Selene
HanziSelene. Ese sería su nombre durante toda esa noche. Se convertiría en la dueña y señora del mundo de un solo hombre. Haría que las montañas los mares y los ríos lo devoraran, lo desharía en sus entrañas y lo volvería a armar para luego hacerle conocer el paraíso.
Así que comenzó a deshacerse de su humanidad, de esos trapos ridículos que limitaban su poder. Se ungió a sí misma con aceites perfumados y apagó todas las luces del lugar, dejando solo la que la dirigiría hacia su trono. Había dispuesto una silla elegante junto a la ventana donde la luz de la luna llena iluminaba fuertemente, y se sentó en ella. La luna la tocó con su magia, e hizo una diosa de cada parte de su ser. Una vez convertida, esperó pacientemente que él abriera la puerta.
Eran casi las 8:30 PM, tuvo que gestionar un evento para el día siguiente en el trabajo; dar roles, ajustar precios y demás cosas mundanas, y humanas. Subía lentamente por las gradas hacia aquel departamento barato que habían alquilado. Eran una pareja que aún comenzaban su vida juntos, comprometidos por sus votos hacia los astros, y los que habían pronunciado el uno para el otro con cada beso. Ni siquiera pensaban demasiado en el matrimonio, pero ya vivían como en uno de más de 5 años, llevaban buen tiempo sin entregarse el uno al otro. Por eso los pasos lentos, el espíritu afligido, y los pensamientos fantasmales de "¿Qué estoy haciendo con mi vida?". Imaginó que ella había cocinado algo delicioso (mejoró mucho sus habilidades de cocina con el tiempo, era fantástica), pero seguramente no lo degustaría porque en el trabajo se vio obligado a compartir con sus socios, estaba hartado, y se sentiría mal por ello. Además, ella en la mañana fue algo distante, se quedó completamente dormida, y no lo despidió ni alistó las cosas que solía alistarle. Lo único alentador fue que lo abrazó fuertemente mientras dormían; él se sintió motivado a tomarla, pero cuando la vio, estaba realmente dormida. Ella estudiaba, y mucho, además de mantener en orden el hogar y ocuparse de las facturas, ese había sido el trato durante aquellos años. La amaba, y estaba convencido de ello, aunque no se sentía especialmente feliz (así es el amor se decía). Siguió subiendo hasta persuadirse de aquel aroma especial, y escuchar un canto, un suave tarareo que le resultaba familiar. Empezaban a despertar sus sentidos, y aceleró un poco el paso.
¡No entres aún! -Un grito juguetón lo detuvo- Apaga la luz del pasillo antes y no olvides asegurar la puerta... -Las indicaciones de su ama y señora-
Él quedó bastante sorprendido en verdad. Sostuvo fuertemente la perilla de la puerta sin darse cuenta (¿Se desmayaría ante el poder de aquella diosa?) ... Y entonces volvió a él el misterio de su juventud, y joven se sintió. La estaba conociendo por primera vez de nuevo, y en todo el sentido bíblico; su corazón latió fuertemente e hizo temblar cada fibra de su ser hasta desquebrajarse todo lo deprimente, y entonces dio un paso hacia la oscuridad sin temer el abismo, voló hacia ella. Pero al acercarse sucumbía, pues era un humano presenciando una diosa.
Ella era una media luna curvilínea y fulgorosa. La luz lunar que entraba de lado de las ventanas dibujaba su figura, y la pintaba de plata (¿o diamante? quizá algo más valioso...) revelaba todos sus secretos ante su creación, pero a la vez conservaba ese misterio que libertad obsequiaba. La libertad a él de tener visiones y profecías. Él fue quien puso las estrellas alrededor, el distinguió a la mujer que siempre amó de lo indistinguible, y él le dió todo ese brillo, ese poder y belleza inigualables que lo hacían flaquear. Por lo que tuvo que sostenerla entre sus brazos, más que para tomarla, para no caer.
Era un poco más alto que ella, sus miradas se encontraban en el ángulo perfecto y no se escondían ningún mensaje. Y no necesitaban decirse nada en verdad. El comprendía para qué estaba allí, cuál era su propósito; su luz lo guiaría. Se arrodilló suavemente ante el poder de su diosa, dejando resbalar sus manos sobre su desnudez, esas costillas y esas curvas hasta apretar sus caderas, el cáliz que contenía la ambrosía que lo transformaría en un héroe. Y bebió...
Se regocijó en ello, perdió noción del tiempo, se hizo eterno, e hizo del verbo su herramienta. Dijo palabras que, por breves momentos, hacían a su diosa retorcerse y gemir. Mientras el ganaba fuerza y poder, ella parecía debilitarse en su base, al punto de ya no sostenerse él sino sostenerla a ella. Entonces, se levantó ya convertido en un guerrero celestial, enganchó las piernas de ella con sus brazos y ella colgó del cuello de el con los suyos. Y transportó el arca de su diosa hacia las praderas bañadas por ríos, donde abunda miel y leche. Allí le rindió tributo, batalló cien noches y cien días, y al final clavó su espada para establecer su dominio. Nombró a su diosa, dijo sus oraciones, le hizo un altar, un templo, un castillo. Pero aún no estaba en comunión con ella... Por lo que su mundo se derrumbó.
Tras tal desastre, solo pudo observar el cielo y recibir el castigo divino: Ella, devorándolo todo desde arriba, con fuego y tormenta que iba y venía hasta dejarlo sin sentidos, hasta oscurecerlo todo. Lo tragó y lo escupió, lo despedazó y lo volvió a armar. Luego, lo envolvió todo, y por fin, por fin fueron uno.
¡Di mi nombre! -dijo ella mientras derramaba su alma sobre él-
"..." a quien siempre he amado y amaré -respondió él sin vacilar-
No, ese no es... -dijo mientras respondía un "también te amo" con la mirada-
¿Quién eres? -se sintió abandonado por un momento...-
¡Soy Selene! soy tu diosa de la luna, todo para ti ¿está bien? - ¿sería su locura incomprendida? -
No... Ciertamente él comprendió lo que ella anhelaba. No era el único al que el tiempo lo estaba aplastando cual cucaracha, hasta hacerlo sentir miserable. Pero a diferencia de él, que iba aceptando su destino, ella decidió tomar un poder prestado, para liberarlos y transformarlos. Se hizo diosa, y le hizo ver que el amor no era simplemente "así", le hizo creer en algo, le hizo creer en ella...
Así que la tumbó a lado suyo, la abrazo fuertemente, y dijo "¡Mi Selene, mi todo!". Y acariciando su faz tiernamente, volvió a ella. Domó su gravedad, y movió sus mares, le hizo salpicar sobre sus valles y montañas. Ambos se vistieron de luz divina. Esta vez él por sobre todo, con una capa de oro que cubría su espalda, se hizo el dios Apolo. Y brillaron para su mundo, lleno de nueva vida, palpitante, fértil...