

El especialista o la verdad sobre «El Aleph»
Publicado en: El rey de la Milonga (2005)
Yoshio Kamatari es un lingüista y semiólogo japonés especializado en la obra de Jorge Luis Borges. Llega al país en febrero dispuesto a ahondar en algunos aspectos de la producción del gran escritor argentino y el suplemento cultural del diario me encarga cubrir su presencia.
—Me interesa particularmente —confiesa Kamatari a este cronista— lo que subyace en el cuento «El Aleph». Algunas particularidades de Borges como persona que parecen manifestarse en ese relato.
Ese primer día en nuestro país, Kamatari habla con la ayuda de una traductora, Aroma Taishi, hija de japoneses radicados en Escobar, donde se dedican a la fabricación de macetas. El japonés de Kamatari es seco y martillante, cortos ladridos que se alternan con bramidos internos guturales, como si fuera a expectorar. Es difícil calcularle la edad, fenómeno que suele suceder con los orientales, pero por datos y referencias que brinda en ese primer contacto, puede inferirse que debe rondar los setenta años. No obstante, como muchos japoneses, luce un pelo cano corto, denso y tupido como el de una nutria.
—Hay una consonancia —murmura, mirando fijamente a través de sus ojos oblicuos— entre la exaltación del coraje y la épica de los cuchilleros de Borges y la conducta samurai.
Este cronista pregunta, Aroma Taishi mediante, si le gusta el tango.
Kamatari menea la cabeza, como un títere, negando.
—No es música para samurais —responde. Al parecer su padre, Shotoku Kamatari, pertenecía a la dinastía Suei y fue un samurai de renombre—. Hay música para camaleones —me estudia al mencionar el libro de Truman Capote—, pero no para samurais. Mi padre intentó dos veces hacerse el harakiri, abrumado por la irrupción del polietileno —rememora—, pero fracasó. Por la armadura.
Kamatari es impenetrable. No pueden detectarse en él atisbos de sonrisa o de humor. Este cronista vacila. Nuestro visitante ha leído a Borges en finés, lengua que domina tanto como el japonés imperial y los dialectos merovingios. Le resulta difícil el alemán —transmite Aroma—, por las declinaciones.
—La declinación de la cultura alemana —aclara la traductora. Nuevamente no sé si reírme o no.
Kamatari continúa erguido, sentado en el amplio sillón del inmenso lobby del hotel Sheraton de Buenos Aires, enfundado en su impecable traje de seda verde jade. Ni pestañea. Su torso largo y su cabeza parecen un solo bloque. Para mirar hacia los costados gira desde la cintura.
—Es semiólogo, lingüista y vocabularista —me indica Aroma.
—Vocabularista —repito.
—Sí. Es experto en vocabulario. Acá se ha interesado vivamente por la palabra «serrucho». También lo ha emocionado la palabra «anticonstitucionalísimamente», la más larga de nuestra lengua. Lo ha impresionado más que la longitud de avenida Rivadavia.
No veo a Kamatari al día siguiente. Ocupa su tiempo en recorrer con Aroma los sitios de Buenos Aires mencionados por Borges en sus cuentos. Me cita de nuevo en el hotel al tercer día.
—Está molesto porque no encuentra la esquina rosada —me susurra Aroma, en el lobby del Sheraton, refiriéndose, sin duda, al relato que lleva por título «El hombre de la esquina rosada». Difícil explicarle que es sólo ficción.
—No puede haber una mente tan prodigiosa —apostrofa Kamatari luego, ya sorbiendo una taza de té, siempre sobre el mismo sillón—. No puede darse tanta imaginación.
Ha hablado en japonés, a través de Aroma. No obstante, me sorprenderá de inmediato.
—«Sepan. —Se pone de pie y recita en perfecto castellano—. A manderecha del poste rutinario (viniendo, claro está desde el Nor-Noroeste) se aburre una osamenta. ¿Color? Blanquiceleste, que da al corral de ovejas catadura de osario».
Es una estrofa de un verso del personaje Carlos Argentino Daneri, en «El Aleph». Kamatari se sienta, satisfecho.
—¿Aprendió el castellano? —le pregunto a Aroma, asombrado. Ella asiente con la cabeza, igualmente atónita.
—Sabía ese trozo de poema —sigue Kamatari, siempre en castellano— y lo repetía sólo por fonética, sin conocer su significado. Ahora puedo entender. Es maravillosa la dimensión de la palabra «osamenta».
Aroma, ante la aprobación silenciosa de Kamatari, me cuenta que el semiólogo japonés ha sabido llevar su entusiasmo por la obra de Borges al terreno práctico.
—Diseñó en el fondo de su casa, en Sapporo —me explica casi conmovida—, un jardín de los senderos que se bifurcan. Respetando, no obstante, la estética de los tradicionales jardines japoneses, amplios rectángulos circundados por listones de madera, que encierran planos de arena perfectamente rastrillados. Y piedras negras, diseminadas estratégicamente. Cada rastro múltiple del rastrillo significa algo. Cada piedra indica una idea.
—Tuve que dejarlo —farfulla Kamatari, grave de pronto. Lo miro, inquisitivo—. El gato. Ensuciaba en la arena. Usted sabe que tienen esa costumbre. ¿En Argentina también ocurre?
Asentimos.
—Bella palabra —modula Kamatari—. Rastrillo.
—Me asombra —le confieso— la rapidez con que aprendió nuestro idioma.
—Es notable la velocidad con que aprende las lenguas romances —dice Kamatari— la persona que ha estudiado latín.
—¿Usted aprendió latín?
—No. Por eso demoré tanto en aprender el castellano. Mi maestro Togukawa Mitsui sabía latín y aprendió el castellano en tres horas. A mí me tomó más de un día.
—¿Hablaba bien el español su maestro?
—En Sapporo lo llamaban «el Gallego».
Escruto a Kamatari. En su rostro imperturbable no se advierte ni el más mínimo rasgo de sorna.
—Era mi maestro de canto —agrega Kamatari.
Y se pone otra vez de pie. Y canta. Con voz profunda —entrecerrando aún más sus ojos mínimos, mirando a ningún lado, una mano sobre el estómago y la otra adelante, como señalando algo—; canta, enjundioso. Aroma y yo no podemos eludir la incomodidad del momento. Turistas, ejecutivos y miembros de un congreso médico que deambulan por el lobby miran hacia nosotros con una mezcla de curiosidad, molestia y sorpresa. No sé dónde meterme, me revuelvo en mi sillón, igual que Aroma, pero por suerte, de pronto, Kamatari deja de cantar y se sienta.
—Temo que a Borges le ocurra como a Mishima —ladra, de repente. Lo observo, inquisidor—. Que se suicide como lo hizo Yukio. Aunque para mí será siempre Kimitake. Sabrán que el verdadero nombre de Mishima era Kimitake Hiraoka. Temo que Borges se haga el harakiri como también lo intentó mi padre, por dos veces, agobiado por la irrupción del cepillo dental a batería. La compulsión por el rito del valor, del duelo, el culto por el arma blanca suelen llevar a eso.
Frunzo el entrecejo.
—Usted sabrá, Kamatari —me inclino hacia él por sobre la mesita ratona—, que Borges murió y está enterrado en Ginebra.
Kamatari me contempla, hierático, largamente. Sospecho, me cuesta creerlo, que no sabe que Borges ha muerto. Se mantiene así, tieso, los puños cerrados. De pronto, una lágrima, increíble, se desprende del lagrimal de su ladeado ojo derecho. Es, como corresponde, una lágrima oriental, finita, estrecha, oblonga y plateada que resbala hasta la curva superior de su fosa nasal y allí se detiene, tras dejar sobre la mejilla oscura un rastro plateado, fino como un hilo de seda, como podría haberlo dejado el paso de una babosa sobre la superficie estriada de un jardín con senderos que se bifurcan.
Para nuestra inquietud, Kamatari vuelve a ponerse de pie y, con energía, torna al canto. Esta vez lo suyo suena a canto fúnebre, reverencial, austero. De golpe calla y se sienta.
—Mishima siempre me decía —anuncia, y desgrana una larga frase en japonés. Lo miro, interrogante. Aroma va a traducir, pero Kamatari la contiene, con un gesto—. Eran cosas entre Mishima y yo —advierte—. Era una persona difícil. Fui su editor. Quiso integrarme a su ejército personal. Admito que yo también siento nostalgia por el Japón del emperador Meiji Tenno.
Los siguientes días no supe nada de Yoshio Kamatari. Pensé incluso que se había marchado y experimenté, lo reconozco con cierta vergüenza, una rara sensación de alivio. Yo ya había publicado un corto reportaje y, pese que allí terminaba mi función, había asumido, antojadizamente, cierto compromiso personal con el entrevistado, tal vez a partir de la simple curiosidad. Sin embargo, una semana después sonó el teléfono en la redacción y era él.
—Estoy a punto de contactarme con un sobrino nieto de Beatriz Viterbo —escuché que decía del otro lado de la línea. Bajé la cabeza, agobiado ante la desmesura del informe. Se me antojaba, al escuchar a Kamatari, estar oyendo en la radio a La Rosa de Tokio, aquella locutora insidiosa que procuraba desmoralizar a los soldados aliados con mensajes falsos y alocuciones desalentadoras.
—Beatriz Viterbo es tan sólo un personaje de ficción, Yoshio —contesté, cansado.
—Mañana debo encontrarme con él —prosiguió, como si no me hubiese oído—. Es portero de un edificio céntrico. ¿Puede usted acompañarme?
Le dije que no podía. Y era cierto. Tenía que cubrir la presentación de un libro de Juan Martini. Kamatari me liberó del compromiso. Dijo que entonces se haría acompañar por Aroma. Cortó. Me resultó tranquilizante que no fuera solo. Un turista suele encontrarse muy inerme en Buenos Aires. Kamatari me había contado, sin percatarse de lo que me contaba, que días atrás un taxi lo había llevado desde el Sheraton hasta Balvanera en casi dos horas, siendo un trayecto que no puede insumir más de quince minutos.
—Vi vacas, Arturo —narró, ufano.
Con Aroma no podrían estafarlo tan fácilmente. De una forma u otra, advertí que me había hecho cargo de él, me responsabilizaba por su suerte, pese a la particular incomodidad que experimentaba cuando lo tenía frente a mí, pese a esa personalidad tan ajena, extraña y hermética, ante esa molesta sensación de que a cada rato me estaba agarrando para la joda, si me disculpan el término.
—Mi teoría es, Arturo, que Borges tenía alucinaciones —me confió esa noche, Kamatari, mientras tomábamos algo en una confitería equívoca de Cerrito entre Paraguay y avenida Córdoba, poblada por señoritas de la calle.
—Alucinaciones —repetí yo, como un idiota.
—Veía cosas. Alucinaba. Deliraba.
Yo lo observaba con fijeza no exenta de severidad.
—Es la base de mi próximo ensayo —continuó— sobre la personalidad de Borges. Ya escribí uno sobre Mishima, El escritor que perdió la gracia del mar… —Aprobé con la cabeza. Yo había leído El marinero que perdió la gracia del mar hacía mucho. Me alegré levemente, recuerdo, cuando supe que Mishima se había matado.
—Tengo la sospecha, Arturo… —Kamatari se inclinó hacia mí por sobre la mesa, conspirativo—, de que Borges se drogaba…
Apreté las mandíbulas.
—Yo le aconsejaría, Yoshio —me permití decirle— que no escribiese sobre Borges en ese tono, en esa cuerda. Elaborar una teoría sobre un Borges drogadicto sin tener datos ciertos, o aun teniéndolos, no sería una actitud bien recibida en nuestro país, se lo aseguro.
Kamatari me escudriñaba con sus ojos entrecerrados, reducidos entonces a dos rayitas. Serio.
—Vea —proseguí—, yo no podría arriesgar que Borges sea un ídolo popular como Gardel, o como Fangio, uno de esos ídolos amados por el pueblo. Es más, le diría que Borges siempre ha sido cuestionado por las clases más humildes, con justicia o no, por reaccionario, o antiperonista, por presuntamente oligarca, por no compartir la afición general por el fútbol…
—No he leído nada de Fangio…
—… pero toda esa gente que lo denuesta, incluso los críticos de izquierda, se pondrían de su lado, del lado de Borges, si aparece un extranjero atacándolo, calificándolo de adicto a las drogas.
—No digo drogas… pesadas —Kamatari movía sus manos pequeñas en el aire—… digo láudano, opiáceos, hongos narcotizantes…
Negué enérgicamente.
—… y sólo para escribir —procuró contemporizar, Kamatari—. No digo en su vida de relación…
—Los argentinos somos muy jodidos en eso, Yoshio —le enrostré—. Parecemos poco nacionalistas o poco defensores de lo nuestro, pero saltamos si alguien de afuera toca a alguno de nuestros íconos. Por otra parte, le digo, nadie acá, ni los mayores biógrafos de Borges, han insinuado, ni remotamente, una teoría similar a la suya…
Kamatari sostenía entre sus dedos cortos y regordetes la pequeñísima copa de sake. Y me miraba. Había pedido sake en aquel lugar de alternadoras, y el mozo, tras una inicial vacilación, aceptó el pedido. Lo seguí con la mirada cuando sacaba un bidón plástico pequeño y con asa, semivacío, y vertía en un dedal el líquido espeso y transparente. No pude confirmar si se trataba, en realidad, de líquido para frenos, pero ya Kamatari lo apuraba a tragos cortos, de gato, complacido, al parecer.
—Es que no puede ser de otra forma —me porfiaba, una vez en la calle, mientras lo acompañaba hasta su hotel, esa noche de llovizna fina—, sólo una persona bajo el efecto de alucinógenos puede describir algo como «El Aleph», Arturo. Sólo alguien delirante logra imaginar un punto de luz donde pueden verse, al mismo tiempo, todos los puntos del universo, lo grande, lo pequeño, lo pasado, lo inmediato, los desiertos, los mares, el espacio… En un punto así chiquito —ejemplificó con los dedos— flotando bajo una escalera en la oscuridad de un sótano, Arturo.
Se detuvo en su marcha, los brazos algo abiertos, hacia adelante las palmas de las manos, mirándome a mí que había seguido la marcha unos pasos, buscando mi aprobación, casi enojado.
—Es ficción, Yoshio —lo insté a seguir caminando—, es ficción. —Temía que se pusiera a cantar. Lo había hecho, días atrás, cuando me acompañó a comprar pilas para mi grabador, parado frente a una katana, esos sables ceremoniales japoneses. El negocio vendía chucherías para turistas, como muñequitos con un tirabuzón por pito, mantillas españolas, mates de ónix, gardeles de plástico a los que uno les apretaba el sombrero y desgranaban las primeras frases de «El día que me quieras» desde una grabación rasposa, y katanas. Frente a una de estas se detuvo Kamatari y empezó a cantar, transido. Nadie se atrevió a decirle nada. Pero el tendero me regaló las pilas. Cuando por fin ya dejaba a Kamatari en la puerta del Sheraton, me dijo:
—El sobrino nieto de Beatriz Viterbo ya localizó la casa de la calle Garay.
Lo miré, absorto. La casa de la calle Garay, aquella casa en cuyo sótano, en el cuento de Borges, flotaba el Aleph, ese punto mágico y maravilloso donde podían verse todas, pero absolutamente todas las venturas y desventuras del Universo.
—Yoshio —exhalé—. En el cuento decía que esa casa había sido demolida. Y era en el año 1921. Se imagina que, hoy por hoy, algo deben haber construido en ese sitio.
—Arturo —pareció condescender Kamatari—, debajo de la actual Troya hay seis Troyas enterradas. ¿Lo sabía? —dije que sí—. Y debajo de la ciudad imperial de Heian-kyo, en Japón, hay otra ciudad, y debajo un pueblo, y debajo un villorrio, y debajo un caserío, y debajo una pagoda y debajo una cueva. Lo que ratifica la evolución edilicia del homo sapiens. Lo descubrió el explorador Oliverio Furcatt en 1302, un día que escarbaba buscando lombrices para ir a pescar.
Mantuve el silencio, abrumado por el documentado regaño de Kamatari.
—Algo habrán construido allí, es cierto —concluyó Yoshio—. Pero si es otra casa, o un edificio, o un ministerio, o un templo, también tendrá un sótano, o cisterna, o baulera, o catacumba. Ya lo veremos. Hasta mañana.
—Kamatari —llamé, trémulo. Kamatari se volvió hacia mí en medio de las escaleras que trepaba—. Déjeme acompañarlo.
Frunció la cara. Pensó.
—Nada más que el sobrino nieto de Beatriz y yo —me dijo—. Lo siento.
Me quedé solo bajo la llovizna, que arreciaba. Vi cómo Kamatari, antes de perderse tras las enormes puertas de vidrio del hotel, se detenía, curioso, frente al joven portero uniformado con capote y charreteras militares.
—¿Guadalcanal? —preguntó—. ¿1945? —Y sin esperar respuesta se metió adentro.
Yoshio Kamatari está sentado en el mismo sillón de siempre del lobby del Sheraton. A su lado, Aroma. Frente a él, al otro lado de la mesita ratona con las tazas de té y los boles de nueces y pistachos, yo, Arturo Agrelo.
—Arturo —dijo por fin Kamatari, solemne—, lo que yo sospechaba ha resultado cierto.
Se hizo tenso un silencio.
—Mis investigaciones en la calle Garay —continuó— y, fundamentalmente, lo que me contó el sobrino nieto de Beatriz Viterbo, así lo confirman: lo que vio Borges era un televisor.
Percibí como una cachetada en la frente que me echó la cabeza hacia atrás.
—Un televisor, Arturo —Kamatari me miró—. Un televisor, Aroma —miró a Aroma, girando casi todo el cuerpo por esa dificultad suya de girar la cabeza—, no hay duda alguna. Un Hitachi 122 de media pulgada, blanco y negro. Portátil, obviamente. Hitachi exportó ese año sólo dos aparatos a Sudamérica. Uno quedó confiscado en la aduana de Río de Janeiro. Y el otro fue adquirido por Carlos Argentino Daneri, el primo hermano de Beatriz Viterbo. Acá tengo el remito. Pero luego él abandonó ese televisor en el sótano porque a Beatriz la molestaba, decía que no los dejaba conversar, que destruía el diálogo en la familia. Carlos Argentino, hombre de poco carácter, para evitar problemas, lo dejó en el sótano, con otros trastos. Y allí fue que lo vio Borges, recuerde: no es casualidad que Borges mismo se incluya como personaje en ese cuento. Usted puede imaginarlo, Arturo. Borges, con su vista en extremo debilitada, no podía ver, en la oscuridad de un sótano, si aquello era un televisor, o un Aleph, o un candelabro.
—¿Había televisión ya, en esa época? —yo me resistía aún a creerle.
—Estaba en pañales. El ingeniero norteamericano de origen ruso, Vladimir Kosma Zworykin, ya había obtenido algunos progresos con lo que él llamó iconoscopio. También Peter Carl Golmark, empleando un disco rotativo tricolor. En Japón, la Hitachi lanzó esos aparatos minúsculos, pero decidieron experimentar con ellos en otros países subdesarrollados porque albergaban el temor de que las radiaciones de rayos catódicos afectaran los cerebros de los televidentes. Luego vino la guerra con China y la Hitachi abandonó el proyecto de la televisión para fabricar telémetros militares y cestillas de mimbre para guardar grillos. Hoy por hoy envasan pato laqueado para Venezuela.
Estuve a punto de ponerme de pie e irme.
—Una última pregunta, Kamatari —me contuve—. ¿Cómo sabe usted tanto sobre esos televisores?
—Trabajo para la Hitachi —me dijo, profesional y sobrio, soy gerente de Desarrollo Industrial en el área de Kawasaki-Yokohama. Necesitábamos saber qué había pasado con ese modelo, el 122. Los japoneses reducimos mucho las dimensiones. Pero aquello fue demasiado. Esos televisores se perdían en los bolsillos. La misma causa determinó el fracaso de la naftalina.
Esta vez sí me puse de pie.
—Otra última pregunta, Yoshio —le dije. Me observó, alerta—. ¿A qué altura de la calle Garay quedaba esa casa, la del cuento de Borges?
Kamatari arrugó la frente, como si le costara recordar. Y, de pronto, rompió a cantar. Me fui apresuradamente. Ni siquiera me di vuelta para saber si Aroma había hecho lo mismo.