Saltar al contenido principal
Logo de 'La Cuentoneta'La Cuentoneta

1 obra

1. La civilización perdida

Comenzó a desintegrarse, a diluirse lentamente en una trasparencia. Se convirtió en una sustancia lechosa, algo así como una nube que se originaba por ectoplasmia. Pero no perdió sus límites. Ahora era un marciano que habitaba en la Tierra en el año 5.000. Se elevaba en el espacio para aterrizar sobre otra calle, perdida cinco milenios antes. Sobre cierta calle donde dos seres en un café ordenado mediante botones automáticos, veían a un tercero que se agachaba para recoger una extraña medalla carcomida, que tenía una rayita en el centro y una a en el borde derecho. Los marcianos (para ese entonces) hacía ya tres mil años que se habían apoderado de la Tierra en la guerra de los mundos. Y era muy poco lo que de ella decían los libros conservados (en realidad eran tres: el Aletés, de Luciano de Samosata, el Kama-Sutra y el Hamlet). Pero tampoco sugerían nada acerca del hallazgo. El marciano miró detenidamente el objeto circular que había levantado frente al café automático, asiento de aves técnicas que estafaban a los viajeros espaciales. Acercó la lupa y pudo observar la superficie borrosa de donde salían la rayita y la letra. Pero no pudo descifrar lo que creyó una inscripción latina. Impaciente ya, se dirigió al Instituto Para la Investigación de la Ciencia Joven. Depositó el objeto circular (la extraña medalla) y solicitó su análisis. Después hizo funcionar los eyectores atómicos ajustados a la espalda, y desapareció al otro lado de un cráter, a mil kilómetros del Instituto. Y aquí comienza la perisea («odisea» dirían cinco mil años atrás) del connubio de sabios del Instituto Para la Investigación de la Ciencia Joven. Su capismafi (algo así como «capo mafioso», jefe de secta) dispuso que el objeto circular pasara al Laboratorio Interplanetario de Lavaje Cósmico. Pero las lavativas (no olvide el lector científico que el lenguaje es totalmente diverso) no pudieron restituir el círculo a su expresión específica. Lo enviaron entonces al Museo de Deformaciones y Alargamientos. El objeto circular seguía cerrado a las intenciones de descubrir esa negrura que indudablemente ocultaba algo. No era posible creer que una rayita y un bostezo (la letra a), fueran suficientes para desorientar la potencia de los marcianos. Fue el instante en que el director del Instituto resolvió consultar a los habitantes de los otros planetas.

Cuento 7 minutos de lectura