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Roberto Fontanarrosa

El Flaco, amigo del Dali

Publicado en: El rey de la Milonga (2005)

14 minutos de lectura

Pedro, por ejemplo. Yo a Pedrito lo conozco desde hará unos siete años y no sé de qué trabaja. Puede parecer exagerado con una persona que uno ve todos los días, pero es así. Lo que pasa es que en las mesas de boliche se da esta situación, no se habla mucho de lo que uno hace o de qué trabaja, o con quién vive, si es casado, soltero, o tiene hijos y esas cosas.

Yo, de Pedro, por ejemplo, creo que trabaja en una empresa de seguridad, de esas que trasladan valores en camiones blindados y esos asuntos. Le digo porque un día me acuerdo de que lo escuché comentando algo de eso con el Chelo, le dijo que él trabajaba ahí, como si yo le dijera Juncadella, una empresa de esas. Porque incluso me llamó la atención que hablaban de armas, que tal tipo de pistola, que tal tipo de revólver, qué sé yo, hablaban de las armas.

A Pedro, eso es verdad, le gustan mucho las armas y suele hinchar las bolas con ese tema. Va al Tiro Federal a tirar y todo. Pero de este otro, el Flaco Raúl, yo no tenía ni la menor idea de lo que hacía. Lo había traído a la mesa el Dali, venía con el Dali, y casi no participaba de las charlas, siempre callado, tímido, sonriendo a veces desde la punta de la mesa, silencioso. Alto y flaco, de barbita rala, con anteojos, siempre vestidito formal, prolijo, casi no se lo oía.

Pero ese día llegó y yo estaba solo en la mesa. Creo que fue un día en que jugaba Ñuls a la noche entonces algunos de los muchachos se habían ido a la cancha. Y lo que me sorprendió es que este Raúl, el Flaco, venía de impermeable, un impermeable negro, bastante largo. Y no llovía. Ni había llovido tampoco. Me dio la impresión de que ese muchacho —yo le digo muchacho, pero debe andar casi por los cincuenta, un poco mayor que yo— se sintió algo incómodo cuando me encontró a mí solo en la mesa. Incluso miró desde la puerta de La Sede, campaneó para adentro e hizo como que se iba. Pero habrá pensado que era medio descortés si se iba porque era como decir “No, vos no me interesás” y se las tomaba. Entonces entró.

Le cuento que es un tipo afable, puntilloso, comedido digamos, y seguro que consideró que lo menos que correspondía era acercarse. Vino, me preguntó por Dali, le dije que no estaba y dudó. Se quedó parado, como pensando y después se sentó. Estaría al pedo, obviamente, como yo, a esa hora, las ocho de la noche, cuando uno ha dejado de laburar y espera la hora de la cena. Ahí fue cuando le pregunté, medio cargándolo, como para romper el hielo: “¿Qué hacés con ese piloto? ¿No te cagás de calor?”.

El Flaco se sonrió, hizo un gesto como restándole importancia al tema y volvió a acomodarse los pantalones, algo que, después me di cuenta, repetía siempre, medio obsesivo con las pilchas, con la prolijidad.

—Pensaste que iba a llover —insistí, por decir algo. Pensé que la cosa terminaba ahí, porque tampoco me contestó, y yo empecé a buscar algún tema de conversación, sino el intento de convivencia con el Flaco se ponía bravo.

—Es por lo mío —dijo de pronto, casi en voz baja.

—Lo tuyo…

—Sí, soy exhibicionista.

Me quedé mirándolo. El no me miraba. Estaba sentado del otro lado de la mesa, casi de perfil a mí, apuntando hacia la calle.

—Exhibicionista.

—Sí.

—No me digas que vos sos de los tipos que se les aparecen en las esquinas a las minas mostrándoles la poronga.

Hizo un gesto con la cara como si le hubiera molestado el término.

—Si lo querés expresar así… —aceptó.

Me quedé algo abrumado.

—No me jodas —le dije—. Pensé que ya no quedaban más de esos tipos.

Resopló.

—Ese es el problema —dijo—. Ese es el problema. Es una actividad que tiende a desaparecer.

—Pará, pará —puse las manos sobre la mesa. Me costaba aceptar la revelación—. Vos, de vez en cuando, te aparecés frente a un colegio de monjas, digamos, y te bajás los lienzos ahí nomás, y mostrás el ganso para que te vean las pendejas.

—No, lo de bajarse los lienzos es una imagen difundida, pero en la práctica es peligroso. Por ahí salen los vecinos, algún tipo, o la cana, y cuando querés rajar no podés, porque tenés los pantalones por los tobillos. Te traban.

Me quedé en silencio, anonadado.

—No —siguió él, siempre en voz baja—. Me bajo la bragueta y muestro todo. Con bajarme un poco el pantalón, por las caderas, más o menos, ya es suficiente.

—¿Y por qué decís que tiende a desaparecer esta actividad? ¿Son muy perseguidos?

Volvió a torcer la cara como si le doliera algo.

—No… No… La competencia —murmuró—, la competencia. Todo el mundo anda en bolas ahora, todo el mundo. Los diarios, las revistas, la tele. En todas partes aparece gente en pelotas. Ya es difícil sorprender a alguien.

—Eso es verdad.

—La tele más que nada. El canal Venus, los canales porno, sexo todo el día…

—Pero Flaco…, Flaco… —se me amontonaban las preguntas y tampoco quería invadir demasiado su intimidad, que él había abierto para mí, inesperadamente—. ¿Vos por qué lo hacés?

—Je… —rio, algo triste—. Es una buena pregunta. Por qué lo hago. Vanidad tal vez. Deseo o necesidad. Necesidad de llamar la atención, me dijo un día la psicóloga.

—¿Te analizás?

—No. Una psicóloga a la que me le aparecí una tarde, ahí en el bajo, por Barrio Martin. Ella estaba con su nenita, leyendo en el Parque de la Bandera y yo le aparecí por detrás de unos arbustos. En esa época me ponía un sobretodo.

—¿Es mejor que el impermeable?

—Era invierno. Y a veces uno se caga de frío esperando el momento adecuado. Y la psicóloga me dijo eso. Te cuento que ni se mosqueó ante lo mío. Mandó, eso sí, a la nena a mirar no sé qué cosa, como si todos los días se le aparecieran tipos pelando el aparato. Y me dijo eso: “Usted ha tenido mucha necesidad de llamar la atención, cuando chico”.

—¿Y era verdad?

—No sé. No me acuerdo. Me dio la tarjeta. Todavía la tengo por ahí. Nunca la llamé. Ni le había sorprendido mi actitud. Y a mí me gusta la gente que todavía tiene cierta capacidad de asombro.

—Bueno —admití—, a mí, por ejemplo, me sorprendés.

—¿Qué te sorprende?

—Que hagas eso.

—Bueno. Por supuesto no laburo de esto.

—¿Cuál es tu laburo?

—Perito calígrafo. Otra profesión que se va a la mierda, que desaparece. Entonces, no sé, necesito algo que me sacuda un poco, que me entusiasme más. La actuación me gusta.

—¿Vos llamás actuar a eso?

—Y sí. Con Miguel, otro muchacho que está en lo mismo, le llamamos actuar. “Hoy actúo en Refinería”, me dice. Porque, después de todo, es exhibirse. Mostrar el cuerpo.

—O parte de tu cuerpo.

—O parte de mi cuerpo.

—Porque vos no hacés desnudo total, como esos tipos que saltan en bolas a una cancha de fútbol y corren hasta que los policías los cagan a trompadas.

—No. Esos hacen streaking. Y no hay una intención artística. Casi siempre hay atrás una motivación política.

—Protestan por la independencia de Irlanda.

—O por la matanza de focas.

—O por la globalización.

—Además —se entusiasmó el Flaco—, el desnudo total es deserotizante, no oculta nada, no impulsa la curiosidad, viste un tipo en bolas y ya viste todo… No sé… No me convence.

—Lo tuyo es distinto.

—Es distinto… Tiene algo de misterioso. Misterio y ruindad, degradación, decadencia. Asoma. Insinúa. Ofrece un adelanto… Y tiene algo sucio también, lo admito.

—Sucio.

—Sucio, arrastrado, canallesco, como esos espectáculos de cabarets del bajo fondo parisino o berlinés.

—¿Estuviste en Berlín?

—No. Si nunca salí de General Bermúdez. Pero lo vi en el cine. Me gusta mucho el cine. En la actuación hay lascivia. Eso, lascivia, y ya no es fácil encontrar lascivia en el cine nacional, por ejemplo.

—Acordemos que todos dicen que ustedes son enfermos —arriesgué.

—Degenerados, eso dicen. Pero vos no podés darle pelota a la crítica.

Yo seguía tenso. De vez en cuando miraba hacia la puerta porque ahora temía, sí, temía, que viniera alguno de los otros muchachos y rompiera el encantamiento, esa confesión insólita del Flaco amigo del Dali que nunca abría la boca cuando éramos muchos en la mesa.

—Además —se exaltó el Flaco, ya como si estuviera bajo los focos de un escenario—, está la transgresión, la rebeldía. Ahora cualquiera habla de transgresión, hasta el animador más choto de un programa de preguntas y respuestas se considera un transgresor, y nosotros ya éramos transgresores en el año 68. Yo, en marzo del 68, me aparecí mostrando el nabo a la salida de la fábrica Frigotec, la fábrica de heladeras que estaba en Corrientes y Uriburu, porque ahí laburaban como doscientas mujeres…

—Ah, claro…

—Un público excelente para el artista callejero. Ahora cualquier mocoso se para en un semáforo y hace malabarismos para tres automovilistas y un motoquero que no le dan ni pelota, para ver si alguno le deja una moneda.

—¿A vos te dejaban monedas?

—¿A mí? —se enojó el Flaco—. Ni en pedo. Ni en pedo. Yo no lo hubiera aceptado. Porque yo no hago esto por plata. No prostituyo mi actuación. Yo lo hago porque en mí es algo vocacional. Si yo de chiquito, en la primaria, me metía en los baños de las nenas a mostrarles el pito.

—No me digás.

—Doscientas minas salían todos los días de esa fábrica, la Frigotec. Pero, ojo, también salían los obreros, unos cachos de nenes que si te veían te molían a golpes.

—Y… —dudé yo, justificando la reacción obrera.

—¡Y era lógico que me molieran a golpes! —se irguió el Flaco en su silla elevando la voz por primera vez—. ¡Era lógico! ¡Había otra moral! Era actuar sin red… Y yo salí ese día…

Se puso de pie. Ahí me alarmé.

—¡Pará, Flaco, pará, acá no! —Traté de atajarlo con los brazos. El Flaco se sentó de nuevo.

—No —me tranquilizó—. No soy tan loco. Quería mostrarte cómo…

A nuestra derecha había una mesa con tres minas, pero ni se habían dado cuenta de nuestra existencia.

—Las minas —cabeceé yo hacia allí.

—No —me tranquilizó—, yo soy respetuoso en ese aspecto. Además, es lo que te digo… Si yo me exhibo ante las minas de esa mesa, te aseguro que ni mosquean… Han cambiado mucho las cosas. Antes era distinto, muy distinto.

Nos quedamos callados. El Flaco tenía una expresión triste en la cara.

—Días atrás leí —dijo, mirando a la calle— que un fotógrafo, un extranjero, no sé de qué nacionalidad, viaja por todas partes sacando fotos a gente en bolas.

—Ah, sí… lo leí.

—¿Lo leíste? Pero no personas individualmente. Multitudes, masas, cientos de tipos, hombres y mujeres totalmente en bolas.

—Sí. En Buenos Aires creo que lo hizo en la 9 de Julio. Impresionante. Como mil tipos desnudos tirados en la calle. Vi la foto.

—Eso. Todos acostados en la calle. Creo que quiere significar algo de la guerra, el holocausto nuclear.

—Algo así…

—En todas las posiciones…

—Buenas las fotos.

—Interesantes… Entonces… —el Flaco bajó los brazos, abatido—, ¿cómo querés que uno compita con eso? ¿Cómo pretendés que yo, sin producción, sin presupuesto, sólo con una bragueta y mi muñequito pueda llegar a algo? Ni la Policía me da bola, te cuento. El otro día me sorprendió uno cuando me exhibía en un zaguán cerca de la salida del teatro El Círculo. Me hizo una seña con la cabeza, así, como diciendo “guardá eso”. Y nada más. La gente que salía del teatro me miraba y no me veía. Una vieja, elegante, me señaló el pito mostrándole al marido como quien señala un par de zapatos que le interesan en una vidriera. “Mirá”, le señaló. “¿Dónde vamos a comer?”, dijo el tipo.

Otra vez nos quedamos callados.

—Lo peor para el artista es la indiferencia —musitó el Flaco—. Mirá, es preferible que te insulten, que te puteen, que te tiren cosas… antes de que te sean indiferentes… Me voy —dijo de pronto, poniéndose de pie como si la charla le hubiera hecho mal.

—¿Tenés —le señalé el impermeable— alguna actuación?

—Tal vez —vaciló—. Hay unas viejas de un grupo de poesía que podrían ser… Tal vez sean más sensibles, más perceptivas… Pero… no sé, no sé.

Antes de retirarse se dio vuelta y me dijo: “Pero esto se muere. Se muere. Desaparece como desaparecieron los números vivos de los cines”.

—Tal vez se dé un milagro, Flaco.

—No, eso dejalo para la religión —se rio, amargo—, como la Virgen de San Nicolás que se le apareció a una nena y logró el milagro de que ahora vivan todos de eso. Te imaginás que si me le aparezco yo a una nena con todo al aire es otra cosa…

Y desde la puerta agregó, ya fuerte, sabiendo que nadie de las otras mesas lo entendería.

—No creo que el Vaticano convalide un milagro de esos.

Dos días después estaba yo en La Sede y apareció el Chelo.

—¿Viste lo que le pasó al Flaco?

—¿Qué Flaco?

—El Flaco amigo del Dali. El alto.

—Ah sí.

—Está internado.

—¿Internado?

—Sí. Parece que lo agarró una patota y lo recontracagó a trompadas.

—No jodás… ¿Y por qué?

—Qué sé yo. No es necesaria ninguna razón para que una patota te cague a trompadas. Van todos puestos, con merca hasta las manos. Me contó Dali.

Averigüé adónde lo habían internado y fui a visitarlo. Como en las películas, estaba lleno de vendas, yesos que apenas permitían verle la cara amoratada.

—¿Qué te pasó, Flaco? —le pregunté, apenas me senté al lado de su cama.

—Tuve un éxito, Negro —me dijo con una sonrisa franca y complacida, pese al dolor—. Tuve un éxito.

—¿Actuando?

—Me metí en una fiesta que hacían las chicas de un equipo de hockey —hablaba con un hilo de voz, pero los ojos le brillaban—, en Alberdi, uno de esos clubes de río… Y les mostré mi número…, mi rutina.

—¿No me digás que se sorprendieron?

—Algunas… Algún gritito, alguna broma, creyeron que yo era un stripper que habían contratado para la fiesta… Pero nada superlativo…

—¿Y?

—Pero yo no había contado con los novios de estas minas. Unos pendejos jugadores de rugby que habían ido a buscarlas. Había como catorce. Me corrieron y me destrozaron a patadas. Me destrozaron… Y te aseguro que tenían una indignación genuina, real. No era una pose o una de esas excusas tontas que algunos pibes toman para pegarle a alguien. No. Se ve que lo mío les llegó, los conmovió, les movió la estantería.

—Lo tuyo tiene valor, Flaco.

—Mirá vos. Cuando yo menos lo hubiera pensado. Pendejos de rugby que vos suponés que no tienen ninguna sensibilidad ni nada de eso, bestias deportistas primarias… Y ya ves… Ya ves.

—Uno prejuzga a veces.

—Es cierto…

Llegó una enfermera y le dijo al Flaco que no hablara tanto. Yo, de todas maneras, no tenía mucho más para preguntarle.

Me fui y no volví a verlo hasta siete meses después, cuando lo dieron de alta. Seguía con el impermeable negro.