se acercó y saludó con voz serena, pero como si en el fondo reprimiera desconfianza.
—Buenos días, paisano…
—Buen día —respondió Andrés con sequedad.
Se hizo un silencio largo, el hombre miró la tierra de los alrededores mientras se oía sólo la respiración fatigada del caballo.
—¿Viene en busca de algo?
—No, pasaba nomás, antes de seguir para el centro.
Los muchachos y las mujeres salieron a curiosear al recién llegado, que no saludó. De inmediato su presencia creó reservada expectativa. El hombre tenía en los ojos expresión de seguro dominio de sus nervios. Luego dijo:
—¿Cómo van las cosas por aquí?
—No mejor que por otras partes. Hemos arado ese poco de tierra que usted ve, y nada más…
Luisa ahuyentó unas gallinas que se acercaban a la puerta y el desconocido la miró rodeándola de soledad. Los separó otro silencio.
—Voy a seguir.
—Hasta la vista —dijo Andrés.
—Hasta la vista.
Los colonos vieron cómo castigando el caballo se alejó a todo galope a campo traviesa. Las mujeres miraron a Andrés.
—Ese es Jules Gerard —dijo el hombre convencido.
Y ese día pareció a la familia que algo trastornaría aún más a la colonia.
Los Bressand pasaron todo el mes de julio carpiendo yuyos, para defender de malezas la quinta, y volvieron a arar la tierra labrantía donde reverdecieron otra vez nutridos pastizales. Pero no todos los colonos los imitaron y en la extensión no se distinguía casi el oscuro color de la tierra arada que en vano esperó la siembra de trigo. La Administración amenazaba derrumbarse, impotente ya para lograr semillas, que nunca llegaban. Andrés defendía con tesón la existencia de todos los suyos. Vivían más relacionados con colonos pues la adversidad hizo unidos a tantos agricultores en bancarrota. Y además cada semana venía al rancho Miguel Rehmann, hijo de Jakob, un muchacho de veintitrés años que hablaba poco y ayudaba a Luisa a barrer o a carpir. Pensaba tener su propia tierra si mejoraban los tiempos. Esto lo decía para agradar a Andrés y a la hija, pero como todos, presentía el derrumbe final de los trabajos.
Una tarde llegó Miguel Rehmann a las tierras de Bressand y le extrañó no ver a nadie en el patio. Arrimó su caballo y descendió. No se oían voces y algunos animales pastaban sueltos. Pero cuando húbose acercado a la habitación más amplia, salió el hijo menor de Andrés que sin saludarle le dijo:
—Está Jules Gerard…
Entró Miguel algo confuso y más que introducirse en la pieza pareció penetrar en el silencio pesado que la llenaba. Saludó a todos y Luisa se levantó para traerle un banco.
—Sííí… sí —dijo Andrés por decir algo, pues parecía que no habría manera de entrar en ninguna conversación.
Jules Gerard se levantó tranquilo y sonrió levemente de tal modo que su sonrisa era insignificante contrastando con la intensidad de sus ojos y los movimientos seguros de sus brazos al retirar la silla, y tomar el fusil de caza.
—Bueno…
—Bueno, entonces…
Luisa derrumbó su banco al levantarse. La madre se obstinaba callando y Miguel daba vueltas a su sombrero. Andrés tornó a decir:
—Sííí… sí, así son las cosas…
Gerard saludó a todos levantando una mano, retuvo profundamente la mirada de Luisa que era como una mirada hacia la fatalidad.
—Adiós a todos.
—Adiós.
Salió caminando despacio; nadie habló hasta que se hubo alejado unos cincuenta metros y entraba ya a la tierra removida. La madre dijo:
—Ya es la cuarta vez que viene para nada.
Luisa salió hacia la cocina y la siguieron los hermanos. Miguel estaba aún turbado, como si la presencia de aquel hombre hubiese desorganizado sus nervios. Preguntó:
—¿Vino cuatro veces ya? Nunca me lo dijeron.
—De paso, nomás —respondió Andrés con un movimiento de cabeza y alzando los hombros como para restarle importancia y tranquilizar al hijo de Jakob.
Pero el fuerte espíritu de Jules Gerard arrebataba el pensamiento de todos.
—Es un colono, pero no me gusta —dijo la madre.
Disimulando su verdadero concepto añadió Andrés:
—Un tipo capaz de hacer fortuna… en otro lugar.
Y quizá en el fondo pudo creerlo así porque como hombre, viviendo en aquellos parajes, el temperamento de Jules era un caso sobresaliente.
Miguel se sintió incómodo, quiso decir algo en contra del individuo pero no halló una sola palabra para expresarlo y menos aún cuando Luisa, retornando, lo miró a los ojos con desconcierto. Afuera el viento agitaba los yuyos y las ramas de los árboles, que aún estaban por desarrollar su follaje. Las tierras parecían desoladas y en toda la amplitud de la colonia, no podría distinguirse un sólo sembrado. Miguel se obstinó:
—Jules Gerard, por algo viene…
Callaron los Bressand como si el abandono en que estaban forzados a vivir, arrastrara también sus fuerzas y no les quedaran deseos de erguirse con toda su voluntad para combatir el pensamiento de Miguel.
—Viene, y no se le habla; pero siempre vuelve cuando no estás aquí. No lo puedo echar —dijo Andrés con cierta dureza.
Se creó entre todos ellos un clima de inquietud y durante las horas siguientes, ocupados en pequeñas tareas, la imagen de Jules seguía dominándolos como si fuera el único hombre que, por sobre la general desventura de los colonos inactivos o hambrientos, viviera la libertad de su carácter.
Hasta el mes de diciembre la colonia vivió entregada a desesperados esfuerzos para subsistir. La miseria se generalizaba y disminuían los animales, pues aunque destinados a las labores, se los faenaba sin miramientos. Nadie pudo sembrar, por falta de granos y procuraban defenderse con pequeños cultivos. Suspendieron las transacciones con la Administración y la mayoría se negó a rendir cuentas de ninguna especie reservándose las herramientas y ocultando las crías de la última parición. Una corriente de desagrado iba y venía de un campo a otro buscando el punto culminante para estallar y se presentía que alguien estimulaba el descontento, así como durante la borrasca en el mar, se sigue la inspiración del comando sin necesidad de verlo. Casi todos los días caminaban por los matorrales colonos en busca de aves con que alimentarse. La pobreza llegaba a extremos desesperantes.
En enero, corrió por toda la colonia la noticia de que habían llegado muchas fanegas de trigo seleccionado para sembrar. Pero nadie se entusiasmó. Fuera de época, los campos ya estaban endurecidos y cubiertos de pastizales: no quedaba una parcela limpia donde inútilmente se arara. De manera que cuando se repartió el trigo, las familias comenzaron a utilizarlo en sus alimentos. Se lo comieron por falta de otra cosa.
Los Bressand vivían todos los quebrantos de la colonia; no obstante, Miguel quería casarse con Luisa.
—No es tiempo aún —decía Andrés—, un colono no es un pájaro, por eso no le basta una planta para hacer su hogar. Nada tenemos todavía, ni esta tierra donde no se pudo levantar una miserable espiga.
Pero la madre sí apoyaba a Miguel, mientras Luisa, siempre silenciosa, desarraigada, los miraba como si escuchara una voz más profunda, una voz, nada más que una voz que se le iba luego como si buscara el viento para agitarse arrastrada por él.
No resolvieron nada los Bressand pues una tremenda sequía vino por entonces a tornar más desolado a los Sunchales. Cuando se veía un carro o carreta atravesando por romerillos, todos adivinaban que más gente unía sus protestas contra la Administración, porque culpable esta de descuido hacía irritante la adversidad. Amarillaban los pastos en la llanura y comenzaron a morir bueyes, que eran la fuerza donde se respaldaban los campesinos: pesada energía tras la cual el hombre empecinaba su fe. Y la desorientación agravose pues aquellos que creyeron ir a conquistar bienes, vivían cada hora un nuevo derrumbe. Se hablaba de levantamiento general. Un caballo solía recorrer al galope los ranchos y hasta los que nunca vieran apearse al jinete en el suyo, sabían que un hombre arrojado, cruzaba las tierras dueño de una voluntad que reconcentraba dominándole su contenido caudaloso de acción. Llevaba fusil en bandolera y cuando llegaba a casa de campesino lo retenía en su espalda desvalorizado al dar su pecho y su rostro al viento. No conversaba, oía escrutando los rostros como si le hablaran a su mirada. Luego decía:
—Hay que tener a mano los animales, los carros, las herramientas…
Y no añadía más, pero causaba honda sugestión trasluciendo algo de su alma aborrascada. Luego no se pensaba sino en lo que había dicho, imaginándolo tal como lo vieran: desgreñada la barba y los ojos penetrando hasta el fondo mismo del espíritu para nuclearles la voluntad dispersa. Y el que nunca había sembrado un grano de cereal, dejaba ahora de rancho en rancho una semilla de rápida germinación: su carácter libre en marcha hacia nuevo destino. Pero no todos asimilaban la sugestión de su personalidad ya encaminada a la aventura irremisible. Muchas familias lo resistieron y comprendiendo bien qué quería decirles cuando les recomendaba: «Hay que tener a mano los animales…».
—Sí —respondieron algunos—, para quedarnos aquí a trabajar y levantar las deudas con honor.
Los Bressand fueron de esos y también Jakob Rehmann y su hijo Miguel. Pero Luisa ocultaba inusitada exaltación. Siempre silenciosa, era por dentro rama de duraznero reventando profusa en flor.
En marzo se produjo la ruidosa huida general. Alarmas de malones indígenas crearon un estado de pánico colectivo, culminando la serie de desastres. Y así, en carros y carretas salían de la colonia rumbo al este y atravesando los terrenos convergían en el camino real. Gentes desprovistas de carruajes improvisaron con trineos de troncos su vehículo y se estrujaban sobre ellos mujeres y niños. Hombres de a caballo arreaban tropillas y vacunos con marca de la Administración y otros ataban sobre la marcha de los carros, subidos a la baranda, arados, horquillas, y cuanto pudieran cargar.
La extensa caravana se movía con lentitud en la llanura y a medida que avanzaba, se veía a Jules Gerard, al galope de su cabalgadura, yendo de uno a otro vehículo extendiendo a veces su brazo para señalar con la fusta alguna familia detenida lejos de la huella.
—A Grutly vamos…
—¡A Grutly, a Grutly!…
Pasada la noche, el sol volvió a alumbrar la caravana en movimiento. Corrían por los campos jinetes arreando animales para unirlos al ganado cuyos mugidos se perdían en la inmensidad desolada, con el chirrido de los ejes y las voces de los que tropeaban. En el horizonte, volviendo la cabeza, ya no se distinguía la colonia y al frente describían una curva los carruajes para bordear un monte de talas y algarrobos.
Jules Gerard bajó de su caballo. Desde una carreta, descalza, venía corriendo Luisa.
—¡Jules Gerard, Jules Gerard! —llamaba con voz temblorosa, como si quisiera con el nombre dar firmeza a su alma.
Jules Gerard la tomó de un brazo y Luisa le escrutaba los ojos con ansiedad profunda.
Seguían la marcha los colonos y ellos quedaban allí mirándose…
Grutly, que en 1870 también se despoblara, volvió a colonizarse con los emigrados de Sunchales, pero sin todos los Bressand y sin Miguel, que no se atrevieron a huir.
Jules Gerard tuvo tierra y Luisa con él fue una campesina laboriosa. Ambos vivieron lo suficiente para saber que sus nietos eran gente adinerada, y cuando pensaban en los Bressand, el recuerdo del éxodo los llenaba de imágenes extraordinarias y Luisa, callada, aún era por dentro una rama que florecía.