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CuentoFútbolAndrés Mazzeo

Horóscopo fatal

Publicado en: Pasión por leer (2010)

5 minutos de lectura

El encuentro se encaminaba hacia un 0 a 0 inevitable, cuando el árbitro hizo sonar el silbato señalando el punto del penal. Oscar Marchese sintió entonces que el recuerdo de esa mañana se le clavaba en el estómago como una puñalada. Sentado a la mesa del comedor del hotel, en la concentración, mientras miraba el diario esperando que le sirvieran el desayuno, no había podido resistir la tentación de leer el horóscopo. Sabía que no tenía que hacerlo, por algo los días de partido eran los únicos en los que evitaba prestarle atención a lo que su signo le deparaba. Pero ese domingo, sin entender el porqué, la curiosidad había sido más fuerte que otras veces, y entonces leyó:

Acuario: La gran dedicación que pone en sus actividades no le traerá las satisfacciones esperadas. Sus perspectivas laborales no pasan por un buen momento. Época favorable para buscar coincidencias con amigos. Sosiego en el amor.

«La gran dedicación que pongo en mis actividades no me traerá las satisfacciones esperadas», repitió para sí con angustia mientras se dirigía, casi instintivamente, a tomar la pelota entre sus manos para asumir su responsabilidad de siempre: ser el infalible ejecutor de los penales de su equipo.

«La gran dedicación...», se dijo una vez más, mientras se recordaba luego de los entrenamientos pateando solo, desde distintas posiciones, una y otra vez, arriba y abajo, al ángulo derecho y al izquierdo, de chanfle y de tres dedos. Una, diez, cien veces, hasta alcanzar una precisión admirable.

Se supo el centro de todas las miradas y el depositario de la fe de todo su equipo, su técnico y especialmente de todos esos hinchas a los que se había ganado a fuerza de goles y centros servidos para la llegada de sus compañeros. ¡Si habían metido goles esos turros de Martínez y el Cabezón Acosta, gracias a sus pases!

Siempre se había tenido una confianza ciega, pero esta vez era diferente. Las palabras del horóscopo le sonaban como una premonición absurda. Intentó darse ánimo recordando tantas tardes de gloria como aquella vez en la que habían ganado el campeonato con un tiro libre suyo desde treinta metros.

¡Qué lejos le parecían ahora aquellos momentos! Si hasta le daban ganas de sumarse a las protestas de los contrarios, que intentaban en vano convencer al árbitro de que la mano del defensor no había sido intencional.

Colocó la pelota en el punto del penal mientras repasaba mentalmente si había cumplido con todas sus cábalas: como todos los viernes a la noche, su mujer le había preparado milanesas; en el viaje a la cancha se había sentado en la penúltima fila, del lado del pasillo, para dirigir los cantitos de sus compañeros; en el vestuario había intercambiado los calzoncillos con el Chango Peña; y, por último, había entrado a la cancha con el pie derecho mientras disimuladamente (porque estos de la tele te escrachan enseguida y te hacen quedar como un boludo) se rozaba el testículo izquierdo por encima del pantalón. Todo parecía estar en orden. Pero de nada valía engañarse. Sabía que su destino estaba sellado.

—¡Señor! —le gritó el árbitro Castriota, mientras se acercaba con la tarjeta amarilla en la mano—. Está amonestado por hacer tiempo. ¡Patee de una vez!

Marchese tomó una carrera mucho más larga que la habitual cuando una pregunta pareció darle una tenue luz de esperanza: ¿De qué signo sería el arquero? Porque si también era de Acuario a él tampoco «la gran dedicación que ponía en sus actividades le traería las satisfacciones esperadas», con lo que las posibilidades se igualarían. O quizás, mejor aún, fuera de Libra: «Postergue sus decisiones para un momento más oportuno».

«Andá a que te posterguen este penal, forro», se dijo para sí con más confianza. Pero, ¿de qué signo sería? Lo recordó saliendo con vehemencia del arco al sancionarse el penal y discutiendo airadamente con el árbitro. «Evidentemente, es de un signo de fuego», razonó. «Aries, Leo o Sagitario». Pensó entonces que tal vez debiera tener anotados los signos de los arqueros contrarios, pero ya era tarde para eso.

—¡Váyase! —le indicó en medio del desconcierto general Castriota, mientras le mostraba la tarjeta roja.

Marchese inició la salida del campo de juego bajo una silbatina, pero inesperadamente dio media vuelta y se dirigió al referí. Cuando todos esperaban una agresión, con educación, le preguntó:

—Disculpe, señor, ¿qué día nació usted?

Sorprendido, Castriota dudó entre la respuesta correcta o una actitud autoritaria ante la posible burla, pero para evitar una situación aún más conflictiva, optó por lo primero.

—El 28 de abril de...

Marchese no necesitó oír más y reinició el camino hacia el vestuario. En el borde de la cancha, el periodista de la televisión lo inquirió presuroso:

—¿Qué te pasó, Marchese? ¿Por qué te expulsaron?

Con un gesto que denotaba fatalidad, Marchese contestó tajante:

—¿Qué querés? ¿Alguna vez viste a un acuariano y un taurino que se lleven bien?