El pequeño mundo de Nabor Camacho

Mateo Booz

I.

En el Campito, a veinte pasos del río Santa Fe, se asentaba la vivienda de Nabor Camacho. Un ombú le echaba sombra y una enredadera prendida del alero ponía su nota ornamental. Contiguas se amontonaban otras habitaciones semejantes —tablas y latas de kerosene— con escenas domésticas a la vista: mujeres que cuelgan ropa de los alambres o espulgan las crenchas de sus hijos, hombres en camiseta que toman mate, chicos desharrapados que se revuelcan en el polvo y perros flacos que se enroscan o roen, optimistas, una guasca. De ese rancherío salían estibadores para el puerto, mujeres para lavar ropas en el río y chinitas para servir a las familias del centro. Y salían, también, —alguna vez lo denunciaron severos periodistas— enfermedades infecciosas que se propagaban por la ciudad.

Nabor habitaba con cinco hijos. Cuatro, los menores, eran varones; el mayor de ellos frisaba en los diez años. Pilar, la hija, que ya pasaba de los doce, era, como decía la gente, «privadita de la cabeza»; Nabor atribuía la desgracia al susto que sufrió la madre cuando la inundación les alcanzó hasta la última costura del rancho. Rita, su entenada, moza de diez y siete, mucho le serviría. Pero Rita se criaba desde muy pebeta en lo de misia Victoria Mosquera, matrona antigua de caserón con herrajes españoles y fragante magnolia arraigada en el patio.

Nabor era viudo; su viudez databa de un par de meses. Gabina, su finada, padecía de un grano malo en el lomo. Un día los del comité recomendaron a Nabor para la dolencia un sancocho de catay. Aplicó el medicamento; la pobre Gabina ayeó y bramó hasta alborotar todo el Campito, incluidas las tripulaciones de las balandras naranjeras atracadas a la costa. Una ambulancia debió llevársela al hospital iturraspe. No volvió más la cuitada, y a Nabor no se la dejaron ver, ni muerta siquiera.

Con Gabina perdió su marido una imponderable colaboradora. Esa buena criolla sabía cuidar la casa y allegar recursos lavando ropa a las familias del centro. También se ingeniaba para sacar de los paquetes de ultramar zapatillas persas y géneros policromados que ocultaba diestramente a los ojos de los aduaneros y vendía después, con gruesa ganancia, a las niñas bien del barrio Sur y a las gringas de la cantina, el music-hall del mercado.

II.

Nunca brillaron los Camachitos por su aseo personal. Pero ahora, destituidos de la vigilancia materna, se encostraban de cochambre, y los jirones de sus ropas descubrían audaces trozos de piel. Lo útil que hacía Pilar, la «privadita de la cabeza», era fregotear en la batea o pantallear el fuego donde se asaban amarillos o mandubeyes. Frecuentemente interrumpía su quehacer para alejarse y entrar en el río con talante de hechizada; del río, chorreando agua los vestidos, la sacaba algún canoero. En otras ocasiones la sorprendió su padre, inmóvil, de cara al sol; la violencia de la luz le inflamaba los ojos.

El río se encargaba de nutrir a esa familia: pescado en las cuatro estaciones.

Al pescado se añadía, en invierno, naranjas correntinas y en verano sandías de Santa Rosa que de aguas arriba acarreaban las embarcaciones de cabotaje.

Los moderados gastos del hogar los cubría Nabor con el producto de la pesca. Tenía su caladero, en las proximidades de Curtiembre, del otro lado del Paraná. Allá iba dos veces al año, permanecía un par de meses ausente y regresaba platudo. Frecuentaba entonces el comité del Campito, y los albures de la taba y de unos naipes abarquillados y mugrientos pronto daban fin a su caudal.

¡Cómo protestaba la pobre Gabina contra esas debilidades de su marido! No dejaba sin embargo de confesar que el comité relacionaba a Nabor con personas de fuste como, por ejemplo, don Liborio Machuca, un señor que apretaba con el brazo algún expediente judicial y lucía en el chaleco una uña de tigre pegada a una piedra negra. Don Liborio era la cuña de los Camachos. Gracias a don Liborio, no quedó Nabor más de diez minutos en la comisaría a raíz de trompearse con un marinero dinamarqués; y también gracias a don Liborio, evitaron que la Asistencia Pública se metiera en su rancho a matar ratas, fumigar muebles y paredes y fastidiar a sus moradores.

No experimentaba Nabor inclinación para otro oficio que el de pescador. Por instancias de la finada Gabina, fue en alguna oportunidad a hombrear bolsas a la bodega de un trasatlántico y en otra a calafatear cascos de cabotaje en el varadero de Sarsotti. Ese trabajo lo abandonaba en seguida; no era de su gusto; en cambio remaba un día entero, si bien con cansancio, con placer. Solía changuear, transportando gente en la canoa, a diez centavos por cabeza, hasta Alto Verde, la isla guarnecida de sauces frondosos y ocupada por una nutrida población vernácula.

Dejaba transcurrir Nabor horas tras horas al abrigo del ombú de su rancho.

Pasaba de una silla a un catre de tientos, y viceversa. Desde el catre avizoraba el vuelo de patos y bandurrias hacia las islas y la formación de las nubes, que solían dar al sol la apariencia de un ojo emparchado; y desde la silla, el paisaje cercano de Alto Verde y el buque de gran porte, a rastras del minúsculo y forzudo remolcador, en procura de aguas hondas y de las remotas patrias de los gringos.

Amaba Nabor ese lugar y ese rancho. Un montón de años atrás, justamente por el tiempo de la intervención de don Anacleto Gil, vino de San José del Rincón y, con sus propias manos, edificó su vivienda en ese suelo sin dueño. Conoció a Gabina, nacida y criada en el Campito, y moraron bajo el mismo techo y formaron esa familia. El Campito aquerenciaba fuerte. Existían en ese pequeño mundo jerarquías sociales y apellidos de tradición. Las de Riquelme, verbigracia, se preciaban de haber dotado de cocheros a las volantas de los gobernadores desde don Nicasio oroño hasta la aparición del automóvil; las de oviedo no olvidaban que fue antepasado de ellas cierto alférez que en los Cachos asistió al degüello del señor Cullen; otras se pretendían, por torcidos cursos de la sangre, entroncadas a hogares preclaros de Santa Fe. Pero nadie ostentaba mejor motivo que las Montejos a la consideración y las envidias: de ese rancho salió, para el formidable equipo de Colón, un insider izquierdo que se cubrió de gloria y moretones en reñidos campeonatos interprovinciales. Soñando los adolescentes del Campito alcanzar la fama de un Montejo, trotaban más intrépidamente tras el balón por los pesados arenales de la costa.

Nabor se advertía muy a sus anchas en ese orbe; personas y cosas eran allí gratas a su espíritu; no cambiaría de cobijo y menos de lugar; solo muerto lo sacarían del Campito.

III.

Ya estaba avanzada la época de acudir al caladero de Curtiembre. Pensó Nabor en cómo dejaría a los chicos y Pilar; y luego de pensarlo decidió llamar a Rita, su entenada. Rita era hacendosa y capaz de suplirlo en su ausencia.

Fue a casa de misia Victoria. La matrona lo recibió en la huerta, balanceándose en una mecedora.

—Pase adelante, Nabor. Arrime una silla. He lamentado la muerte de Gabina, la pobre Gabina, tan fiel y tan guapa para la brega. ¡Qué vamos a hacerle!…

Dios lo ha dispuesto así… No he dejado de rezarle unas avemarías.

Y alzando la voz:

—Che, Rita, traémele a tu padrastro un vaso de vino de mesa. Nabor se sentó.

—Sí —confirmó el hombre—. La finada era buena por donde la buscaran.

—Y cuénteme, Nabor ¿cómo andan sus muchachos?

—Todos bien, misia Victoria. El más grandecito, hecho un travieso. Vez pasada se acercó al rancho la lechera arisca de unos vecinos. ¿Cree que se me asustó el purrete? ¡Nunca! Le largó un bolazo a la perdida, le pegó cerca de un ojo y la volteó… Va a salir de línea el mocito.

Esta referencia la compuso Nabor con gestos y risas, que misia Victoria acompañó meneando cumplidamente la cabeza.

—¿Y qué vientos lo han traído por aquí, Nabor? Es un milagro.

Nabor, en seguida de apurar el vino que le trajo su entenada, expuso el motivo de la visita.

—¡Caramba! ¡Caramba! —gorgoroteó la matrona—. Esa chinita conoce tan bien mis caprichos y yo estoy tan acostumbrada a ella, que privarme de sus atenciones es un trastorno… ¡Un trastorno!…

—Dos meses cuando más, hasta mi vuelta de Curtiembre; no es mucho.

—En fin —asintió la dama—. Me arreglaré de algún modo… Y debe hacerles falta un poco de ropita a sus chicos. Le daré, para que les lleve, unas prendas que les vienen apretadas a mis nietos.

—Usted siempre caritativa, misia Victoria —alabó el pescador.

Misia Victoria, estimulada, ofreció:

—Ya sabe; si algo necesita… Yo tengo muchas relaciones.

—Muy agradecido, señora. También se me ha brindado mucho don Liborio

Machuca.

La dama trazó un ademán aspaventero:

—¿Liborio Machuca?… ¡Hágame el servicio!… ¡Buen peine!…

Marchose Nabor del solar de los Mosqueras con su entenada Rita y un envoltorio de ropas de desecho para empaquetar a su prole.

IV.

Antes del alba llevó Nabor a la canoa aparejos de pescar y provisión de comestibles. En el Campito imperaba completa calma. Más atrás brillaban los focos eléctricos de la ciudad.

Rita lo acompañó hasta el borde del río.

—Dejándote a vos, me voy tranquilo —declaró Nabor—. Sé que vas a cuidar bien a tus hermanos. Para la vuelta te prometo algún regalito.

A golpes de pala se separó Nabor de la orilla. Retornose para enviar una postrera mirada de emoción a su rancho y a su ombú que la luna envolvía en tenue velo de plata. La perrada isleña ladraba lúgubremente. En la cabecera del dique lucía el reloj de la Administración y en los masteleros de navíos recostados contra los malecones, linternas azules, verdes, rojas.

Bogó un rato a pala y, enhebrando el canal, empuñó los remos. No tardó en iluminarse la altura; la mañana se abría lentamente, como un gran bostezo.

Renacía el cotidiano vivir en las casuchas indígenas enfiladas a todo lo largo del canal; cantaban los gallos; mugía alguna vaca; los sirvientes de la draga arenera se alistaban para voltejear el aro de los bocudos cangilones.

Transpuesto el canal las aguas se vertían en anchuroso cauce y, soldadas al horizonte, perfilábanse las barrancas calizas de Entre Ríos.

Empleaba Nabor de quince a veinte horas en el viaje, siempre que la marejada no se embraveciera y un repentino ventarrón no lo obligara a buscar refugio, si tenía cerca algunos albardones. Ese tiempo podría reducirlo a dos o tres horas, con solo adaptar a su esquife un motor de automóvil. Pero Nabor rechazó rotundamente la idea:

—Cuando uno larga el sudor —filosofó— gana lindo la plata.

Y en efecto, sudaba; con los remos en la mano veía salir el sol y con los remos en la mano lo veía caer, tras el distante confín santafecino, como un tejo en el sapo.

A las nueve de la noche tocó tierra. La fogata resplandeciente en la negrura lo guió a la ranchada, el rústico albergue donde tertuliaban los pescadores después de su jornada en los caladeros.

Los pescadores acogieron cordialmente al camarada; ya extrañaban su retardo. Acuclilláronse a la redonda del fuego; las llamas lamían a dos patíes y dos surubíes espetados en varillas de madera verde.

Discurrían sobre la escasez de la pesca y daban al fenómeno diferentes explicaciones.

—No hay pique —decían con desabrimiento.

El acopiador, un turco de Paraná, había visitado el día anterior la ranchada; recogió muy pocos kilos.

—Ese turco —observó uno de los presentes— ya está rico, a costa nuestra, que nunca salimos de pobres. No tiene necesidad de fregarse con espineles ni mallas. Nos lleva el pescado a veinte centavos el kilo. ¡Quién sabe a cómo lo vende en la ciudad!

—No hay qué hacerle; las cosas son así —repuso, fatalista, un hombre atezado, con medias blancas hasta las rodillas—. Todos cambian y prosperan, menos los criollos, que vamos siempre para peor. Hasta el pescado se hace cada día más exigente. Antes aceptaba cualquier carnada; ahora desprecia el espinel si no lo cebamos con sábalos vivos.

otro, tocado con boina, refirió un lance, entre algazara de risas: esa mañana un dorado se le adelantó sobre la línea, pegó unos brincos y de un recio coletazo arrancó la pipa que el hombre tenía en la boca.

—El dorado es un animalito peligroso —apoyó un tercero; y, en corroboración de la tesis, narró una anécdota.

Algún rato después se apagaron el fuego y las voces. Los pescadores reposaban; mosquitos y vinchucas tenían un generoso festín de sangre.

V.

A cien metros entre sí se señalaban los caladeros. Nabor no podía quejarse del suyo, situado en una saliente de la barranca y en una ensenadita donde la correntada se abonanzaba. Tiró sus espineles y vigiló las carnadas. Cierto; estaban los peces muy matreros; no querían ensartarse en los garfios. Pintaba una temporada crítica para los pescadores. El tema se desenvolvía en la reunión nocturna de la ranchada, repitiéndose los mismos tópicos.

El turco de Paraná se aparecía periódicamente en una lancha a nafta para recoger la pesca. Corroboraba el turco que el año era malo; los caladeros daban rendimientos mezquinos; acaso se desquitara, a la venida del invierno, con la creciente del pejerrey.

Nabor recorría sus espineles para observarlos y cebarlos y luego, sentado en la barranca, dejaba devanar las horas casi sin mudar de postura. Paseaba los ojos por la lámina del río, salpicada a trechos con bancos de arena. Esa lámina modificaba sus tonalidades —ocre, malva, violeta— con los movimientos de la luz. De tiempo en tiempo pasaba un velero, o un pailebote, o un vapor de la carrera al Paraguay.

Evocaba entonces Nabor el Campito, y su imaginación exornaba con la distancia de caprichosos encantos a aquel pequeño mundo. ¡Esos ranchos bulliciosos, abigarrados, hormigueantes de «gente conocida» y de donde brotaba a veces, con el humo de los braseros, el gangueo de una púa de fonógrafo!.. Y la añoranza de aquel imponderable rincón de Santa Fe con su color, su rumor, su olor agrios y genuinos —movediza gusanera humana— colmaba a su espíritu de suave melancolía.

Ya hacía mes y medio que vivía en la banda entrerriana; y él, como los otros pescadores, solo conseguía un menguado provento. Mejor sería volverse al Campito para regresar al caladero a la llegada de los fríos y de los cardúmenes de pejerreyes.

Y comenzados los aprestos para la travesía, un gallego venido de Curtiembre, le sugirió:

—¡Hombre! Si el pescado no pica cerca de la costa ¿por qué no exploramos un banco de arena?

Y fueron a un distante banco de arena munidos de mallas de 18 y 25 brazas y defendidas las pantorrillas, contra las rayas, por unas polainas de latón.

Cuando dos días después arribó el turco al caladero de Nabor, se maravilló de la copiosa cantidad de pescado que se le ofrecía. En un mes más, vendió Nabor muchos centenares de kilos.

VI.

Aguas abajo, el viaje se abreviaba. Nabor redobló el ritmo de la remada al divisar, en el fondo del canal de acceso, las torrecillas seculares de los franciscanos y los murallones grises de los jesuitas. La canoa se zangoloteó al cruce de la balsa de obras Públicas, cargada de automóviles y pasajeros: la balsa que zarpaba de Santa Fe a las cinco de la tarde.

Ya el Campito lo esperaría en las proximidades, oculto todavía por un recodo de Alto Verde. Sentíase Nabor impaciente por alcanzar su destino y feliz con el éxito de su campaña.

Salió del canal. El sol reverberaba en el agua turbia de los diques y en los capacetes plateados de los tanques petrolíferos. La chimenea de la usina vomitaba humo negro.

Buscó Nabor ansiosamente con los ojos el rancherío del Campito y el ombú que sombreaba su vivienda; abandonó los remos y se restregó los párpados: no veía ni el ombú, ni su vivienda, ni el rancherío. Y aquello era el Campito, ahora un erial raso y arenoso, sembrado de estibas de maderas y hierros, y circuida la playa por un cinturón de pilotes.

Asombrado y perplejo atracó junto a una balandra y saltó a tierra. Todas las dudas que quiso concebir se disiparon: no quedaban ni vestigios de aquel pequeño mundo que, desde los remotos tiempos de la fundación de Santa Fe de la Vera Cruz, en ese lugar se arraigaba, medraba y renovaba sin cambiar de fisonomía.

A un señor extranjero que manipulaba unos palitroques de geodesia, preguntó Nabor:

—¿Qué hacen aquí?

El señor extranjero informó, lacónico, levantando una mano:

—El puerto de cabotaje.

Nabor se alejó. ¿Cómo don Liborio Machuca había consentido esa iniquidad?

Fue al comité; el comité estaba clausurado.

—¿No sabe?… —le comunicó un vecino—. Hubo revolución; ya don Liborio

Machuca no manda nada, a menos que se haga de otro partido, como parece.

Nabor entonces excusó de toda responsabilidad al influyente don Liborio Machuca.

¿Y cuál era la suerte de aquellas familias que, con sus orgullos, sus esperanzas, sus pasiones como cualquier rancio núcleo social, poblaban el Campito?

Esas familias habían ido a dar, en su éxodo, unas a Alto Verde, otras a la Boca del Tigre, en los bordes del río Salado, y las restantes a Colastiné y al Chilcal.

Así se acababa el Campito, el histórico, pintoresco, insalubre Campito; tan necesitado del novelista que lo refleje en páginas duraderas.

Por intercesión de misia Victoria, a Pilar la acogieron en un asilo de hermanas y a los muchachos en el Reformatorio de Menores. Nabor aceptó el parecer de la matrona: no podía el padre proporcionarles a sus vástagos mejor educación ni más decentes holguras.

Y esperando la época de ir a su caladero de Curtiembre, Nabor merodea obstinadamente por los terrenos del Campito; contempla con pesadumbre y rencor el bullir de los operarios que construyen los muelles de cabotaje. Y alguna vez esas arenas se han bebido una lágrima de sus ojos.