

I
El escenario donde en época dramática de sequía los campesinos y gran parte de población urbana se volcaron hacia el inmenso estero a la caza de nutrias, está ubicado a sesenta leguas al norte de Santa Fe y a pocas del Paraná donde arroyos y zanjones forman islas fragorosas cubiertas de pajonales y arboledas, refugio de víboras y animales salvajes que fueron casi exterminados para apacentar en ellas vacunos y yeguarizos. Las tierras al oeste del río se poblaron con inmigrantes en 1870 y se conocen desde entonces con el nombre de Alejandra cuyos arroyos numerosos, Saladillo, El Toba, etc. y río San Javier, desbordan durante las crecientes y bañan gran parte de islas y tierras de pastoreo. Veintidós leguas cuadradas formaban la colonia y porciones labrantías fueron ocupadas por colonos que, llevando hasta esas regiones inhóspitas el cultivo de trigo y maíz, debieron conquistar con denodado esfuerzo y duros sacrificios, paraje a paraje, lo que fuera dominio del indio y región natural de una fauna estupenda cuyos representantes más característicos los constituían carpinchos, yacarés, nutrias, lobos de río, jaguares y víboras que cuando crecían las aguas formaban trenzas horribles sobre las lomas donde buscaban refugio.
Pero no toda la tierra pudo ser cultivada. Trece leguas estaban bajo agua formando un anegadizo de totoras y pajonales; vivero donde cantidad impresionante de bichos silvestres ocultaban sus guaridas de modo tal que aquello era un «hervidero» de animales, principalmente nutrias, desde donde se diseminaban hacia toda la región cuando los bañados formaban el ambiente natural que necesitan para vivir. A ese estero salvaje, por la abundancia de carpinchos le llaman «Los Chanchos».
Todos los pobladores conocen hoy palmo a palmo tierras de labranza y tierras anegadizas. El río Paraná, arroyos y zanjones, son caminos que no ignoran con sus accidentes en la jurisdicción, sus arboledas orillándolos, el régimen de sus crecientes que determinan por signos infalibles: arrastre prematuro de camalotes, el croar de batracios —que a la distancia se oye como inmensos borbollones de sonidos que aglutinan la atracción de la noche—, y por las corrientes mismas de las aguas.
Como en casi todas las regiones donde se establecieron colonias, los criollos tuvieron ocupación en las faenas del pastoreo; pero no todos los hijos de ese suelo, que desde antiguo llamó la atención por su feracidad, emplearon su energía en el cultivo del ganado; muchos vivieron y viven en ranchos a orillas de la población o junto a los arroyos, dedicados a la caza y a la pesca y transcurren sus vidas en medio de escasos recursos y duras condiciones que sobrellevan con serenidad o se acomodan a ellas como si fuera la única forma posible de vivir que conocieran y la única a la que se adaptan dando así completo desarrollo a personalidades fuertes, sufridas, reservadas en sus afectos. Como hombres, se precian de serlo totalmente, pero sin alarde, seguros de su valentía, de su destreza, de su dominio sobre lo geográfico. Esto se trasunta en la formación de caracteres típicos que, en el fondo, mantienen siempre cierta vigilancia sobre todo lo que es extraño al medio.
De trecho en trecho suele levantarse a orilla del agua el rancho de un hombre soltero o con familia que espera meses propicios para salir de caza y que mientras tanto se ocupa en tareas campesinas o simplemente vive sin preocupaciones, de lo que ha mercado o lo que puede mercar extraído de río o islas, para gastar su dinero en vestido y diversiones que siempre transcurren en ambiente donde el alcohol suele levantar encono, porfía, provocación, hasta culminar en pelea a mano armada. Su apronte, su decisión, constituyen ejercicios diarios que les exigen tanto los menesteres ganaderos como sus andanzas por parajes inhóspitos detrás de animales silvestres, pronta la fija, la trampa, el cuchillo o el rifle. El hombre que anda en esos trabajos es el que no tiene tierra para labrar ni ganado propio, es el que vende la fuerza de sus brazos al colono o el que ocupa su destreza en la caza para la venta de cueros y pieles. Algo de taimados les descubre el ojo sagaz; le bastan pocas palabras para responder. Uno de ellos intervendría en «Los Chanchos» como protagonista funesto: Ciriaco Ayala…
Hombres de esa naturaleza e indios descendientes directos mocovíes o guaraníes, con hijos de colonos inmigrantes, acriollados, medio «bárbaros», fueron los actores del drama nutriero de la región que exaltó a Alejandra y puso en peligro una fuente natural de riqueza que abastecía con prodigalidad a la zona y fue por último, el recurso fabuloso de hombres que se enriquecieron con ella cerrando esteros a la entrada de los campesinos y al consecuente «robo» de nutrias.
Las trece leguas de tierras anegadizas, no siempre estaban cubiertas de agua, pero gran parte de ellas formaban esteros grandiosos imposibles de agotarse naturalmente. Cuando los campos labrantíos comenzaron a faltar en los contornos, se construyeron desagües que desembocan en el San Javier, El Toba, el Saladillo o sus ramales menores. De esa forma fueron disecadas vastas extensiones de terreno que por no ser todas aptas para cultivo de cereales, se utilizaron para pastoreo. Pero en Alejandra quedó formado un inmenso estero de aguas profundas cuya superficie abarca doce mil hectáreas abastecidas por el Espín afluente de El Toba y por lluvias que concentran en él su tributo llegado desde largas distancias por declives del terreno. Es desde época remota un extraordinario aguadero y un inmenso bajo contra el cual no pudo practicarse fácilmente la técnica de los canales de artificio. Totorales imponentes peinan los vientos en toda su superficie, espadañas y achiras apenas si sobresalen del varillar estupendo de juncos y donde quiera que el hombre dirija la mirada, solo ve el verdor de la vegetación dominando sobre el agua o la tierra; no se alcanza a divisar un claro, una isla, en medio del totoral impresionante. Semeja infinita llanura móvil sustentada por agua su flora apretujada y raras veces algún águila o carancho sobrevuela su palio celeste o anubarrado como si la desolación salvaje de «Los Chanchos» los ahuyentara. Pero en sus orillas y en lagunas perdidas hacia el centro, infinidad de patos cucharean al atardecer o cruzan el cielo en busca de remotos sitios que sin dejar de ser del mismo estero, están por los confines donde se llega a caballo, rodeándolo en viaje de horas y horas. Uno que otro árbol escuálido se levanta en las orillas como tímido intento del bosque lejano para extender hasta allí sus dominios pero que, desolada la tierra, concluye por dejarle el imperio a pajonales y agua.
La llanura que lo bordea, amplísima y cubierta de pastizales fuertes, tiene la desolación precursora del trágico avance de «Los Chanchos»; apenas si, para interrumpir la igualdad de su superficie proliferan tacurúes elevados, ocres, donde el fuego del verano calcina aún más la tierra arcillosa. No puede un hombre abarcar con su vista sino un mínimo sector del estero, pequeñísima parte que no conforma idea de su estupenda realidad. Si desde las ramas de un árbol se lo observara, la igualdad de su feraz vegetación no permitiría diferenciar un sitio de otro, tan tupido y extenso, que solo totoral y cielo se conjugan en el horizonte. Pero se sabe que en su interior no todo está cubierto por agua. Han formado los vegetales lo que la gente del lugar llama «tapiales», especie de islas originadas por la retención, entre las varillas, de camalotes que arrastrara la corriente y luego por agregación sucesiva de otras plantas y tierra amalgamadas que crecieron hasta elevar el fondo. Al sobresalir de la superficie, el agua permitió la germinación de flora no exclusivamente acuática pero resistente al medio, y que, unida a los detritus amasaron suelo firme, poroso, capaz de soportar no sólo el peso de hombres, sino de los animales que los atortujaran. Tapiales y albardones abundan en el estero y entre uno y otro por el espacio libre, se forman corrientes de agua donde, en sus mayores limpiadas, viven nutrias, carpinchos y peces. Años atrás pululaban yacarés, sin que faltaran tigres. Era el paraje donde la presencia de las bestias amenazaba la vida del hombre y del ganado. Imposible es introducirse con canoa y riesgoso es penetrar a caballo.
Ese estero de sugestión extraordinaria, fue siempre el abastecedor de nutrias de todos los bañados de la zona. Cuando intensas sequías los desagotaban y morían en tierra las nutrias que no pudieron emigrar, convertidos en pajonales amarillos, era esperanza de nueva prosperidad porque a pesar de las bajantes máximas, conservaba zonas de agua permanente que sin recibir la afluencia de arroyos y desagües mantenía la fauna acuática regional.
El estero está comprendido en la propiedad particular de don Carlos Ruppert, dueño de estancia con varias leguas de tierra laborable y de pastoreo que circundan el totoral y hacia el cual convergen los planos inclinados del terreno, llano, de poco bosque y solamente algo escarpado cerca del arroyo donde una lomada de mucha longitud forma barrancales altos.
Don Carlos recibió por herencia el campo. En el siglo anterior lo obtuvo su ascendiente, el abuelo Ruppert que colonizó en el norte con hombres europeos, cerca de San Javier, y no obstante su prematura muerte, consiguió redondear fortuna incomparablemente superior a la de sus colonos establecidos en pequeños campos que les otorgaba dentro de las nueve leguas cedidas por el gobierno para poblar. Y tiene algún interés en nuestro relato aquella empresa sin ventura. El viejo Ruppert, ineficaz administrador de colonia, dejó librada a la iniciativa individual el conseguir tierras gratuitas o en merced ante el gobierno, y ningún estímulo alentó a los colonos que, trabajando poco y mal, frustraron su progreso a tal punto que no se logró formar ni un poblado que se destacara.
Aquella inercia, aquel dejar en libertad a los colonos, sin vigilancia para encauzar a los inexpertos y sin alta visión del propio destino, iba a reproducirse luego con cierta similitud en don Carlos, que nunca hizo explotar el estero como fuente de recursos. Pobló de ganado su campo y en época floreciente, siete mil cabezas de vacunos y cinco mil lanares pastaban en él. Hombre acriollado, vestía siempre de bombacha y botas, pañuelo al cuello como cualquier hombre del lugar. Curtido el rostro por la ardencia del sol y montado a caballo, era criollo con apostura de gaucho aunque predominaran maneras de ciudadano. Voz pausada y rotunda, nariz recta y gruesa, mirada vigilante; generoso hasta la prodigalidad. Su estancia era sitio al que no llegaba en balde quien necesitara algo.
—Preciso, don Carlos —le decía un desconocido—, caballo para llegar a Helvecia.
Y se iba montado el hombre sin que jamás se volviera a saber de él y sin que nunca nadie se preocupara por el animal. Corazón abierto, derrochador «sin abuela»; querido por Alejandra y abusado por cuanto pícaro se le acercaba y no por ingenuidad, ni por falta de carácter, sino por cierta nobleza afectuosa desaparecida ya en propietarios de su tipo. Cuatreriaban en su hacienda, pero los comisarios nunca descubrían rastros y el tiempo borraba la memoria de los abigeatos. Empleaba la estancia exclusivamente para ganado y así como el estero extendía, hasta donde abarcara el horizonte el verdor de su totoral, las vacas y ovejas bajando a las aguadas eran como grandes manchones móviles, colorados y blancos. En torno al estero, las tierras de pasturaje los alimentaban con yuyos fuertes o con pastos tiernos y el bebedero principal, eran las orillas de aquel hervidero de nutrias.
Una parte prefería la hacienda y a ella arreaban los cuidadores por ser de agua más limpia, donde desemboca el arroyo formando mansa corriente libre al acceso de los animales. Era el único sitio del estero donde se prohibía la entrada a los cazadores de nutrias; también por otro motivo se evitaba el acercamiento de hombres extraños a la estancia. Cuando se hizo cargo de ella don Carlos, en toda la zona de arroyos y zanjones se perseguía de tal modo los carpinchos que comenzaron a ralear.
—Ya desaparece el carpinchaje —solía decir—, estos bárbaros los acabarán con tanto matar. En años anteriores por cualquier estero o arroyo podían sorprenderse manadas; había tantos que aquello era «una desgracia de carpinchaje». Ahora desaparece a simple vista.
En la parte de «Los Chanchos» más libre de malezales y con agua honda, el estanciero los protegía con el respeto de los peones. Esta fue quizá la sola preocupación de don Carlos vinculada con la fauna de su estero, y no por explotarla y lucrar, sino por gusto de que hubiera en su campo un refugio para carpinchos perseguidos con saña y a destajo por carpincheros y nutrieros y con codicia por los demás cazadores. Otra prohibición no se impuso en cuanto al estero y así, los buscadores de pieles hallaban en él no solo el sustento, sino que algunos, como se decía:
—Hasta compraron sus vaquitas con aquellas nutrias.
Imposible determinar la cantidad que procreaban entre el totoral interminable, como infinito era el número de rastros que en toda la extensión anegada y cubierta de vegetales, iban de una a otra guarida. Echadas al sol sobre los albardones o nadando, su abundancia era tan crecida que pocas horas de trabajo bastaban para que los nutrieros cazaran centenares y tuvieran luego que cuerear y estaquear pieles hasta aburrirse. Podían entrar con libertad por la tranquera del sur y les estaba permitido colocar trampas a su arbitrio. Pero no muchos se dedicaban a esta labor en tiempos normales. Pocos criollos e indios, preferían la caza de nutrias a los trabajos comunes, y mercaban las pieles en Alejandra a los acopiadores. La labor de «calar» trampas no exigía búsqueda afanosa del camino de las nutrias. Camino de las nutrias llaman al rastro que pasando entre totorales, dejan trazado al navegar y que por recorrerlo con frecuencia, despejan al agua de vegetación. Por ese trazado de agua limpia nadan desde sus guaridas hasta sus comederos y los cazadores colocan casi a flor la trampa armada debajo y sujetada con cadena fina a las ramas de las totoras. La nutria se entrampa al nadar por su rastro porque acciona con las patas delanteras el disparador. Los nutrieros practican este sistema para obtener sana la piel. Matan con golpes en la cabeza y vuelven a «calar» la trampa en el mismo sitio.
Los cazadores en el estero Ruppert no eran numerosos pero sí hombres conocidos por sus ocupaciones y costumbres, de Alejandra todos. Raras veces llegaba algún cazador de otra zona; Ciriaco Ayala, por ejemplo, famoso por sus cuatreriadas impunes y por su poder en cañadones y parajes orillando el San Javier donde ejercía dominio de facto sobre la caza. Ciriaco Ayala prescindía del estero Ruppert según voz corriente, porque otras veces se había acercado con exceso al ganado… Por sobre todos los nutrieros de profesión su figura ejercía notable influencia. Sin necesidad de averiguarlo, se presentía su acción en los compradores de pieles, su palabra determinaba precios y su desagrado se respetaba con cierto temor. De sus lugares preferidos llegaba al pueblo de Alejandra, silencioso, de rostro aindiado, duro el gesto; entraba al hotel «El Biguá» donde se amontonaban bajo una veranda pilas con fardos de pieles; observaba a los circundantes y los cazadores, callados, parecían esperar que él vendiera antes de mercar sus propios productos. Sospechado de entendimiento con los corredores comerciales, nunca sin embargo, el precio que pidiera era discutido, aunque no estuviese a la altura de lo exigible. Su fuerza y su audacia extendían su ascendiente entre los hombres rudos que lo respetaban; por eso hasta el estero de Ruppert llegaba indirectamente su dominio y lo mantuvo mientras la población soportó sus visitas inquietantes. Don Carlos no se enfrentó nunca con él porque todo el negocio de los nutrieros estaba absolutamente fuera de su interés, y el comisario, jamás aparecía por «El Biguá» cuando Ciriaco andaba por Alejandra…
Las tierras fértiles producían bien a los chacareros y dedicaban su tiempo a labores agrícolas; a ellos pertenecía la mayor parte de la población descendiente de inmigrantes. Raras veces cazaban, como si el ser nutriero rebajara la condición de colono. Este era en parte el pensamiento de Ruppert: las nutrias, para indios y para cruzados con ellos. ¡Que vivan —decía— allí tienen el estero que es una mina de nutrias!
Todos los conocidos nutrieros eran de cara morena y cabello duro. Se los veía pasar a caballo con sus cargas de trampas y una fija al costado, que es como transformación de lanza india en herramienta de ribereño…
II
Un año de intensa sequía. En las tierras sembradas el trigo doblaba sus canutos resecos sin madurar; todas las plantas de cultivo morían cubiertas de polvillo ardiente y el calor levantaba, visto hacia el horizonte el pajonal, como vibraciones del aire. Calor de fuego soportaba la zona norte, en un panorama desolado, amarillo parduzco. Pequeñas nubes blancas se formaban y disipaban en el cielo, inmensa bóveda de horno. Comenzaban a secarse los esteros y los arroyos se cortaban de trecho en trecho formando breves embalsados de agua entibiecida. A los días calenturientos sucedían noches de baja temperatura pero el sol apenas aparecido, comenzaba de nuevo «a picar». La sequía terminaba con los últimos yuyales que sobre los campos sedientos se convertían en paja desmenuzada, y de cuando en cuando, las reses muertas, endurecidas sus patas, convertían en mayor desolación los efectos de la catástrofe campesina. Los colonos llevaban a los sobrevivientes hasta bañados más profundos y se internaban en ellos pisando tierra reseca hasta llegar a la olla del centro donde, entre barro y paja, sucumbían bichos de toda especie. Yacarés, vuelta la panza hacia arriba, agonizaban de sed, y los hombres ya no necesitaban luego ir en busca de nueva aguada porque en todas direcciones de los campos donde las hubiera, hileras interminables de yacarés sedientos iban venteando el agua rumbo al estero Ruppert. De noche, nutrias, zorros y algún carpincho atravesaban también largas distancias marchando hacia el mismo aguadero. En la estancia, el ganado no sufría tanto, pues penetrando media legua en el totoral fangoso, el agua aún tenía profundidad y el estero, amarillando en amplias zonas de sus orillas, abrevaba todavía a los animales. Era el único sitio con agua a pesar del año de terrible sequía. Pero un cuadro dantesco formaban las pilas de yacarés que, en la desembocadura del arroyo y en sus riberas, unos sobre otros yacían en somnolencia. Andaban también por el estero a la caza de animales destruyendo cuantos hallaban o sorprendiendo a las ovejas. En caravanas convergían desde todos los puntos de la región azotada. Muchos morían antes de llegar y se pudrían como troncos diseminados en los campos. Los colonos vigilaban las casas para evitar que se introdujeran en los corrales y los mataban a garrotazos hasta agotar sus fuerzas.
La sequía continuaba requemando el suelo y la pobreza de las familias comenzaba a alarmar. Hombres sin ocupación productiva se sumaron a los cazadores de nutrias que ahora, reducido por la seca «Los Chanchos», vivían en el interior de las hectáreas anegadas. Por cualquier sitio de él que se anduviera, centenares salían al paso y la colonia comenzó a volcarse en el estero. Don Carlos permitía a los de Alejandra que entraran a condición de no espantar el ganado. Campesinos de todas las chacras se juntaban en los alrededores para salir juntos a nutriar y formaban dentro del agua círculos de hombres con palos para matar a garrotazos. No necesitaban seguir el camino de las nutrias; cuando las ahuyentaban con perros desde un sitio en carreras ruidosas, huían hacia otros donde las esperaban para apalearlas. Se levantaron algunas ranchadas en el estero y los que no vivían cerca, radicaban allí para cuerear y estaquear. Mujeres y niños trabajaban también en las pieles, mientras los campos fueron abandonados a la sequía, sin esperanzas.
—Todo Alejandra vive del estero —decía Ruppert—, pero es demasiada gente en mi campo…
Se alimentaban de nutrias y bebían el agua turbia del arroyo, que, estancada, iba bajando visiblemente. Entre el juncal inmenso, de mañana y de tarde, gritos de los cazadores se oían y en los círculos que formaban, las nutrias huían desorientadas bajo agua o sorprendidas se refugiaban entre el yuyal de los tapiales secos.
La gente parecía haber renunciado a la labranza para siempre en el empeño colectivo de buscar sustento en las nutrias mientras la sequía resquebrajaba las tierras a fuego de sol. En la desolación del panorama, el estero se mantenía como si fuera el único sitio con vida rebullente. De continuo llegaban al hotel hombres y bestias cargados con pieles y en sus galerías apenas ya si quedaba lugar donde seguir amontonando. Alejandra sostenía de ese modo su comercio y los campesinos salvábanse del desastre en el agro. Si el estero era famoso por su extensión y profundidad ahora se había convertido en mina obsesionante a la que se iba con la desesperación de la pobreza y con la angustia de la sequía. Diariamente se calculaba la bajante del agua, mientras en su contorno, a centenares de metros hacia adentro, el totoral se quebraba soltando polvillo. La sequía avanzaba y en los tapiales ubicados profundamente, el sol ardoroso hacía amarillar juncos y camalotes en grandes manchones que se extendían hasta la orilla del fango. Muchos tapiales estaban ya resecos en las zonas sin agua, y por donde antes se formaran corrientes, barrancas de más de un metro se desmoronaban endurecidas.
La gente se internaba más y más hacia lo hondo en el apresuramiento de ganar a la sequía la muerte de las nutrias. Por todos los costados salían colonos vestidos casi de harapos, ennegrecidos por la intemperie, desmejorados por el agobio de las faenas y cuando algunos pasaban entre hileras de yacarés, parecían formar parte de una misma ruina hombres caminando y bestias muertas. Así los vio Ruppert una tarde de recorrida con peones en arreo de hacienda y los miraba con tolerancia sin que la fortuna que en pieles salía de su campo, moviera su ambición. Pero tantos hombres en el estero obstaculizaban las aguadas para el ganado, numeroso, porque a pesar de las ventas apresuradas y de las muertes, aún formaban un plantel de casi mil cabezas que comían lo poco que verdeaba en la parte norte donde el pasto nacía en los bajos fangosos. Pero la sequía avanzaba en el estero reduciendo el espacio y el movimiento de hombres intranquilizaba al vacuno; por eso, reunió don Carlos a la gente y ante un grupo de más de setenta cazadores, descalzos la mayoría, con sombreros deteriorados de todo tipo y color, dijo:
—Esto no puede seguir así, van a tener que organizarse y no salir de una línea que pase por allá, por el medio del estero y tomar hacia el sur para cazar. La hacienda se me está desmejorando mucho más porque anda como perseguida. Desde hoy cazan por donde les digo o van a tener que desalojar.
Se adelantó un hombre conocido, un colono de muchos años vividos en Alejandra que por las penurias sufridas en el totoral y los desgarramientos de la ropa, parecía símbolo de bancarrota
—Bueno, don Carlos, así se hará. Usted sabe que la gente está agradecida. Ahora nomás nos vamos para el sur. Pero vea que también está entrando gente que no es de Alejandra…
—¡Eso ya sería el colmo —dijo Ruppert—, ustedes los de Alejandra pueden cazar, pero vigílenme la entrada de los extraños y si es necesario recurriremos a la policía! ¡Que nadie me tire un solo tiro en todo el campo, porque cuando sepa que se matan carpinchos desalojo sin miramiento y se me retirarán sin vuelta!
Marcharon los hombres por el rumbo fijado orillando el varillar; algunos se introducían desapareciendo en el mar amarillo de bravíos espadañares y totoras que se resquebrajaban con estrépito. Y cuando el estanciero hubo recorrido unos mil metros, un gigantesco zumbar de alas se levantó por el sur. Bandadas enormes de patos «oscurecían» el cielo, remolineaban a baja altura y eran luego como absorbidas por el totoral verde del interior donde se asentaban.
Bajo la galería sombreada por la arboleda de la estancia, esperaba a Ruppert un comerciante de otro distrito que muy pocas relaciones tenía con él. Después de los saludos y de una breve conversación sobre la sequía, el hombre comenzó a hablar despacio de lo que le interesaba.
—Vengo a proponerle un negocio…
Lo miraba Ruppert en silencio como adivinando qué asunto lo traía.
—Es por el estero. Si usted quiere me lo alquila y yo me encargo de explotarlo con gente baquiana…
La hacienda había mermado y el dinero en manos de Ruppert era como si tuviese alas: así que sin interesarse mucho pero sin desentenderse por completo, pensó sin responder.
—Mire, yo quería firmar contrato por seis meses a quinientos pesos por mes.
—¡Caramba! No arriesga su plata. Quinientos pesos los recupera en pocos días. ¡Si el estero es interminable! Pero está la gente de Alejandra que no puede echarse porque sí nomás… ¡De qué va a vivir! Le alquilo el estero, y usted me los deja entrar. Esa es una condición que habría que respetar muy mucho.
Dudo el comerciante y quedó mirando un buen rato hacia el campo donde un viejo yacaré iba tambaleándose con las fauces abiertas. Después de pensar y repensar, ambos en silencio, se levantó y dijo:
—Voy a contestarle mañana.
—¡Qué va a contestar mañana! Si esto no es cuestión de pensarlo. Quiere ahora o no quiere. ¡Si acaso yo ando en ofertas! ¡Vaya nomás, amigo, no se gaste los sesos que yo mismo le digo que no, que no se alquila el estero!
Se despidió el hombre sin más remedio porque Ruppert, puesto de pie, le tendía la mano.
Allá, a casi dos leguas continuaba la trágica matanza de nutrias y en toda la extensión de los campos limpios, el abandono desolador era tan profundo que hasta el cielo, de un azul intenso, parecía retroceder huyendo a la sed.
Lo que presiente el hombre de aquellos campos tan particularmente característicos se cumple, porque su intuición sustenta conocimientos cabales que, sin embargo, no sabría explicar. Y así, la población de nutrieros improvisados vivía a la expectativa de un drama que debía desencadenarse porque la fiebre de caza se extendía hacia todas las colonias y desde los límites, se presentía el avance desenfrenado de hombres dispuestos a arrasar con todo. Un clima de exterminio se ahondaba a la par del desamparo que la sequía iba creando en cada rancho, en cada casa. Y los hombres, poseídos de angustia, se internaban en el estero como si fueran a una batalla cruenta y final de la que debían salir para afrontar sangrienta lucha con otro peligro que se cernía en los contornos y se barruntaba como tormenta silenciosa amenazando con oculto fragor. Se mataban nutrias con inquietante saña, con apresuramiento. Los hombres, desorganizados ya, perseguían animales más allá de los límites permitidos, en la furia del apremio. En las comarcas circunvecinas el hambre hacía estragos en el ganado y hasta en la hacienda de la estancia comenzaban a morir animales diariamente.
La mayoría de los colonos y gente del pueblo solían retirarse al anochecer por el camino del sur de a tres o cuatro y a veces formaban caravanas. Pero un día a la hora en que acostumbraban retirarse, a carrera de caballos venía hacia la estancia un grupo avanzado del resto que acampó a media legua de la casa. Parecían guerrilleros de tribu bárbara galopando al ataque y se detuvieron en el patio, donde acudieron los peones y el capataz.
—Queremos hablar con el patrón, y rápido que no hay tiempo que perder —dijo uno de los hombres, permaneciendo todos montados.
Al ruido de la gente salió Ruppert.
—¡Qué pasa, qué alboroto es este!
—Don Carlos —respondió el mismo colono— por el lado de San Martín entró gente armada al estero y debe ser Ciriaco el que los capitanea. Son unos treinta y traen fusiles. Van a invadir el totoral cazando a balazos o vienen con mala intención… Nosotros los vamos a resistir si usted nos autoriza.
—¡No sean bárbaros! Lo único que faltaba aquí era que se mataran como perros por las nutrias. Nadie se va a mover de donde esté mientras yo mande en mi campo. Para algo soy el dueño y yo solo me basto y si no, allí estará la policía para cumplir.
—Usted no va poder solo, don Carlos, lo van a matar, es Ciriaco y la indiada que viene con hambre y sin trabajo.
—A mí nadie me indica lo que debo hacer. Ahora mismo ustedes se retiran y desalojan el campo sin meterse con los otros y no pisan mañana el estero, ni aparecen por aquí hasta nueva orden mía. Vayan nomás con toda su gente que yo voy a arreglar de modo que se acaben los abusos.
—Bueno, si usted lo dice nos vamos, pero cuente con nosotros para lo que precise.
Se retiraron en orden y como ya iba cayendo la noche los de la estancia dejaron para el otro día el viaje al estero por no aventurarse en las sombras, no por miedo, sino por evitar confusión que desatara la tragedia. Muchos de Alejandra no abandonaron el campo esperando la luz del día por si era indispensable el uso de la fuerza. En la aparente quietud de la noche los nervios en tensión impidieron dormir a la peonada y el único que esperó tranquilo fue Ruppert, seguro de su ascendiente, con la serenidad de no haber privado nunca a nadie de sus favores y confiado en su propio temple de hombre capaz y recto.
Cuando aclaró, don Carlos ya estaba a caballo. No quiso que lo acompañara otro más que su capataz y en mangas de camisa, desarmados, comenzaron a galopar hacia el estero. Pero antes destacó un peón con una carta para el comisario en la que le instaba el envío con urgencia de fuerza policial para desalojar el campo, e impedir la entrada de nutrieros previniéndole del peligro creado por la gente excitada.
Iban llegando al bajo sur del totoral y observaron cómo un grupo numeroso de hombres se movía hacia el sitio donde unos árboles levantaban sus copas escuálidas por sobre el pajonal. A más de cien metros veían que en su mayor parte llevaban fusiles y aguardaban la llegada de los hombres, pues por el ala izquierda gente de Alejandra avanzaba atropada guardando distancia.
—Es peligroso acercarse, don Carlos.
—Yo no temo a nadie, capataz.
—Ni yo conozco el miedo, pero no sabemos la intención…
—¡Yo sé a qué vengo y ellos están en mi campo!
Cerca ya del grupo distinguieron a Ciriaco con las manos apoyadas en el fusil y en ala tendida detrás aguardaban los otros. Avanzó Ciriaco y cuando conoció a Ruppert dejó el arma en tierra y caminó a su encuentro.
—Buen día —gritó—, caramba, créibamos que era policía…
—¡Y qué tienen Uds. con la policía para querer defenderse! O esto es de ustedes para hacer lo que les guste.
—No, don Carlos, pero es que andamos acorbardados de ir huyendo de un sitio a otro y de que nos echen de todos lados.
—¡Y a quién pidieron permiso para meterse en el estero! Ya no se respeta ni a los dueños ni se pregunta si se puede. Aquí no se entra con armas, en primer término y en segundo se entra cuando yo autorizo.
—Así dicen todos, y andan los hombres sin trabajo, sin plata, y vivir habrá que vivir… de alguna manera…
—¡Y qué es lo que piensan hacer!
—Y, cazar, otra cosa no.
—Le pregunto si vienen para hacer ranchada o para cazar y volverse.
—Para hacer ranchada, si permite…
—No, aquí se acabó la cacería de nutrias, por hoy dejo que entren al estero y sin fusiles y se vuelven luego a sus pagos, teniendo por seguro de que si no salen, los haré sacar por la fuerza.
Sostuvo Ciriaco sin moverse la mirada de Ruppert y a través de sus ojos ni una leve emoción se vislumbraba, impasible el rostro, con tranquilidad absoluta, dijo:
—Habrá que verse, y recuerde que echa a gente necesitada.
Viraron de regreso sus caballos Ruppert y el capataz. Cuando se alejaban, los de Alejandra tomaron el camino para salir por la tranquera. Toda la mañana Ruppert esperó en la estancia al comisario pero inútilmente. La policía no se inmutó. Transcurrió tranquila la tarde. En el estero se introdujo el contingente de cazadores de otros distritos y se reforzaron los peones para cuidar la hacienda. Algunas nubes que se formaron en el norte, reanimaron esperanzas de que concluyera la sequía, mas, recrudeciendo el ardor del sol, volvía el cielo a su azul profundo de verano.
El ambiente de Alejandra cada vez más tenso presagiaba algún desastre en una como desorientación funesta. Al anochecer, se oyeron disparos de armas rumbo al totoral e intermitentes descargas atronaban el horizonte. La inquietud en la estancia era grave. En nuevo recado al comisario se pedía con urgencia fuerza de San Javier para la mañana siguiente. El peón volvió con la respuesta:
—¡Dígale a Ruppert si cree que estamos locos!
En los boliches del pueblo se comentaba con exaltación la clausura del estero. Algunos opinaban que el mismo Ruppert estaría proyectando la explotación por su cuenta debido a la mortandad en su ganado. Defendíalo la mayor parte, pero la inactividad a que estarían condenados si se les privaba de caza, los desorientaba y enardecía. Otros eran partidarios de enfrentar por su cuenta a los invasores. En la estancia, sobrecargada de presagios, se esperaba el día con incertidumbre. Cuando aun no se había levantado el alba, los peones y el capataz estaban en movimiento preparando caballos.
Clara luz, pantalla blanquecina hacia el levante, se alzaba por sobre los arboles allá junto a las riberas del San Javier y cuando la visibilidad fue suficiente, mirando al estero, se vio cómo tres columnas gigantescas de humo se elevaban a casi dos leguas de los límites sur, amplias en sus troncos y anubarradas.
—¡Arde el estero! ¡Arde el estero! —gritaron los peones con nerviosidad.
—¡Arde el estero! ¡Arde el estero!
Por Alejandra corría la voz alarmante e inusitado andar de carros y caballos cobraba rápida vida despertando al pueblo. En vuelo desacostumbrado pasaban graznando las águilas como si desde el aire fueran agitando el alerta y la desolación.
—¡Arde el estero, arde el estero!
Por las calles polvorosas, por los campos infértiles, acascotados, y en el viento mismo de la mañana parecía expandirse el desasosiego y el estupor. No se veían desde tan lejos las llamas pero la catástrofe se cernía evidente en aquellas columnas oscuras, que a falta de nubes hacían más dramática la impresión de exterminio. Con prudente expectación iba la gente hacia el lugar del siniestro y a cada paso se ahondaba en ella la voz trágica:
—¡Arde el estero!
En la estancia todos los recursos se movilizaron para salvar la hacienda que sin estar por ahora en peligro, podía ser alcanzada cuando se generalizara el incendio. Se la llevó al oeste buscando cruzar los vados que la extraordinaria bajante del San Javier presentaba, para internarla en las islas.
Cuando ya el sol húbose levantado, una sola cortina compacta de humo se movía hacia el norte y el totoral interminable, verde en vasta zona que no abarcaba sino una escasa parte la simple vista, silencioso, calmo, impresionaba como si fuera un monstruoso ser vivo al que se le vendría el incendio para devorarlo. Íbase el fuego extendiendo vertiginoso y de cuando en cuando largas llamaradas chisporroteaban en el horizonte. Acompañado por varios hombres Ruppert partió a caballo. El incendio progresaba en una suerte de enloquecimiento furioso. El estrépito del totoral en llamas —tormenta de fuego a ras de tierra— expelía chisporroteo dantesco y las llamas calcinaban con tanto vértigo que tras su avance veloz, la mancha carbonizada que iba dejando, se corría como un mar de petróleo desbordado. Llamas, estrépito y humo por doquier devorando al estero desde uno de sus costados, y levantándose encendidos mazos de espadañas, iban a caer a centenares de metros donde de repente un nuevo foco se abría en círculo dilatándose con furia.
La quemazón se ampliaba en todo el sector del sur, de flanco y de frente, hasta formarse una sola llamarada inmensa. Desde los campos linderos, ya se veía la hoguera y cuando los hombres calcularon que el explayado limpio de yuyos, donde antes de la sequía el bañado era de agua sin totoral, formaba ahora barrera rasurada, tuvieron la certidumbre de que el fuego quedaría circunscripto al estero, aunque se levantaran ventarrones.
A mediodía las llamas se introdujeron más aún, de modo que las tierras altas estaban en definitiva libres de amenaza. El cielo oscurecido por el humo encapotaba la zona como si se extendiera sobre ruinas. Con la misma violencia continuó varios días. El calor intenso se adelantaba a la quemazón y secaba el totoral verde y el suelo fangoso, abriendo vanguardia combustible y ahondando la tragedia desastrosa para las nutrias.
—¡Se acabaron, se acabaron para siempre las nutrias sin el estero de Ruppert!
En algunos cundía el desaliento, otros observaban las llamaradas con imprecisable sensación de conformidad ante una cosa acabada, pero en el conjunto de la colonia agobiada por malestares, la indignación se agitaba buscando culpables.
—Nadie de Alejandra ha hecho este daño —decían.
La bárbara destrucción ahondaba en perfiles dramáticos la incruenta sequía que calcinara las tierras y aquella esperanza ferviente que el estero arraigara en la población para subsistir y aun para progresar, se convertía en matorrales restallantes y cenizas con decoración fabulosa de humareda.
Los colonos fueron a la estancia a ofrecer su apoyo a Ruppert para que se hiciera justicia y marcharon juntos al pueblo donde el comisario parecía vivir en un mundo de flores y lluvias. Lo hallaron en «El Biguá» bebiendo tranquilamente. No habían aún descendido todos de sus caballos cuando Ruppert se le acercó:
—Comisario, usted pudo evitar este desastre, yo le previne en dos ocasiones que era necesaria la policía en el estero.
—Usted me daba órdenes, y aquí el que da órdenes soy yo, si no viene de arriba…
—Yo no ordenaba nada, pedía protección a mi propiedad y usted debió darla, para eso es autoridad ¡o para qué está usted en el pueblo!
—¡Y, cómo quiere que defienda yo su campo con tres agentes mal armados!
Un murmullo de voces se agitó entre los colonos y adelantándose uno respondió con energía:
—Gente no le iba a faltar, estábamos todos para ayudarlo porque eran hombres de afuera los que entraron armados y gente que usted conoce, porque andaba con ellos Ciriaco Ayala.
—Usted prende a Ciriaco bajo mi responsabilidad —dijo Ruppert—, o dejará de ser comisario.
La amenaza se cumplió después que llegara una nota de la jefatura.
No amainaba la furia del incendio y se consideraba irremisible la mortandad de toda la fauna y extirpadas para siempre las nutrias. Como ciertos males colectivos que concluyen por insensibilizar al hombre cuando se prolongan demasiado, el desastre inevitable de tanta pérdida empezó a ser juzgado con ese renunciamiento a las soluciones propio de los que no esperan más nada. Los campesinos de la colonia que habían soslayado la miseria con la venta de pieles, se entregaron a la fatalidad de la devastación a medida que se creaba una nueva manera de apreciar el presente de la zona, sin cultivos, sin ganado considerable y sin otro recurso que esperar ahincadamente la clemencia del cielo desatándose en tormenta de agua. Todo parecía haber vuelto a su cauce de inercia como si nunca hubiese existido otra realidad que los campos resecos y como si la agitada cacería de nutrias hubiera sido un sueño o una fiebre momentánea, colectiva y desesperada.
Para Alejandra era el estero escombros ardiendo de una mina fantástica. Pero tan enorme es la superficie que abarca, que honduras desconocidas defendían aún la cortina compacta del totoral y lagunas interiores, despejadas, a las que no se internaron ni nutrieros profesionales, oponían su resistencia de agua al avance del fuego y después de quince días, cuando en todos los contornos carbonizados podían observarse restos de animales alcanzados por las llamas, el corazón amplísimo del estero se defendía con la fuerza de su fecundidad. Por donde se arrastrara devorando el fuego quedaron descubiertos tapiales ígneos entre zanjones barrosos en cuyas barrancas, por las bocas de las cuevas, aparecían de cuando en cuando, nutrias moribundas. Cuando solo débiles columnas de humo afloraban de los tapiales perdidos en la espesura verdinegra, bandadas de patos hambrientos volaban en los confines. Por eso, los nutrieros, en asomos de esperanza, confiaron en el retornar de su prosperidad.
Nuevo comisario sustituyó al anterior y solía andar por los contornos como quien visita un campo reciente de batalla…
Volvió la hacienda de Ruppert y los trabajos de la estancia reanudaron su ritmo de agobio por ir descendiendo la cima de la bancarrota con ganado empobrecido. Catorce meses de sequía concluyeron con la primera lluvia, mas la ruina económica de don Carlos no pudo ser ya reconstruida con préstamos oficiales. Y en ese período comienzan a evidenciarse las concomitancias con aquel viejo Ruppert cuya colonia se estancó por falta de administración. Subdividió los campos, para entregarlos a campesinos medieros, dejándolos en libertad para criar hacienda fuera de contrato, y los colonos aprovechando la coyuntura legal, araban escasa tierra prefiriendo la cría de vacunos en pastoreo que venía a resultarles gratuito. De error en error, se sucedían los embargos en la estancia hasta que un cinturón de créditos ahogara al propietario. Y el estero, el destino de cuya fauna quedó librado a la naturaleza, multiplicaba otra vez sus prodigiosos recursos y procreaciones de nutrias en proporción geométrica, se sucedieron cuando las aguas de varias leguas a la redonda convergieron en su hondonada. La vegetación, en revancha por el desastre del incendio, conquistó todos sus dominios en renovada fecundidad del suelo anegadizo y corrientes circulares cargadas de camalotes que encallaban en los tapiales fueron pronto el medio natural donde los bichos de piel codiciada hallaron su alimento. Caminos de nutrias en infinitos senderos diversificados incitaban de nuevo a «calar» trampas que nunca Ruppert, ni ahora en su declinación de estanciero, hizo colocar. Cañadas y arroyos vecinos, a los pocos años, tuvieron nutrias emigradas de «Los Chanchos» jerarquizado en su fama de inagotable.
Negocios bancarios y escribanos pusieron fin al dominio de Ruppert cuando Ciriaco Ayala se pudría en el cementerio de Romang baleado a pistola, de frente, por un turco.
Los nuevos propietarios de la estancia son capitalistas rígidos y ya puede asolar otra sequía la región con la seguridad de que ningún colono podrá impunemente cazar allí una sola nutria…